Por Ajenjo
He visto cosas muy raras en Valparaíso, como un hombre lavándose los sobacos en un bebedero público inaugurado hace poco o una chica punk inyectándole antibióticos a perros callejeros que ya no tienen pelo, pero lo que vi esta semana supera todo lo anterior.
Pasé a beber unas cervecitas al Moneda de Oro para tratar de aplacar el calor producido por los incendios forestales y me encontré con una mesa compuesta por cuatro ancianos, que no eran veteranos típicos del local. Estaban bastante borrachos y tomaban vino con fruta.
El garzón Alonso le trajo un Barros Luco a uno de los vejetes y el tipo, obviando cualquier regla de decoro y buenas costumbres, se sacó su placa delantera de dientes, la depositó caballerosamente en el vaso con fruta y se dispuso a comer el sanbiruche.
El acto llegó a su plenitud cuando otro de los veteranos le sirvió vino en el vaso y la placa se confundía con los trozos de durazno. La visión que nosotros teníamos desde la mesa era bastante repugnante y me acordé de otra historia relacionada con placas dentales.
Una numerosa familia estaba en Laguna Verde carreteando un domingo cualquiera. El trago del día era el tradicional vino blanco de caja con melón. Como a las cuatro de la tarde a la abuelita se le perdió su placa de dientes y la buscaron por todos lados, sin embargo, el aparato bucal había desaparecido mágicamente.
Ya cuando el sol se estaba poniendo, los jóvenes que bebían el vino con melón decidieron comerse la fruta. Con un cuchillo cortaron en dos el meloncito se encontraron con la placa de la abuelita enterrada muy firme en la carne del sabroso postre.
¿Será verdad esta historia o será un mito urbano más de Valparaíso? Después de ver al anciano tomando de un vaso con una placa de dientes en su interior, pensé que la historia del melón con vino puede ser cierta.
En Valparaíso puede pasar cualquier cosa y eso la convierte en una urbe mágica, extraña y llena de diarias sorpresas que pueden ser repugnantes o maravillosas.
ajenjoverde@hotmail.com


















