8.13.2007

Secretos íntimos de un Tamagotchi


Son las 9 de la noche y alcanzo a ingresar a una multitienda para comprar la nueva obsesión de los niños: la mascota virtual conocida como Tamagotchi.
En la década del 90 fue muy popular y todos comentaban que la mascota se hacía caca, comía, jugaba y hasta moría, para la tristeza del pequeño dueño. Voy a buscar a mi hijo a su colegio y lo veo rodeado de amigos que, con sus tamagotchis correspondientes, se conectan digitalmente y tienen amigos virtuales.
El niño me llama por teléfono para comentarme que su mascota, de nombre Nick, se quedó dormido con una calavera a su lado y le digo que lea las instrucciones y que lo más probable es que tenga que darle su medicina.
No hay que analizar mucho a este tamagotchi para darse cuenta que este juguete es un invento chino, donde existen 80 millones de hijos únicos llamados "los pequeños emperadores" y que necesitan hermanos virtuales para que aprendan valores, especialmente la atención y el cuidado hacia otros seres.
Pensando en tamagotchis, amigos virtuales y hermanos futuros llego al Bar Inglés donde me encuentro con mi brother oftalmólogo que se está zampando un plato de pantrucas en fuente de greda con su correspondiente pisco sour. Aprovecho de engullirme un pan batido lleno de ají macerado al vinagre con mantequilla, mientras el juguito de limón comienza a calentar mis entrañas.
¿Por qué no vamos al cine, brother y rompemos esta exquisita rutina de comer y chupar por unas horas?, le digo, mientras enfilamos hacia Viña para ver "Secretos Íntimos", uno de los escasos filetes visuales que llegan a la recta provincia.
Antes de entrar al solitario y luminoso mall nos compramos la tradicional petaquita de ron, una energizante y una lata chica de Coca Cola para sostenerse en las dos horas y 15 minutos que duraba la cinta.
La película comienza con frases para el bronce, pero la más destacada es "si quieres dejar de hacer el amor, cásate". La frase es emitida por una mujer que está en un parque con sus amigas, cuidando a sus hijos. El argumento es un martillazo a la desgastada institución del matrimonio y recomiendo ir a verla sólo o con amigos, pero no con la pareja.
El título original de la película es "Niños pequeños" y el personaje del pedófilo, y lo que le va ocurriendo a lo largo del guión, es impactante.
Creo que cada trago del dorado licor cubano dentro del cine logró apaciguar un poco la amargura de los personajes que desfilaron por la pantalla.
En realidad la vida es bastante amarga, pero hay mucho ron para endulzarla.

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8.06.2007

Las Cruces


Por Ajenjo


Siempre había mirado al balneario Las Cruces como un lugar medio mítico. En mi ilimitada imaginación, veía caminar al poeta Nicanor Parra por una bella playa, mientras el ex Yegua del Apocalipsis, Francisco Casas, vestido como una estricta monja, compraba pan caliente en uno de los pequeños negocios.
Hace algunas semanas tuve la oportunidad de desmitificar mi visión y visitar este pueblo, donde engullí las lenguas de erizo más grandes que he consumido en toda mi vida.
Para los nacidos y criados en Valparaíso y Viña del Mar, los balnearios del sur son mucho más esquivos y desconocidos. Todos fuimos a Quintero, Horcón, Maitencillo, Zapallar o Papudo, sin embargo los nombres de Quintay, Algarrobo, Rocas de Santo Domingo y Cartagena, están asociados a los santiaguinos.
Aprovechando uno de los fines de semana largos partimos a Isla Negra. La idea primaria era conocer la casa de Pablo Neruda, ya que todas las veces que fui con mis compañeros de la Escuela de Periodismo lo único que hacíamos era vaciar garrafas en la playa mientras hablábamos y hablábamos.
Ese mismo día jugaban los chicos de la Sub 20 contra Nigeria y mi brother, que hacía de chofer, quería ver el partido literalmente a toda costa. Mi novia dijo que podíamos almorzar en Las Cruces, ya que como buena santiaguina pasó muchos de sus veranos en ese pueblo.
Llegamos hasta un restaurante llamado "Puesta de Sol", donde había una tele chica prendida con el partido de fútbol. Nos atendieron de lujo y nos dimos un inolvidable patache de mariscos. ¡Las lenguas de erizo eran gigantescas y todo era fresco y natural, recién sacado del mar! En síntesis, veinte patadas en la cara a todas las picadas de Valparaíso, Viña y Concón.
Antes que finalizara el partido me fui a caminar solo a la playa. La poetisa CarmenBerenguer paseaba por el restaurante con una amiga. Seguramente venía de la casa de su íntimo amigo Pancho Casas, que vive en Las Cruces. Volví al restaurante y mi brother gritaba como desaforado : ¡Ceacheiiii!, y la gente del restaurante le respondía apasionadamente.
Fuimos a la tumba de Vicente Huidobro, actualmente convertida en una jaula de pésimo gusto con un anciano guardia que te mira como si fueras el Cabro Carrera y nos bebimos unas cervezas en la playa chica de Cartagena.
El remate fueron unos gigantescos sánguches en los kioskos ubicados a un costado del Santuario de Lo Vásquez, donde al ritmo de un video con los chistes del Indio cerramos un asoleado y bello día invernal.
ajenjoverde@hotmail.com
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7.27.2007

¿Mariscos de tarro?


Después de reponerme de unas relajantes vacaciones en mi querido y recordado Valle de Elqui (lugar donde comencé a viajar con un grupo de amigos que analizaba en las noches la Biblia y que terminamos, años después, atacando a las pisqueras para disminuir su producción) he vuelto a la carga con más ánimo y esperanza de que la vida es bella.
Antes de comenzar mi peregrinaje por estas tierras de uva y papaya recibí una invitación al restaurante Turri, ya que en el barrio gastronómico existían fuertes comentarios que algo estaba pasando en ese local. ¿Renovación?
Personalmente creo que el restaurante Turri, del cerro Concepción, debe ser uno de los que poseen la vista más hermosa de Valparaíso, en un sector arquitectónico de gran potencia, sin embargo su cocina siempre ha sido (y lo vamos a decir claramente y sin adornos retóricos) bien malita.
Cuando era veinteañero mi padre me llevó en algunas oportunidades al restaurante Turri. La que más recuerdo fue cuando me encontré con Alejandro Jodorowski y su familia comiendo alegremente. Fui al baño a lavarme las manos, como quien se prepara a saludar a un sumo sacerdote y avance con timidez hacia su mesa. Le estiré mi brazo y le dije que era un admirador de su obra. Jodorowski, con cara de malas pulgas, como quien es interrumpido en una relajante velada familiar, me devolvió el saludo.
Ahora llegué al Turri con mi novia, mi brother oftalmólogo y mi amigo fotógrafo a beber y probar si los nuevos rumores de renovación tenían un asidero correcto.
Cuando estábamos pidiendo las cositas "para picar" se me salió algo que fue catalogado por los comensales de medio ordinario. Le pregunté al joven mozo: "perdón pero en este jardín de mariscos que ofrecen, ¿los mariscos son de tarro? (aduciendo a las conservas de chorito y almejas). "Claro que no", me respondió y se retiró algo sonrojado. Es que la fama del uso de mariscos congelados o de tarro es algo muy reconocido en restaurantes porteños y necesitaba salir de las dudas.
Pedí de fondo un caldillo de congrio, pero no había. Un poco cansado decidí comerme unas chuletas magallánicas con salsa de menta y espinacas a la crema, ya que las otras opciones no me convencieron. Mi plato fue un siete, pero para mi novia, que se pidió una lasaña, la situación no fue igual. Los bordes de la masa estaban negros y duros.
En realidad la renovación gastronómica no era tanta, sin embargo nos pegamos una buena charla, en una salita para fumadores con chimenea incluida y con unas mentas frappé muy relajantes. Algo es algo.

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7.13.2007

Patache


Una de las santas verdades del periodismo es que millonarias jamás serán las personas que toman esta profesión como el sustento económico de sus vidas, sin embargo a veces todo se compensa con unos pataches de lujo, donde uno agradece estar reporteando.
A esto se le suma que uno es patachero por vocación, además de bueno para los mostos y las bebidas espirituosas, y tiene amigos que se asocian (Dios los cría y el Diablo los junta) en este carnaval de la buena mesa, las carcajadas fuertes, la buena conversa y el exceso en general.
La semana partió en el Moneda de Oro con una invitación del oftalmólogo. "Comámonos un pernil a medias con purecito", me dijo como quien no quiere la cosa. Así llego Alonso, el mozo, con un pernil sin hueso, pancito y pebre.
Al otro día visité a uno de mis ídolos gastronómicos: César Fredes, en el restaurante Caruso. Para su información y envidia sana nos manduqueamos ostras de Chiloé con un infinito olor a mar; un tiradito de rollizo en tres colores (o tres ajíes); un caldillo marino criaturero; un curry de vieja con leche de coco y finalmente un sorbete de mandarina .
¿Saben porqué se llama caldillo criaturero? Porque después de comerlo hay que ir hacer la criatura... Después terminé la noche en El Ascensor a la Luna, donde los periodistas celebraban algo y obviamente estaban todos chupando y bailando.
El fin de semana tuve que ir a Santiago para dictarle una charla al grupo de teatro La Patogallina en su reducto del Hospital San José. Los muchachos están preparando una obra sobre el circo y los bufones. Como buen militante patigallinesco los ayudé con lo que pude y el Kaleidoscopista me regaló uno de sus caleidoscopios como agradecimiento.
El sábado fue la guinda de la torta. Un casamiento en La Casona de las Condes. Aquí sí que la onda era recontra abc1. Como uno es camaleón a la hora de comer y chupar sólo quedó entregarse a ceviches, ostras, carnes y postres de todo tipo. Sólo para situarlos en el nivel del asunto les digo que el whisky etiqueta negra (12 años), que sólo uno besa en pocas ocasiones, aquí se vertía a granel en los vasos.
Ni les detallo como quedé.

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7.06.2007

De cómo Erick Polhammer trató de engrupir a mi novia y otras historias


por ajenjo

El fin de semana pasado fue bastante loco. Todo empezó con una buena dosis de "rabo de mico" (cola de mono) en el Moneda de Oro y después aterrizamos en una extraña fiesta electroglam a la que El Kaleidoscopista, uno de los integrantes de los Patogallina, nos había invitado.
La fiesta era en una casa de la calle Serrano, donde alguna vez funcionó en forma clandestina el "Laberinto Pagano", que ahora, en su nueva dirección, es el lugar de culto de los chicos bisexuales.
En la fiesta electroglam habían cuatro gatos rondando. Un pintor, que estaba literalmente doblado por el copete, había inaugurado una exposición con sus cuadros. El escritor Erick Polhammer leyó alguno de sus poemas como parte del performance.
El conocido escritor, con un vaso pegado en la mano, no cesaba de repetir que vivía en una realidad aparte. Mirando a mi novia a los ojos le dijo: "Quiero invitarte a mi estudio para que seas mi musa" (bien barato el "tollo" del autor de "Los helicópteros"). Después de unos rones, la conversación con el poeta derivó en lo que puede llamarse la "genitalogía" y terminamos saliendo rumbo a la casa.
Al otro día me llamó Dióscoro Rojas y lo invité al cumpleaños de una amiga. Como parte del regalo para la festejada, llevé unas diapositivas con seres deformes, que a veces proyecto para entretener a la masa. En la mitad de la exposición uno de los invitados se le ocurrió tirarle una talla al guaripola y dijo: "Lo que pasa es que el Dióscoro es niñita". Y ahí quedó la embarrada.
Dióscoro se levantó sulfurado, con sus manos temblando, y amenazó violentamente al bromista. Tomándolo de los hombros gritaba: "Tú no me conocís y nadie me viene a faltar el respeto". La cosa estaba a punto de pasar al combo, sin embargo el guaripola se retiró de la casa, casi expulsando espuma por la boca. Un amigo lo llevó hasta la plazuela San Luis, donde tomó colectivo y se calmó.
Al otro día Dióscoro me llamó y me dijo que la sicóloga le recomendaba reaccionar inmediatamente cuando no se sintiera bien en algún lugar.
"No se preocupe, hermano, a todos nos pasa", le respondí con una sonrisa en la cara.

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6.29.2007

Paola Volpato y el pato francés


Por Ajenjo


Ver a la inspectora Zanetti, interpretada por mi querida Paola Volpato, abriendo un refrigerador y mirando cuatro envases con corazones humanos en su interior es un símbolo claro que las teleseries chilenas tuvieron un giro inesperado de la mano de Pablo Illanes.
Hace poco me encontré sumergido en la siguiente situación: " Oye, ¿vamos a tomarnos unos copetes al Moneda?", "no puedo, es que ayer la teleserie del asesino quedó re buena compadrito y me voy a verla acostadito y con la estufa prendida adentro de la pieza", respondí.
Así esta la realidad en la serie nocturna "Alguien te mira" de TVN y creo que todo se debe a la retorcida imaginación de Illanes, quien ya me había deslumbrado con la novela "Una mujer brutal" y ahora, libre de la mano de cualquier censura, se lanza un piquero con un guión donde la cocaína, el sexo torcido, los asesinatos, los sicópatas cuáticos y los homenajes escondidos a directores bizarros (como el apellido Argento, que suena y suena) son pan de cada día. Ver a Paola Volpato en ropa interior negra amarrada a un catre metálico es para aplaudir de pie ¿O no?.
¿Y qué tiene que ver Paola Volpato y el pato francés?, nos preguntamos todos con cara de gil.
En realidad nada, pero este fin de semana bajamos, junto a mi hijo y mi novia, a comer al centro de Valparaíso. Yo quería zamparme dos completos por luca, pero ella insistió en ir a conocer un restaurante francés que está en Salvador Donoso. "Si tú invitas, yo feliz", repliqué.
Se trata del "Port D’Avignon" , que la revista Wikén le instala 5 tenedores todas las semanas.
Me pedí un pato francés confitado, mientras a mi hijo le regalaron un "Boeuf Strogonov". Obviamente no le gustó, pero mi pato se lo devoró, al igual que un creme brulee. Nos zampamos un vino San Damián para chuparse el corcho, mientras el propietario del local nos metía conversa y nos relataba su experiencia culinaria en este alucinógeno Valparaíso.
Al final un mozo sacó un cepillo y limpió las migajas de la mesa, mientras, inspirado por San Damián, me imaginaba afilando cuchillos y preparándome para cortar en mil pedacitos a mi actriz preferida: Paola Volpato.
Al final terminé haciendo una cola con cientos de niños que gritaban como locos en el cine Hoyts para ver Shrek 3.
Es la realidad más real y no hay más.


ajenjoverde@hotmail.com

6.21.2007

Neva en Santiago


por ajenjo


Estoy afuera del ultrataquillero Centro Mori, en Santiago, donde Jenny, una de las integrantes del poderoso clan Romero (donde la reina es Carmen, la del famoso "Teatro a Mil"), me espera con invitaciones para ver la obra "Neva".
Llego con una botella de vino tinto envuelta en celofán y con una gran cinta blanca. Es su regalo por ser buena onda.
Antes de que empiece la obra de teatro nos vamos a un bar donde en cuestión de minutos nos bajamos unos pisco sour y un kir royal. ¡Es que el frío santiaguino es terrible!, dice la conciencia para justificar el tragullo.
Entramos al bello teatro, propiedad de Benjamín Vicuña y Gonzalo Valenzuela, y pasamos por el restaurante "Amorío", donde la clase alta come y bebe al ritmo de sus tarjetas de crédito.
La obra de teatro es un filete de alto nivel. Aquí no hay saltimbanquis, orquestas, desnudos o garabatos baratos. Aquí hay teatro puro, donde el texto y la actuación se amalgaman para emocionar a los espectadores.
Una de las actrices declama: "todas las mañanas me despierto con ganas de matar un rico, pero después almuerzo y se me pasa".
La obra está situada en SanPetersburgo, en Rusia, donde el río se llama Neva. Es en plena revolución, donde la contingencia política es fuerte y los textos pasan del amor al anarquismo en cuestión de segundos.
Los actores terminan agotados y el aplauso es sincero y emocionado.
Dañados por la obra nos vamos a una cena que unos amigos habían preparado en su hogar santiaguino. Un aperitivo de ron, un risotto de champiñones, vino tinto y piscolita para rematar fueron parte de la hermosa velada.
Lo más impresionante de la noche fue la decoración de la casa donde cené. Pertenece a dos amigos, quienes la tienen como un museo lleno de grabados y adornos bellísimos.
Uno de los dueños me hizo un recorrido por las piezas, donde me mostró grabados de artistas brasileños y uruguayos y un mueble lleno de diminutos artículos.
Volví a la mesa del comedor emocionado por lo que mis ojos habían visto y terminé más impresionado, al observar como una perra salchicha se bebía copas y copas de vino tinto.
"Sólo toma cerveza y vino, ya que los destilados no le gustan", me dice unos de los amigos. "Hay de todo en la viña del Señor", respondo, y me replican: "sobre todo en las viñas".

6.16.2007

Apagando velas en el Club Árabe


Para variar, y aunque suene lo más repetido del mundo (pero así es mi rutina) les relataré que estoy en el bar Moneda de Oro tomando una cerveza. A mi alrededor hay dos mesas con japoneses que hablan si parar en un idioma incomprensible. Beben un vivo tinto de Exportación, y por sus caras lo están haciendo "chupete".
Una vez leí en un sección de este diario llamada "Lo curioso y pintoresco" que la mayoría de los asiáticos eran alérgicos al alcohol y se ponían colorados. ¿Tendrá certeza científica esa afirmación? No sé, pero de que los ojos rasgados estaban colorados, estaban.
Mientras bebo mi cervecita recordamos, junto a mi brother médico, el cumpleaños del fin de semana, donde "El Lolo" celebró sus cuarenta primaveras tirando la casa por la ventana.
El lugar elegido fue el hermoso Club Árabe. La cosa era igual que un matrimonio: mesas redondas, vinito tinto, comida rica y conversación con gente que uno conoce en el momento.
Mi mesa estaba muy simpática. Un chileno, que había vivido muchos años en Ecuador, se comía todo el queso rallado con la mano. Otro comensal hablaba como locutor del Discovery Channel, mientras yo contaba anécdotas de asaltos y otras aventuras.
Llegó el momento de cantar el Feliz Cumpleaños y Lolo salió al centro y con micrófono en manos se mando su tradición bolero picante que sacó aplausos y risas. Ya son años que este muchacho entona esa canción con partes tan famosas como "la Juana Cepeda", "el maestro estucador" y "empleador particular".
Después aparecieron unas chicas bailando la danza del vientre. Tenían muy poco aspecto de árabes, pero eran muy empeñosas.
Una chimenea gigante, al lado del bar, nos llamó cariñosamente. Se podía beber todo el trago que uno quería y unos wiskachos, además de un vodka naranja de remate, pusieron el fin para una noche inolvidable. Yo tenía ganas de tirar algunas fichas al casino, pero mi estado económico atentó contra la idea. Mejor poca platita, pero segura.
Ahora sólo queda decir: ¡güena po' Lolo te la mandaste con le media fiesta!
Y, ¿que voy hacer yo para celebrar mis 40 años?


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6.07.2007

El eterno resplandor de una almeja


Existen lugares y objetos que se transforman en paisajes esenciales del recuerdo humano particular. He visto gente guardando trozos de pelo, dientes de niño, entradas de cine, boletos de micro y una interminable lista de cosas que tienen, para el sujeto individual, una connotación maravillosa y mágica, pero para el resto son basura.
A mí me pasa esta situación con un lugar y un objeto: Maitencillo y las almejas.
Me ha tocado estar comiendo ese bicharraco marino en las rocas ubicadas frente a la caleta de pescadores en diferentes situaciones de mi vida. Una vez estaba tan trastornado por los remezones emocionales que no escuchaba ni siquiera el ruido del mar. Mis amigos me hablaban y sólo observaba su boca moviéndose rítmicamente, sin embargo no existía sonido alguno. Grave.
Hace algunos días volví, como un ritual sagrado, al mismo sitio. Con mi novia y mi brother oftalmólogo compramos un kilo y medio de almejas. Yo me fui a mi querido ex negocio "Paranga" y me llevé unos limones y una cervecita en lata para mi bella compañera.
Sabiamente había sacado un vino blanco del refrigerador y lo había metido en una bolsa con hielo para beberlo con las almejitas.
Mi amigo sacó un cuchillo y un sacacorchos y nos mandamos casi toda la bolsa de moluscos. Algunas fueron ofrendadas a las gaviotas, ya que el estómago estaba para tocar batería.
Alguien gritó: "¡vámonos pa’ Zapallar" y partimos a conocer el mítico restaurante César, donde políticos democratacristianos gastan sus lucas en ricos manjares.
Los mozos nos atendieron como si fuéramos parroquianos de toda la vida. Nos convidaron cigarrillos y pusieron en la mesa locos, camarones y empanaditas de mariscos. Pisco sour, kir royal, vino blanco y mucha menta de bajativo confirmaron un cuadro bastante elevado a nivel cerebral.
"Aceptan cheque o tarjetas", le preguntó mi brother a los mozos. "Lo siento muchacho, aquí sólo efectivo", fue la respuesta. "Debe ser porque viene mucho politiquillo", replicó el médico envalentonado por la bebida. Las risas fueron generales y tuvimos que ir a un servicentro en las afueras de Zapallar a buscar los malditos billetes.
Después tratamos de ver el famoso rayo verde del atardecer y terminamos en una eventualidad que estas páginas no pueden revelar. Me autocensuro por el bien de todos.

6.01.2007

Miss Ron y Verso


Desde hace una buena cantidad de años nos juntamos, con mi brother, todos los miércoles en el Bar Inglés para charlar y tomar algunos tragos que calmen la desesperación de vivir.
Sin embargo, hay algunos días de la semana que esa desesperación se une a una sed implacable y a nuevos cahuines que hay que contarse por obligación y la cita se adelanta para poder descargar el material cerebral y tranquilizar al hígado que clama por más toxicidad.
Este pasado lunes nos juntamos en el Moneda de Oro y nos topamos, sin saber, con el tradicional concurso Miss Universo, donde las mujeres más bellas de la galaxia desfilan en trajes de baño.
Nos comimos unos sangüches de queso caliente y Alonso, el garzón del local, nos trajo dos rones potentes que asustaban de sólo verlos.
Hay locales que sirven rones mínimos y cobran una millonada. "Es que tenemos una medida obligatoria señor", señalan los mamones garzones de los nuevos y plásticos bares.
En el Moneda la cosa es distinta. Aquí los rones se sirven con generosidad. Nada de pequeños chorritos del dorado licor. El vaso hasta la mitad y que se salven los valientes.
Con ese panorama empezaron a desfilar, cual caballos en la troya, las minitas más ricas del planeta.
Los señores del dominó, que como estatuas vivientes juegan muy concentrados, giraron sus cuellos y emitieron algunas sentencias sobre las carnes en exposición que salían por el televisor.
A medida que el concurso avanzaba los gritos del público aumentaban. Todos los presentes, insuflados por el espíritu del ron, quedaban extasiados con la presencia de esas largas piernas y esos rostros siempre sonrientes que hacen soñar con amores imposibles.
"¿Donde estarán esas mujeres ?", grita un parroquiano. Otro le contestaba: "En Viña compadrito, en Jardín del Mar". Las tallas, inocentes para el local, generaban risas, pero a la vez hacían reflexionar sobre la belleza humana.
Las mujeres siguen desfilando y uno se da cuenta que la frase de Phineas Fletcher es la más pura verdad: "la belleza, cuando menos vestida, mejor vestida está".
Al final una de las candidatas se sacó la contumelia en el escenario, mientras Alonso nos llevaba la cuenta y sólo quedaba irse a dormir y soñar con esas largas e interminables piernas de mujer bonita.

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5.27.2007

Con la sopaipa súper pasá


Llego con algunos minutos de retraso al restaurante "Caruso", donde mi brother médico, junto a su familia, está celebrando el cumpleaños de su padre con un abundante almuerzo marino.
Traigo un vinito de buena cepa de regalo y saludo a los 14 comensales, mientras trato de reformar mi cara que, cuando desperté ese domingo, tenía todo el aspecto de andar "con la sopaipa súper pasá". Había asistido a la IV Cumbre Guachaca en los salones del VTP, donde me bajé, obviamente junto a mis socios y socias, cuatro jarras de terremoto.
Me pusieron un pisco sour como entrada y al sentir ese ácido y adictivo sabor bajando por el gaznate pude oír la explosión del licor de la noche anterior en mi cerebro y mi lengua se soltó de sus amarras y comenzó una epiléptica sesión de conversa distorsionada.
Un caballero, que era un experimentado galeno santiaguino, escuchaba con atención mis exageradas aventuras y relatos de la vida periodística. ¿Qué especialidad tiene usted?, le pregunto con mucha educación. "Soy ginecólogo", me responde. "Que choro su trabajo", digo casi en forma automática y una risa general invade la mesa.
Mi novia también se rió a mandíbula batiente, pero su cara ya expresaba que mis chistes podrían pasar la raya de la "buena onda" a la "ordinariez total". Comenzaron los discursos y uno de los yernos del cumpleañero, conocido por todo Viña del Mar y gran parte de la bohemia porteña como "El Lolo", trató de cantar uno de sus cebolleros boleros, pero la vergüenza tomó por asalto su rítmico tema.
"Si Lolo no puede cantar, tendré que recitar un poema", dije entremezclando algunas vocales y sílabas. Me mandé el tremendo verseo y saqué aplausos, lo que siempre alegra mi vida.
Después el cumpleañero también recitó. El texto estaba basado en el himno de su liceo y nos emocionó a todos los presentes.
Cantamos el cumpleaños feliz, nos sacamos fotos y la sopaipa, que seguía en remojo, volvió a su hogar, donde prendió la chimenea y cerró sus ojos, buscando la esquiva calma en los hipnóticos rayos catódicos de la televisión. Y dormí, hasta que los tempraneros cañonazos del 21 de mayo me despertaron, anunciando un nuevo día más de vida.

ajenjoverde@hotmail.com

5.22.2007

La Previa


Por Ajenjo


Estoy un poco nervioso ya que mañana es la Cumbre Guachaca Porteña, y como buen militante activo y combatiente de ese movimiento, tuve que hacer una sesión previa al magno evento.
Partimos al restaurante Caruso a comer unos ricos pescados y a beber vino blanco y limoncello, con la intención de encontrarnos con la Javi Luco, candidata a "Joyita del Pacífico". Cerca de las cuatro de la tarde apareció Dióscoro Rojas, quien quería echarse algo al buche, sin embargo la cocina estaba cerrada.
"Yo con unos tallarines con salsa quedo listo", dijo el Guaripola. "Yo te los preparo en mi casa", le dije, y partimos todos rumbo a mi nuevo hogar en la calle Yerbas Buenas. Aprovechamos de pasar por un supermercado y nos aperamos con unos quesos rayados y una botella de whisky para rematar el día.
En la casa me puse el delantal de chef y le preparé su plato de tallarines. "Pero ponle un huevo frito arriba, po’", me replicó Dióscoro.
Al final se comió su dosis de alimento, mientras nosotros nos bajamos el dorado licor y la preparábamos una jarra de café con crema al guaripola.
Decidimos prender la chimenea y sentarnos en torno al fuego, para hablar de política y otras cosillas. Entre los temas de conversación apareció el box y comenzó una sesión de entrenamiento bastante freak.
Dióscoro boxeaba con el brother médico, quien pedía a gritos que volvieran las peleas al Fortín Prat. Mi novia y mi hijo también repartían derechazos al mentón, en una danza que nos sacaba lágrimas de la risa.
Después de un rato de ejercicio volvimos a la chimenea y nos llegó de un sopetón la nostagia de la música setentera. La imagen, que podría graficarse como la "oda a la inconsecuencia", consistía en un grupo de personas, con un vaso de whisky en la mano, observando cómo se quemaban los troncos de la chimenea y cantando el "Venceremos" de Inti Illimani.
Y como dijo el alpinista: ¡nos vemos en la Cumbre!

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5.11.2007

Matrimonio a la chilena


En recuerdo de Pablito Atucha


La liga de la novia vuela sobre el espacio de la sala Limache, en el salón de eventos que tiene la CCU en las afueras de Santiago. Mis dedos casi rozan esa liga, sin embargo, un empujón me saca volando, y con mi terno encero el brillante suelo.
Me levanto y tomo conciencia de que estoy en un matrimonio, que según mi peculiar visión de vida se puede resumir en: "un acto tribal donde una pareja se une eternamente (en teoría), mientras sus familiares y amigos chupan y comen como dementes, hasta llegar al trance que se refleja en bailes epilépticos".
En menos de tres meses he asistido a dos matrimonios en Santiago y he podido reafirmar mi teoría sociológica, donde las bodas son eventos en que la gente se relaja, especialmente por la influencia de bebidas espirituosas.
He visto de todo en estas fiestas y una de las situaciones más torcidas fue cuando se casó la hermana de un amigo en el Estadio Español, en Recreo.
Entré al baño del local y en uno de los cubículos estaba un viejito sentado en el suelo. Su ropa, su camisa, sus pantalones, hasta su corbata, estaban llenas de excremento. El anciano no se podía ni parar y solo gemía. Yo no pregunté como había llegado a esa situación extrema y solo atiné a llamar a un encargado para que ubicara a su esposa u otro familiar y se lo llevaran.
Fue el comentario del matrimonio durante toda la noche y, con lo exagerada que se pone la gente con el trago, decían que había explotado "una bomba de caca en el baño".
En el último matrimonio a que asistí la novia exhibía su anillo con inscripciones en el idioma de elfo, mientras que su entrada al salón de eventos fue con la música de "La Guerra de las Galaxias". Sirvieron empanadas de frambuesa, champiñones fritos con polenta y queso bañado con chocolate.
"Cada uno con su gusto dijo una vieja y agarró besos a un chancho", como decía mi abuela. Eso me gusta. La diversidad, la diferencia, hacen que la vida sea entretenida.
De vuelta del matrimonio santiaguino supe que nos había dejado Pablo Atucha y la pena y el desconsuelo ensombrecieron la fría mañana porteña.
Hasta pronto.


ajenjoverde@hotmail.com
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5.04.2007

Cojo y sin celular


por ajenjo

El resultado del fin de semana largo que vivimos a propósito del Día del Trabajador se puede resumir en la siguientes cuatro palabras: cojo y sin celular.
Todo partió con la ocurrencia de mi novia de venir desde Santiago con su automóvil. Para mí, que no sé pasar un cambio y la palabra embriague la asocio con una borrachera, los vehículos me tienen sin cuidado y mi reino son los colectivos, taxis y micros de la zona.
Con su auto recogimos a mi brother médico y nos fuimos directo a comer unas empanadas a Cochoa. Ese restaurante, que tiene las mesitas afuera, siempre ha alojado a una fauna que bebe cerveza y mastica las camarón queso con mucho ímpetu. El "Cuchillo" Eyzaguirre, del programa "C.Q.C". era parte del ganado.
Ahí nos bebimos dos litros de cerveza, mientras mi novia profitaba garabatos al cielo, ya que estaba condenada al agua mineral o la coca light. El que maneja no puede beber. Esa es la máxima. Esa es la frase que a muchos aún nos mantiene con vida.
Después nos largamos a comer unas bandejas de machas a la parmesana al Albatros. Un velero con el nombre de Taote fue la mecha para incendiar la lengua de mi brother, quien comenzó a soñar con su pequeño barco surcando los mares con rumbo a la Isla de Pascua, mientras la patota, en cubierta, toma sol, come y bebe a destajo.
Un vinito blanco nos entregó la fuerza necesaria para ir a visitar a unos amigos que viven en los bosques de Concón. Dos hermanos, uno arquitecto y el otro sicólogo, están auto exiliados en una zona onda "secta de Pirque".
Fue ahí donde quedé cojo. Me puse a cortar leña con un hacha y pegaba fieros golpes a los troncos. Cuando estaba sediento agarraba mi vaso lleno de roncola y me lo empinaba al seco. Después de 20 ó 30 minutos estaba agotado.
Seguimos chupando el roncito hasta que mi novia, con su cara larga por la sobriedad, nos instó a volver a Valparaíso, no sin antes pasar por una pizzería y mandarse una respetable cantidad de orégano y queso.
Al otro día, al bajarme de la cama, mi pie izquierdo no podía apoyarse. Los hachazos estaban pasando su cuenta y mi cuerpo, ya en la entrada de su cuarta década, no resistió tanto ajetreo.
A eso se le sumó que mi celular se descompuso y ahora, en la incomunicación total, sólo me queda tomar aspirina forte y dicoflenaco sódico.

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4.27.2007

Luto

Pensaba no escribir nada hoy y declararme en luto oficial por la muerte de Jorge “Negro” Farías. Quería que la columna apareciera completamente abandonada de letras y sólo el rostro del hombre con eternos lentes quedara como símbolo de una pérdida más de los últimos héroes de la bohemia porteña. Sin embargo, la historia que tengo que contarles es buena y vale la pena ensuciar este pedazo de diario con una anécdota más.
Exactamente hace una semana partí a Santiago en busca de la X Cumbre Guachaca. Mi amigo Dióscoro Rojas me llamó en la tarde para decirme que lo habían encerrado en su casa, que estaba bajo el acoso de los periodistas faranduleros y que me esperaba en la Estación Mapocho.
Llegue a las nueve de la noche y le dije al Dióscoro, quien se prestaba a subir al escenario para realizar el discurso inaugural, que mandara solidarios saludos al “Negro” Farías, “ya que está agonizando en El Puerto y tu saludo lo reanimará”.
Fue así como el Gran Guaripola partió la gran fiesta guachaca, nombrando frente a cinco mil personas al hombre que, pocas horas después, dejaría de respirar por siempre.
Yo comencé a beber terremotos como desaforado. Me mandé dos litros, más o menos, de la tóxica poción, y mi novia, ya viendo mi cara deformada por el pipeño y el helado de piña, empezó a preocuparse.
Su nerviosismo aumentó cuando supo que estaba haciendo la cola para rematar con una piscolita. En el escenario, la Sonora Palacios se descrestaba tocando y mi tele cerebral ya comenzaba a emitir señales de amnesia.
Al otro día abrí un ojo y vi una pared blanca con un cuadro de un velero. ¿Dónde estoy?, grité aterrado, mientras los hilos neuronales se juntaban para formar la historia nocturna. Era un motel de la mítica y capitalina calle Marín .
En ese lugar recibí la llamada de Dióscoro, quien me comunicó el fallecimiento del “Negro” Farías. “Hicimos todo lo que pudimos para ayudarlo, todo, pero, bueno, ¿qué mierda le vamos hacer?”, decía el guaripola entre sollozos.
Dióscoro terminó criticando duramente a la cultura oficial que deja morir en la indigencia a los héroes populares y señaló que Jorge “Negro” Farías resucitará de la misma forma en que el Tío Roberto Parra vive en el corazón de cada hombre humilde, cariñoso y buena persona.

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4.20.2007

Alcohólico camaleón



Una amiga me pregunta si me gusta Woody Allen y le respondo que en el living de mi casa tengo un retrato del pequeño director, quien me parece un verdadero genio.
"Es que acabo de ver la película Zelig y no me gustó", me replica, mientras pongo cara de asombro y terminó la conversación.
Para los que no lo saben, Zelig es una fábula que relata la vida de un extraño hombre que se transforma según el interlocutor que tenga. Habla con un judío, es judío. Habla con un negro, se convierte en negro. En síntesis: un hombre camaleón.
Reflexiono sobre esta película mientras me empipo un Martini seco en el bar Farewell del Sheraton Miramar con mi amigo Alan, el dueño del Vinilo, quien es el DJ de la noche y pincha discos de Zalo Reyes y Leonardo Favio.
Tengo una tropa de amigos, donde yo obviamente me incluyo, que somos verdaderos camaleones alcohólicos, en el buen sentido del término.
Podemos beber en la barra del Bar Inglés, en finos restaurantes de Maitencillo, en resto bares japoneses del Parque Arauco, en el Bote Salvavidas o en la terraza del Gato Tuerto.
Pero también podemos mandarnos litros de colemono en El Moneda de Oro, beber terremotos en el Ascensor a la Luna, tragarse una Escudo chica en el Liberty, comerse un completo en el Kanibal o un Barros Luco en un carrito callejero sin mayores complejos.
Hay gente que no le cabe esto en la cabeza. Te llaman inconsecuente o hasta "fascista encubierto" o "reaccionario" y yo no los entiendo. Siempre recuerdo la frase de Carlitos Caszely (otro verdadero genio) cuando le preguntaron sobre su supuesta militancia socialista y su gusto por la buena vida. "Tú crees que acaso hay que vivir en una casa con piso de tierra para denunciar las injusticias sociales en que vivimos", le respondió el futbolista.
El beber en oscuros vasos del Liberty o en afeminadas copas con forma de cono en el bar Farewell tiene el mismo sentido, pero diferente precio.
La cosa se trata de anestesiar la neurona. Nada más, nada menos.




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4.16.2007

Caminando por el valle de Quintil

Dicen que hay cosas que estresan muchos a los seres humanos: las separaciones matrimoniales, los despidos de los trabajos y las mudanzas.
Personalmente he tenido que experimentar varias de esas alternativas y para poder relajarme del cambio de casa decidí salir a recorrer las inmediaciones de mi nuevo barrio: la calle Yerbas Buenas (¡qué bonito nombre!).
Revisité el jardín de la casa de Pablo Neruda, que será mi centro de lecturas y lugar de juegos de mi hijo. Proseguí hacia el llamado Museo a Cielo Abierto, en el cerro Bellavista, y decidí entrar a almorzar, con mi grupo de brothers y mi novia al restaurante llamado Valle de Quintil, a un costado del ascensor Espíritu Santo.
Al llegar nos atendió Don Osvaldo, que se transformaría en un excelente anfitrión de un domingo de resurreción bastante tomado y comido.
Nos ofreció un buen pisco sour y un menú, donde podías engullirte todas las entradas y postres que desearas, "y además pueden beber todo el vino que les apetezca, sin embargo siempre hay que mantener el orden, por favor", nos advirtió como observándonos las caras de chichas frescas.
Como estábamos felices, decidimos pedir un vino blanco de la carta, que llegó en una notable heladera de greda, mientras a mi mujer le rellenaban su copa de champaña sin temores ni resentimientos.
Don Osvaldo, muy observador y atento a nuestra mesa, nos señaló que "como no tomaron el vino del menú, les regalaré el bajativo que quieran: ¿un whiskicito?".
¡Qué nos dijeron!, pedimos inmediatamente tres vasitos con hielo, mientras mi novia, ni corta ni perezosa, le exigió un Baileys.
Dos Osvaldo llegó con el pedido, que fue rápidamente filtrado por el estómago y las neuronas. Contentísimos nos paramos y nos retiramos, recibiendo un fuerte apretón de manos del bendito anfitrión porteño.
Terminamos en mi nueva casa, al ritmo de los cien gaiteros, mientras abríamos un viejo baúl y mirábamos revistas Análisis, Apsi y Cauce, que la mudanza reveló en unas viejas cajas de cartón. Gracias Don Osvaldo, ya que sin quererlo, se transformó en el mejor personaje que le dio una etílica bienvenida a mi nueva vida en este cerro de Valparaíso.

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4.10.2007

Volcando la interioridad al exterior


por ajenjo

Estoy con mi hijo en el Salón Esmeralda de la Intendencia Regional a la espera de que me entreguen copias del libro "Del Y va caer al no. La juventud de Valparaíso durante los 80’s", donde quedé seleccionado con una crónica cuento.
El acto, como es tradicional en Chile, empezó con media hora de atraso y después de un emotivo video recordatorio de Gonzalo Muñoz y otros jóvenes asesinados, se dio paso a una mesa redonda donde varios dirigentes e intelectuales comenzaron un largo bla, bla, bla.
A mi hijo le dio sed y le compré una lata de Sprite. Se la tomó rápidamente y a los minutos vació su interioridad al exterior. En otras palabras, se mandó el tremendo vómito en el salón Esmeralda, provocando la huida de todos los espectadores que estaban a su alrededor.
Me tuve que ir sin poder obtener una copia del libro, mientras mi hijo, con cara de enfermo, se reía por su pequeña imitación de Linda Blair en el edificio de la Intendencia Regional.
Pasé cuidando al enfermito durante el fin de semana, arrendándole una buena dosis de películas en el Blockbuster y quedando los dos con los ojos cuadrados de 10 horas continuas de rayos catódicos en nuestro cerebro.
El domingo decidí ir a ver la película "300" con mi brother, con el cual asistimos exclusivamente a filetes cinematográficos, acompañados siempre de la infaltable petaquita de ron.
La película con una estética espectacular, pero con diálogos tan extraños como "deberemos pedir ayuda a los griegos, esos amantes de niños", provocó que la bebida cubana bajara rápidamente por el gaznate, anestesiando las imágenes de sangre, mutilaciones, muertes y más muertes.
Ahora sólo me queda esperar el camión de la mudanza que me cambiará del cerro Alegre a la calle Yerbas Buenas, mi nuevo hogar.
Casa nueva, vida nueva.

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3.30.2007

Un sobaco en la cara


por ajenjo verde


Mi novia santiaguina se cayó y quedó con un esguince cervical. Tiene que usar un cuello ortopédico, causando que sus movimientos se roboticen y tenga que estar en cierto reposo para evitar los dolores.
Por esta razón, y estrictamente por esta razón, tuve que viajar a la capital y vivir en carne propia el plan Transantiago, que lo puedo definir en cinco sencillas palabras: un sobaco en plena cara.
Me bajé de bus en la estaciónPajaritos a las 9 de la noche de un viernes. Me metí al metro normalmente y la gente corría como loca por lograr llegar a un asiento. Me quedé parado y me fui al final de un vagón donde me senté en el suelo. En la estación Universidad de Santiago entró una masa de gente increíble. Me paré como un resorte. Todos se apretaban y uno trataba de alejarse de las mujeres para que no lo acusaran de "manoseador".
De repente un sobaco de un trabajador chileno se estacionó en mi cara. Estuve más de diez estaciones con esa axila tatuada en mi ojo izquierdo. El calor era insoportable y los olores que emanaban eran asquerosos, vomitivos, putrefactos.
Mi novia me esperaba con su cuello ortopédico, mientras yo, con la cara sudada y el cerebro hecho jirones escuchaba sus cariñosas interrogantes: ¿Qué te pasa? ¿Qué ya no me quieres? En resumen trate de decirle que su ciudad, su capital, me apestaba.
Valparaíso tiene sus veredas y calles llenas de piñén, los mojones de perro florecen como rosas, las jaurías de perro atacan a los niños, explotan los edificios, se caen las cornisas, la gente es mutante, radioactiva, extraña, sin embargo es una ciudad tranquila y acogedora.
Una de las pocas cosas rescatables de la visita fue estar una hora y media en una librería de uno de los tradicionales templos del consumo. Adquirí Círculo Vicioso, de Germán Marín, que es un libro que es un duro bistec neuronal. De pasada saqué Ygdrasil, la primera novela ciberpunk chilena y Big Bad City, de extremista Enrique Symns. También me metí al cine y vi Apocalypto y salí bañado en sangre.
Todas esas cosas las pude haber realizado sin pasar por la experiencia del sobaco en la cara.


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3.23.2007

Heladero


Pido un barquillo con helado de menta afuera del Marco Polo, en la avenida Pedro Montt, minutos antes de entrar a observar la graciosa película "Música y letra", que muestra la decadencia en que están sumidos todos los que invocan como la gran moda la onda "ochentera".
Al tener el helado en mi mano recuerdo, sumido en una cierta nostalgia depresiva, cuando una vez trabajé en una famosa heladería en la galería Couve, en Viña del Mar.
Llegue hasta ese puesto de trabajo después de haber sido expulsado de la carrera de Derecho, en la UCV, por no conseguir los puntos necesarios para dar los exámenes orales. Estar de vago en la casa no era ningún aporte, por lo tanto partí a buscar trabajo a la heladería por el dato de un amigo.
En la jerarquía del local el puesto más bajo era el barquillero, quien tenía que enfrentar a la masa , que en pleno calor y estrés de las compras veraniegas quería mandarse un heladito para relajarse.
Las señoras gordas, aprovechando el cierre de la calle Valparaíso sólo para peatones, gritaban por su cono de helado de vainilla bañado en chocolate, mientras la gota de sudor e impaciencia me corría por la espalda.
La gente se amontonaba con sus fichas triangulares de colores y te insultaban por no atenderlas primero. Yo trabajaba junto a un socio, que después de media hora de recibir groserías en la cara les mandaba a las señoras un rosario de garabatos digno de Ripley. Las mujeres corrían donde el gerente, sin embargo nunca la cosa pasó a mayores.
Dentro de las copas que se vendía, existía una que se chorreaba con una pizca de coñac Tres Palos, y que se pedía muy poco. Junto a mi socio de los barquillos nos quedábamos lavando los platos en la noche, y aprovechábamos la soledad de la tienda para bajarnos el licor, que nos servía para anestesiar la paciencia y seguir en la heladería.
Esos eran los momentos más alegres de esa pega, cuando nos empinábamos toda la botellita y salíamos, cada uno para su casa, felices de haber cerrado el boliche.
El encargado siempre preguntaba: ¿por qué, si se han vendido sólo dos copas de crema al coñac, la botella aparece vacía todos los días?
Nuestras caras reflejaban claramente que nos habíamos pegado Tres Palos en la cabeza desde hacía varios días.
Al final dejé la pega y con la poca plata que me pagaron me largué al Valle de Elqui y quedé con el recuerdo eterno de que al pedir un helado al barquillero, hay que hacerlo con mucho respeto, como casi todas cosas que hay que hacer en la vida.

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3.16.2007

Tia Armenia


ajenjo verde

Durante mi infancia en Venezuela, entre los años 1976 y 1980, logré cosechar la amistad de dos simpáticos negritos que se transformaron en los más importantes "brothers" de mi niñez: Tito y Orlando.
Entre los 6 y los 10 años, armamos una pandilla en Caracas que andaba en patineta, se bañaba en las playas de Mamo, peleaba y jugaba como todos los niños del mundo.
Cuando decidimos retornar al gris Chile de los ‘80, Tito y Orlando nos acompañaron , ya que querían conocer la helada patria de sus amigos los chilenos. En Viña del Mar, a Tito la gente se le acercaba y le tocaba su encrespado pelo: "¡Pero si es el hijo de Pelé!", gritaban las señoras, afuera de una desaparecida pista de patinaje a un costado de la plaza Vergara.
Ellos retornaron a Venezuela y nosotros entramos al colegio, con vestón y corbata, y nos pusieron los "hermanos chévere", por nuestro acento honesto y tropical.
Hace algunas semanas tuve el honor de tener de visita a la madre de Tito y Orlando: mi querida tía Armenia.
La morena y hermosa señora llegó hasta mi casa en el cerro Alegre y compartió un asado junto a mi familia. Bebimos vino tinto y del otro y hasta unos tragos de ron me mandé, en medio de mi emoción.
Después fuimos a La Sebastiana, para que conociera la casa de Pablo Neruda. Yo, que vivo hace 10 años en Valparaíso, jamás la había pisado y tuvimos que presionar a las dormidas jovencitas-guías para que nos explicaran qué pelela o qué libro había usado el famoso vate.
En la noche reservé una mesa en el Cinzano para mi tía Armenia. También guardé un espacio para Carmencita Corena, quien la homenajeó con una canción del folclor llanero.
En el Chipi-Chipi no aguante más y saqué a bailar a mi tía, quien provocó la admiración de todos los presentes. Los comensales le metían conversa y le decían en tono de broma: ¡"Sí señol"!
Para variar tomé, tomé y tomé. Grité por el Everton y la gente me respondió: "¡Fuera!". Después mi taxista amigo, el señor Maureira, se llevó a mi madre y mi tía a Viña del Mar.
Yo seguí cantando y me subí a una silla y casi me corto los dedos con un ventilador del techo.
¡Adiós, tía Armenia, pronto nos veremos!

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2.16.2007

Reflexiones sobre el buen gusto


por ajenjo

Me voy al cine en busca de un buen descanso visual y terminé metido en el Hoyts observando "Bienvenidas al Paraíso", donde cincuentonas norteamericanas hacen chupete a negros analfabetos de Haití, bajo la fiera dictadura de Duvalier, en los años setenta. Es el conocido "turismo sexual".
En mis viajes he podido observar cómo muchas personas salen en busca de sexo a lugares exóticos. En Amsterdam está el famoso Barrio Rojo y en Tánger los adolescentes homosexuales siguen a los turistas como si fueran verdaderos bistec con patas. El turismo sexual es donde se puede observar con mayor espanto las enormes diferencias sociales que marca el desarrollo y el subdesarrollo. Sólo basta con mirar dentro de Cuba para conocer esta triste realidad.

Pensando en estos temas pasé a tomarme unas cervezas frías al Moneda de Oro, que rematé con unos roncitos con coca cola que me motivaron para asistir a una fiesta de periodistas en La Piedra Feliz.
Ese famoso local porteño, que ya está inserto dentro del patrimonio bohemio de la ciudad, nunca me ha gustado. Siempre he dicho, en forma exagerada, que está repleto de sedientas secretarias separadas en busca de una pareja ocasional o un pololo que las saque de su desesperante e histérica soledad.

Sacándome los prejuicios llegue a un rincón conocido como el Salón Rojo, donde hermosos retratos de Gonzalo Ilabaca adornan las paredes. El cuadro de Alvaro de Valparaíso proyecta un atemorizante misterio.
Mientras me tomaba un ron, el cual tuve que aumentar de poder con mi petaquita de bolsillo, reflexionaba sobre mis prejuicios. Sin embargo hay algo en ese lugar que no me cuadra.
Pienso en lo que me dijo una de las Chicas Superpoderosas, que me señalaba que los ambientes no se hacen, sino que nacen. Por más que hagas tocar a grupos underground, por más que cuelgues pinturas de brillantes artistas, por más que lleves a los cantantes de izquierda y a los mejores bailaores de flamenco, en mis oídos resuena la voz de un negro haciendo clases de salsa a ebrias regordetas que miran con lujuria al moreno profesor.

La sencillez y delicadeza del Caruso. La amistad verdadera del Moneda de Oro. Las servilletas de género del Bar Inglés. Los canarios del Liberty. Los privados del Menzel. El causeo del San Carlos. La giganta del Renato. El Dióscoro y sus cuecas en El ascensor a la Luna.
Todas esas cosas no se compran con dinero.

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2.09.2007

Ciudad carnívora


por ajenjo

Siempre he dicho que Valparaíso es una ciudad que mata a sus propios habitantes. Para mi peculiar visión, es una urbe carnívora, que engulle a su pueblo a través de pasarelas, cornisas o edificios que se derrumban por estar literalmente podridos.
Fue así como a las 8.35 de la mañana de pasado sábado me llama una amiga para preguntar si estoy sano y salvo. "Se escuchó una gran explosión y me preocupé". Le agradecí su molestia y seguí durmiendo.
Decidí no involucrarme en este desastre y partí a un almuerzo con mi compadre Dióscoro Rojas y dos de sus hermanos. Los "brother" Rojas, todos de Lontué, son muy simpáticos y acogedores y entre cervezas y vinos contamos anécdotas y pelamos a la gallá política.
Dióscoro se contó la media historia con el tío Roberto Parra. "Una vez organizamos una peña y hubo como enredos de plata. El tío Roberto, azuzado por su hermano Lalo, me fue a reclamar y terminó poniéndome una pistola en la cabeza. Yo nunca supe si era de verdad o de mentira pero le dije. Atrévete a disparar chuchetumare..."
Junto a mi novia, y todavía riéndonos de la historia del Dióscoro, enfilamos a Viña del Mar, a un recital de grupos rock en el Estadio Sausalito. Nos habíamos conseguido unas credenciales y como era temprano fuimos a beber unas cervezas al mall.
Conocí lo que se llama un rocket. Es un tubo lleno de cerveza con un tubo más pequeño en su interior con hielo. Tiene una llave y siempre estás sacando líquido heladito. Deben se como dos litros y medio. Me lo zampé con mi mujer y quedamos bastante dañados.
Llegué al Sausalito y en el recital habían cuatro gatos. Los mexicanos de Plastilina Mosh dieron vergüenza. Sinergia estuvo excelente y su vocalista, vestido de novio, lanzó hasta un ramo mientras cantaba lo que ahora es mi himno diario contra las mujeres: "te enojai por todo, te enojai por todo".
Yo quería ver a Calle 13 y su canción que dice: "Señorita intelectual, ya se que tienes el área abdominal que va a explotar, como fiesta patronal, que va a explotar, como palestino.". Sin embargo antes saldrían Babasónicos y su vocalista con pinta de rata humana me da, por decir lo menos, asco. Decidí irme para la casa.
El domingo, mientras todo el mundo comentaba el derrumbe de calle Serrano, me fui al cine a ver "Mi amor de verano". Una historia de chicas lesbianas para pasar el rato.
Después saqué cinco lucas y le aposté todo a París Troya en el Derby 2007.
Me fue como las reverendas.
Mala suerte en el juego, buena suerte en el amor.

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2.02.2007

Mi muñeca gigante




“Tengo el cráneo trizado por los golpes de mi imaginación”.
Vicente Huidobro



Estoy en la calle Monjitas, en Chantiasco (fusión de las palabras chanta y asco) esperando que aparezca la famosa muñeca gigante del grupo de teatro Royal de Luxe.
A estos chicos franceses los conozco desde hace años, cuando montaron en un liceo del cerro Cárcel la obra Cuentos negros, e inmediatamente percibí genialidad absoluta en cada uno de sus integrantes.
Recuerdo ver salir a Jean Luc, el director de la compañía, bastante borracho del Cinzano, con su nariz roja y sus lentes tipo Allende maquinando en su cerebro más fantasías impactantes.
Tengo imágenes grabadas de Carmen Corena y Pollito cantando el chipichipi antes que empezara la obra. El público aplaudía contento y quedaba calientito para el show.
Ahora estoy con mi hijo sobre mis hombros y mi novia esperando el paso de la pequeña giganta.
¡Ahí viene, ahí viene!, fueron los primeros gritos. La muñeca y sus operadores liliputienses se acercaba a toda velocidad, mientras la giganta comía una paleta de helado de más de un metro.
Cuando pasó a escasos centímetros de nosotros, las lágrimas tomaron por asalto mis ojos. Era algo único e impresionante.
Los liliputienses con sus trajes rojos y su paso marcial teatral era más que hermoso. Ellos sabían que estaban moviendo no sólo un gran pedazo de madera, sino que también la imaginación y los sentimientos de miles de seres humanos.
La vimos no más de cinco minutos, antes que la masa, inyectada de ansiedad y ciega de emoción, tratara de aplastarnos.
El domingo salimos en busca del gran final. Llegamos a Plaza Italia y quedamos justo en la parte de atrás. Una gran jaula que tenía tatuado el nombre de Valparaíso era parte del montaje.
Tuvimos que correr por calles paralelas en el intento de encontrar un espacio para mirar. Un conserje calvo salió de un edificio y nos gritaba: “lleven sus peinetas cabros pa que peinen a la muñeca”. Otros le contestaron “güena pelado, los decís porque vos no ocupai peineta”.
Entre risas llegamos al frontis de la Biblioteca Nacional. Con ese gran edificio de fondo me despedí de mi giganta, mientras me acariciaba mi cráneo, lleno de trizaduras, por los implacables golpes de mi imaginación.

ajenjoverde@hotmail.com

1.26.2007

Babel porteña


Aunque en Valparaíso hablamos el mismo idioma, muchas veces nos encontramos con personas que están conversando en otra onda, otra frecuencia, que los convierte en extranjeros para uno.
En el mundo de los bares eso pasa muy seguido ya que el exceso de copas puede convertir a un hombre en un loro de siete lenguas, en un mudo, en un mentiroso compulsivo, en un sabelotodo o en un caballero muy educado.
Muchas veces en el Bar Inglés, con mi brother médico, escuchamos las conversaciones del propietario del local. Es una persona muy agradable y simpática, quien siempre pide prestado el diario La Segunda y nos interroga con preguntas como: ¿Saben ustedes cómo las serpientes llegan a este mundo?
En la Moneda de Oro también hay personajes que hablan en lengua bohemia, como el garzón Fernando, que hace poco se cayó de la hamaca de su casa y se rasmilló toda la oreja ¿Será verdad esa versión?
Para que hablar del Cinzano, que es como la Babel bohemio por excelencia, donde además de encontrar muchas lenguas y orejas alcohólicas, se acumula la experiencia de años de circo en el Puerto querido.
Todo esto está relacionado a que estoy tratando de tener un período de desintoxicación, ya que una noche donde nos bajamos seis botellas de colemono todavía resuena en mi hígado, el héroe de mi cuerpo.
Para poder escaparme de las tentaciones voy al cine en forma compulsiva y en esta ocasión me encontré con un filete de película: “Babel”.
La película muestra Marruecos, Japón, México y Estados Unidos. Desnuda a sus habitantes y sus complejos, mostrando las diversas facetas del animal humano.
Cuando las películas provocan fuertes remezones en mi cerebro, no importa de que tipo, siento que la entrada está bien pagada. Aquí fue la angustia de los personajes lo que me sobrepasó y salí bastante dañado del cine, con ganas de apagar esa sed eterna que anida en mi cabeza.
Me gusta Valparaíso porque está lleno de gente mutante, que viviendo en su propia ciudad a veces se convierte en extranjero, alterando esta loca geografía del deseo y la distorsión humana.
Brindo, con agüita de la llave, por las diferencias físicas y cerebrales de los porteños. Definitivamente los hombres no somos iguales.

ajenjoverde@hotmail.com

1.18.2007

Teatro en el Trolley


por Ajenjo

Estoy en la discoteca y pub La Secta, bailando “Beautiful people” de Marilyn Manson. A mi alrededor hay clones de Drácula y algunos Frankestein. Incluso hay unas mujeres que parecen el Hombre Lobo.
Me siento algo dañado ya que durante todo el día estuve filtrando con el hermano de mi novia, un historiador bastante amigo del vino y el ron. Nos pegamos esos asados bien regados, justo antes de meternos en una obra de teatro arriba de un trolley.
Llegamos a las siete en punto a la garita de esos vehículos en la Avenida Argentina, y empezó la función con una recreación histórica de la inauguración de este servicio. Yo llevaba mi petaquita de vodka y bebida energizante en mi chaqueta, para ir amenizando el viaje.
La obra es muy buena. Apareció Juan de Saavedra, un bombero todo tiznado y un marinero. Un simpático actor iba relatando la historia, además de entretenidos datos de la arquitectura urbana.
Afuera de la iglesia La Matriz el público desciende del trolley y en las escaleras de la iglesia hay una fuerte discusión entre el marinero actor y una mujer que reclama abandono. Una indigente del sector se mete improvisadamente a la obra y grita, “yo me lo llevé a Suecia, al hoyo...”. La gente ríe y se le explica que es una obra de teatro.
El público es guiado al bar Liberty, donde la función prosigue. Sirven unos vasos de vino, mientras los viejitos parroquianos, que quedaron adentro del recinto, disfrutan con la actuación y siguen bebiendo ese vinagre mortal.
El viaje en trolley continúa por la ciudad y yo, empujado por el vodka, realizo algunos comentarios en voz alta. Uno de los personajes, un chico rapero, me dice que si no me callo me cortarán la lengua. Me percato que estoy pintando el mono y me hundo en mi asiento.
Volvemos a la garita y la obra termina con un aplauso cerrado y muy bien merecido. Nos vamos para mi casa y preparamos el asalto nocturno a la discoteca La Secta y Cherry.
La entrada nos costó tres lucas y teníamos derecho a unas chelas grandes. Ahí, en medio del baile y cantando “la gente bonita, la gente bonita” recordé la obra en el trolley y me di cuenta que había sido testigo de un filete teatral.
¡No se la pierdan!

ajenjoverde@hotmail.com

1.15.2007

Adiós a la O


por Ajenjo

Creo que la mejor palabra que puede definirme en estos días es resurrección. La ola del carrete de diciembre, que actuó como un tsunami de placer, se ha retirado, dejando miles de cadáveres dentro de mi cuerpo y cerebro.
Estoy lentamente reencontrándome conmigo, mientras trato de recordar todo lo que me sucedió cuando me metí a la juguera y el mundo apretó el botón rojo.
Una de las visiones que tengo fue a la salida del mercado de la Plaza Echaurren, donde me comí un plato de machas a las 9 de la mañana del 1 de enero. Para llegar hasta mi casa decidí tomar la micro O, que me deja a dos cuadras.
Me acompañaba un lote de santiaguinos que tenían muy poco de santiaguinos (es que eran muy re simpáticos) y los subí al bus. Al momento de pagar me acordé que con esto del Trans Valparaíso, la micro O se transformaría en la 612. Fue ahí donde me vino la etapa de la borrachera conocida como “nostálgica llorona”. Me senté al lado del conductor y le pelé el medio cable.
“Tengo mucha pena don chofer, ya que esta micro ha significado mucho para mí (moco y lágrimas). La O era mi vida, era un símbolo de Valparaíso y ahora desaparecerá (más moco y lágrimas y elevando la voz) ¡Cómo es posible que cambien la letra O por un feo número! ¡Cómo!”.
El chofer me dijo con buenas palabras que trabajaba un primero de enero y que estaba cansado de escuchar tantas estupideces.
Me fui a sentar con mis amigos santiaguinos, que ya estaban un poco avergonzados de mi actitud.
Me da pena que la O cambie de nombre. En esa micro me pasaron muchas cosas. Les contaré una que es un poco triste, pero bueno, así es la vida no más.
Siempre tomábamos la O con mi hijo para visitar al santo asesino Emile Dubois en el Cementerio de Playa Ancha. El llevaba las velas y yo los fósforos. Subíamos hasta el sitio de la animita y le decía que pidiera algunos deseos, y a lo mejor Dubois se los cumplía.
Un día,también arriba de la O, mi hijo me dijo: “tu santo no me está cumpliendo los deseos”. ¿Por qué dices eso? “Porque le pedí que mi mamá y tu volvieran a vivir juntos y no pasa nada”.
Sujetándome las lágrimas con un yunque detras de los ojos le contesté: “hay cosas que ni los santos, ni los asesinos, pueden cumplir”.
Adiós micro O, adiós para siempre.

pancho667@hotmail.com

1.03.2007

El eterno retorno


Por Ajenjo

No se por donde empezar.
Me desaparecí todo dicembre, ya que necesitaba salir de los teclados y las pantallas y dedicarme a refrescar la mente para enfrentar nuevas batallas periodísticas.
Partí en el Earthdance 2006, donde junto a mi hijo y mi novia acampamos tres días con miles de neohippies que bailaron al ritmo del futuro, en un sector diseñado por el poeta Raul Zurita: Picarquín.
Después volé a Buenos Aires, donde en medio de una lluvia canté los mejores temas de Andrés Calamaro, en el mítico estadio Obras y me enteré de la muerte de Pinochet el mismo día que nació Carlos Gardel, en el cementerio de Chacaritas, tomando vodka en el Palacio de la Pizza.
En la mitad del mes caí enfermo de amigdalitis y me tuve que inyectar milllones de penicilina y permanecer atado a la fiebre.
Me recuperé para los Carnavales Culturales, donde fui testigo de un histórico recital de Alvaro Peña, quien cantó su tema más polémico y censurado en varios países del mundo.
Vi parte del concierto sinfónico con temas de Victor Jara, acompañado de veintañeros que bebían cajas de vinos dulzonas y refrescantes. Quedé hipnotizado por una batucada brasileña y unos monos gigantes que danzaban con el carnaval.
Observé una de las funciones de títeres más freak, donde los niños quedaban llorando y los padres eran insultados irónicamente por las punzantes frases del hombre marioneta.
Sólo me quedaba enfrentar el Año Nuevo y abrí las puertas a un loco grupo de santiaguinos, con quienes nos disfrazamos para la noche aquella y con sombreros locos y trompetas de cartón removimos aún más la afiebrada noche porteña.
Recuerdo, con algunasobvias lagunas, estar en el Mercado del Barrio Chino, comiendo una sopa de machas a las 9 de la mañana, mientras la conexión entre el cerebro y la lengua ya se encontraba totalmente destrozada.
Ahora hay que volver a la realidad. Olvidar todas esas botellas, conversaciones y gente amable que desfiló ante nuestros ojos.
Hay que volver a la realidad, a la cruda y verdadera realidad.

ajenjoverde@hotmail.com

11.24.2006

Pan tostado con mantequilla

Por Ajenjo

Estoy sentado en el Play Back Estudio del Parque Arauco de Santiago. Es una mezcla entre un estudio de grabación, restaurante y bar. Puedes grabar tu disco, comerte unos sandwich y tomarte los copetes.
Esas son las raras mezclas que hacen los santiaguinos (¿o chantaguinos?) en sus hermosos mall, que copiamos en forma desesperada en la sana y verde provincia.
Estoy en la capital porque estoy expiando mis culpas amorosas. Aprovecho un gigantesco y moderno cine (¡que tienes salas con sillones de cuero reclinables y bar!) para ver "Los infiltrados", de Martin Scorsese.
Obviamente no les voy a contar la película, sin embargo la imagen de Jack Nicholson con una pecera llena de cocaína de alta pureza lanzándola a una cama para agasajar a una modelo negra es algo que queda tatuado en las neuronas.
Terminé tomando cerveza y Kir Royal, el trago preferido de mi bella novia, en el bar-estudio, mientras relacionaba en mi mente el nombre de este famoso centro comercial: Parque Arauco.
¿A quién fue el que le cortaron las manos? ¿A Lautaro o Colo-Colo? ¿Y a quién sentaron en la pica? Le pregunto a mi acompañante, mientras asumo que a los indios los españoles los hicieron polvo, pero nosotros en homenaje levantamos un gigantesco templo del consumo y lo bautizamos con el nombre de las víctimas. Bonito detalle de estos chantaguinos.
La reflexión indígena me siguió dando vueltas y nuevamente me encontré con el tema por el partido de Colo-Colo. Junto a Dióscoro Rojas, guaripola de los guachacas, y otros amigos, vimos el encuentro en el Moneda de Oro. A la octava botella de cola de mono el mozo advirtió: "Se acabo chiquillos, así que hasta aquí no más llegaron". Justo el partido había terminado y los colocolinos saltaban de alegría por el triunfo.
Dióscoro quería comer pan tostado con mantequilla . Entramos a más de cinco fuentes de soda y en todas nos dijeron que vendían sandwich de todo tipo, "pero de ese estilo no tenemos". ¡Cómo puede ser posible!
En el bar Mi Casa nos atendió una hermosa señorita que gentilmente accedió a tostar el pancito, "pero le vamos a poner manteca no más, ya que aquí no se trabaja con mantequilla". Dióscoro aceptó la oferta, sin embargo en la cocina se apiadaron del gran guaripola y le pusieron paltita molida y su correspondiente taza de te.
Yo me empipé una cerveza de tres cuartos y transmitiendo en frecuencias extrañas terminamos la noche hablando, como siempre, de política y de la ajetreada contigencia nacional.
Me fui a la casa caminando, mientras mascullaba para mi interior un grito desesperado: ¡Cómo es posible que no vendan pan tostado con mantequilla en las fuentes de soda de Valparaíso!

ajenjoverde@hotmail.com

11.20.2006

Gracias Carpintero!


"Estoy cansado de buscar,
algún lugar encontraré,
estoy malherido,
estuve sin saber que hacer, en algún lugar... te espero".

Algún lugar encontraré, Andrés Calamaro.


El vocalista de "La Radio Carpintero" se lanza al suelo y empieza a temblar como si tuviera un ataque epiléptico. Es el único imitador de Sandro que he visto en vivo y directo y es excelente.
Estoy en La Tertulia, en Valparaíso, tratando de pasar las penas amorosas con este show que me levantó un poco el ánimo. "Tira para arriba", me decían las Chicas Superpoderosas, que me ponían ron tras ron para que volviera a convertirme en el de siempre.
La banda "La Radio Carpintero" tenía la media explosión en el escenario. Tocaban temas de Zalo Reyes y cumbias famosas, y todo salían a contornearse.
Bastante dañado me voy al Cinzano, donde me encuentro con el humorista Palta Meléndez. Son las cuatro de la mañana y el cómico está en el mismo estado en el cual me encuentro yo.
Me voy para la casa arrastrando la pena y entonando canciones de Calamaro. En la mañana decido pedir perdón y viajar a Santiago en busca del beso que ya no tenía.
Antes de tomar la micro pase a comprar un perfume para que fuera mi escudo de entrada a la hora de la conversación que no quería escuchar. El regalo tenía la forma de una manzana roja que al abrirse entregaba su rico aroma.
Mi bella novia me recogió en el metro Manuel Montt y me dijo: "ahora tenemos que hablar". Saqué el envase plateado con una cinta blanca y la miré a los ojos con cara de perro degollado.
Ella entendió a la perfección y me dejó besarle su cuello y una breve comisura de sus labios. ¡Estaba perdonado y más enamorado que nunca!
Nos vinimos a nuestro Valparaíso querido y pensé: "Para rematar esta reconciliación sólo falta una rica cena con vinito tinto".
Nos fuimos a buscar sushi al nuevo restaurant de la calle Esmeralda, que está de moda. Mi novia, adicta a esa comida japonesa, pidió varias manjares que fueron devorados con ansiedad, mientras un rico tintolio nos amasaba las neuronas.
Después a la casa a terminar la reconciliación definitiva. Al otro día un desayuno con palta y huevos revueltos me dejaba como un rey, sin embargo las heridas cierran lentamente y hay que usar un buen cicatrizante.
Creo que el mejor Hipoglos para el amor es la comida, la bebida y los regalos, además de un buen show de un imitador de Sandro.
Agradezco públicamente a la orquesta "La Radio Carpintero", quienes al ritmo del cantante argentino y de Zalo Reyes, me dieron la fuerza de asumir las culpas y de rescatar lo prioritario y esencial que tengo en mi vida.
Muchas gracias.

ajenjoverde@hotmail.com

11.10.2006

El cumpleaños de la Ronca


Por Ajenjo

Una amiga que vive en un edificio en el corazón del cerro Alegre me invitó a su cumpleaños el lunes recién pasado.
A ella la bauticé cariñosamente como La Ronca, ya que su cajetilla diaria de cigarrillos, que consume compulsivamente, la han convertido en una fémina con un erótico timbre de voz.
Le compré el libro de Dougland Coupland, "Todas las familias son sicóticas". Este escritor canadiense se hizo famoso por redactar "Generación X", un libro de culto que me emocionó en los comienzos de la década del ‘90.
Llegué cerca de las nueve y media a su departamento y la mesa ya estaba llena de simpáticos y conversadores locos.
Destacaba un arquitecto que aprovisionado de cuatro botellas de champaña, las iba destapando lentamente, generando un griterío y huidas del público femenino.
Desde su balcón se observa la bahía de Valparaíso en todo su esplendor. Alguien gritó: ¡está saliendo la luna! Un inmenso huevo amarillento empezaba a asomarse entre las dunas de Concón. Fue un verdadero e impactante amanecer lunar y muchos bromearon que habíamos contratado un show de efectos especiales para la cumpleañera.
Entre los invitados estaba una simpática y bella argentina, de Rosario, quien me contaba que en su ciudad habían nacido maravillosos locos, como el Che Guevara, Fito Paez y Fontanarrosa. Una buena tripleta.
Yo me bajaba las copas de champaña rápidamente, mientras conversaba animadamente bajo el influjo del vino espumante.
En realidad todos los invitados conversaban y el departamento, al parecer, se empezó a convertir en un parlante gigante que causaba molestias al vecindario.
La primera alerta fue una llamada telefónica de la portería del edificio, que advertía que algunos vecinos estaban molestos por la bulla. Nadie pescó y siguió la conversa.
Los temas eran variados y La Ronca, ya bastante dañada, se puso a recitar unos textos de un poeta uruguayo. Sus estrofas fueron interrumpidas por el timbre. Era el cuidador, quien ahora de cuerpo presente, trataba de explicar que si no bajábamos el volumen corporal, la situación se tornaría más compleja.
Todos acordaron hablar más bajito, sin embargo a los pocos segundos las reflexiones sicopoliticas aumentaron de nivel.
En eso llegó la torta y el cumpleaños feliz cantado hasta en mapudungún. Ahí el griterío aumento. Se destapó la última botella de champaña . La fiesta estaba rebuena, hasta que sonó el timbre fuerte y claro.
Yo me asomé por el ojo de pescado de la puerta y grite: ¡hay un carabinero! A la Ronca le fueron a lavar la cara, mientras otros preguntaban graciosamente: ¿quién es?
Al final la sentencia fue clara y definitiva: "si no se callan, a la segunda les sacó el parte". El policía se fue y la conversa siguió en penumbras, pero yo pronosticaba que quedarse era un error.
Solitariamente tomé mi chaqueta y me fui . Ya en la calle miré la luna y le agradecí vivir en una casa donde puedo hacer hasta un combate de titanes del ring y a nadie le molesta.
Cosas de la arquitectura.

ajenjoverde@hotmail.com

11.03.2006

Cumming in the night


Por Ajenjo

¿Quién se acuerda cuando en la pérgola de flores de la subida Cumming vendían la mejor malta con huevo de la ciudad?
Ahora ya no funciona, sin embargo, ese sabor espumoso de un buen vaso mañanero era una experiencia guaripolo.
Los gringos toman Bloody Mary (jugo de tomate y vodka) para pasar las cañas. Aquí lo mejor es una rica maltita con huevo y un aliado jamón queso para no despedazarse el estómago.
Ahora la subida Cumming está toda taquilla. En el cajón de recuerdos universitarios tengo la imagen del calvo dueño de la botillería Las Rejas, quien antes de las restricciones horarias vendía copete hasta las seis de la mañana, ¿o las ocho? Varias historias corrían detrás de esta botillería, que hasta la actualidad sólo atiende tras las rejas. No hay mesón, ni la posibilidad de verle las etiquetas a los vinos. La reja siempre abajo , al parecer, le han salvado la vida en varias ocasiones a su propietario.
La subida Cumming comienza con el hermano del Moneda de Oro. Se llama Grill Moneda y con su pantalla gigante es el favorito de los amantes del fútbol, especialmente los domingos, ya que abre todos los días del año.
Después viene El Dominó y su eterno aroma a papa frita. Más arriba asoma el taquilla Mi Casa, que hasta un par de años era un reducto de viejos vinagreros y perdedores poetas. Ahora siempre está lleno y son famosas sus empanadas y un negro que con su trompeta llena de música el cervecero ambiente.
Este fin de semana conocí un nuevo restaurante peruano instalado en Cumming. Se llama Carpe Diem y al parecer está involucrado el antiguo chef del Journal. Ofrecían por tres mil 500 pesos, a la hora de almuerzo, un pisco sour, unas papas a la huaicaína, un ají de gallina y un postre. Me tomé mi pisco y el de mi novia, que estaba reguleque, además de una botella de vino marca Veo y que tenía su etiqueta en inglés.
La comida es rica y la música peruana resuena todo el tiempo, especialmente una canción que a cada rato decía "cachís, cachís". Mi hijo, que se aburre en los restaurantes, comenzó su estadística de los chicles debajo de las mesas, lo que obviamente significaba que había que marchar.
También está el viejo Canario, ese minúsculo bar que cuando está lleno cierra la puerta y la gente grita por los barrotes de la ventana que le abran la puerta.
Está el Troley, uno de los pocos bares temáticos de Valparaíso, y uno cuyo nombre no puedo recordar, pero que tiene el símbolo de Los Jaivas pintado en su escenario. Ahí se reúnen jóvenes de izquierda que cantan a todo pulmón los viejos temas revolucionarios.
De todas maneras, aunque muchos digan que es cuico, mi preferido es el Caruso. Una de sus dueña es la Javi Luco, conocida por algunos pocos como la Nicole Kidman de Valparaíso, quien siempre está atenta a todo lo que sucede. De ese local he salido con mi panza llena de ceviches y he sido atendido con una amabilidad y generosidad .
Cumming in the night: un clásico de la actual bohemia carretera de Valparaíso.

ajenjoverde@hotmail.com

10.25.2006

Casi un sueño



Voy caminando junto a mi novia por la larga playa Las Machas de Maitencillo. El sol está a punto de esconderse para mostrar el mítico rayo verde, que permite obtener algunos deseos a los bienaventurados que logren alcanzarlo con sus ojos.
A lo lejos observo unas pequeñas luces en la arena. Decidimos, como buenos animales curiosos, acercarnos para saber qué ocurría. Las luces eran pequeñas antorchas y una suave música empezó a invadir el espacio.
"¿Será una misa en la playa?", me preguntaba mi chica. Muevo la cabeza bajo el signo de la incertidumbre y camino como si estuviera hipnotizado.
Al llegar al grupo no lo podía creer. Una pequeña orquesta de música clásica, integrada por niños, tocaba "El cigarrito" del gran Víctor Jara. Había violines, contrabajos, un órgano, trompetas y todo lo necesario para ejecutar bellos sonidos. Unas 30 personas miraban el concierto, mientras el sol ya dejaba de existir.
Me senté en la arena, frente a la directora, que era una hermosa rubia que dirigía con pasión a sus infantes músicos.
"Ahora tocaremos del famoso grupo Los Jaivas el tema 'Sube a nacer conmigo hermano'". Ahí tomé con fuerzas la mano de mi novia, cerré los ojos y me invadió una de esas emociones poderosas donde la tristeza y la alegría se amalgaman en algo caótico e incontrolado. Quería llorar y apenas tragaba saliva.
"Esto está muy bonito", me decía mi novia. No podía contestarle ya que las lágrimas, apretadas como el champaña a punto de ser descorchado, podían salir disparadas si abría mi boca. ¿Por qué no podremos llorar libremente? ¿Por qué le tendremos vergüenza al agua salada que vive en los ojos?
El concierto terminó con "Nueva York", de Frank Sinatra, y con todos los músicos, incluída la directora, bailando y riéndose en la arena. Contaron que eran un grupo de Quillota, que había partido como un juego, pero que gracias a la pasión y el esfuerzo de sus integrantes, se habían convertido en niños profesionales de la música.
Al otro día llevé mi brother médico y a su novia a observar el concierto. Aproveché a meter una botella de ron añejo en un bolso y una coca cola, para poder realizar esa dulce mezcla. La sorpresa y la emoción no fue la misma, sin embargo todavía quedaban rastros del poder de la música.
Decidimos celebrar el hallazgo en el restaurante La Canasta, ubicado en la calle principal de Maitencillo. El lugar era, por decir lo menos, encantador. Había cascadas de agua y un ambiente cuicón hippie muy relajador.
Pedí una michelada, que era un vaso largo con un pichintún de tequila, cerveza y jugo de limón y comimos una tortilla y una pequeña pizza, ya que la cuestión no era muy barata.
Después dormí durante varias horas bajo el implacable recuerdo de lo escuchado. No había visto el rayo verde, pero me había encontrado con un sueño real y eso ya es mucho pedir.

ajenjoverde@hotmail.com

10.16.2006

Un loro en Los Andes


Estoy escribiendo este texto desde un cibercafé en Mendoza. Hace diez años que trabajo en el diario y por primera vez me mandaron a una visita al extranjero. La idea me emocionaba, más aún porque teníamos que cruzar la mítica Cordillera de los Andes en un minibus, junto a un grupo de colegas que también viajaban a esta fome ciudad trasandina.
El mini bus había que abordarlo afuera de la Intendencia Regional. El periodista a cargo pensó que era mejor que almorzáramos en el Moneda de Oro, ya que así tendríamos menos paradas en el camino. El grupo estaba conformado por los periodistas de TVN y de UCV y sus respectivos camarógrafos, el reportero del Mercurio, el periodista institucional y quien escribe, además del simpático, amable y paciente chofer. Para asombro de mis colegas, me almorcé una botella de colemono y una empanada camarón queso, lo que me dejó bastante chispeado. Ellos bebieron cervezas y me interrogaron sobre mi adictivo gusto al lechoso licor.
Ya arriba del minibus comenzaron las conversaciones que se tienen entre puros hombres: mujeres, alcohol, mujeres, algo de política, mujeres, pelambre de autoridades varias, mujeres, gastronomía y vinos, mujeres y mujeres.
El calor que empezaba a dañarnos antes de llegar a Los Andes logró que convenciéramos al periodista institucional de realizar una parada. Creo que la localidad era Panquehue y el restaurante era un humilde recinto especializado en el jabalí. ¿Se imaginan un restaurante con mantel de plástico y una garzona gordita y crespita, que ofrece un filete de jabalí con puré picante? Bueno, así están las cosas en esta rara y hermosa franja de tierra llamada Chile.
El sediento grupo sólo quería beber y, pronosticando que ya no pararíamos más, me lancé una piscolita para amenizar la tarde y la conversación entre mis compañeros. Ahí tome la guaripola de la charla. Hablé, hablé y hablé hasta que alguien dijo: "¿Por qué no te quedas callado un ratito, ya que no tienes hinchadas las neuronas?". Tenían razón, ya que había contado chistes, hablado sobre las intimidades más profundas de mi vida, además de disertar sobre sociología, religión y misticismo extremo.
Comenzó la distorsionada subida Caracoles. Apareció la nieve y los túneles, el Hotel Portillo y el fin de Chile. Yo trataba de dormir, pero mi lengua inquieta y alcohólica seguía con ganas de tener una oreja amiga.
A la medianoche recién habíamos llegado a Uspallata, un pueblo donde me comí el primer bife de lomo. Tomamos unas cervezas y seguimos hasta llegar a Mendoza, donde al final quedé durmiendo en una cama de media plaza y un calor insoportable y pegajoso.
A la espera de los actos oficiales fui a unas librerías. Compré "El libro de Caín", de Alexander Trocchi, y otros filetes. Seguí tomando cervecita Quilmes sentado en una de las veredas de la ciudad, mientras el periodista institucional me decía que diéramos una vuelta por el casino antes de ir a conocer unas viñas.
¡Harto fomeca Mendoza! Ahora entiendo por qué durante decenas de veranos los argentinos llegaban hasta nuestras playas a quitarnos nuestras pololas. Las chilenas serán más feítas, pero están insertas en un pueblo mucho más entretenido y bello geográficamente.
¡Viva Valparaíso, mierda!

ajenjoverde@hotmail.com