
En recuerdo de Pablito Atucha
La liga de la novia vuela sobre el espacio de la sala Limache, en el salón de eventos que tiene la CCU en las afueras de Santiago. Mis dedos casi rozan esa liga, sin embargo, un empujón me saca volando, y con mi terno encero el brillante suelo.
Me levanto y tomo conciencia de que estoy en un matrimonio, que según mi peculiar visión de vida se puede resumir en: "un acto tribal donde una pareja se une eternamente (en teoría), mientras sus familiares y amigos chupan y comen como dementes, hasta llegar al trance que se refleja en bailes epilépticos".
En menos de tres meses he asistido a dos matrimonios en Santiago y he podido reafirmar mi teoría sociológica, donde las bodas son eventos en que la gente se relaja, especialmente por la influencia de bebidas espirituosas.
He visto de todo en estas fiestas y una de las situaciones más torcidas fue cuando se casó la hermana de un amigo en el Estadio Español, en Recreo.
Entré al baño del local y en uno de los cubículos estaba un viejito sentado en el suelo. Su ropa, su camisa, sus pantalones, hasta su corbata, estaban llenas de excremento. El anciano no se podía ni parar y solo gemía. Yo no pregunté como había llegado a esa situación extrema y solo atiné a llamar a un encargado para que ubicara a su esposa u otro familiar y se lo llevaran.
Fue el comentario del matrimonio durante toda la noche y, con lo exagerada que se pone la gente con el trago, decían que había explotado "una bomba de caca en el baño".
En el último matrimonio a que asistí la novia exhibía su anillo con inscripciones en el idioma de elfo, mientras que su entrada al salón de eventos fue con la música de "La Guerra de las Galaxias". Sirvieron empanadas de frambuesa, champiñones fritos con polenta y queso bañado con chocolate.
"Cada uno con su gusto dijo una vieja y agarró besos a un chancho", como decía mi abuela. Eso me gusta. La diversidad, la diferencia, hacen que la vida sea entretenida.
De vuelta del matrimonio santiaguino supe que nos había dejado Pablo Atucha y la pena y el desconsuelo ensombrecieron la fría mañana porteña.
Hasta pronto.
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