6.19.2008

Trevien: Todo un acierto


Por Ajenjo


Dos jóvenes con Síndrome de Down se besan profundamente en un mural instalado en el recién inaugurado "Restorán Trevien".
El autor de la instalación, que lo conocí garzoneando en el Caruso, me invitó a la inauguración de la exposición, pero además me convidó a participar de una cata y degustación que el restorán realizaría en la noche.
Subí el hermoso ascensor Peral (¡que todavía cuesta 100 pesos!) junto a mi novia y llegué a este local donde antes funcionaba una tetería que nunca logró despegar. Eran las 20.30 del martes pasado y el ambiente estaba muy bueno y entretenido.
El dueño del boliche es Andrés, un chef que dejó una profunda marca en el Caruso y que ahora, con las alas de la independencia, montó su propio restorán.
Con su aspecto físico de un neo punk tímido, este chef agarra un rollizo y lo transforma en un ceviche invernal, donde el merkén y la palta juegan un rol fundamental.
Después nos sirvió salmón en crema de coco y azafrán, dejando en claro que el estilo tailandés será el que predominará en este lugar.
Sirvieron petróleo del bueno y unos blancos para lamerse los bigotes. Esto ayudó a que los comensales se pusieran dicharacheros y buenos para la talla.
Entre los invitados estaba la dueña del restaurante Caruso, a quien con mucho respeto llamo la Nicole Kidman de los cerros porteños. Lleva en su cuerpo a dos gemelas que pronto saldrán a conocer la luz del sol.
Ella, junto a su pareja, perfectamente podrían pensar que este nuevo local afectaría la fama y clientela del suyo, sin embargo, ahí estaban, apoyándolo. Eso demuestra que la sicopática competencia a que nos lleva este sistema capitalista puede doblarse. Antes de arrancarse los ojos, hay que dar la mano, ayudar a los demás a enrielarse en la búsqueda de la felicidad. ¡Qué bonito ejemplo de amistad y buena onda!
Al otro día invité a mi brother oftalmólogo a almorzar y el chef nos atendió personalmente. Sirvió una ensalada de repollo morado con pimentones asados y queso de cabra y de segundo un salmón a la naranja. Todo a un preció terrible de económico, más barato que muchos menú del centro de la ciudad.
Aprovechamos el adictivo sol invernal y comimos en el balcón, mientras la buena conversa, la sabrosa comida y la risa nos hizo pasar otro día más en este Valparaíso que siempre está con sorpresas.
ajenjoverde@hotmail.com

6.06.2008

Casi me vuelvo loco


Por Ajenjo

En el primer gol de Everton me volví loco. Salté de mi silla reservada en el Moneda de Oro como si tuviera una epilepsia extrema. Di vueltas los copetes de la mesa, mientras me paraba en la silla y miraba que casi todo el bar tenía poleras blancas de Colo Colo.
Al sentarme recibí varias tallas relacionadas a la "ilusión" y "espérense un poquito", pero aguanté tranquilo, agarrado a mi vaso de cerveza, mientras mis amigos me sugerían que les comprara una ronda de tragos a todos, ya que se los había dado vuelta.
En el segundo ya no me acuerdo mucho, ya que la adrenalina provoca una especie de amnesia. Lo bueno fue que no boté ningún vaso.
En el tercer gol casi me paro arriba de la mesa y estuve a punto de hacerles un "Pato Yáñez" a los colocolinos que ya miraban al piso y sus gritos y risotadas se habían convertido en un murmullo perdedor.
Es que el partido había empezado difícil. Yo llegué al bar 15 minutos antes que empezara la final entre Everton y Colo Colo.
A lado de mi mesa estaba Papito y su esposa periodista. El ex presidiario y actual agitador cultural era de los indios, sin embargo, su hidalguía lo llevó a felicitarme después de que conquistáramos el triunfo.
También estaba Dióscoro Rojas, el Guaripola Guachaca, que se declaraba de Rangers de Talca, pero también había una estela perdedora en sus ojos.
El diputado Esteban Valenzuela, junto a su socio René Alinco, también miraban el partido por TV. El parlamentario de Rancagua terminó dándome la mano y diciéndome: "bravo por los equipos de Provincia".
Yo abrazaba a mi brother oftalmólogo y a mi novia, mientras mi garganta seguía gritando: "¡Ever for Ever... Ever!".
Pedimos una chorrillana con longaniza, más cervezas y algunos rones para seguir la fiesta, mientras los pocos colocolinos que quedaban nos exigían que compráramos champaña para aumentar la potencia de la celebración...¡Hay que ser muy patudo!
Después salí a la calle para tomar aire, mientras algunos indios bromeaban con que me "romperían una botella en la cabeza". Pobrecitos, decía mi espíritu campeón, ya que no les quedaba otro recurso que amedrentar a quien ya tenía la copa en sus manos.
Tenía seis años cuando el Everton salió campeón la última vez. Ahora tengo 38 años y grito a todo pulmón: "¡ahora queremos la Libertadores cabros! ".


6.02.2008

Sólo nos queda tener fe


Por Ajenjo

Jamás he escondido o reservado mi condición de hincha evertoniano y en esta ocasión lo único que atino a decir es: sólo nos queda tener fe.
Fui a ver el partido contra los indios en el Moneda de Oro. El garzón Alonso reservó una de las principales mesas del recinto y colocó una gran estrella en el centro para dejar en claro que sería ocupada por funcionarios de este diario.
Un reportero gráfico y mi amigo el oftalmólogo conformábamos el grupo que fue creciendo con el tiempo. A nuestra mesa se adhirió Sandra Horn, esa mujer que siempre maneja un jeep rojo con un perro adentro y que anda armando chimuchinas en los concejos municipales de Viña del Mar y Valparaíso.
El recinto era un 80 por ciento del Colo Colo y los demás guatas amarillas sufrían con el paso del tiempo, mientras el asunto iba cero a cero.
En la conversa se recordaban episodios de Everton 1976 o cuando al paraguayo Caballero se le fue un penal, dejando a los ruleteros lejos de la copa.
También se recordó el gran dibujo que hizo Lukas en la década de los ‘80, donde muestra a los árbitros dando la vuelta olímpica junto a los jugadores del Colo Colo.
Ahora nuevamente el arbitraje fue pésimo y además casi me provoca una úlcera, ya que insuflado por la cerveza y la pasión oro cielo grité el anulado gol de Everton con todas mis ganas frente a los rostros de los indios, pero al final me tuve que tragar mi celebración, provocándome malestares estomacales.
Ahora, y vuelvo a insistir, sólo queda tener fe, ya que si a los 15 minutos del primer tiempo el Everton logra meterle un gol al Colo Colo, el Sausalito se transformará en una caldera hirviendo.
Quiero celebrar con los guata amarilla en las calles de Viña del Mar. Quiero destapar botellas de champaña y ron y emborracharme de triunfo y alegrías. Quiero marchar gritando Ever for Ever hasta quedar ronco.
¿Sucederá esto?
Tenemos que confiar en los jugadores evertonianos, quienes ya tienen experiencia en revertir este tipo de resultados. Ya estamos cansados de mirar al suelo y de no poder levantar la copa y dar la vuelta olímpica.
Hay algo en el aire que dice que ganaremos, a pesar de todas las brujerías, hechicerías y aquelarres que digan lo contrario.


5.26.2008

Girando en 300 grados


Por Ajenjo

Mi novia se mudará de Santiago a Valparaíso ya que encontró trabajo en la región (¡milagro!); por lo tanto, decidí llevarla a conocer el restaurante giratorio de la ciudad, para que admirara la belleza del mar y sus cerros y se diera cuenta del gran cambio estético urbanístico que asumirá dentro de las próximas semanas.
Nos acompañó mi hijo, que estaba muy emocionado por conocer una restaurante que diera vueltas en la cima de un gran edificio.
Obviamente realicé una reserva que se respetó a totalidad. A las 14.00 horas estábamos instalados en una mesa del Coco Loco con una vista de la bahía y el portaaviones "George Washington" en su máximo esplendor.
Me pedí una cervecita para relajarme y de entrada un plato de locos con salsa al gusto y machitas a la parmesana. Todo bien y normal.
Yo conocí este restaurante hace nueve años aproximadamente, cuando llevé como agradecimiento a una amiga que me acogió muy bien en Europa y me pareció espectacular la vista que ofrecía a los turistas: el mar y el frontón de cerros con sus casitas coloridas.
Después mi madre me invitó a tomar una once, pero al parecer no logramos ingresar a la zona que da vueltas y vueltas.
Ahora había un cambio. El restaurante gira, pero hay un buen trozo de paisaje que fue eliminado por una extensión que se le agregó al local. De los 360 grados que uno gira, hay más de 60 grados donde sólo se miran sillas, pasillos y más sillas ¿Estaba eso antes? No lo recuerdo, pero es bien fome.
Para olvidar la vista pedimos un vinito tinto y los platos de fondo. Avestruz para ella (que quería experimentar nuevos sabores) y un congrio relleno para mí. Los platos estaban buenos y bastante contundentes.
Cuando pedimos el postre justo estábamos saliendo de la "extraña vista" y volvíamos a los cerros de mi Valparaíso. Se comió un flan con sabor al trago Baileys, mientras yo le pedía un ron al garzón, que lo sirvió con bastante generosidad.
Después de eso la cabeza comenzó a transformarse en un restaurante giratorio. Muy chispeado y bromista me retiré del local, mientras mi hijo me exigía que lo llevará a ver "El Príncipe Caspian", en el Cine Hoyts.
Fue así que mientras ejércitos de minotauros, leones, tigres y seres bastante fantásticos protagonizaban violentas batallas por el control de Narnia, yo dormitaba un poco y recordaba que hay cosas que dan vueltas y vueltas, como la vida misma.
Por más que uno se empeñe en cambiar, siempre se llega al mismo lugar.


5.19.2008

De chunchules y erizos


Por Ajenjo

La palabra colesterol casi no existió en la vida de mis abuelos y padres. Para ellos lo que más podía sonar como alguna enfermedad asociada a las grasas del corazón era el arteriosclerosis o algo así.
Ahora tengo amigos que se hacen exámenes médicos con la misma emoción que uno se devora un pernil con papas cocidas y ensalada de lechuga.
Lamentablemente soy un poco suicida en mi forma de vida gastronómica. Y mis amigos también.
Cuando nos ponen las parrilladas llenas de chunchules en el "Moneda de Oro" o los terribles platos de erizos de "La Gatita" en Concón, jamás hemos pensado en el colesterol bueno o malo o en nuestras arterias transformadas en una cañería a punto de explotar por el sarro acumulado. Simplemente le echamos "pa´ dentro no más".
Lo único que nos está salvando es la ingesta de vino tinto. Desde hace años que dicen que el Cabernet Pipeñón es bueno para la salud, pero "una sola copa al día" (ahí está otro de nuestros problemas).
Ahora, cuando me quedan un poco más de 400 días para cumplir los 40 años, estoy algo preocupado y seguramente tendré que someterme a los galenos y sus invasivos exámenes.
Recuerdo a mi padre sacando el bicho del erizo y tragándoselo frente a los ojos de sus asombrados hijos. Esa escena vuelve a mi cabeza cuando agarro un pan batido caliente, lo unto de mantequilla, le instalo una lengua anaranjada de erizo y me lo sirvo. Después una copita de vino blanco helado y ya estamos en el cielo.
Pienso en OrsonWells y Marlon Brando, dos colosos que terminaron cobrando por sus películas todo lo que podían comer, beber y fumar.
Siento que un médico me lanzará la media sentencia: "la grasa le está saliendo por las orejas y las venas, por lo tanto coma más sanito".
¿Tendré que renunciar definitivamente a los erizos y chunchules?
Creo en la ciencia y en sus grandes avances y estoy casi seguro que pronto saldrá a la venta una pastilla que elimine todo el colesterol malo y permita comer y beber a destajo.
Mientras tanto, y desconociendo el estado interno del cuerpo, sólo queda seguir conversando, mientras la parrillada de restaurante sigue emitiendo ese chirrido lleno de grasa, amistad y buena onda.
¡Qué vivan los chunchules y los erizos!


5.12.2008

La gatita de Concón


Por Ajenjo

Concón ha sido, desde una perspectiva personal, una comuna asociada directamente a las empanadas fritas y a esa chimenea gigante de la refinería de petróleo, que cuando niño me hipnotizaba ya que el mito urbano era que “nunca se apagaba y siempre está lanzando esa llamarada de dragón”.
Durante muchos años fue un anexo de Viña del Mar muy extraño, que se convertía en la puerta de escape para ir a Ritoque, Horcón o a Quillota.
Poco a poco fue caracterizando por una onda gastronómica de “picada”, pero que verdaderamente tiene muy poco ya que sus precios no son baratos y su gastronomía tampoco es de alta calidad.
Hay excepciones como las empanadas “Las Famosas”, que ahora pasa cerrada y desconocemos si se acabó para siempre o están en una etapa de renovación.
El martes pasado tuve la oportunidad de conocer “La gatita”, un pequeño restaurante ubicado en el borde costero, frente al negocio de un hombre que fabrica reproducciones de moai en piedra.
Más datos no me gustaría entregar, ya que el restaurante era tan “piolita”, que es mejor guardarlo como un cuasi secreto, como un lugar clandestino para comer y tomar muy bien.
El oftalmólogo fue quien entregó el dato “y es mejor ir en la semana, ya que los sábados y domingos hay que llegar a almorzar a las 12 del día o a las 4 de la tarde para no quedar fuera.
El lugar tiene unas 12 mesas y comimos machas a la parmesanas, erizos y un pastel de jaiba, más dos botellas de vino blanco un par de celestinos con helado y unos rones para terminar la tarde.
En medio del almuerzo llegó la actriz Paola Volpato. Mis compañeros de mesa me tuvieron que calmar para que no fuera tan ordinario y me parara a decirle lo bella que es y que todavía no puedo sacarme de la memoria la escena de la inspectora Sanetti amarrada a la cama desnuda, frágil y valiente, mientras un sicópata le sacaba el corazón.
Al final no me levanté, ni siquiera insuflado por el roncito con cocacola y sólo observaba su rostro y como devoraba su paila marina.
En resumen: “La gatita”, uno de los mejores restaurantes y la Volpato en mis sueños eternos.

ajenjoverde@hotmail.com

5.06.2008

Desayuno o morir


Paso por el "Danubio Azul", en la calle Esmeralda, para tomar desayuno: una paila con dos huevos, pan amasado y una humeante taza de té.
El local está en pleno proceso de remodelación y eso ha implicado que la paila cueste 1.200 pesos. ¿No será muy caro?, me pregunto mientras mojo la miguita con la yema.
Recuerdo al desaparecido "Bernal" y sus completos exquisitos. Sinceramente creo que uno de los mayores secretos estaba en la mayonesa que le aplicaba el maestro planchero. Para nuestros hígados castigados por la vida una mala mayonesa puede mandarnos al hospital.
Un amigo me dice que en la noche el "Danubio Azul" tendrá otra onda. Música, jazz, electrónica... ¿Quién sabe? Ojalá que el sabor de sus completos y sanguchitos no cambie. Hay veces que las renovaciones porteñas sólo sirven para caer en el más hondo de los precipicios. Siempre he sido militante de los locales antiguos, de madera, con atención personalizada y con platos y tragos grandes y provechosos.
Hablando de desayunos hay que citar el café de los argentinos, ubicado al lado del Café del Poeta, en la plaza Aníbal Pinto. Hay una oferta de un vasito de soda, otra de jugo natural, un café cortado y dos medialunas calientitas con un toque de salsa dulce. Todo esto creo que vale 1.090 pesos y les puedo asegurar que es absolutamente rico y fresco... ¡Hasta las garzonas que atienden!
Los desayunos son importantes, especialmente cuando la noche anterior ha sido regada y las neuronas y el estómago piden bálsamos para calmar el dolor. Recuerdo a Juanito Piatze, uno de los filósofos chilenos especialistas en Nietzsche, corriendo por Condell hacia el "Bogarín" de la Plaza Victoria, para apagar la hoguera mental con tres o cuatro jugos naturales. Mi preferido es un buen vaso de papaya con un sandwich digno de los dioses que tiene lechuga, mortadela y tres pancitos de molde: "la milanesa". Este sandwich siempre lo preparan en el momento y toda la ciencia está en el líquido que utilizan para adobar la lechugita.
Con tanto escribir de comida se me abrió el apetito. ¿Adónde voy a calmar el gusano de la tripa que exige su alimento mañanero? ¿A las caras pailas con huevo del "Danubio? ¿Dónde los argentinos y sus garzonas o al clásico "Bogarín"?

4.25.2008

Inti Illi Maiden


Por Ajenjo

Me estoy preparando para asistir al recital de Paul Di’ Anno en ElHuevo. El cantante fue un antiguo vocalista de Iron Maiden, que fue expulsado del grupo porque en la gira de Japón se caía por lo drogado en que se encontraba todo el tiempo. El tipo, al parecer, es un rockero duro de marca mayor y seguramente dejará su huella en Valparaíso.
También tengo programado asistir al recital de Los Jaivas e Inti Illimani, que está agendado para mañana en la Quinta Vergara.
¿Cómo te puede gustar la música folclórica andina y el heavy metal?, me preguntaban desde chico los puristas extremos, que no aceptaban la fusiones musicales.
“Son cuestiones de gusto no más”, decía cuando tenía 25 años y guardaba en mi mochila los discos de Marilyn Manson al ladito de Los Jaivas.
La parada de “metalero artesano” también se proyectaba en mi forma de vestir. Una polera de Cannibal Corps debajo de una chaqueta multicolor comprada en un mercado de Cuzco. Una camiseta teñida con anilina con sicodélicos remolinos junto a una chaqueta de cuero.
Esa extraña amalgama fue lo que me tocó vivir. La música folclórica la escuché desde pequeño y fue la franja sonora del gobierno de Pinochet. Entre medio llegó el rock pesado, que para un espíritu joven tiene el atractivo que otorga una cervecita helada.
Otro factor para explicar esta mixtura sonora son los amigos. Tenía compadritos que militaban en el satanismo rockero en forma pesada y extrema, mientras otros seguían con sus tímpanos pegados a las zampoñas, quenas y trutrucas.
De todas maneras existían puntos comunes. Los artesas y los trashers eran secos para tomar copete. El vino tinto en caja para los amantes del folclor y el ron barato para los rockers. La idea era siempre quedar bastante ebrios.
Uno de los grupos que ha logrado fundir el rock y el folclor fueron Los Jaivas. Todavía tengo en mi retina memorial la imagen de “Gato” Alquinta con sus pelos parados y pulseras de cuero.
¡Larga vida a Los Jaivas y Iron Maiden !

ajenjoverde@hotmail.com

4.19.2008

Ojos morados



Por Ajenjo

Salgo del cine impactado por la mafia rusa actuando en todo su esplendor. Después de observar la sobrevalorada "Sin lugar para los débiles" tuve la suerte de ver "Promesas del este" la última joyita de David Cronenberg, quien sigue siendo, para mi, uno de los directores más respetados.
Fui completamente sobrio y solo al cine. En toda mi lucidez mental. Recordé los tiempos en que meterme a las salas, a la hora que fuera, era un vicio solitario y persistente, que lo fui dejando por los avatares de la rutina de la sociedad trabajólica y consumista.
La película es violenta, muy violenta, sin embargo la semana pasada me pude dar cuenta que la fuerza bruta está presente en todos lados y pertenece a nuestra querida naturaleza de ser humano.
A mi hijo de siete años lo empujaron en su colegio por la escalera para abajo. Quedó con un machucón muy feo en su cabeza, que lentamente fue bajando y transformando su ojo en un pozo de tinta. Fuimos a Reñaca para aprovechar este abril veraniego y se paseaba de mi mano, mientras las personas pensaban: "santo Dios y pobre niño, como lo deben golpear en su familia". Onda la media violencia intrafamiliar.
Poco me ha importado en mi vida lo que piensan los demás. "Los grandes siempre están en la boca de los más chicos", me decía un compañero de universidad que era "pelado" hasta por la vieja del kiosco por sus extrañas costumbres para vestirse, hablar y actuar. Ahora, de la mano con mi hijo y su ojo entintado, nuevamente pensé que la gente habla por hablar.
Los ojos morados siguieron siendo una constante en mi vida. A mi querida madre la asaltaron en pleno centro de Viña. Un lanza le arrebató su cartera y se cayó, pegándose el medio cabezazo en la vereda.
Yo estaba saliendo de una tina con sal de mar y me estaba poniendo el pijama cuando me avisaron. Ahí empezó a operar "el efecto periodista" ya que el chofer de la ambulancia me conocía por las circunstancias de la pega y me llamó para contarme que mi madre estaba machucada y lloraba en una sala de la posta del Hospital Gustavo Fricke.
¡Menos mal que estoy sobrio!, me dije para mis adentros y salí disparado como una bala loca para abrazar a mi madre y llevarla devuelta a su hogar.
Ahí estuve acompañándola y regaloneándola, mientras su ojo se iba volviendo más y más morado.
Les contaría la vez que en la universidad quedé con el ojo morado, pero lo poco que me queda de recato me lo impide.

ajenjoverde@hotmail.com

4.12.2008

¿Dónde estás Gabriel?


Monseñor Enrique Barilari, con esa voz potente y firme que siempre lo caracterizó en sus misas de mediodía en la Parroquia de Viña del Mar, sentenció: "Sube a nacer conmigo hermano Gabriel Parra" y los aplausos y lágrimas brotaron en una amalgama confusa y triste.
La anterior escena corresponde a un día de mediados de abril de 1988, hace 20 años; junto a mi amigo Werner Lips nos habíamos fugado del colegio para asistir al funeral del baterista de Los Jaivas, quien había muerto en un accidente automovilístico, dejándonos solos, tristes y abandonados en el oscuro Chile ochentero.
Con mi amigo subimos al segundo piso de la parroquia, que había cerrado sus puertas debido a la masa de hippies que trataba de ingresar. Por primera vez en mi vida pude observar gente tomando cajas de vino en las calles. Eran la novedad máxima y fueron el principal bastón que tuvieron los asistentes al funeral para olvidar tanta pena.
Había pequeñas diabladas y grupos nortinos que tocaban pitos (también se los fumaban) y tambores. La salida de la parroquia fue un verdadero caos. En el puente Libertad, la masa se apretó para poder llegar al cementerio Santa Inés y perdí de vista a mi socio. Continué solo hasta llegar al camposanto y la gente se colaba por las paredes. El mito dice que le lanzaban cogollos de marihuana a la tumba mientras entonaban "Todos juntos". Yo no pude entrar y sólo me quedé afuera, mientras la policía dispersaba a los que no querían moverse.
Volví a mi casa cansado y triste, pensando que Los Jaivas también desaparecerían. No tenía idea de la existencia de Juanita, esa mujer gigante y bella de la que sigo perdidamente enamorado.
Cuando me hablan de Gabriel Parra, siempre cuento la historia de su funeral; sin embargo, prefiero quedarme con la imagen del diablo multicolor, que en una lisérgica danza transformó a toda la Quinta Vergara y logró mutar mis pensamientos y mi vida bajo la música que más he amado y defendido en mi existencia: el rock cósmico andino.
¿Dónde estarás Gabriel?
¿Acaso en los ojos de tu nieta llamada Kayla?

4.09.2008

Las caras de nalgas


Por Ajenjo

- ¿Sabe de algún lugar aquí en Valparaíso que tengan wi-fi para conectarse al notebook?
-“Claro, muchacho, aquí, suba al segundo piso y se podrá conectar sin problema -responde un garzón del restaurante Aqualuna, ubicado en la esquina de O’Higgins con Bellavista, en Valparaíso.
Nunca había entrado a ese local que durante largos años ha pasado por varios dueños; sin embargo ahora es un pub moderno y con un empeño en la atención y en el servicio que no parece ser porteño. Por 900 pesos sirven unos shop de una cerveza sureña tipo torobayo de gran tamaño cuerpo y color, además de unos sanguruchos y platos bastante ricos.
Me encontraba con mi amigo computín, quien por obligación tiene que estar en algún lugar con wi-fi, y observamos, comiéndonos unos suculentos Barros Luco, una terrible escena de pareja chilena. El novio, esposo o amante le decía a la muchacha: “¿Hasta cuándo vas a tener esa cara de nalga?”.
A través de mi corta e intensa vida he descubierto que la mujer chilena es seca para instalar cara de nalga en situaciones que le molestan y que sirven para amargar al supuesto culpable. Esas caras, que simulan ser también de “vaca empantanada”, tienen como objetivo echar a perder la noche y no existe remedio para transformarla o sacarla de una vez.
“Cómase lo que quiera, pida su trago preferido o ¿quieres ir al cine?”, le preguntaba el pololo a su novia para tratar de cambiar su aspecto facial; sin embargo, no sucedió nada y se fueron bastante amargados y deprimidos.
Nosotros seguíamos bajándonos los ricos shops torobayos y nos percatamos de que comenzó a funcionar un karaoke en el pub, situación que nos hizo retirar a nuestro querido Moneda de Oro, ya que no estoy en edad de escuchar a cantantes novatos.
Con nuestros gigantescos rones con Coca Cola en la mano conversamos sobre las caras de nalga de la mujer chilena y llegamos a la conclusión de que es la mejor herramienta o arma que tiene para destruir una noche de carrete y buena onda.
Mujer chilena, si estás leyendo esta columna, te digo humildemente: ¡que se acaben las caras de nalgas ahora mismo!

4.02.2008

Cordillera y Calamaro


Por Ajenjo

Estoy cruzando la Cordillera de los Andes en un bus de dos pisos y voy rumbo a Mendoza para asistir a un recital de Andrés Calamaro en el Estadio Talleres.
En la alta montaña, mi novia le pidió una mantita al auxiliar ya que el frío empezaba a calar los huesos, sin embargo no había y la amigdalitis avanzó sin transar.
Llegamos a las seis y media de la madrugada al terminal trasandino y un taxi nos dejó en el centro de la ciudad. Un hotel nos reservó unas piezas a las diez de la mañana y tuvimos que hacer hora comiendo facturas, tomando café y unas cervezas Quilmes mañaneras que anunciaron que el viaje estaría bastante achichado.
Antes del recital visitamos una parrillada argentina. Nos pedimos los medios bistocos y unos vinos Malbec que lograron llevarnos al ciberespacio. Caminamos alegres y felices por las sombreadas veredas mendocinas y encontramos un casino. Jugué unas cuantas monedas y me gané 50 pesos. Decidí convertirlos en dos vasotes de Chivas Regal y un fernet con coca, para aumentar la intensidad y apaciguar la ansiedad pre recital.
Un taxi nos llevó hasta el estadio. Ahí tuvimos la suerte de ver a un artista entregándose con toda la pasión posible a su fiel público. Me compré dos poleras y canté hasta desgarrarme las cuerdas vocales. ¡El mejor recital de mi vida!
Al otro día, cansado y con mi novia arrastrando un resfriado, comenzó la sesión de compras. Discos del grupo Intoxicados, poleras de encargo, botas para mi novia, muchos libros y una pizzería que terminó de calmar el hambre consumista.
En la tarde tuve que ubicar un motel, no precisamente para realizar lo que todos los seres humanos hacen en los moteles, sino que para mi novia descansara en una cama ya que la fiebre la tenía completamente trastornada.
En la noche, y después de comprar la mantita más cara de toda mi vida, volvimos a subirnos al bus de dos pisos mientras en mis orejas resonaba fuerte: "Esta noche, amiga mía, el alcohol nos ha embriagado. ¡Qué me importa que se rían y nos llamen los mareados!..."


3.20.2008

Aburridos poetas


Por Ajenjo

Por estas cosas del destino y del azar terminé sentado en el bar "Pajarito", en la calle Salvador Donoso, al lado de un extraño cantante que le dicen "Chinoy" y que es catalogado como el nuevo Bob Dylan chileno. Su cara es bastante atípica y proyecta un aura de buen tipo.
En la mesa hay personas relacionadas con la poesía porteña, ya que es un día martes, donde se lleva a cabo un show denominado "micrófono abierto" y donde los escritores salen a recitar sus tristes y melancólicos versos.
¿Puede haber algo más aburrido que escuchar a un tipo de largo abrigo negro que recita "quiero morir, por favor mátenme si pueden"? Personalmente podría haber sacado una lanza o un machete y lanzarlo, sin pensarlo dos veces, hacia la cabeza del maldito vate; sin embargo, alguna vez recité en actos de este tipo y la vergüenza me impidió seguir pensando en el acto asesino.
Casi todo el público está bastante ebrio o camino a una fuerte borrachera. Muy pocos escuchan a los que recitan y en mi mesa se habla y se habla sobre los combos que le pegaron a un tal Mellado, que incriminó cobardemente a unos poetas en un robo de una mochila.
"Menos mal que ya no tiene tribuna", asegura uno de los organizadores de recitales poéticos; sin embargo, el tal Mellado apareció más violento y virulento con un mortal cuento denominado "Ratas", donde insulta y despotrica contra todos los literatos porteños. A esta altura a mí ya me da lo mismo toda esta pelea, porque cumplí con mi cuota de recitales, donde pinté el mono varias veces. Me sacaron a violentos empujones del Journal, me gritaron traidor los militantes socialistas y una vez un par de viejas locas me agarró a garabato limpio en la Feria del Libro de Viña del Mar.
En ese tiempo pensaba que la poesía era algo social, que tenía un mensaje que necesitaba, imperativamente, salir al exterior. Ahora creo que la poesía es algo personal, para leer en silencio en momentos en que uno no sabe si agarrar una pistola o la Biblia.
Cada uno con lo suyo y sin joder a los demás, es mi lema de vida. Yo ya no estoy para salir a recitar "la vida se me escapa por que tú no estás". Estoy chato de tanta cursilería aburrida y sinceramente prefiero tomar antes que leer o escuchar poesía.



3.18.2008

Comiendo conejo


Por Ajenjo

Mi novia me lleva de la mano a cenar en un restaurante del barrio Yungay, en Santiago, conocido como “La peluquería francesa”. El asunto es bastante cuico y me recuerda el “J. Cruz”, ya que además de servir comida y vino, está lleno de antigüedades que se venden a los clientes.
Miro la carta y me la juego por un conejo a la mostaza. Me llega un plato que parece un gran pedazo de pollo, pero con un mínimo de carne. Lucho contra el plato tratando de sacar algo y la carne es bastante sabrosa, pero algo dura.
Al ver al conejo en el plato recordé un episodio universitario en Colliguay, cuando con un grupo de compañeros, más un arquitecto colado, decidimos acampar a la orilla del río y vivir como hippies un par de días.
Mientras abríamos unas latas de atún para instalarlas en las hallullas llegaron unos cazadores que cargaban dos conejos. Se los cambiamos por 300 pesos, unos cigarrillos y una caja de vino a medio tomar. Los hombres se apiadaron de nosotros y les sacaron la piel a los conejos, les cortaron las patas (yo me llevé una de recuerdo) y nos dejaron los cuerpos para que los cocináramos.
Ninguno de nosotros sabía que hacer con esas especies de gatos descuerados que colgaban desde un árbol y que atraían a las moscas y las molestas avispas chaquetas amarillas.
En un arranque de vocación de chef decido cocinar los conejos “al palo”. Encendimos una fogata y crucificamos a los animales. El asunto empezó a transformarse en algo bastante raro. Cualquier vecino que transitó por ahí se debe haber pasado la película de un grupo satánico o de brujería negra.
La carne apenas se asaba y el hambre nos motivaba para acercar los cuerpos al fuego. Al final tratamos de comernos los conejos en la más “cromañón” y decidimos abrir una botellita de pisco para olvidar el episodio y los sonidos estomacales.
Ahora sentado en la cuica “Peluquería francesa” pienso que el conejo no es una buena carta a la hora de cenar. Me dicen que su carne es dura y de muy fuerte olor y que hay que dejarla reposando en sal y vinagre por horas.
¡¿Por qué no habré pedido una merluza frita con ensalada chilena?!

ajenjoverde@hotmail.com

3.07.2008

La placa de dientes


Por Ajenjo

He visto cosas muy raras en Valparaíso, como un hombre lavándose los sobacos en un bebedero público inaugurado hace poco o una chica punk inyectándole antibióticos a perros callejeros que ya no tienen pelo, pero lo que vi esta semana supera todo lo anterior.
Pasé a beber unas cervecitas al Moneda de Oro para tratar de aplacar el calor producido por los incendios forestales y me encontré con una mesa compuesta por cuatro ancianos, que no eran veteranos típicos del local. Estaban bastante borrachos y tomaban vino con fruta.
El garzón Alonso le trajo un Barros Luco a uno de los vejetes y el tipo, obviando cualquier regla de decoro y buenas costumbres, se sacó su placa delantera de dientes, la depositó caballerosamente en el vaso con fruta y se dispuso a comer el sanbiruche.
El acto llegó a su plenitud cuando otro de los veteranos le sirvió vino en el vaso y la placa se confundía con los trozos de durazno. La visión que nosotros teníamos desde la mesa era bastante repugnante y me acordé de otra historia relacionada con placas dentales.


Una numerosa familia estaba en Laguna Verde carreteando un domingo cualquiera. El trago del día era el tradicional vino blanco de caja con melón. Como a las cuatro de la tarde a la abuelita se le perdió su placa de dientes y la buscaron por todos lados, sin embargo, el aparato bucal había desaparecido mágicamente.
Ya cuando el sol se estaba poniendo, los jóvenes que bebían el vino con melón decidieron comerse la fruta. Con un cuchillo cortaron en dos el meloncito se encontraron con la placa de la abuelita enterrada muy firme en la carne del sabroso postre.
¿Será verdad esta historia o será un mito urbano más de Valparaíso? Después de ver al anciano tomando de un vaso con una placa de dientes en su interior, pensé que la historia del melón con vino puede ser cierta.
En Valparaíso puede pasar cualquier cosa y eso la convierte en una urbe mágica, extraña y llena de diarias sorpresas que pueden ser repugnantes o maravillosas.


ajenjoverde@hotmail.com

3.03.2008

Devorador de quiltros

Por Ajenjo

Son como las doce de la noche y salgo bastante mareado de la película Cloverfield, donde monstruos gigantescos destruyen Nueva York, al igual como Osama y sus aviones lo hicieron en septiembre del 2001.
La película está filmada con cámara en mano y todo se mueve tan rápidamente que los ojos y la mente se vuelven locos y a mi me dio sed, mucha sed.
Para tratar de calmar esa ansiedad etílica llegué nuevamente al bar Verde Absenta de Salvador Donoso, donde en un ataque de "new rich" me pedi el trago más caro. Un ajenjo de color rojo, de 5.500 pesos, que no tiene gusto a anís y que, según la carta, es el más parecido a la alucinante receta original. El trago es exquisito y lo que provoca en el cerebro es bastante adormecedor.
A todo el mundo le ando recomendando ir al Verde Absenta y muchos de mis amigos llegan reclamando por el fuerte gusto a anís de este mítico trago. Hay que tomar el de color rojito y veran que la cosa cambia bastante.
Con las imágenes de Cloverfield y el absenta colorado comencé a despedir este verano 2008. Me fui a las mesas que mi querido bar Moneda de Oro instala en la calle durante el día, para aprovechar el solcito estival. Me estaba bajando una helada cervecita cuando observé como llegó un grupo de personas vestidas como enferemeros y con un lazo comenzaron a atrapar a los perros callejeros de Valparaíso.
Los tipos eran bien valientes y los perseguían por la plaza Cívica, metiéndolos en una caja que decía: "esterilización".
Una señora comenzó a insultarlos y profería fuertes groserías contra "la nueva perrera". Yo, insuflado por el espíritu cervezero, arremetí contra la mujer y le dije que parara tanta ignorancia ya que Valparaíso era una ciudad que sufría de una plaga canina y esa gente sólo estaba ayudando a tener una urbe más civilizada.
La viejita la agarró conmigo. Me lanzó un rosario de garabatos que logró que, en cuestión de microsegundos, me bajara el vaso, dejará la plata en la mesa y saliera corriendo.
Sano y salvo me puse a pensar que podría llegar un gran Monstruo, tipo Cloverfield, y comerse a todos los perros callejeros de la ciudad. Me imaginé la escena en Pedro Montt, mientras el Godzila porteño masticaba un quiltro. Demasiada absenta roja.

2.20.2008

El teatro en la casa


Por Ajenjo

Mientras preparaba unas machas a "la italiana", una palta rellena con ceviche de tres colores y unos fetuccini con salsa de camarón, me puse a tomar pisco sour, sin darme cuenta que el vaso de la juguera desaparecía más rápido que lento.
Era un almuerzo familiar chileno, de esos donde se hablan tontera tras tontera y las carcajadas son el postre de una tarde muy entretenida. Bebimos vino blanco y del otro. Las mujeres tomaron Baileys y los hombres whisky y vodka.
Luego de dormir una siesta decidimos partir con mi nueva suegra y un chef brasileño a ver la obra de teatro "Vamo a Puta", que se está montando en el Teatro Mauri, a escasas cuadras de mi casa.
Llegamos al recinto y mientras comprábamos las entradas, nos alimentamos de unas cervezas para reponer el cuerpo del fuerte almuerzo experimentado horas antes. Decidí utilizar mi "personalidad periodística" e ingresé a un improvisado camarín donde me encontré con el actor y transformista Alejandro Cid y, motivado por la amistad del vino y la buena onda, le dije que después de la función se fuera con todo el elenco para la casa.
El único que rechazó la invitación fue Papito, el actor que muchas veces estuvo preso, quien actualmente se encuentra bajo el tierno y cariñoso dominio de su mujer.
Fue así como me encontré caminando con una patota liderada por el distorsionado Alejandro Cid y su elenco, que con una gran peluca rubia y sus zapatos de taco alto, entraban al pasaje que lleva a mi casa de Yerbas Buenas.
En chef brasileño se apiadó de nosotros y nos sirvió la tallarinata más exquisita que he comido en mi vida, mientras la conversa con el grupo de actores seguía y seguía al ritmo del vodka naranja.
A mi se me fue apagando la televisión poco a poco y recuerdo que en un momento mi novia traía una fotografía de Shirley Temple y la comparaban con la peluca de Alejandro Cid. Nos reímos mucho y escuchamos historias tiernas, tristes y poderosas, de esas que sólo los actores tienen en su memoria.


2.12.2008

Un verano papas fritas



Por Ajenjo


Entro al Museo de Bellas Artes en Santiago con la intención de agarrar a latigazos a un artista denominado Papas Fritas, que se tatuó el símbolo del Fondart en la espalda y que está montando un show en ese recinto. Son las 12 del día y el polémico artista no está. Su instalación, una mediagua sobre una isla de arena, tiene un cartel donde informa el precio de los latigazos: $100 los suaves, $200 los más fuertes, $500 los redbull y dos luquitas con escupo e insulto.
Además de Papas Fritas hay un artista de Valparaíso que puso decenas de merluzas saladas colgando. Hay un suave olor a pescado y me acuerdo del famoso chiste del ciego y la Caleta Portales y me retiro decepcionado por la ausencia de los latigazos.
Voy al velorio de Volodia Teitelboim y veo su rostro muerto. Nunca he sido bueno para mirar cadáveres (ni siquiera pude observar el de mi fallecido padre dentro del ataúd) y el del famoso patriarca comunista parece embalsamado. Camino hacia el Centro Cultural La Moneda y veo unas arpilleras de Violeta Parra y una exposición española llena de cacharros religiosos. El calor es fuerte y un amigo ex diplomático me invita a almorzar al restaurante La Berenjena, en pleno centro de Santiasco. Todo es rico y muy bien atendido. Los pisco sour estaban ultra cabezones y le sumé una copita de vino para quedar a medio tono. Camino hacia mi bar preferido de la capital, el 777, y me bajo medio litro de cerveza y me marcho a mi Valparaíso querido.
Traté de ir a ver la obra que está montando Alejandro Cid y Papito (¡la media dupla!) en el Teatro Mauri, sin embargo me encontré con una fiesta Ska a todo pulmón. Una banda verdadera, con sus 10 músicos arriba del escenario, hacía bailar a los chicos con trompetas, saxofones, guitarras y mucha onda. Habían muchos "red skins", que son como neonazis pero de izquierda. Gordos con la cabeza totalmente rapada lograban asustarnos un poco, pero al parecer eran más buenos que el pan batido con palta. De todas maneras la apariencia era dura y decidimos irnos antes de poner a prueba nuestras sociológicas teorías.
Ahora hay que aprovechar de descansar y seguir viviendo este verano invernal, donde el sol ha pegado menos que los latigazos en la espalda de Papas Fritas.


ajenjoverde@hotmail.com

2.03.2008

La sonrisa de Volodia


Por Ajenjo
Camino por la calle Pirámide, en Valparaíso y sigo a un hombre vestido de vaquero que tiene su cuerpo completamente pintado de color cobre. Es una "estatua humana" que se dirige hacia su lugar de trabajo con el pedestal en una de sus manos. Pienso en Volodia Teitelboim agonizando en una clínica de Santiago y mi mente se dispara hacia recuerdos añejos.
Hace unos siete años atrás andaba carreteando en Santiago, conociendo la nueva movida de Bellavista y sus alrededores. Me acompañaba una gran amiga de juergas, socia de viajes y autora de hermosos grabados. Entramos a un restaurante llamado "Off the récord" que se observaba bastante cuico, sin embargo, en una pizarra decía que Volodia Teitelboim sería entrevistado por el dueño del local. Sin pensarlo dos veces, y con varios litros de cerveza en el cuerpo, avanzamos hacia una mesa y nos pasaron una carta llena de tragos con extraños nombres. Pedimos mojito, un trago cubano que se hace con hierbabuena, pero que en Chile lo remplazan con menta y otras plantas aromáticas.
Empezó la entrevista a Volodia que simplemente se dedicó a contar su vida, llena de pasajes poderosos, donde los nombres de Huidobro, Neruda, de Rokha y Mistral se repetían constantemente y formaban parte esencial de una vida llena de literatura y política militante.
La conversa estaba tan rebuena que los mojitos empezaron a bajar poderosamente hasta reventar en el cerebro en forma de fuegos artificiales. La entrevista terminó y el dueño del restaurante, con otros socios, comenzaron a cenar. Era una comida en homenaje a Volodia. Yo pagué la abultada cuenta y avancé con el temor totalmente camuflado por el ron. Le dije a los comensales fuerte y claro: "soy un poeta de Valparaíso (porque en ese tiempo creía que era poeta) y le voy a recitar un texto dedicado a las prostitutas". El gran intelectual marxista levantó su cara blanca, extraña, con aspecto de viejo y sabio reptil y me miró. Ahí empecé a recitar los versos que hace más de 15 años le largo a la gente, generalmente cuando los látigos del licor azotan mis neuronas artísticas. Cuando terminé nadie dijo nada. Pasaron los segundos y un tipo, bastante desagradable, dijo "parece que tú soy el poeta de la putas de Valparaíso". Mi amiga grabadora me tiró de la polera y me aconsejó retirarnos a la tibia noche capitalina.
¿Habré estado bien?, le pregunte a mi amiga. "Por lo menos Volodia se rió varias veces y eso ya es mucho", me dijo mientras también sonreía.
Sí. Yo una vez le saqué una sonrisa a Volodia.

pancho667@hotmail.com

1.25.2008

Chupando en el Club de la Unión


El fin de semana pasado me tocó estar en el lado de la balanza de los cuicos, ya que mi novia abogada me invitó a un matrimonio en el nuevo Club de la Unión, ubicado en el encopetado barrio El Golf, en Santiago.
En el matrimonio el 90 por ciento de los invitados eran "leguleyos", entre los que se contaban un grueso número de fiscales, jueces y jefes del ministerio Público.
La misa fue muy curiosa, ya que el curita se mandó una prédica bastante extraña, donde metió en una juguera los conceptos de marxismo, machismo, poligamia, el mundo árabe y el derecho canónico, mientras los asistentes se miraban incrédulos.
Después al nuevo Club la Unión ubicado en un edificio de cristal. El lugar es minimalista, de piedra caliza blanca, mucho vidrio y madera. Sinceramente no le encontré ninguna identidad, ya que puede replicarse en cualquier lugar del mundo globalizado, que en pocas palabras es fome y aburrido.
Lo importante fue el comistrajo y la bebida. Gigantescos camarones ecuatorianos, filete, ricos vinos y de bajativo me tenían amaretto Disaronno y whisky, una mezcla que toda la vida me ha gustado mucho mucho.
"Póngame una pinta de whisky y otra de amaretto señor barman", y con mi acaramelado vaso llegaba hasta la mesa y les decía a los comensales: "los abogados son muy fomes ya que siempre o están estudiando o trabajando".
Nadie en la mesa se rió y mi novia empezó a poner cara de nerviosa, mientras yo volvía a la barra por el combinado dorado y millonario.
La conversa estaba re buena y el baile también. En el momento del "cotillón", la nueva moda de los matrimonios chilensis, apareció una batucada que era liderada por una negra en colaless y con un cuerpo moldeado por Rodin.
La negra bailaba como loca, mientras yo, con antifaz incluido y una cornetilla que se estiraba y recogía según la voluntad de mis pulmones, me lancé al ruedo y quedé en trance por algunos segundos.
Mi novia se reía y yo seguía siempre visitando a mi barman amigo hasta que finalmente le pedí un vaso de agua y con una modulación bastante atípica le dije: "hasta aquí llego no más, así que denme un buen vaso de agua y hasta luego".
En el taxi rumbo a la casa tuve los flash de la mesa, la conversa, el baile, los camarones y la negra y me di cuenta que los "leguleyos" no son tan fomecas.

1.18.2008

¡Corena a Viña!


Estoy en el palco del Festival de la Canción de Viña del Mar 2009, después de desembolsar 170 mil pesos en dos entradas y me siento nervioso y muy ansioso ya que en pocos minutos más saldrá Carmen Corena y los músicos del Cinzano para cerrar el gran espectáculo musical.
Carmen Corena viste un hermoso vestido azul, muy parecido al que utilizó en una gala en el terminal de Cruceros que organizó una multimillonaria naviera.
Ella es la primera que sale, mientras un foco la sigue por todo el gigantesco escenario. Sonríe tranquila, mientras en el fondo "Pollito" y sus brothers toman lo instrumentos.
Estoy rodeado de cuicos, pero no arrugo y saco una sabana blanca donde está escrito con pintura spray: "¡Grande Carmen Corena!".
Las cámaras de televisión me apuntan y el letrero se desplega hacia todas las pantallas del mundo. La cantante vuelve a sonreír y los primeros acordes del bolero La Hiedra resuenan por los parlantes y El Monstruo se hinca ante tan sublime espectáculo. Se llevan gaviota y 3 antorchas.
De repente un sonido que hace bip, bip, bip, me empieza a trastornar y despierto de este emotivo sueño. Apago mi celular alarma y me preparo a salir a trabajar.
El sábado pasado volví a meterme al Cinzano, a pesar de sus prohibitivos precios, y estuve sentado con Carmencita y muchos amigos degustando unas buenas whiskolas, que es mi nuevo trago veraniego.
Le volví a prometer a Carmencita que llenaríamos un carro del metro para llegar hasta Olmué y vitorearla en el Festival del Huaso este domingo 20 de enero, sin embargo, por motivos laborales no podré asistir y sólo los rayos catódicos emitidos por la tele serán mi compañía.
Ella me contó qué vestido usaría esa noche, "pero por favor no lo cuentes en el diario ya que a veces se te pasa la mano relatando intimidades", me replicó.
"Yo sólo escribo la verdad", le contesté tocándole su mano de artista verdadera y sintiendo que soy parte de la historia más profunda de los sobrevivientes de la bohemia porteña y que son comparados mundialmente con los Buena Vista Social Club, que ya han pasado de moda.
Titae Lindl, el gran bajista de Los Tres, es nuestro Win Wenders porteño, que se la ha jugado por mantener el más puro y verdadero patrimonio intangible de Valparaíso. Salud por él.

1.16.2008

Soponcio en el bar


El hijo del dueño del Bar Inglés fue a pescar a Rapel y llegó con un buen número de pejerreyes que se transformaron en una rica cena el martes pasado.
Celia, la mejor y más bella garzona de Valparaíso, arregló la mesa con pancitos con palta y crudos, una ensalada de tomate, lechuga, apio y mucha buena onda.
En la mesa éramos cuatro y empezamos a degustar unos pisco sour y unos vinos, mientras esos pequeños pescados fritos se deshacían en la buena conversa.
En un momento inesperado de la cena, luego de algunas bromas sobre el matrimonio y la vida en pareja, mi novia se puso de color blanco y nos avisó que se sentía un poco mal.
Volvió a los minutos más pálida que el cochero de la muerte y emitió unas palabras que significaban, sin dobles lecturas, "me voy a desmayar".
Mi brother médico se la jugó entero. La tiramos al suelo mientras constatábamos que su piel estaba fría y sudaba nerviosamente. Por suerte ya nadie quedaba en el bar y sólo nosotros participábamos como testigos de este peculiar soponcio femenino.
En general las mujeres son buenas para los desmayos, pero a uno siempre le cuentan que pasan estas cosas y ahora éramos los protagonistas.
La hora del soponcio coincidió justo con la del bajativo, ya que si mi novia se hubiera desmayado en la mitad de la degustación de pejerreyes fritos, tendría que haberle pedido a la Celia que me los pusiera en una cajita de plumavit para seguir comiéndolos en la casa.
Mi amigo fue a buscar su automóvil, mientras yo le tiraba aire románticamente en la cara y le preguntaba por quinta vez y con cara de cordero degollado: ¿No será que estás embarazada?
La subimos al auto mientras poco a poco la calma llegaba a su cuerpo. En la casa exigió un guatero caliente y que todo el grupo siguiera conversando alrededor de la cama.
Como el bajativo había quedado interrumpido, subí un Juanito Caminante y lo bebimos con hielo, mientras comentábamos el desmayo, ahora con tintes más humorísticas.
Al final todo pasó y la vergüenza del soponcio ya está instalada en el álbum familiar de los recuerdos chistosos, acompañada de todas esas extrañas situaciones dramáticas que terminan en un final simple y feliz.
Así debería ser toda la vida.

1.07.2008

¡Güena la fiesta!


Por Ajenjo

Tengo un antifaz dorado y una corbata de plástico multicolor y bailo cumbia frente a la tumba de Arturo Prat y me percato que estoy sacándole el jugo a las fiestas callejeras de Valparaíso organizadas para amenizar la llegada del Año Nuevo.
Todo comenzó el 30 de diciembre con un regado asadito en la casa para recibir a los santiaguinos que repletaron mi casa con su alegría y ganas infinitas de pasarlo bien.
Durante el asado me filtré tempranito y decidí hacerles un show con diapositivas de gente deforme para terminar en el bar Cinzano.
El 31 en la mañana partí a Caleta Portales que estaba convertida en la Torre de Babel. No había ningún idioma extranjero, sin embargo nadie modulaba en forma normal producto de las tremendas tomateras nocturnas. Yo entendía todo lo que me decían y debo haber hablado muy parecido a los parroquianos pescadores.
Compré machas, ostiones y reineta y partí rumbo a la casa. Llevé a los santiaguinos a La Sebastiana y recorrimos un poco el bello cerro Bellavista. Hice un ceviche y mariscos a la parmesana, mientras me preparaba para el momento de las 12.
Salimos de la casa disfrazados y caminamos por la Avenida Alemania bien aperados de petacas de pisco sour casero, vodka naranja, botellas de champaña y sus correspondientes vasos de plástico. Quedamos estacionados en la plaza Bismark y ahí observamos panorámicamente los fuegos de Valparaíso hasta Concón.
Después bajamos por unas quebradas interminables y llegamos al plan hasta la plaza Sotomayor, donde bailé reggaetón con mi cuñada al ritmo de “hagamos sexo con ropa”, mientras mi novia me miraba con celos cariñosos.
Después enfilamos hacia el Cinzano donde me encontré con Carmen Corena y su vestido impecablemente blanco. Bailé sus temas y le prometí llenar un carro del metro regional con fans para apoyarla en el Festival de Olmué con cartel incluído.
Después aparecí en una fiesta electrónica al frente de la Intendencia Regional donde el “punchi punchi” terminó una dorada noche llena de juerga y buena onda.
A las 5.30 tomé el colectivo para mi casa, mientras una jovencita me sermoneaba sobre el alto consumos de alcohol en estas fechas. Sólo la miré, sonreí y cerré los ojos, mientras el auto me llevaba cerro arriba...

1.03.2008

Sobreviviendo al Año Nuevo


Después de pasar 10 años seguidos el Año Nuevo en Valparaíso ya me siento capacitado para entregar recomendaciones de supervivencia a los turistas que llegarán a este exótico puerto maldito en busca de jarana, fuegos artificiales y pachanga hasta el amanecer.
Lo primero que les puedo gritar es que no se les ocurra meterse a ninguna fiesta pagada. Las promesas de barras abiertas de 100 metros son una sarta de mentiras comprobadas. Al final uno termina pagando veinte lucas y trata de sacar un trago y sólo recibe codazos y codazos y finalmente terminas con una piscola aguada entre las manos. Los organizadores de estas fiestas aprovechan la enorme cantidad de gente y prometen de todo en afiches multicolores. El papel aguanta todo y no hay que dejarse tentar por esas aburridas fiestas.
Una recomendación positiva es pasar el Año Nuevo en la calle junto a la masa que grita, aulla, se abraza, bebe y hace pichi en el gran living en que se convierten las arterias y plazas porteñas. No se le ocurra tratar de comprar trago en alguna botillería del plan, ya que las filas son largas e incomodas. Después de ver los fuegos artificales salga aperado de la casa con su botellita de lo que sea y piérdase entre el ritmo urbano.
Dicen que en esta ocasión se montará una fiesta electrónica en la plaza frente a la Intendencia Regional. El año pasado un grupo de enajenados punk y anarcos alcoholizados, al ritmo del licor barato y los pitos paraguayos, rompieron vidrios y puertas. Ahora la situación promete cambiar, pero es altamente recomendable retirarse con los primeros rayos del sol, ya que a esa hora la cosa parece relajarse y la violencia puede llegar. Nadie quiere estar el 1 de enero con puntos en el craneo.
Otra recomendación importantísima a la hora de celebrar esta fiesta es no ponerse a tomar temprano. Hay giles que a las 5 de la tarde llevan 20 vinos y tres cervezas en su conciencia y a la hora de abrazar están babeando como mongólicos. Sea precavido y el 31 en la tarde beba mucha agua y relájese. Si es posible métase a la tina con sales de mar.
No coma pesado. Si pretende salir a jaranear a la calle no engulla como cerdo. La experiencia indica que las mezclas estomacales finalmente se vierten hacia el exterior y andar llamando a Guajardo es realmente desagradable. Nadie quiere abrazar a un tipo pasado a vomito. Hay que cuidar la imagen.
Finalmente descanse mucho el 1 de enero. No se le ocurra estar tomando cervezas recomponedoras o mariscales calientes. Coma ensaladas y trate de dormir.
Y lo más importante es que todo lo que haga y diga con la botella de champaña chorreando por su cabeza le será perdonado. En estas fechas el exceso está permitido y el arrepentimiento sólo está presente en las mentes débiles. Lo comido y lo bailado no se lo quitará nadie y menos si tiene un Alka Seltzer a su lado.

12.22.2007

Stop al consumismo


Tengo muy claro que debo escribir sobre bares, fiestas y carretes en la zona, pero ahora me pregunto metiéndome la manos a los bolsillos: ¿Con qué plata puedo carretear si hay que comprar regalos, regalos y más regalos?
Tuve la mala ocurrencia de ir a meterme al mall de Viña del Mar a comprar un par de obsequios para la Navidad y me encontré con una jauría sedienta que arrasaba con todo a su paso.
"¿Para que servirá eso? En realidad no sé, pero se vería bonito en la pieza del niño". Diálogos de este tipo se pueden escuchar en gente que peina sus tarjetas de crédito en estas fechas.
Hace más de una década trabajé en La Calera como reportero de un pasquín y una radio. Cerca de la Navidad tuve que ver en la calle a un famélico Viejito Pascuero desmayarse en la vereda y tuvo que ser trasladado al hospital. El hombre se había conseguido un disfraz y con 30 grados de temperatura salió a tocar su campanita sin comer nada.
Después de reportear esa noticia me di cuenta que en estas fechas las diferencias sociales se hacen cada vez más abismantes y peligrosas. El que tiene mucho compra mucho y el que no tiene nada mira como gato afuera de la vitrina de una pescadería.
Los niños son los que más sufren ya que tienen que recibir un bombardeo mediático de juguetes inalcanzables para muchas familias. Pero ahí está el crédito y las 20 cuotas que invitan a pagar el triple por cada producto.
"La Navidad pasa pero las deudas quedan", reza un papelógrafo pegado por manos anónimas en la avenida España y que alerta a las personas a detener esta enfermiza fiebre de consumo.
Está claro que estas palabras rebotarán en la nada y mi propia inconsecuencia me llevará a endeudarme para observar la cara de mi hijo feliz al abrir su regalo y encontrar lo que tanto desea.
¿Qué nos pasó en el camino? No tengo muy clara la película y muchas veces prefiero pensar en el rico colemono heladito que se fabrica en esta época y que invita a la conversa y a la buena onda.
Si le sobra platita cómprese una botella en el Moneda de Oro. Yo lo tomo todo el año y a mi grupo de amigos lo bautizaron como los "terneros". Ese líquido lechoso puede adormecer este consumo que cada vez nos consume más y mas.

12.17.2007

Un Jaiva del pueblo


Hace unos tres años publiqué una columna llamada "Secuestrando un Jaiva", donde escribí la hermosa visita que Eduardo Parra realizó a mi casa, luego que lo raptáramos junto a un brother amante de este grupo rockero, cósmico y andino
Algunos días atrás pasé a tomarme una cerveza chica al Liberty y nuevamente me encontré con Eduardo, quien se bebía unas cañas de vino blanco con algunos conocidos del bar y de Valparaíso en general.
Esta vez no me acerqué y sólo tome mi chelita apoyado en la barra, mientras escuchaba el vozarrón de este talentoso poeta y músico, que con su risa llegaba a estremecer los cimientos de unos de los tugurios alcohólicos más antiguos del Puerto.
Eduardo Parra genera en la gente una empatía muy grande, pero especialmente en los seres humildes, en las personas que llevan el estigma del miserable, del marginado, del que ya no quiere pensar mucho en esta vida llena de dolor y sufrimiento.
Fue así como en cuestión de segundos Eduardo estaba rodeado de guachaquitas porteños, quienes lo miraban como un héroe, como un milagro dentro de sus vidas donde el medio pato de 200 pesos es el eterno protagonista de los días sin sentido. Eduardo los abrazaba y les hablaba. Ellos reían y reían, mientras las cañas de turbio vino blanco eran despachadas a granel.
Como testigo de un hecho milagroso, yo permanecía en la barra, mientras pedía otra cerveza más para disfrutar de la visión. En cosa de segundos el grupo se desarmó y Eduardo salió disparado y se juntó con unos amigos que venden pescado al lado del Mercado Puerto.
Aquí apareció otro grupo de indigentes y habitantes del Barrio Chino, quienes hicieron muy buenas migas con el Jaiva mientras vivió frente a la Iglesia La Matriz. Ahora se juntaban para recordar viejos tiempos al ritmo de cajas de vino blanco que eran despachadas en grises vasos de plástico, en plena calle.
Mi última visión, como espejismo surrealista, fue ver a Eduardo rodeado de estos seres marginales, que extendían sus manos para recibir alguna moneda o un gesto de cariño. En estos tiempos que corren, donde todo es de plástico y falsedad, donde la mayoría de los hombres sólo están preocupados de su cuenta corriente y de su tarjeta de crédito, hay personas talentosas, humanas y humildes de verdad.
¡No te mueras nunca hermano Eduardo Parra!


12.07.2007

Ramo asesino

Por Ajenjo

Estas fechas son buenas para los matrimonios. Al parecer la primavera invita a las personas a comprometerse "hasta que la muerte los separe" y comienzan las fiestas, las comidas, el baile y el exceso en general.
El fin de semana pasado fui aun matrimonio en la famosa CasaPiedra, en Santiago. El día anterior al evento mi hermano médico me había inyectado penicilina ya que mis amígdalas estaban al borde de la pudrición.
Con el ánimo bastante bajo llegué a la fiesta, donde conocía al uno por ciento de los invitados. A pesar de las recomendaciones de que no se puede beber con antibióticos me mandé varios pisco sour, vinos blanco y del otro y algunos vodka con tónica para adentro. Honestamente el ánimo se me compuso un poco y hasta pude salir a bailar temas de Rafaella Carra y Village People que el dj de turno colocaba a discreción.
Llegó el momento de que la novia lanzara el ramo. Según mi distorsionada visión la muchacha vestida de blanco se encontraba un poco excedida de copas. Las solteras se agruparon y bailaron la colita. En cuestión de microsegundos la novia disparó el ramo como una bala loca y le llegó al rostro de una pobre solterona que no alcanzó a levantar sus manos. Un hilo de sangre empezó a correr por su dañada nariz. Al parecer el ramo tenía rosas, que son bellas, pero que tienen muchas espinas.
El camarógrafo y el fotógrafo trataban de tomar imágenes del suceso, sin embargo la invitada de la nariz tajeada estaba con su rostro desencajado y bastante apestada. Saqué un pañuelito desechable y se lo pasé para que se limpiara la sangre, mientras una persona de la organización la llevaba al baño.
Decidí irme a las tres de la mañana. Una cuidador de autos me ayudó a pedir un taxi y mientras esperaba el vehículo le contaba la historia del ramo asesino. Me miraba con cara de incredulidad y en sus ojos estaba la interrogante: "¿cuántos tragos se habrá tomado este loco?".
Al final me fui de CasaPiedra con la imagen de la nariz sangrando y el ramo asesino, que son gajes del oficio de las bodas chilenas.
Ahora sólo me queda "desenvainar la espada del texto" y prepararme para el recital del gran Andrés Calamaro, este domingo en Santiasco.
¡Cómo quedarán las gargantas!

12.03.2007

El hada verde en Valparaíso

Por Ajenjo

Me lo habían dicho varias veces: "oye se puso un bar en Valparaíso que será de todo tu gusto. Es un local temático sobre el ajenjo y hasta colocan a Calamaro. Se llama Verde Absenta".
Me costó creerlo y después de empiparme un Casillero del Diablo con mi brother fotógrafo partí a la calle Salvador Donoso en busca de este nuevo bar porteño.
Una luz verde que emana desde el local al exterior es la señal para detenerse y entrar. Todo el local está pintado de un verde ajenjo, hermoso, tranquilizador, opiáceo, que lleva a la calma neuronal e invita a soñar.
Las mesas tienen bellos cuadros. A nosotros nos tocó Oscar Wilde, que al final yo lo observaba hablarme directamente. ¡Es que el ajenjo tiene 70 grados!
La atención es excelente. El ajenjo casero cuesta 2 luquitas y el embotellado de marca el doble. Pedimos el caro para comenzar y nos trajeron las copas, el azúcar, el agua, y el vital líquido verde en su interior.
Mojamos los terrones de azúcar, los instalamos en las cucharas especiales y las encendimos. Hacía más de un año que no probaba ese sabor. La última vez fue en Barcelona, en el bar Marsella, donde después de beber ron viendo un partido del "Barsa" por TV terminé rayando la media papa con dos ajenjos vaciados en mi mente.
Ahora estaba mucho más relajado y mientras el licor espirituoso bajaba por la garganta comenzó a salir Calamaro desde los parlantes. ¡Que cosa más deliciosa! El trance fue violentado por el maldito sonido del celular y me percaté que ese aparato muchas veces es una condena a la realidad más que una ayuda.
Después de bebernos el absinthe ( como dicen los europeos) decidimos probar el casero. Sólo una copa dividida en dos. A esa altura la cosa ya se estaba moviendo.Me levanté al baño y ahí reafirmé que el ajenjo tiene su fama porque golpea a los pensamientos de una manera violentamente aterciopelada.
Nos fuimos contentos y con la esperanza de que el local aguante los embates de la oferta y la demanda y para terminar sólo nos queda la frase de la novela de Bram Stoker dicha por el conde Drácula: "…Absenta es el afrodisíaco del alma. El hada verde que vive en la absenta quiere tu alma".


11.26.2007

Krishnas en el Moneda de Oro



ajenjoverde@hotmail.com

Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais... atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta Tannhäuser”, dice el replicante de la famosa película Blade Runner.
Yo desde Valparaíso le contesto: “He visto a dos Hare Krishna entrar al bar Moneda de Oro y sentarse a conversar animadamente, mientras beben sus tacitas de té. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”.
Sí. Aunque ustedes no lo crean, estaba tomando una botella de vino y comiendo un gran chacarero cuando entraron estos monjes vestidos con sus pantalones naranjas y unas camisas blancas al tradicional bar porteño. Mis compañeros de mesa dijeron: “estos deben ser los trotskistas del grupo krishna y se arrancaron a tomar unos copetitos”.
Nada que ver. Se sentaron y charlaron largamente mientras bebían té. Uno era ultradelgado y el otro tenía pinta de shamán, de maestro, de iluminado.
Hace tiempo que los Hare Krishna están en la ciudad. A veces les da por marchar alocadamente por las calles, con sus platillos y sus cantos religiosos. En otras venden sus exquisitos sandwich de carne de soya, con una especie de mayonesa que nunca he podido copiar.
Ahora ya están en los bares y es un buen signo de tolerancia y diversidad. Al parecer tienen un centro en la Subida Ecuador y en el cerro Alegre. Son misteriosos, atrayentes y muchos jóvenes quedan seducidos por esa vida religiosa, lejana al mundanal ruido de la calle porteña.
También he visto muchos negros caminando por las veredas. Gente de color, como la llaman los norteamericanos. Incluso conocí uno que toca la trompeta en diversos bares. La toca muy mal, pero igual parece un Louis Armstrong en plena juventud farrera.
Me gusta esta mezcla racial. Me gustan que las calles de Valparaíso parezcan publicidad televisiva de Coca Cola o una foto de Toscani._Me gusta la diferencia y como dijo José Luis Rodríguez en su famosa canción: “a todo negro presente, yo le voy aconsejar, que combine los colores que la raza es natural. Que un negro con una negra es como noche sin luna, y un blanco con una blanca es como leche y espuma”.
ajenjoverde@hotmail.com

11.18.2007

¡Qué no se quemen más bares, por favor!


por Ajenjo


¿Qué haremos cuando se queme el Bar Inglés y no tengamos donde tomarnos esos relajantes pisco sour acompañados por esos pancitos con tártaro?
¿De dónde sacaremos lágrimas cuando las llamas extingan el restaurante Menzel y sus privados con sus cortinas rojas desaparezcan para siempre?
¿Quién nos sacará del estado de catalepsia cuando leamos en La Estrella que se quemó el Cinzano y que por milagro alcanzaron a arrancar Carmencita Corena, Pollito, el barman Rodolfo y todos los cantantes?
¿Qué remedios para los nervios me darán cuando me digan que el Moneda de Oro ardió bajo el implacable fuego y los garzones Alonso y Fernando quedaron cesantes en la calle y ya no tienen a quien servirle el heladito colemono?
¿Quién nos consolará cuando nos informen que el Máscara, con todos sus chicos dark y sus niñas góticas, se disolvió en medio de llamas azules y negras? ¿A dónde me internarán cuándo me cuenten que el Liberty ardió en su totalidad y que no pudieron salvar a los pajaritos enjaulados que cantan el himno del Wanderers?
¿Qué ataque de epilepsia me atormentará cuando me informen que El Ascensor a la Luna explotó en fuego y cenizas y las cuecas bravas y urbanas se apaguen con el ruido de las mangueras bomberiles?
¿Qué haremos cuando Valparaíso, como una Roma bajo el látigo de Nerón, arda completa y todo se queme, todo se disuelva en el aire como el humo de un asadito?
Ojalá nunca pase ninguno de los incendios que pronostico, pero no es posible que cada dos o tres meses tengamos que asumir que un pub, un bar, una fuente de soda, muere abrazada a las llamas. Desde esta humilde columna hago un llamado a todos los dueños de locales nocturnos que tomen las medidas necesarias para evitar estas tragedias. Cada bar quemado es una lágrima y sólo queremos reír.
ajenjoverde@hotmail.com
http://ajenjoverde.blogspot.com

11.08.2007

Vergüenza brasileña


Historias cariocas I

Estoy recién bajándome del avión que me trajo desde Río de Janeiro a Santiago y mi celular suena para informarme que mi amiga La Ronca celebraría sus cuarenta años de edad con una nueva y explosiva fiesta en su departamento del cerro Alegre.
Al evento llegaron todos sus amigos, quienes nuevamente al ritmo de algunas botellas de champaña destapadas por el arquitecto, tuvimos que soportar la llegada de los carabineros, que alertados por los vecinos, pusieron freno a la energética celebración.
Yo me sentí un poco culpable, ya que con mi voz bien elevada relaté una de las vergüenzas más grandes que he tenido en el último tiempo y que me pasó en la ciudad de Paraty, ubicada a cinco horas y media de Río de Janeiro y patrimonio histórico de Brasil.
Con mis cuerdas vocales bajo el látigo del vodka Stolichnaya, relaté la siguiente historia: "ese día decidí salir en la noche sin calzoncillos, sólo con el pantalón puesto, a lo gringo como le llaman, ya que el calor me tenía bastante chato. Debido a mi prominente guata de sexy y barrigón ya no puedo abrocharme el botón del pantalón y me lo afirmo sólo con la correa. Junto a mi bella novia fuimos a comprarnos unos vasos de piña colada en la plaza del pueblo y encontramos a dos simpáticas españolas que nos metieron una sabrosa conversa. Las chicas venían viajando hace dos meses por Sudamérica y tenían muchas historias. Yo también colaboraba con alguna mentira y echaba tallas y tomaba mi piñita colada. De repente veo que mi novia se me acerca con la cara desesperada y me dice al oído con una voz de alarma e impacto: "¡súbete el cierre por favor!". Me miré antes de arreglar el entuerto y una de las mayores vergüenzas tomó por asalto mi rostro y cerebro y rápidamente abandoné la escena. Nunca supe si las niñas vieron algo, pero yo tenía un sentimiento de lamentosa sobreexposición".
Las fuertes risas y comentarios sobre la historia de la vergüenza brasileña seguramente terminaron de cansar a los vecinos de La Ronca, quienes para variar llamaron a los carabineros para que advirtieran sobre la posible multa de ruidos molestos.
Me retiré de la ruidosa fiesta, mientras recordaba mi viaje a Brasil, lleno de buenas experiencias, donde conocí nuevos amigos y pude estar con mi hermano chico, que trabaja tatuando a la gente con henna en una feria artesanal.
Además aprendí una de las lecciones más importantes de mi vida: "siempre, pero siempre, usar calzoncillo".
Se los digo en serio.




ajenjoverde@hotmail.com

10.18.2007

Reencuentro


"A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante".
Oscar Wilde.

Hace 20 años salí del colegio Seminario San Rafael de Viña del Mar. Todos mis compañeros se desperdigaron por el territorio y tuve la oportunidad de reencontrarme con ellos y hablar, hablar y hablar sobre un pasado que ya no existe, pero que marcó profundamente nuestras vidas.
Todos estábamos más o menos iguales. Algunos más pelados, algunos más guatones, pero ninguno presentaba severos cambios físicos radicales.
"Donde hemos cambiado es en la mente", aseguraba yo, filosofando en forma barata con la sexta copa de vino en la mano.
Mis compañeros arrendaron una casa por el día en Miraflores y contrataron unos compadres que hacen asados a domicilio. Los cocineros se vistieron con sus ropas de chef, mientras asaban la carne que realmente estaba en segundo plano, ya que las bocas de mis compañeros se batían como loros de siete lenguas para contar sus vidas, los hijos que tenían, las separaciones matrimoniales, sus trabajos, sus triunfos y sus derrotas.
Llegué nervioso, a la reunión pensando en el juzgamiento de los demás, en que sería puesto en una silla de tribunal y me condenarían por mi pésima conducta y mi vida licenciosa.Estupideces e inseguridades de uno no más.
Todos nos abrazamos, los amigos y los no tan amigos. Comencé a chupar cerveza para calmar la ansiedad y dos tarros heladitos se me desintegraron de la mano en cuestión de minutos.
Mis compañeras estaba todas muy buenasmozas y simpáticas. Uno recordaba todo el amor pasional, hormonal y platónico que sintió sobre ellas, pero ahora eran amigas que querían escuchar que había pasado en estos dos decenios de vida.
Con mi ¿octava? copa de vino en la mano me puse a recitar un poema en un pequeño living de la casa. El daño neuronal causado por el cabernet me impidió recordar el termino de mis versos. Ahí empecé a percatarme que estaba dando jugo y que la cosa se acentuaría en las próximas horas.
Después de hablar otras incongruencias observé que la reja de la casa estaba abierta y como un rayo transparente me largué corriendo sin despedirme de nadie. Atrás quedaban veinte años de todo tipo de experiencias juveniles. Al frente un futuro lleno de sorpresas, enigmas y misterios.

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10.12.2007

El eterno retorno de Carmen Corena

Son como la una de la mañana y camino hacia el baño del bar Cinzano y me encuentro de frente con la cantante, y amiga personal, Carmen Corena, quien había dejado por un tiempo el escenario aquejada del corazón.
Mi impresión es bastante grande y la abrazo y la saludo como un soldado que vuelve sano y salvo de la guerra. "Yo estoy sentida ya que después que me fuiste a visitar al hospital con Dióscoro Rojas y el reportero gráfico después no me llamaste nunca más", me dijo con sus palabras como balas de metralleta para mi adolorida conciencia.
"¿Qué te puedo decir Carmencita?", le respondo y bajé mi vista al piso buscando alguna basura, algún signo en el suelo, pero que sólo era para evitar que sus ojos se entrecruzaran con los míos y me hicieran sentir más vergüenza.
Los chilenos somos bastante pencas en ese sentido. Nos envuelve siempre la contingencia, el trabajo, los hijos, los problemas económicos, el carrete. Cuando hay que visitar amigos medio enfermos, llamar por teléfono a quien necesita una voz de apoyo, siempre lo andamos dejando para el final. Pero bueno, seguramente con la misma moneda me pagarán algún día.
Invité a Carmencita a mi mesa y ella, como la gran dama de la bohemia porteña, se sentó sin mayores resentimientos. "Estoy bastante enferma del corazón y sólo una operación me ayudaría", dice un poco bajoneada.
"¿Qué te sirves Carmencita?", le pregunto, pensando que se tomará un tecito simple o una agua de hierbas. "Tráigame un whisky en vaso chico, ya que eso me ayuda a despejar mi corazón", contestó con voz segura y serena.
Después de eso se subió al escenario y empezó a entonar La Hiedra, mi bolero favorito, y tomé de la mano a mi nova y bailé bien apretadito, con una sonrisa de reencuentro y de alivio, ya que la reina Corena había vuelto en gloria y majestad.
Entrada la madrugada me contó que había grabado un nuevo disco con Titae Lindl, el famoso bajista de Los Tres, y que traía un DVD de regalo.
Me fui del Cinzano feliz del retorno de Carmencita Corena, pero un poco triste por el reto que me llegó al ser despreocupado y simple a la hora de ayudar a los que necesitan compañía y una voz de apoyo.
Es la hora de un cambio de actitud.

ajenjoverde@hotmail.com

10.05.2007

Flaitelandia


El pasado fin de semana visité el santiaguino parque de atracciones llamado Fantasilandia, que ya es conocido en varios ambientes como Flaitelandia, debido a la numerosa presencia de "flaites" que colocan su peculiar sello al ambiente de la "diversión total".
Mientras mi hijo y mi novia me esperaban con cara de asustados, yo hacía la fila para ingresar al "Castillo Encantado", una de las atracciones más populares del parque y que consiste en un tren fantasma sin carrito, donde la gente avanza caminado por estrechos pasillos y es acosado por actores que representan a lo más granado del cine de terror.
Solitario pensaba en que someterme a estados de miedo controlado es un placer que hay que aprovechar cuando la ocasión lo permite.
En la entrada del recinto te recibe un actor flaco y demacrado con un look onda "el cochero de la muerte", quien explica claramente que "por favor no toquen a nadie y nadie los tocará y no se suelten de sus compañeros".
El grupo estaba integrado por seis amigos. Yo quedé al final y más solo que un dedo. El primer encuentro es con una mujer tronco, que con una gutural voz grita: ¡todos morirán!
El ambiente era bastante oscuro y el grupo de amigos corría compacto, mientras yo quedaba sólo enfrentando a los monstruos. La escena de "El exorcista" es increíble. Mientras la niña, maquillada como la mejor Linda Blair, se retuerce y aúlla, su cama se levanta mágicamente en medio de temblores y estertores.
Hay un sicópata enjaulado, una doctor loco que tiene a una mujer cortada en pedazos y viva. La "cortadita" grita como salvaje que la ayuden y todos salen corriendo.
Drácula es bastante caballero y no mete mucho miedo, pero al final te está esperando "el loco de la motosierra" y uno tiene que salir arrancando para salvarse de quedar mutilado.
Realmente la cosa da mucho miedo, especialmente si uno no tiene compañía. La mejor frase que pude pensar cuando caminaba por los pasillos aguantando las ganas de evacuar fue "solito se metió, solito salió" y es la pura y santa verdad.
Después de la experiencia traté de que me hijo ingresara a la "casa fantasma", que es el tradicional juego con carritos y con monstruos "light". El pequeño aceptó, pero cuando estábamos llegando a la hora de meternos al carrito le vino el arrepentimiento que se exteriorizó en un fuerte llanto. Como pude lo saqué rápidamente de la fila, mientras le decía al oído: "solito se metió y el papá te tuvo que sacar".
He ahí la gran diferencia entre el niño y el adulto.

ajenjoverde@hotmail.com