4.27.2007

Luto

Pensaba no escribir nada hoy y declararme en luto oficial por la muerte de Jorge “Negro” Farías. Quería que la columna apareciera completamente abandonada de letras y sólo el rostro del hombre con eternos lentes quedara como símbolo de una pérdida más de los últimos héroes de la bohemia porteña. Sin embargo, la historia que tengo que contarles es buena y vale la pena ensuciar este pedazo de diario con una anécdota más.
Exactamente hace una semana partí a Santiago en busca de la X Cumbre Guachaca. Mi amigo Dióscoro Rojas me llamó en la tarde para decirme que lo habían encerrado en su casa, que estaba bajo el acoso de los periodistas faranduleros y que me esperaba en la Estación Mapocho.
Llegue a las nueve de la noche y le dije al Dióscoro, quien se prestaba a subir al escenario para realizar el discurso inaugural, que mandara solidarios saludos al “Negro” Farías, “ya que está agonizando en El Puerto y tu saludo lo reanimará”.
Fue así como el Gran Guaripola partió la gran fiesta guachaca, nombrando frente a cinco mil personas al hombre que, pocas horas después, dejaría de respirar por siempre.
Yo comencé a beber terremotos como desaforado. Me mandé dos litros, más o menos, de la tóxica poción, y mi novia, ya viendo mi cara deformada por el pipeño y el helado de piña, empezó a preocuparse.
Su nerviosismo aumentó cuando supo que estaba haciendo la cola para rematar con una piscolita. En el escenario, la Sonora Palacios se descrestaba tocando y mi tele cerebral ya comenzaba a emitir señales de amnesia.
Al otro día abrí un ojo y vi una pared blanca con un cuadro de un velero. ¿Dónde estoy?, grité aterrado, mientras los hilos neuronales se juntaban para formar la historia nocturna. Era un motel de la mítica y capitalina calle Marín .
En ese lugar recibí la llamada de Dióscoro, quien me comunicó el fallecimiento del “Negro” Farías. “Hicimos todo lo que pudimos para ayudarlo, todo, pero, bueno, ¿qué mierda le vamos hacer?”, decía el guaripola entre sollozos.
Dióscoro terminó criticando duramente a la cultura oficial que deja morir en la indigencia a los héroes populares y señaló que Jorge “Negro” Farías resucitará de la misma forma en que el Tío Roberto Parra vive en el corazón de cada hombre humilde, cariñoso y buena persona.

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4.20.2007

Alcohólico camaleón



Una amiga me pregunta si me gusta Woody Allen y le respondo que en el living de mi casa tengo un retrato del pequeño director, quien me parece un verdadero genio.
"Es que acabo de ver la película Zelig y no me gustó", me replica, mientras pongo cara de asombro y terminó la conversación.
Para los que no lo saben, Zelig es una fábula que relata la vida de un extraño hombre que se transforma según el interlocutor que tenga. Habla con un judío, es judío. Habla con un negro, se convierte en negro. En síntesis: un hombre camaleón.
Reflexiono sobre esta película mientras me empipo un Martini seco en el bar Farewell del Sheraton Miramar con mi amigo Alan, el dueño del Vinilo, quien es el DJ de la noche y pincha discos de Zalo Reyes y Leonardo Favio.
Tengo una tropa de amigos, donde yo obviamente me incluyo, que somos verdaderos camaleones alcohólicos, en el buen sentido del término.
Podemos beber en la barra del Bar Inglés, en finos restaurantes de Maitencillo, en resto bares japoneses del Parque Arauco, en el Bote Salvavidas o en la terraza del Gato Tuerto.
Pero también podemos mandarnos litros de colemono en El Moneda de Oro, beber terremotos en el Ascensor a la Luna, tragarse una Escudo chica en el Liberty, comerse un completo en el Kanibal o un Barros Luco en un carrito callejero sin mayores complejos.
Hay gente que no le cabe esto en la cabeza. Te llaman inconsecuente o hasta "fascista encubierto" o "reaccionario" y yo no los entiendo. Siempre recuerdo la frase de Carlitos Caszely (otro verdadero genio) cuando le preguntaron sobre su supuesta militancia socialista y su gusto por la buena vida. "Tú crees que acaso hay que vivir en una casa con piso de tierra para denunciar las injusticias sociales en que vivimos", le respondió el futbolista.
El beber en oscuros vasos del Liberty o en afeminadas copas con forma de cono en el bar Farewell tiene el mismo sentido, pero diferente precio.
La cosa se trata de anestesiar la neurona. Nada más, nada menos.




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4.16.2007

Caminando por el valle de Quintil

Dicen que hay cosas que estresan muchos a los seres humanos: las separaciones matrimoniales, los despidos de los trabajos y las mudanzas.
Personalmente he tenido que experimentar varias de esas alternativas y para poder relajarme del cambio de casa decidí salir a recorrer las inmediaciones de mi nuevo barrio: la calle Yerbas Buenas (¡qué bonito nombre!).
Revisité el jardín de la casa de Pablo Neruda, que será mi centro de lecturas y lugar de juegos de mi hijo. Proseguí hacia el llamado Museo a Cielo Abierto, en el cerro Bellavista, y decidí entrar a almorzar, con mi grupo de brothers y mi novia al restaurante llamado Valle de Quintil, a un costado del ascensor Espíritu Santo.
Al llegar nos atendió Don Osvaldo, que se transformaría en un excelente anfitrión de un domingo de resurreción bastante tomado y comido.
Nos ofreció un buen pisco sour y un menú, donde podías engullirte todas las entradas y postres que desearas, "y además pueden beber todo el vino que les apetezca, sin embargo siempre hay que mantener el orden, por favor", nos advirtió como observándonos las caras de chichas frescas.
Como estábamos felices, decidimos pedir un vino blanco de la carta, que llegó en una notable heladera de greda, mientras a mi mujer le rellenaban su copa de champaña sin temores ni resentimientos.
Don Osvaldo, muy observador y atento a nuestra mesa, nos señaló que "como no tomaron el vino del menú, les regalaré el bajativo que quieran: ¿un whiskicito?".
¡Qué nos dijeron!, pedimos inmediatamente tres vasitos con hielo, mientras mi novia, ni corta ni perezosa, le exigió un Baileys.
Dos Osvaldo llegó con el pedido, que fue rápidamente filtrado por el estómago y las neuronas. Contentísimos nos paramos y nos retiramos, recibiendo un fuerte apretón de manos del bendito anfitrión porteño.
Terminamos en mi nueva casa, al ritmo de los cien gaiteros, mientras abríamos un viejo baúl y mirábamos revistas Análisis, Apsi y Cauce, que la mudanza reveló en unas viejas cajas de cartón. Gracias Don Osvaldo, ya que sin quererlo, se transformó en el mejor personaje que le dio una etílica bienvenida a mi nueva vida en este cerro de Valparaíso.

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4.10.2007

Volcando la interioridad al exterior


por ajenjo

Estoy con mi hijo en el Salón Esmeralda de la Intendencia Regional a la espera de que me entreguen copias del libro "Del Y va caer al no. La juventud de Valparaíso durante los 80’s", donde quedé seleccionado con una crónica cuento.
El acto, como es tradicional en Chile, empezó con media hora de atraso y después de un emotivo video recordatorio de Gonzalo Muñoz y otros jóvenes asesinados, se dio paso a una mesa redonda donde varios dirigentes e intelectuales comenzaron un largo bla, bla, bla.
A mi hijo le dio sed y le compré una lata de Sprite. Se la tomó rápidamente y a los minutos vació su interioridad al exterior. En otras palabras, se mandó el tremendo vómito en el salón Esmeralda, provocando la huida de todos los espectadores que estaban a su alrededor.
Me tuve que ir sin poder obtener una copia del libro, mientras mi hijo, con cara de enfermo, se reía por su pequeña imitación de Linda Blair en el edificio de la Intendencia Regional.
Pasé cuidando al enfermito durante el fin de semana, arrendándole una buena dosis de películas en el Blockbuster y quedando los dos con los ojos cuadrados de 10 horas continuas de rayos catódicos en nuestro cerebro.
El domingo decidí ir a ver la película "300" con mi brother, con el cual asistimos exclusivamente a filetes cinematográficos, acompañados siempre de la infaltable petaquita de ron.
La película con una estética espectacular, pero con diálogos tan extraños como "deberemos pedir ayuda a los griegos, esos amantes de niños", provocó que la bebida cubana bajara rápidamente por el gaznate, anestesiando las imágenes de sangre, mutilaciones, muertes y más muertes.
Ahora sólo me queda esperar el camión de la mudanza que me cambiará del cerro Alegre a la calle Yerbas Buenas, mi nuevo hogar.
Casa nueva, vida nueva.

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3.30.2007

Un sobaco en la cara


por ajenjo verde


Mi novia santiaguina se cayó y quedó con un esguince cervical. Tiene que usar un cuello ortopédico, causando que sus movimientos se roboticen y tenga que estar en cierto reposo para evitar los dolores.
Por esta razón, y estrictamente por esta razón, tuve que viajar a la capital y vivir en carne propia el plan Transantiago, que lo puedo definir en cinco sencillas palabras: un sobaco en plena cara.
Me bajé de bus en la estaciónPajaritos a las 9 de la noche de un viernes. Me metí al metro normalmente y la gente corría como loca por lograr llegar a un asiento. Me quedé parado y me fui al final de un vagón donde me senté en el suelo. En la estación Universidad de Santiago entró una masa de gente increíble. Me paré como un resorte. Todos se apretaban y uno trataba de alejarse de las mujeres para que no lo acusaran de "manoseador".
De repente un sobaco de un trabajador chileno se estacionó en mi cara. Estuve más de diez estaciones con esa axila tatuada en mi ojo izquierdo. El calor era insoportable y los olores que emanaban eran asquerosos, vomitivos, putrefactos.
Mi novia me esperaba con su cuello ortopédico, mientras yo, con la cara sudada y el cerebro hecho jirones escuchaba sus cariñosas interrogantes: ¿Qué te pasa? ¿Qué ya no me quieres? En resumen trate de decirle que su ciudad, su capital, me apestaba.
Valparaíso tiene sus veredas y calles llenas de piñén, los mojones de perro florecen como rosas, las jaurías de perro atacan a los niños, explotan los edificios, se caen las cornisas, la gente es mutante, radioactiva, extraña, sin embargo es una ciudad tranquila y acogedora.
Una de las pocas cosas rescatables de la visita fue estar una hora y media en una librería de uno de los tradicionales templos del consumo. Adquirí Círculo Vicioso, de Germán Marín, que es un libro que es un duro bistec neuronal. De pasada saqué Ygdrasil, la primera novela ciberpunk chilena y Big Bad City, de extremista Enrique Symns. También me metí al cine y vi Apocalypto y salí bañado en sangre.
Todas esas cosas las pude haber realizado sin pasar por la experiencia del sobaco en la cara.


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3.23.2007

Heladero


Pido un barquillo con helado de menta afuera del Marco Polo, en la avenida Pedro Montt, minutos antes de entrar a observar la graciosa película "Música y letra", que muestra la decadencia en que están sumidos todos los que invocan como la gran moda la onda "ochentera".
Al tener el helado en mi mano recuerdo, sumido en una cierta nostalgia depresiva, cuando una vez trabajé en una famosa heladería en la galería Couve, en Viña del Mar.
Llegue hasta ese puesto de trabajo después de haber sido expulsado de la carrera de Derecho, en la UCV, por no conseguir los puntos necesarios para dar los exámenes orales. Estar de vago en la casa no era ningún aporte, por lo tanto partí a buscar trabajo a la heladería por el dato de un amigo.
En la jerarquía del local el puesto más bajo era el barquillero, quien tenía que enfrentar a la masa , que en pleno calor y estrés de las compras veraniegas quería mandarse un heladito para relajarse.
Las señoras gordas, aprovechando el cierre de la calle Valparaíso sólo para peatones, gritaban por su cono de helado de vainilla bañado en chocolate, mientras la gota de sudor e impaciencia me corría por la espalda.
La gente se amontonaba con sus fichas triangulares de colores y te insultaban por no atenderlas primero. Yo trabajaba junto a un socio, que después de media hora de recibir groserías en la cara les mandaba a las señoras un rosario de garabatos digno de Ripley. Las mujeres corrían donde el gerente, sin embargo nunca la cosa pasó a mayores.
Dentro de las copas que se vendía, existía una que se chorreaba con una pizca de coñac Tres Palos, y que se pedía muy poco. Junto a mi socio de los barquillos nos quedábamos lavando los platos en la noche, y aprovechábamos la soledad de la tienda para bajarnos el licor, que nos servía para anestesiar la paciencia y seguir en la heladería.
Esos eran los momentos más alegres de esa pega, cuando nos empinábamos toda la botellita y salíamos, cada uno para su casa, felices de haber cerrado el boliche.
El encargado siempre preguntaba: ¿por qué, si se han vendido sólo dos copas de crema al coñac, la botella aparece vacía todos los días?
Nuestras caras reflejaban claramente que nos habíamos pegado Tres Palos en la cabeza desde hacía varios días.
Al final dejé la pega y con la poca plata que me pagaron me largué al Valle de Elqui y quedé con el recuerdo eterno de que al pedir un helado al barquillero, hay que hacerlo con mucho respeto, como casi todas cosas que hay que hacer en la vida.

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3.16.2007

Tia Armenia


ajenjo verde

Durante mi infancia en Venezuela, entre los años 1976 y 1980, logré cosechar la amistad de dos simpáticos negritos que se transformaron en los más importantes "brothers" de mi niñez: Tito y Orlando.
Entre los 6 y los 10 años, armamos una pandilla en Caracas que andaba en patineta, se bañaba en las playas de Mamo, peleaba y jugaba como todos los niños del mundo.
Cuando decidimos retornar al gris Chile de los ‘80, Tito y Orlando nos acompañaron , ya que querían conocer la helada patria de sus amigos los chilenos. En Viña del Mar, a Tito la gente se le acercaba y le tocaba su encrespado pelo: "¡Pero si es el hijo de Pelé!", gritaban las señoras, afuera de una desaparecida pista de patinaje a un costado de la plaza Vergara.
Ellos retornaron a Venezuela y nosotros entramos al colegio, con vestón y corbata, y nos pusieron los "hermanos chévere", por nuestro acento honesto y tropical.
Hace algunas semanas tuve el honor de tener de visita a la madre de Tito y Orlando: mi querida tía Armenia.
La morena y hermosa señora llegó hasta mi casa en el cerro Alegre y compartió un asado junto a mi familia. Bebimos vino tinto y del otro y hasta unos tragos de ron me mandé, en medio de mi emoción.
Después fuimos a La Sebastiana, para que conociera la casa de Pablo Neruda. Yo, que vivo hace 10 años en Valparaíso, jamás la había pisado y tuvimos que presionar a las dormidas jovencitas-guías para que nos explicaran qué pelela o qué libro había usado el famoso vate.
En la noche reservé una mesa en el Cinzano para mi tía Armenia. También guardé un espacio para Carmencita Corena, quien la homenajeó con una canción del folclor llanero.
En el Chipi-Chipi no aguante más y saqué a bailar a mi tía, quien provocó la admiración de todos los presentes. Los comensales le metían conversa y le decían en tono de broma: ¡"Sí señol"!
Para variar tomé, tomé y tomé. Grité por el Everton y la gente me respondió: "¡Fuera!". Después mi taxista amigo, el señor Maureira, se llevó a mi madre y mi tía a Viña del Mar.
Yo seguí cantando y me subí a una silla y casi me corto los dedos con un ventilador del techo.
¡Adiós, tía Armenia, pronto nos veremos!

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2.16.2007

Reflexiones sobre el buen gusto


por ajenjo

Me voy al cine en busca de un buen descanso visual y terminé metido en el Hoyts observando "Bienvenidas al Paraíso", donde cincuentonas norteamericanas hacen chupete a negros analfabetos de Haití, bajo la fiera dictadura de Duvalier, en los años setenta. Es el conocido "turismo sexual".
En mis viajes he podido observar cómo muchas personas salen en busca de sexo a lugares exóticos. En Amsterdam está el famoso Barrio Rojo y en Tánger los adolescentes homosexuales siguen a los turistas como si fueran verdaderos bistec con patas. El turismo sexual es donde se puede observar con mayor espanto las enormes diferencias sociales que marca el desarrollo y el subdesarrollo. Sólo basta con mirar dentro de Cuba para conocer esta triste realidad.

Pensando en estos temas pasé a tomarme unas cervezas frías al Moneda de Oro, que rematé con unos roncitos con coca cola que me motivaron para asistir a una fiesta de periodistas en La Piedra Feliz.
Ese famoso local porteño, que ya está inserto dentro del patrimonio bohemio de la ciudad, nunca me ha gustado. Siempre he dicho, en forma exagerada, que está repleto de sedientas secretarias separadas en busca de una pareja ocasional o un pololo que las saque de su desesperante e histérica soledad.

Sacándome los prejuicios llegue a un rincón conocido como el Salón Rojo, donde hermosos retratos de Gonzalo Ilabaca adornan las paredes. El cuadro de Alvaro de Valparaíso proyecta un atemorizante misterio.
Mientras me tomaba un ron, el cual tuve que aumentar de poder con mi petaquita de bolsillo, reflexionaba sobre mis prejuicios. Sin embargo hay algo en ese lugar que no me cuadra.
Pienso en lo que me dijo una de las Chicas Superpoderosas, que me señalaba que los ambientes no se hacen, sino que nacen. Por más que hagas tocar a grupos underground, por más que cuelgues pinturas de brillantes artistas, por más que lleves a los cantantes de izquierda y a los mejores bailaores de flamenco, en mis oídos resuena la voz de un negro haciendo clases de salsa a ebrias regordetas que miran con lujuria al moreno profesor.

La sencillez y delicadeza del Caruso. La amistad verdadera del Moneda de Oro. Las servilletas de género del Bar Inglés. Los canarios del Liberty. Los privados del Menzel. El causeo del San Carlos. La giganta del Renato. El Dióscoro y sus cuecas en El ascensor a la Luna.
Todas esas cosas no se compran con dinero.

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2.09.2007

Ciudad carnívora


por ajenjo

Siempre he dicho que Valparaíso es una ciudad que mata a sus propios habitantes. Para mi peculiar visión, es una urbe carnívora, que engulle a su pueblo a través de pasarelas, cornisas o edificios que se derrumban por estar literalmente podridos.
Fue así como a las 8.35 de la mañana de pasado sábado me llama una amiga para preguntar si estoy sano y salvo. "Se escuchó una gran explosión y me preocupé". Le agradecí su molestia y seguí durmiendo.
Decidí no involucrarme en este desastre y partí a un almuerzo con mi compadre Dióscoro Rojas y dos de sus hermanos. Los "brother" Rojas, todos de Lontué, son muy simpáticos y acogedores y entre cervezas y vinos contamos anécdotas y pelamos a la gallá política.
Dióscoro se contó la media historia con el tío Roberto Parra. "Una vez organizamos una peña y hubo como enredos de plata. El tío Roberto, azuzado por su hermano Lalo, me fue a reclamar y terminó poniéndome una pistola en la cabeza. Yo nunca supe si era de verdad o de mentira pero le dije. Atrévete a disparar chuchetumare..."
Junto a mi novia, y todavía riéndonos de la historia del Dióscoro, enfilamos a Viña del Mar, a un recital de grupos rock en el Estadio Sausalito. Nos habíamos conseguido unas credenciales y como era temprano fuimos a beber unas cervezas al mall.
Conocí lo que se llama un rocket. Es un tubo lleno de cerveza con un tubo más pequeño en su interior con hielo. Tiene una llave y siempre estás sacando líquido heladito. Deben se como dos litros y medio. Me lo zampé con mi mujer y quedamos bastante dañados.
Llegué al Sausalito y en el recital habían cuatro gatos. Los mexicanos de Plastilina Mosh dieron vergüenza. Sinergia estuvo excelente y su vocalista, vestido de novio, lanzó hasta un ramo mientras cantaba lo que ahora es mi himno diario contra las mujeres: "te enojai por todo, te enojai por todo".
Yo quería ver a Calle 13 y su canción que dice: "Señorita intelectual, ya se que tienes el área abdominal que va a explotar, como fiesta patronal, que va a explotar, como palestino.". Sin embargo antes saldrían Babasónicos y su vocalista con pinta de rata humana me da, por decir lo menos, asco. Decidí irme para la casa.
El domingo, mientras todo el mundo comentaba el derrumbe de calle Serrano, me fui al cine a ver "Mi amor de verano". Una historia de chicas lesbianas para pasar el rato.
Después saqué cinco lucas y le aposté todo a París Troya en el Derby 2007.
Me fue como las reverendas.
Mala suerte en el juego, buena suerte en el amor.

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2.02.2007

Mi muñeca gigante




“Tengo el cráneo trizado por los golpes de mi imaginación”.
Vicente Huidobro



Estoy en la calle Monjitas, en Chantiasco (fusión de las palabras chanta y asco) esperando que aparezca la famosa muñeca gigante del grupo de teatro Royal de Luxe.
A estos chicos franceses los conozco desde hace años, cuando montaron en un liceo del cerro Cárcel la obra Cuentos negros, e inmediatamente percibí genialidad absoluta en cada uno de sus integrantes.
Recuerdo ver salir a Jean Luc, el director de la compañía, bastante borracho del Cinzano, con su nariz roja y sus lentes tipo Allende maquinando en su cerebro más fantasías impactantes.
Tengo imágenes grabadas de Carmen Corena y Pollito cantando el chipichipi antes que empezara la obra. El público aplaudía contento y quedaba calientito para el show.
Ahora estoy con mi hijo sobre mis hombros y mi novia esperando el paso de la pequeña giganta.
¡Ahí viene, ahí viene!, fueron los primeros gritos. La muñeca y sus operadores liliputienses se acercaba a toda velocidad, mientras la giganta comía una paleta de helado de más de un metro.
Cuando pasó a escasos centímetros de nosotros, las lágrimas tomaron por asalto mis ojos. Era algo único e impresionante.
Los liliputienses con sus trajes rojos y su paso marcial teatral era más que hermoso. Ellos sabían que estaban moviendo no sólo un gran pedazo de madera, sino que también la imaginación y los sentimientos de miles de seres humanos.
La vimos no más de cinco minutos, antes que la masa, inyectada de ansiedad y ciega de emoción, tratara de aplastarnos.
El domingo salimos en busca del gran final. Llegamos a Plaza Italia y quedamos justo en la parte de atrás. Una gran jaula que tenía tatuado el nombre de Valparaíso era parte del montaje.
Tuvimos que correr por calles paralelas en el intento de encontrar un espacio para mirar. Un conserje calvo salió de un edificio y nos gritaba: “lleven sus peinetas cabros pa que peinen a la muñeca”. Otros le contestaron “güena pelado, los decís porque vos no ocupai peineta”.
Entre risas llegamos al frontis de la Biblioteca Nacional. Con ese gran edificio de fondo me despedí de mi giganta, mientras me acariciaba mi cráneo, lleno de trizaduras, por los implacables golpes de mi imaginación.

ajenjoverde@hotmail.com

1.26.2007

Babel porteña


Aunque en Valparaíso hablamos el mismo idioma, muchas veces nos encontramos con personas que están conversando en otra onda, otra frecuencia, que los convierte en extranjeros para uno.
En el mundo de los bares eso pasa muy seguido ya que el exceso de copas puede convertir a un hombre en un loro de siete lenguas, en un mudo, en un mentiroso compulsivo, en un sabelotodo o en un caballero muy educado.
Muchas veces en el Bar Inglés, con mi brother médico, escuchamos las conversaciones del propietario del local. Es una persona muy agradable y simpática, quien siempre pide prestado el diario La Segunda y nos interroga con preguntas como: ¿Saben ustedes cómo las serpientes llegan a este mundo?
En la Moneda de Oro también hay personajes que hablan en lengua bohemia, como el garzón Fernando, que hace poco se cayó de la hamaca de su casa y se rasmilló toda la oreja ¿Será verdad esa versión?
Para que hablar del Cinzano, que es como la Babel bohemio por excelencia, donde además de encontrar muchas lenguas y orejas alcohólicas, se acumula la experiencia de años de circo en el Puerto querido.
Todo esto está relacionado a que estoy tratando de tener un período de desintoxicación, ya que una noche donde nos bajamos seis botellas de colemono todavía resuena en mi hígado, el héroe de mi cuerpo.
Para poder escaparme de las tentaciones voy al cine en forma compulsiva y en esta ocasión me encontré con un filete de película: “Babel”.
La película muestra Marruecos, Japón, México y Estados Unidos. Desnuda a sus habitantes y sus complejos, mostrando las diversas facetas del animal humano.
Cuando las películas provocan fuertes remezones en mi cerebro, no importa de que tipo, siento que la entrada está bien pagada. Aquí fue la angustia de los personajes lo que me sobrepasó y salí bastante dañado del cine, con ganas de apagar esa sed eterna que anida en mi cabeza.
Me gusta Valparaíso porque está lleno de gente mutante, que viviendo en su propia ciudad a veces se convierte en extranjero, alterando esta loca geografía del deseo y la distorsión humana.
Brindo, con agüita de la llave, por las diferencias físicas y cerebrales de los porteños. Definitivamente los hombres no somos iguales.

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1.18.2007

Teatro en el Trolley


por Ajenjo

Estoy en la discoteca y pub La Secta, bailando “Beautiful people” de Marilyn Manson. A mi alrededor hay clones de Drácula y algunos Frankestein. Incluso hay unas mujeres que parecen el Hombre Lobo.
Me siento algo dañado ya que durante todo el día estuve filtrando con el hermano de mi novia, un historiador bastante amigo del vino y el ron. Nos pegamos esos asados bien regados, justo antes de meternos en una obra de teatro arriba de un trolley.
Llegamos a las siete en punto a la garita de esos vehículos en la Avenida Argentina, y empezó la función con una recreación histórica de la inauguración de este servicio. Yo llevaba mi petaquita de vodka y bebida energizante en mi chaqueta, para ir amenizando el viaje.
La obra es muy buena. Apareció Juan de Saavedra, un bombero todo tiznado y un marinero. Un simpático actor iba relatando la historia, además de entretenidos datos de la arquitectura urbana.
Afuera de la iglesia La Matriz el público desciende del trolley y en las escaleras de la iglesia hay una fuerte discusión entre el marinero actor y una mujer que reclama abandono. Una indigente del sector se mete improvisadamente a la obra y grita, “yo me lo llevé a Suecia, al hoyo...”. La gente ríe y se le explica que es una obra de teatro.
El público es guiado al bar Liberty, donde la función prosigue. Sirven unos vasos de vino, mientras los viejitos parroquianos, que quedaron adentro del recinto, disfrutan con la actuación y siguen bebiendo ese vinagre mortal.
El viaje en trolley continúa por la ciudad y yo, empujado por el vodka, realizo algunos comentarios en voz alta. Uno de los personajes, un chico rapero, me dice que si no me callo me cortarán la lengua. Me percato que estoy pintando el mono y me hundo en mi asiento.
Volvemos a la garita y la obra termina con un aplauso cerrado y muy bien merecido. Nos vamos para mi casa y preparamos el asalto nocturno a la discoteca La Secta y Cherry.
La entrada nos costó tres lucas y teníamos derecho a unas chelas grandes. Ahí, en medio del baile y cantando “la gente bonita, la gente bonita” recordé la obra en el trolley y me di cuenta que había sido testigo de un filete teatral.
¡No se la pierdan!

ajenjoverde@hotmail.com

1.15.2007

Adiós a la O


por Ajenjo

Creo que la mejor palabra que puede definirme en estos días es resurrección. La ola del carrete de diciembre, que actuó como un tsunami de placer, se ha retirado, dejando miles de cadáveres dentro de mi cuerpo y cerebro.
Estoy lentamente reencontrándome conmigo, mientras trato de recordar todo lo que me sucedió cuando me metí a la juguera y el mundo apretó el botón rojo.
Una de las visiones que tengo fue a la salida del mercado de la Plaza Echaurren, donde me comí un plato de machas a las 9 de la mañana del 1 de enero. Para llegar hasta mi casa decidí tomar la micro O, que me deja a dos cuadras.
Me acompañaba un lote de santiaguinos que tenían muy poco de santiaguinos (es que eran muy re simpáticos) y los subí al bus. Al momento de pagar me acordé que con esto del Trans Valparaíso, la micro O se transformaría en la 612. Fue ahí donde me vino la etapa de la borrachera conocida como “nostálgica llorona”. Me senté al lado del conductor y le pelé el medio cable.
“Tengo mucha pena don chofer, ya que esta micro ha significado mucho para mí (moco y lágrimas). La O era mi vida, era un símbolo de Valparaíso y ahora desaparecerá (más moco y lágrimas y elevando la voz) ¡Cómo es posible que cambien la letra O por un feo número! ¡Cómo!”.
El chofer me dijo con buenas palabras que trabajaba un primero de enero y que estaba cansado de escuchar tantas estupideces.
Me fui a sentar con mis amigos santiaguinos, que ya estaban un poco avergonzados de mi actitud.
Me da pena que la O cambie de nombre. En esa micro me pasaron muchas cosas. Les contaré una que es un poco triste, pero bueno, así es la vida no más.
Siempre tomábamos la O con mi hijo para visitar al santo asesino Emile Dubois en el Cementerio de Playa Ancha. El llevaba las velas y yo los fósforos. Subíamos hasta el sitio de la animita y le decía que pidiera algunos deseos, y a lo mejor Dubois se los cumplía.
Un día,también arriba de la O, mi hijo me dijo: “tu santo no me está cumpliendo los deseos”. ¿Por qué dices eso? “Porque le pedí que mi mamá y tu volvieran a vivir juntos y no pasa nada”.
Sujetándome las lágrimas con un yunque detras de los ojos le contesté: “hay cosas que ni los santos, ni los asesinos, pueden cumplir”.
Adiós micro O, adiós para siempre.

pancho667@hotmail.com

1.03.2007

El eterno retorno


Por Ajenjo

No se por donde empezar.
Me desaparecí todo dicembre, ya que necesitaba salir de los teclados y las pantallas y dedicarme a refrescar la mente para enfrentar nuevas batallas periodísticas.
Partí en el Earthdance 2006, donde junto a mi hijo y mi novia acampamos tres días con miles de neohippies que bailaron al ritmo del futuro, en un sector diseñado por el poeta Raul Zurita: Picarquín.
Después volé a Buenos Aires, donde en medio de una lluvia canté los mejores temas de Andrés Calamaro, en el mítico estadio Obras y me enteré de la muerte de Pinochet el mismo día que nació Carlos Gardel, en el cementerio de Chacaritas, tomando vodka en el Palacio de la Pizza.
En la mitad del mes caí enfermo de amigdalitis y me tuve que inyectar milllones de penicilina y permanecer atado a la fiebre.
Me recuperé para los Carnavales Culturales, donde fui testigo de un histórico recital de Alvaro Peña, quien cantó su tema más polémico y censurado en varios países del mundo.
Vi parte del concierto sinfónico con temas de Victor Jara, acompañado de veintañeros que bebían cajas de vinos dulzonas y refrescantes. Quedé hipnotizado por una batucada brasileña y unos monos gigantes que danzaban con el carnaval.
Observé una de las funciones de títeres más freak, donde los niños quedaban llorando y los padres eran insultados irónicamente por las punzantes frases del hombre marioneta.
Sólo me quedaba enfrentar el Año Nuevo y abrí las puertas a un loco grupo de santiaguinos, con quienes nos disfrazamos para la noche aquella y con sombreros locos y trompetas de cartón removimos aún más la afiebrada noche porteña.
Recuerdo, con algunasobvias lagunas, estar en el Mercado del Barrio Chino, comiendo una sopa de machas a las 9 de la mañana, mientras la conexión entre el cerebro y la lengua ya se encontraba totalmente destrozada.
Ahora hay que volver a la realidad. Olvidar todas esas botellas, conversaciones y gente amable que desfiló ante nuestros ojos.
Hay que volver a la realidad, a la cruda y verdadera realidad.

ajenjoverde@hotmail.com

11.24.2006

Pan tostado con mantequilla

Por Ajenjo

Estoy sentado en el Play Back Estudio del Parque Arauco de Santiago. Es una mezcla entre un estudio de grabación, restaurante y bar. Puedes grabar tu disco, comerte unos sandwich y tomarte los copetes.
Esas son las raras mezclas que hacen los santiaguinos (¿o chantaguinos?) en sus hermosos mall, que copiamos en forma desesperada en la sana y verde provincia.
Estoy en la capital porque estoy expiando mis culpas amorosas. Aprovecho un gigantesco y moderno cine (¡que tienes salas con sillones de cuero reclinables y bar!) para ver "Los infiltrados", de Martin Scorsese.
Obviamente no les voy a contar la película, sin embargo la imagen de Jack Nicholson con una pecera llena de cocaína de alta pureza lanzándola a una cama para agasajar a una modelo negra es algo que queda tatuado en las neuronas.
Terminé tomando cerveza y Kir Royal, el trago preferido de mi bella novia, en el bar-estudio, mientras relacionaba en mi mente el nombre de este famoso centro comercial: Parque Arauco.
¿A quién fue el que le cortaron las manos? ¿A Lautaro o Colo-Colo? ¿Y a quién sentaron en la pica? Le pregunto a mi acompañante, mientras asumo que a los indios los españoles los hicieron polvo, pero nosotros en homenaje levantamos un gigantesco templo del consumo y lo bautizamos con el nombre de las víctimas. Bonito detalle de estos chantaguinos.
La reflexión indígena me siguió dando vueltas y nuevamente me encontré con el tema por el partido de Colo-Colo. Junto a Dióscoro Rojas, guaripola de los guachacas, y otros amigos, vimos el encuentro en el Moneda de Oro. A la octava botella de cola de mono el mozo advirtió: "Se acabo chiquillos, así que hasta aquí no más llegaron". Justo el partido había terminado y los colocolinos saltaban de alegría por el triunfo.
Dióscoro quería comer pan tostado con mantequilla . Entramos a más de cinco fuentes de soda y en todas nos dijeron que vendían sandwich de todo tipo, "pero de ese estilo no tenemos". ¡Cómo puede ser posible!
En el bar Mi Casa nos atendió una hermosa señorita que gentilmente accedió a tostar el pancito, "pero le vamos a poner manteca no más, ya que aquí no se trabaja con mantequilla". Dióscoro aceptó la oferta, sin embargo en la cocina se apiadaron del gran guaripola y le pusieron paltita molida y su correspondiente taza de te.
Yo me empipé una cerveza de tres cuartos y transmitiendo en frecuencias extrañas terminamos la noche hablando, como siempre, de política y de la ajetreada contigencia nacional.
Me fui a la casa caminando, mientras mascullaba para mi interior un grito desesperado: ¡Cómo es posible que no vendan pan tostado con mantequilla en las fuentes de soda de Valparaíso!

ajenjoverde@hotmail.com

11.20.2006

Gracias Carpintero!


"Estoy cansado de buscar,
algún lugar encontraré,
estoy malherido,
estuve sin saber que hacer, en algún lugar... te espero".

Algún lugar encontraré, Andrés Calamaro.


El vocalista de "La Radio Carpintero" se lanza al suelo y empieza a temblar como si tuviera un ataque epiléptico. Es el único imitador de Sandro que he visto en vivo y directo y es excelente.
Estoy en La Tertulia, en Valparaíso, tratando de pasar las penas amorosas con este show que me levantó un poco el ánimo. "Tira para arriba", me decían las Chicas Superpoderosas, que me ponían ron tras ron para que volviera a convertirme en el de siempre.
La banda "La Radio Carpintero" tenía la media explosión en el escenario. Tocaban temas de Zalo Reyes y cumbias famosas, y todo salían a contornearse.
Bastante dañado me voy al Cinzano, donde me encuentro con el humorista Palta Meléndez. Son las cuatro de la mañana y el cómico está en el mismo estado en el cual me encuentro yo.
Me voy para la casa arrastrando la pena y entonando canciones de Calamaro. En la mañana decido pedir perdón y viajar a Santiago en busca del beso que ya no tenía.
Antes de tomar la micro pase a comprar un perfume para que fuera mi escudo de entrada a la hora de la conversación que no quería escuchar. El regalo tenía la forma de una manzana roja que al abrirse entregaba su rico aroma.
Mi bella novia me recogió en el metro Manuel Montt y me dijo: "ahora tenemos que hablar". Saqué el envase plateado con una cinta blanca y la miré a los ojos con cara de perro degollado.
Ella entendió a la perfección y me dejó besarle su cuello y una breve comisura de sus labios. ¡Estaba perdonado y más enamorado que nunca!
Nos vinimos a nuestro Valparaíso querido y pensé: "Para rematar esta reconciliación sólo falta una rica cena con vinito tinto".
Nos fuimos a buscar sushi al nuevo restaurant de la calle Esmeralda, que está de moda. Mi novia, adicta a esa comida japonesa, pidió varias manjares que fueron devorados con ansiedad, mientras un rico tintolio nos amasaba las neuronas.
Después a la casa a terminar la reconciliación definitiva. Al otro día un desayuno con palta y huevos revueltos me dejaba como un rey, sin embargo las heridas cierran lentamente y hay que usar un buen cicatrizante.
Creo que el mejor Hipoglos para el amor es la comida, la bebida y los regalos, además de un buen show de un imitador de Sandro.
Agradezco públicamente a la orquesta "La Radio Carpintero", quienes al ritmo del cantante argentino y de Zalo Reyes, me dieron la fuerza de asumir las culpas y de rescatar lo prioritario y esencial que tengo en mi vida.
Muchas gracias.

ajenjoverde@hotmail.com

11.10.2006

El cumpleaños de la Ronca


Por Ajenjo

Una amiga que vive en un edificio en el corazón del cerro Alegre me invitó a su cumpleaños el lunes recién pasado.
A ella la bauticé cariñosamente como La Ronca, ya que su cajetilla diaria de cigarrillos, que consume compulsivamente, la han convertido en una fémina con un erótico timbre de voz.
Le compré el libro de Dougland Coupland, "Todas las familias son sicóticas". Este escritor canadiense se hizo famoso por redactar "Generación X", un libro de culto que me emocionó en los comienzos de la década del ‘90.
Llegué cerca de las nueve y media a su departamento y la mesa ya estaba llena de simpáticos y conversadores locos.
Destacaba un arquitecto que aprovisionado de cuatro botellas de champaña, las iba destapando lentamente, generando un griterío y huidas del público femenino.
Desde su balcón se observa la bahía de Valparaíso en todo su esplendor. Alguien gritó: ¡está saliendo la luna! Un inmenso huevo amarillento empezaba a asomarse entre las dunas de Concón. Fue un verdadero e impactante amanecer lunar y muchos bromearon que habíamos contratado un show de efectos especiales para la cumpleañera.
Entre los invitados estaba una simpática y bella argentina, de Rosario, quien me contaba que en su ciudad habían nacido maravillosos locos, como el Che Guevara, Fito Paez y Fontanarrosa. Una buena tripleta.
Yo me bajaba las copas de champaña rápidamente, mientras conversaba animadamente bajo el influjo del vino espumante.
En realidad todos los invitados conversaban y el departamento, al parecer, se empezó a convertir en un parlante gigante que causaba molestias al vecindario.
La primera alerta fue una llamada telefónica de la portería del edificio, que advertía que algunos vecinos estaban molestos por la bulla. Nadie pescó y siguió la conversa.
Los temas eran variados y La Ronca, ya bastante dañada, se puso a recitar unos textos de un poeta uruguayo. Sus estrofas fueron interrumpidas por el timbre. Era el cuidador, quien ahora de cuerpo presente, trataba de explicar que si no bajábamos el volumen corporal, la situación se tornaría más compleja.
Todos acordaron hablar más bajito, sin embargo a los pocos segundos las reflexiones sicopoliticas aumentaron de nivel.
En eso llegó la torta y el cumpleaños feliz cantado hasta en mapudungún. Ahí el griterío aumento. Se destapó la última botella de champaña . La fiesta estaba rebuena, hasta que sonó el timbre fuerte y claro.
Yo me asomé por el ojo de pescado de la puerta y grite: ¡hay un carabinero! A la Ronca le fueron a lavar la cara, mientras otros preguntaban graciosamente: ¿quién es?
Al final la sentencia fue clara y definitiva: "si no se callan, a la segunda les sacó el parte". El policía se fue y la conversa siguió en penumbras, pero yo pronosticaba que quedarse era un error.
Solitariamente tomé mi chaqueta y me fui . Ya en la calle miré la luna y le agradecí vivir en una casa donde puedo hacer hasta un combate de titanes del ring y a nadie le molesta.
Cosas de la arquitectura.

ajenjoverde@hotmail.com

11.03.2006

Cumming in the night


Por Ajenjo

¿Quién se acuerda cuando en la pérgola de flores de la subida Cumming vendían la mejor malta con huevo de la ciudad?
Ahora ya no funciona, sin embargo, ese sabor espumoso de un buen vaso mañanero era una experiencia guaripolo.
Los gringos toman Bloody Mary (jugo de tomate y vodka) para pasar las cañas. Aquí lo mejor es una rica maltita con huevo y un aliado jamón queso para no despedazarse el estómago.
Ahora la subida Cumming está toda taquilla. En el cajón de recuerdos universitarios tengo la imagen del calvo dueño de la botillería Las Rejas, quien antes de las restricciones horarias vendía copete hasta las seis de la mañana, ¿o las ocho? Varias historias corrían detrás de esta botillería, que hasta la actualidad sólo atiende tras las rejas. No hay mesón, ni la posibilidad de verle las etiquetas a los vinos. La reja siempre abajo , al parecer, le han salvado la vida en varias ocasiones a su propietario.
La subida Cumming comienza con el hermano del Moneda de Oro. Se llama Grill Moneda y con su pantalla gigante es el favorito de los amantes del fútbol, especialmente los domingos, ya que abre todos los días del año.
Después viene El Dominó y su eterno aroma a papa frita. Más arriba asoma el taquilla Mi Casa, que hasta un par de años era un reducto de viejos vinagreros y perdedores poetas. Ahora siempre está lleno y son famosas sus empanadas y un negro que con su trompeta llena de música el cervecero ambiente.
Este fin de semana conocí un nuevo restaurante peruano instalado en Cumming. Se llama Carpe Diem y al parecer está involucrado el antiguo chef del Journal. Ofrecían por tres mil 500 pesos, a la hora de almuerzo, un pisco sour, unas papas a la huaicaína, un ají de gallina y un postre. Me tomé mi pisco y el de mi novia, que estaba reguleque, además de una botella de vino marca Veo y que tenía su etiqueta en inglés.
La comida es rica y la música peruana resuena todo el tiempo, especialmente una canción que a cada rato decía "cachís, cachís". Mi hijo, que se aburre en los restaurantes, comenzó su estadística de los chicles debajo de las mesas, lo que obviamente significaba que había que marchar.
También está el viejo Canario, ese minúsculo bar que cuando está lleno cierra la puerta y la gente grita por los barrotes de la ventana que le abran la puerta.
Está el Troley, uno de los pocos bares temáticos de Valparaíso, y uno cuyo nombre no puedo recordar, pero que tiene el símbolo de Los Jaivas pintado en su escenario. Ahí se reúnen jóvenes de izquierda que cantan a todo pulmón los viejos temas revolucionarios.
De todas maneras, aunque muchos digan que es cuico, mi preferido es el Caruso. Una de sus dueña es la Javi Luco, conocida por algunos pocos como la Nicole Kidman de Valparaíso, quien siempre está atenta a todo lo que sucede. De ese local he salido con mi panza llena de ceviches y he sido atendido con una amabilidad y generosidad .
Cumming in the night: un clásico de la actual bohemia carretera de Valparaíso.

ajenjoverde@hotmail.com

10.25.2006

Casi un sueño



Voy caminando junto a mi novia por la larga playa Las Machas de Maitencillo. El sol está a punto de esconderse para mostrar el mítico rayo verde, que permite obtener algunos deseos a los bienaventurados que logren alcanzarlo con sus ojos.
A lo lejos observo unas pequeñas luces en la arena. Decidimos, como buenos animales curiosos, acercarnos para saber qué ocurría. Las luces eran pequeñas antorchas y una suave música empezó a invadir el espacio.
"¿Será una misa en la playa?", me preguntaba mi chica. Muevo la cabeza bajo el signo de la incertidumbre y camino como si estuviera hipnotizado.
Al llegar al grupo no lo podía creer. Una pequeña orquesta de música clásica, integrada por niños, tocaba "El cigarrito" del gran Víctor Jara. Había violines, contrabajos, un órgano, trompetas y todo lo necesario para ejecutar bellos sonidos. Unas 30 personas miraban el concierto, mientras el sol ya dejaba de existir.
Me senté en la arena, frente a la directora, que era una hermosa rubia que dirigía con pasión a sus infantes músicos.
"Ahora tocaremos del famoso grupo Los Jaivas el tema 'Sube a nacer conmigo hermano'". Ahí tomé con fuerzas la mano de mi novia, cerré los ojos y me invadió una de esas emociones poderosas donde la tristeza y la alegría se amalgaman en algo caótico e incontrolado. Quería llorar y apenas tragaba saliva.
"Esto está muy bonito", me decía mi novia. No podía contestarle ya que las lágrimas, apretadas como el champaña a punto de ser descorchado, podían salir disparadas si abría mi boca. ¿Por qué no podremos llorar libremente? ¿Por qué le tendremos vergüenza al agua salada que vive en los ojos?
El concierto terminó con "Nueva York", de Frank Sinatra, y con todos los músicos, incluída la directora, bailando y riéndose en la arena. Contaron que eran un grupo de Quillota, que había partido como un juego, pero que gracias a la pasión y el esfuerzo de sus integrantes, se habían convertido en niños profesionales de la música.
Al otro día llevé mi brother médico y a su novia a observar el concierto. Aproveché a meter una botella de ron añejo en un bolso y una coca cola, para poder realizar esa dulce mezcla. La sorpresa y la emoción no fue la misma, sin embargo todavía quedaban rastros del poder de la música.
Decidimos celebrar el hallazgo en el restaurante La Canasta, ubicado en la calle principal de Maitencillo. El lugar era, por decir lo menos, encantador. Había cascadas de agua y un ambiente cuicón hippie muy relajador.
Pedí una michelada, que era un vaso largo con un pichintún de tequila, cerveza y jugo de limón y comimos una tortilla y una pequeña pizza, ya que la cuestión no era muy barata.
Después dormí durante varias horas bajo el implacable recuerdo de lo escuchado. No había visto el rayo verde, pero me había encontrado con un sueño real y eso ya es mucho pedir.

ajenjoverde@hotmail.com

10.16.2006

Un loro en Los Andes


Estoy escribiendo este texto desde un cibercafé en Mendoza. Hace diez años que trabajo en el diario y por primera vez me mandaron a una visita al extranjero. La idea me emocionaba, más aún porque teníamos que cruzar la mítica Cordillera de los Andes en un minibus, junto a un grupo de colegas que también viajaban a esta fome ciudad trasandina.
El mini bus había que abordarlo afuera de la Intendencia Regional. El periodista a cargo pensó que era mejor que almorzáramos en el Moneda de Oro, ya que así tendríamos menos paradas en el camino. El grupo estaba conformado por los periodistas de TVN y de UCV y sus respectivos camarógrafos, el reportero del Mercurio, el periodista institucional y quien escribe, además del simpático, amable y paciente chofer. Para asombro de mis colegas, me almorcé una botella de colemono y una empanada camarón queso, lo que me dejó bastante chispeado. Ellos bebieron cervezas y me interrogaron sobre mi adictivo gusto al lechoso licor.
Ya arriba del minibus comenzaron las conversaciones que se tienen entre puros hombres: mujeres, alcohol, mujeres, algo de política, mujeres, pelambre de autoridades varias, mujeres, gastronomía y vinos, mujeres y mujeres.
El calor que empezaba a dañarnos antes de llegar a Los Andes logró que convenciéramos al periodista institucional de realizar una parada. Creo que la localidad era Panquehue y el restaurante era un humilde recinto especializado en el jabalí. ¿Se imaginan un restaurante con mantel de plástico y una garzona gordita y crespita, que ofrece un filete de jabalí con puré picante? Bueno, así están las cosas en esta rara y hermosa franja de tierra llamada Chile.
El sediento grupo sólo quería beber y, pronosticando que ya no pararíamos más, me lancé una piscolita para amenizar la tarde y la conversación entre mis compañeros. Ahí tome la guaripola de la charla. Hablé, hablé y hablé hasta que alguien dijo: "¿Por qué no te quedas callado un ratito, ya que no tienes hinchadas las neuronas?". Tenían razón, ya que había contado chistes, hablado sobre las intimidades más profundas de mi vida, además de disertar sobre sociología, religión y misticismo extremo.
Comenzó la distorsionada subida Caracoles. Apareció la nieve y los túneles, el Hotel Portillo y el fin de Chile. Yo trataba de dormir, pero mi lengua inquieta y alcohólica seguía con ganas de tener una oreja amiga.
A la medianoche recién habíamos llegado a Uspallata, un pueblo donde me comí el primer bife de lomo. Tomamos unas cervezas y seguimos hasta llegar a Mendoza, donde al final quedé durmiendo en una cama de media plaza y un calor insoportable y pegajoso.
A la espera de los actos oficiales fui a unas librerías. Compré "El libro de Caín", de Alexander Trocchi, y otros filetes. Seguí tomando cervecita Quilmes sentado en una de las veredas de la ciudad, mientras el periodista institucional me decía que diéramos una vuelta por el casino antes de ir a conocer unas viñas.
¡Harto fomeca Mendoza! Ahora entiendo por qué durante decenas de veranos los argentinos llegaban hasta nuestras playas a quitarnos nuestras pololas. Las chilenas serán más feítas, pero están insertas en un pueblo mucho más entretenido y bello geográficamente.
¡Viva Valparaíso, mierda!

ajenjoverde@hotmail.com

9.29.2006

La noche en que Dióscoro volvió a tomar


Por Ajenjo

Ya había relatado en esta humilde columna que el 18 de septiembre pasado me fui a meter a la fonda guachaca que el famoso Dióscoro Rojas había instalado en su restaurante en Valparaíso, y no lo encontré. Desde las seis de la tarde hasta las doce de la noche, el conocido Guaripola estaba desaparecido y ni siquiera su compadre Porto sabía de su paradero.
Cansado de su ausencia me retiré y terminé en otros lados, zapateando y tomando. El 21 de septiembre recibí un llamado telefónico de Dióscoro pidiendo las disculpas correspondientes y me invitó a almorzar al restaurante el sábado, "y vaya con su novia y su amigo el oftalmólogo".
Fue así como me encontré sentado con un salpicón de carne como entrada, un bistoco a lo pobre de segundo y un duraznito en cubos con crema de postre. Me empipé varios vasos de cerveza negra y unas suaves piscolitas de bajativo, mientras escuchaba la historia del guachaca.
Todos saben que Dióscoro no toma hace muchos años. El doctor le sentenció lo que un día nos llegará a todos: "Un trago más y pa’l camposanto, hermano". Ha cumplido con estricta disciplina; sin embargo, este 17 de septiembre algo pasó.
"De repente vi un vaso de pipeño en la mesa y me lo mandé para adentro no más. Fue simple la cosa. Empecé a tomar de a poco y de repente me percaté que estaba medio curado", relata el guaripola.
"Los mozos del restaurante se dieron cuenta y cuando pedía otro vaso de pipeño me servían un poco solamente. Yo me enojaba, pero me daba cuenta que no querían que se me pasara la mano. Después me tiré unos wiskachos, pero aquí la situación se pone algo oscura y me acuerdo de las cuecas, la gente saludándome, el local lleno y de repente eran las diez de la mañana" .
Dióscoro se fue acostar. Durmió y durmió varias horas el 18 de septiembre, mientras el sol estaba colocado. Después, como un buen vampiro, salió de la tumba con sábanas y se fue al local donde le contaron el show.
Todos hemos jurado no tomar más en la vida. Todos hemos despertado dañados física y cerebralmente, sin embargo siempre hay recaídas en la vida.
Una anécdota más en el rostro del Dióscoro y en la vida de todos los guachacas de Chile.

ajenjoverde@hotmail.com

9.22.2006

16, 17, 18 y 19


Por Ajenjo

Mi semana dieciochera partió el sábado en el Jardín Botánico de Viña del Mar, donde junto a un grupo de nostálgicos realizamos un picnic a la antigua, con huevos duros, sanguchitos de jamón queso, jugos varios y mucho vino tinto. Estiramos un mantel largo en un gran césped y mientras los niños elevaban volantines, peleaban, corrían en sacos y jugaban a la pinta, nosotros reflexionábamos bajo el notable influjo de la naturaleza y el Pinot.
El domingo decidí hacer un asado particular para mi novia y mi hijo, donde comimos salchichas, choripanes y un rico bistoco. Había decidido sólo beber en la noche, ya que cada almuerzo regado me estaba dejando con un nocaut cerebral que me impedía razonar bien el resto del día y me esperaba un recital de Sol y Lluvia en El Huevo.
Llegué a las once de la noche a ese tremendo local porteño y como es la tradición, el grupo se asomó por el escenario como a las dos de la madrugada. El público estaba bastante excitado, más aún por las canciones que salían por los parlantes como aperitivo: "El pueblo unido", "La batea", entre otros temas setenteros bastante combativos y sin dobles lecturas. Me había tragado varias vasos de vodka con bebida energizante y después apliqué cervezas a granel, causando que me moviera como saltimbanqui en la pista. Llegué al Cinzano donde el piloto automático y la amabilidad del barman Rodolfo me mantuvieron algunos minutos hablando incoherencias con los cantantes y los mozos. Un Barros Luco calmó el hambre y nos fuimos para la casa.
El 18 apareció mi nueva suegra, quien venía desde Santiago a zapatear a suelo porteño. La recibí en mi casa, bastante dañado, con un pequeño asado. Mi amigo médico llegó al rescate tipín cuatro de la tarde y tuvimos un largo bajativo con whisky. A las 18.30 horas yo informé a la masa que teníamos que partir en forma inmediata a la ramada del Dióscoro Rojas ya que se llenaría. Este síndrome persecutorio de "quedar afuera del recinto", lo he padecido por años: saco entradas con meses de anticipación, llego tres horas adelantado a la gigantesca fila, sin embargo nunca hay nadie. En esta ocasión pasó lo mismo y el restaurante "El primer ascensor hacia la luna" se encontraba con un sola mesa ocupada y con la ausencia total del compadre Dióscoro. Seguimos bebiendo whisky y hasta bailé una pequeña pieza de música costumbrista.
Estábamos sentados en una larga mesa con muchos amigos y el local obviamente empezó a llenarse, pero a las tres horas después. Mi suegra me hablaba de matrimonio en forma de broma, mientras yo hablaba y hablaba parodiando al loro de siete lenguas de Jodorowsky.
Al final terminé bailando en el Cinzano y tomando un taxi rumbo a mi casa.
El 19 fue un día casi sacado de una película de Antonioni. Todo el mundo se movía lento y sólo unas copas de vino a la hora de almuerzo, en la casa de mi madre, me revolvieron la conciencia.
¡Y ahora viene Halloween!

ajenjoverde@hotmail.com

9.14.2006

Septiembre extremo


Por Ajenjo

Todavía no se inauguran las ramadas y me encuentro bastante destruido. Siempre culpo a este maldito mes que me agudiza mis nervios y me provoca una ansiedad que sólo puede ser calmada por el trago.
La semana pasada comenzó con mi participación en un campeonato de bowling de los periodistas en el mall Marina Arauco. Para afinar la puntería, junto a mi socio de equipo, entre bola y bola nos mandamos dos petacas de ron panameño marca El Abuelo. Terminamos en el Exodo bebiendo whisky 100 Pipers a mil pesos el vaso.
Al otro día me fui a la cata del restaurante Caruso, donde el vino chileno homenajeaba a la comida peruana. Llegué tarde, cuando repartían brochetas de corazón, y me mandé varias copas de vino y remates de limonchelo que me dejaron el ciberespacio del alcohol.
El viernes me fui a Santiago, donde mi joven novia me llevó a una reunión de sus compañeros de curso. Tenía diez años más que todo el lote que participaba en un karaoke en el living de una casa.
Para mí el karaoke es símbolo de un carrete decadente, donde cuatro japoneses ebrios cantan "Nueva York Nueva York". Después de beber, vino, whisky, ron y pisco (exactamente en ese orden), no había nadie que me quitara el micrófono. Me canté una de Calamaro y otra de Charly y terminé recitando arriba de la mesa de centro mi poema dedicado a las prostitutas de Valparaíso. Lo único desagradable de esa noche fue que un tipo me puso "el Julio César Rodríguez". ¿Parecido físico? ¿Mucho tollo? No se, personalmente encuentro a ese tipo asqueroso, por lo tanto la tallita me cayó como patá en la guata.
Al mediodía del sábado partí a conocer a mi suegro. Es un calmado arquitecto que se rajó con un almuerzo en El Parrón del Parque Arauco. Me engullí tres prietas con ensalada de apio palta y sorbí un vino reservado que pasaba como agüita de la llave. En un momento del almuerzo les relaté la realidad porteña vista desde las levas de perro y les pareció bastante interesante. ¿Habré estado bien?
El domingo desperté en la casa de mi novia y mi suegra ya estaba preparando el almuerzo. Una sopa de tomate, unos tallarines con camarones y dos botellas de vino me dejaron nuevamente colocado. Mi novia apareció con una botella de whisky JB de bajativo, y luego de chuparme un par de vaso me dije: "Esto se acabó, llevo días bajo la suave anestesia del alcohol y debo parar".
Salimos de la casa y nos fuimos directo a la exposición de Nicanor Parra debajo del palacio de La Moneda.
Conozco bastante la obra de este poeta e incluso mi hijo lleva por segundo nombre Nicanor, sin embargo nada nuevo brillaba bajo ese subsuelo capitalino, salvo ver ahorcado a Pinochet y Allende juntos.
En la micro devuelta a mi Valparaíso querido apoyé mi cabeza en el asiento mientras desde los parlantes salía una cueca...
¡A juntar fuerzas para lo que viene!

ajenjoverde@hotmail.com

9.11.2006

Se vende

Por Ajenjo

Esta semana recibí una de las noticias que ningún arrendatario quiere escuchar: "La casa se vende, por lo tanto la compras o te largas".
Lamentablemente vivo en el cerro Alegre, en Valparaíso, y he visto mutar el barrio y convertirse en la taquilla de los políticos y artistas santiaguinos, quienes llegan con sus millones de pesos para comprar una vivienda en el barrio de moda de Chile. ¡Qué asco!
En este país hay varios lugares para experimentar el llamado turismo místico. San Pedro de Atacama, Chiloé y Valparaíso (dejando obviamente afuera a la Isla de Pascua, ya que eso no es Chile). Siempre recuerdo el concepto de "turismo miseria", que el crítico literario Álvaro Bisama ocupa tan magistralmente para relatar cómo los gringos llegan hasta este Puerto a llenarse sus zapatillas con mierda de perro y comer porotos a 500 pesos el plato con una copita de pipeño.
¿Por qué no se quedarán en sus plásticas ciudades, comiendo sus platos chatarra y viendo sus programas de televisión basura? Porque la miseria, la fealdad, las levas de perros con arestín, la basura en las calles, los indigentes en el suelo rajas de borrachos son una postal que les atrae mórbidamente. Es como la atracción que provocan los cuerpos deformes, los accidentes automovilísticos o los rostros de los muertos.
Ahora esa moda, ese turismo, esa locura por Valparaíso (basta ver los anuncios de TV), me tiene programando la mudanza en los próximos meses. ¿A dónde me iré? ¿Cómo será mi nuevo hogar? ¿Podré tener un perro? ¿Tendrá parrilla para hacer asaditos con mis amigos?
Provengo de una familia gitana por esencia. Tengo 37 años y debo haber vivido en 13 lugares diferentes, entre casas y departamentos, países y ciudades distintos. Conozco a la perfección los grados de estrés en que se cae al cargar el camión e instalarse en una nueva residencia.
¿Qué hago con mi colección de revistas pornográficas? ¿Las botellas de absenta las boto? ¿Regalo los juguetes viejos? ¿Y las películas en VHS?
Creo que las mudanzas son en esencia momentos de reflexión y cambio. Es cerrar una historia y comenzar otra, con nuevos vecinos, nuevo almacenero y nueva botillería, que es uno de los locales comerciales donde más hay que tejer amistades.
Me da tristeza dejar a las actuales dueñas de la botillería de la plazuela San Luis. Son dos señoras muy amables. Una de ellas tiene una hija muy buenamoza y simpática, que a veces es la encargada de entregarme los Gato Negro Carmenere, las botellas de Ron Varadero o el tradicional pisco de 35 grados. Ellas conocieron a mi hijo recién nacido y lo tuvieron entre sus brazos, le regalaron paletas de chocolates y lo hacían reír. Después lo vieron irse y aparecer intermitentemente, sin embargo siempre le guardan un cariño especial.
Tendré que dejar muchas cosas. Hay que desarraigarse para evolucionar, dicen los entendidos.
Sinceramente yo estoy un poco cansado para estos trotes. Ojalá me vaya bien.

ajenjoverde@hotmail.com

9.01.2006

A de amigdalitis


"Nos dicen que recordemos la idea, no al hombre, porque los hombres fallan. Los pueden atrapar, los pueden matar y olvidar. Pero 400 años después una idea todavía puede cambiar el mundo. Yo he visto el poder de las ideas, he visto a gente matar en su nombre, morir defendiéndolas. Pero uno no puede besar una idea, no puede tocarla, ni abrazarla. Las ideas no sangran, no sienten dolor. No aman".
("V de venganza")


Por Ajenjo
Lamentablemente esta semana no pude participar de ninguna fiesta, cena regada o visita a mis bares tradicionales, ya que me atacó la enfermedad que durante mi niñez me dejaba postrado en cama con cuarenta de fiebre: la amigdalitis purulenta.
Las placas blancas detrás de mi garganta fueron claves para entender el proceso que estaba viviendo y por más que me tomé 30 sobres de Tapsin noche y día, nada detendía el malestar generalizado que se tomaba mi cuerpo.
Al final no me quedó otra que llamar a los médicos a domicilio, quienes me dieron la respectiva licencia médica y los antibióticos. En esta ocasión elegí los orales, ya que los inyectables necesitan como adicional a una enfermera o el antiguo "practicante" y uno ya no está para andar mostrándole las nalgas a desconocidos.
Mi padre, ya descansando en el cementerio, era el encargado de colocarme los famosos benzetaciles al final de la columna vertebral. Él gozaba cuando el médico me recetaba esos millones de penicilinas por vía intramuscular. Para mí era sentir vidrio molido que entraba al organismo, en un dolor rápido y necesario para evitar el aumento de la infección en la garganta.
Mi novia ofició de enfermera y en mis momentos febriles me pregunté: ¿por qué las enfermeras son un símbolo erótico si cuidan a los heridos y moribundos?
Al final mi enfermera fue al Blockbuster y llegó cargada de películas. La lista la integraban "Suegra de cuidado", "Desayuno en Plutón", "El exorcismo de Emily Rose", "Se arrienda", "Good bye Lenin", "Match Point" y "V de venganza".
La mayoría de las películas ya las había visto en el cine, pero me sirvieron para obtener una lectura más profunda.
De todas las que pude ver, mientras me tragaba mi remedio llamado inequívocamente "Infex", la que me dejó atontado fue "V de venganza".
La cita con que parte esta columna es la misma con que comienza la película. Su trama es aplicable a muchos países del mundo, pero especialmente a Chile.
Hoy comienza septiembre, donde hay tanto paño que cortar y llorar por los traumáticos procesos políticos vividos, y sin duda que "V de venganza" es una buena cinta para mirar. Ojalá ese enmascarado hubiera existido en la década del ochenta, sin embargo todo lo solucionó supuestamente un plebiscito.
Y a todo esto viene el 18 de septiembre con sus cuecas, chichas y empanadas... ¿Qué lindo, no?

ajenjoverde@hotmail.com

8.31.2006

¡Salud, Miguelito!


Los que han visto en cine o leído el libro de Alberto Fuguet, "Tinta Roja", saben a la perfección que la relación entre un periodista, el reportero gráfico y el chofer del automóvil es profunda e intensa. Es un equipo que debe funcionar como un reloj, donde cada pieza es fundamental para buscar noticias y plasmarlas finalmente en el diario.
Hace algunos días fuimos a enterrar al cementerio de Playa Ancha a uno de los reporteros gráficos más famosos de la vieja guardia: Miguel Contreras.
Tuve la posibilidad de trabajar muy poco con este caballero de la fotografía, sin embargo, los recuerdos que atesoro están llenos de risas y de historias de la bohemia porteña de mediados del siglo pasado. Cada vez que me encontraba con Miguel en la calle, le pedía que me contará una experiencia en particular: la marcha de las prostitutas.
No tengo la seguridad sobre el presidente que ordenó cerrar las casas de prostitución en Valparaíso. ¿Alessandri o Ibáñez del Campo? La cuestión es que con esa ley quedaban sin pega muchas personas, quienes organizaron una desfile por las calles de la ciudad para exigir la derogación de la norma.
La marcha estaba compuesta por prostitutas y travestis del Puerto, quienes, con carteles, reclamaban por sus derechos. Miguel, que en ese tiempo trabajaba en el diario La Unión, sacó las fotografías correspondientes, que fueron publicadas en el periódico. La ley terminó siendo derogada y toda la bohemia realizó una gran fiesta para agradecer a todas las personas que habían ayudado.
Nuestro reportero gráfico relataba con lujo de detalles cómo llegó a Los Siete Espejos y en una larga mesa había tres pelelas llenas de cocaína pura, que los mayores traficantes de la ciudad habían entregado para festejar la reapertura de las casas de huifa. Las prostitutas más bellas estaban a disposición gratuita de los comensales. Miguel, obviamente, se retiró del lugar, sin embargo las imágenes que alcanzó a observar le quedaron grabadas en su memoria fotográfica.
Las historias de Miguel eran muy entretenidas. Podías pasar horas escuchando a un hombre apasionado por el periodismo, y por quien el siglo XX pasó, dejando imborrables huellas en su vida.
A pesar de que políticamente siempre estuvimos en veredas opuestas, eso no fue un obstáculo para generar una amistad donde las historias de un pasado lleno de bohemia fueran el caldo de cultivo para ser amigos.
Miguel me decía con tono irónico y cariñoso Pablito Neruda, por mis ínfulas de escritor y poeta. Yo me reía en la calle Cumming, mientras le entregaba unos minutos de mi tiempo para que me contara más historias. La del negro de Nueva York es para morirse de la risa, sin embargo, la autocensura me impide relatarla.
Ahora sólo queda decir adiós y empinarse un vaso de tinto en el Cinzano, mientras se mira una de las fotografías más impactantes de la fuerza del mar en Valparaíso.

ajenjoverde@hotmail.com

8.18.2006

Sin cigarrillos no hay bares


Todo este alboroto por la nueva ley de cigarrillos me tiene algo nervioso... ¿Y si después les viene con el trago y hay que andar tomando escondido en el baño?
Creo sinceramente que en la esencia del bar está el humo del cigarrillo. El entrar a un recinto con aire limpio, sin gente que tosa, sin ceniceros repletos, sin la oportunidad de decir: "¿te enciendo el cigarillo, nena?", no tiene sentido alguno. Seguramente en un lugar así venderán leche o tecito o jugos naturales, pero no trago.
Personalmente, yo sólo fumo cuando bebo. Hace muchos años que no prendo un cigarro si no tengo al lado un vaso de cerveza, ron, vodka o una copa de tinto. No tiene sentido, para mi peculiar razón de la vida, estar fumando por nerviosismo, ansiedad o para pasar el tiempo.
Los vicios están encadenados. Al primer trago de piscola empiezo a mirar a mis brothers para que me suelten un tubo de nicotina. Nunca compro cajetillas, a menos que sea un evento especial, onda matrimonio o recitales de música, por eso siempre ando pidiendo tabaco.
El domingo pasado, antes de que la nueva ley empezara a regir, pasé por el Vinilo, en la subida Almirante Montt. Tenía ciertas dudas sobre la definición de ese local que los gringos aman tanto. ¿Sería un recinto para fumadores o no? Aproveché la presencia del dueño, quien no estaba muy al tanto de las nuevas medidas. "Sabes, yo creo que a la hora de almuerzo será no fumadores y en la noche fumadores". Le dije que estaba loco (siempre le digo lo mismo), ya que la ley obliga a definirse. "Es que los vendedores de cigarrillos me dijeron que podía usar ese método", replicó, generando las risas de los que escuchaban la conversación.
Está más que claro que la mayoría de los bares de Valparaíso serán declarados fumadores, incluso esta ciudad es como de fumadores empedernidos, ¿o acaso se imagina escuchando tango sin estar bebiendo un buen vino y fumando un cigarrito?
Los bares que se declaren no fumadores están perdidos, según mi humilde opinión.
Los fumadores empedernidos son como personajes de novelas. Tengo una amiga socióloga que se mete más de una cajetilla diaria. En el ambiente carretero se le conoce como "La Ronca". Su voz es muy sexy, sin embargo, desde la perspectiva médica debería dejar el vicio.
Cuando era joven y subía por Agua Santa rumbo a mi universidad a estudiar periodismo siempre encendía un cigarrillo Life. En esa época me gustaba echarme humo para dentro desde las ocho de la mañana y la cajetilla de 20 costaba cien pesos.
Una mañana, donde seguramente me encontraba con una caña severa, prendí el cigarrillo y una gran arcada casi me tira al piso. El organismo me estaba avisando, sin dobles lecturas, que ya estaba harto de ese tóxico humo.
Decidí sólo fumar cuando bebiera y lo he cumplido hasta hoy. Por esta razón, y muchas otras, abandonaré radicalmente los bares que no sean definidos como fumadores.
Es una promesa de vida y muerte.
ajenjoverde@hotmail.com
http://ajenjoverde.blogspot.com

8.15.2006

Dinosaurios Animalcoholic


Por Ajenjo

Una nueva visita a Santiago con mi hijo tenía como meta principal poder visitar la exposición "Dinosaurios Animatronic", que se instaló en la Estación Mapocho para el divertimento de todos.
Antes de visitar la muestra, llegamos hasta la casa de mi novia, en Las Condes, donde se había preparado un rico almuerzo para festejar la integración del pequeño al nuevo grupo familiar. Había varios invitados, todos muy simpáticos, además de comida y bebida a destajo. Mientras el niño se entretenía pegando figuritas de un álbum, yo me dedicaba a tomar generosas copas de vino y transmitir mi visión porteña de la vida a estos comensales santiaguinos.
Como pasa en casi todas las casas chilenas, cuando las visitas son muchas, los anfitriones sacan las sillas, pisos, sillones y todo lo que sirva para estar cómodos, aunque estén medios endebles. A mí me tocó una silla que no resistió mi excesiva gesticulación y tuve mi propio megaterremoto, mientras las carcajadas en la mesa ya eran un signo de relajo etílico.
Uno de los invitados, que es dueño de un restaurante, sacó de sorpresa un amareto sureño, y terminamos la jornada bebiendo en pequeños vasos esta dulce ambrosía que proviene de las almendras o de los cuescos del durazno, ya que ambos dejan el mismo sabor en la boca y en las neuronas. Para ser sinceros no recuerdo el número de vasitos que empiné, sin embargo me detuve cuando alguien dijo: "A ese ritmo verán en la exposición no sólo tiranosaurios, sino que además elefantes rosados".
Un grupo de bellas jovencitas nos acompañó a la muestra de los dinosaurios y para ser responsables pedimos un taxi que nos dejara en la primera estación del metro. Mi hijo iba bastante emocionado, sin embargo, la enorme cantidad de gente que se apiñaba como ovejas en los carros del metro lo estresó un poco.
La exposición era bastante impresionante y se podían ver videos y reproducciones reales de estos bichos. Me percaté de mi estado de confusión cuando fui al baño y al salir me perdí. No podía encontrar la entrada de la muestra hasta que un guardia de seguridad, amablemente, me señaló la ruta correcta.
Al salir mi hijo me empezó a reclamar por que su dinosaurio preferido, el terodáctilo, no tenía su modelo animatronic, y me pidió que le comprara uno. Encontré una bolsa con animales plásticos, que en todas las tiendas valen 500 o mil pesos, y que aprovechando la curiosidad infantil, los comerciantes lo vendían al triple. A esa altura sacaba billetes arrugados de mi bolsillo y no me importaba nada, ya que con la resaca siempre viene el conteo de lo gastado y se suma a los terribles dolores de cabeza.
Salimos de la Estación Mapocho y me di cuenta de que estaba frente a La Piojera. Mis cuicas amigas, a pesar de ser santiaguinas de toda la vida, no conocían ese hermoso templo del terremoto y el pernil. Pasamos a servirnos unos vasos de pipeño con fernet y helado de piña y nos fuimos para la casa bastante dañados.
La sonrisa en la cara de mi hijo y mi dolor de cabeza en la mañana se fundieron en un solo gesto de amistad filial.
ajenjoverde@hotmail.com

8.08.2006

Esperando a Los Tres


"Gastaré toda mi vida
en comprar la tuya"
("Amor violento", Los Tres)


Por Ajenjo
Nunca me he sentido muy fanático de Los Tres, sin embargo la canción "Amor violento" formó parte esencial e intensa de mi vida y la convertí en un himno personal e íntimo.
Por esta razón decidí esperar a Los Tres en el bar Cinzano, junto a los boleros y los tangos, mientras los fanáticos bailaban y gritaban a cero grados de temperatura en el Valparaíso Sporting Club.
Antes de llegar al recontra conocido bar me fui a comer unas exquisiteces mexicanas en el restaurante "Delicias del mar", donde me engullí unas fajitas con frijoles y unos solomillos con mole verde. Mi novia se tiró unas "pechuguitas deliciosas", haciendo honor a una de las partes más hermosas de su cuerpo.
El menú incluía "bebidas y licores a placer", por lo tanto deben imaginarse cómo salimos de ese hermoso local de Reñaca, que tiene uno de los museos del vino más completos de la región.
Con ese exquisito aperitivo nos fuimos directo al Cinzano, donde nuestro barman Rodolfo nos preparó ron colas y vodka naranjas, para que nuestra espera de Los Tres se hiciera menos larga.
El Cinzano estaba lleno de santiaguinos que estaban en la misma y se paseaban nerviosos mientras los ágiles mozos les exigían que debían consumir el mínimo para permanecer en el local.
La cantante Carmen Corena me contó que el violinista que muchas veces los acompañó tocando en escenarios de la región había fallecido. Ricardo Puga, uno de los grandes hombres del tango bohemio del Puerto, se había ido para siempre.
"Te voy a escribir su vida en unas servilletas y tú, si puedes, la publicas en el diario". Fue así como la cantante del "Chipi Chipi" me entregó un bello texto redactado con pasión y recuerdos fuertes, que me emocionaron profundamente y que dejaban entrever que además de tener una bella voz, Carmen Corena guarda una escritora en su interior.
Al Cinzano llegó mi amiga Marilyn Manson, que vive desde hace dos años en la Isla de Pascua, y la fiesta interminable seguía y seguía.
Como ya es la costumbre, bailé bien apretadito "La hiedra" y seguí agitando el cuerpo con "Mejillones". La cosa estaba tan re buena que tuve que salir disparado al bancomático de la Intendencia, a sacar más plata para seguir chupando.
A las cuatro de la mañana la cosa empezó a calmarse. El licor ya reposaba en el estómago y las neuronas y el cansancio se hacía evidente entre los comensales.
Fue en ese momento en que alguien preguntó: "¿Y Los Tres?".
Nunca llegaron.

ajenjoverde@hotmail.com

7.30.2006

Un cumpleaños pirata


Nuevamente estuve de cumpleaños, pero en esta ocasión me alejé de grandes fiestas y jaranas extremas y dejé pasar la fecha como una especie de sueño no asumido.
De todas maneras igual mis seres queridos me celebraron y mi novia me llevó a comer al Caruso unos ostiones a la parmesana con bastante vino tinto y un remate de apiao como bajativo. Qué curioso es este licor de apio, que no tiene competencia en frescura y en el punch que deja en el cerebro.
Nací el día que nació Simón Bolívar, un 24 de julio, y mi círculo de hierro me celebró en el bar Moneda de Oro. Al llegar me percaté que el refrigerador que guarda los colemonos estaba casi vacío. Un grupo de señoras había arrasado con el trago, por lo tanto sólo tuve que consolarme con la última botella y algunos rones con cocacola que calmaron la angustia de tener un año más de vida. El único regalo que me llegó fueron unos bombones con licor.
Un bombero, que es un amigo de un amigo, llegó hasta la mesa donde se celebraba mi cumpleaños. Lo acompañaba un carabinero con uniforme, que se sentó unos minutos a la mesa para conversar.
Dos amigos que llegaron atrasados me saludaron y miraban con suma incredulidad la presencia del carabinero en la mesa. ¿Habrá pasado algo? ¿Se lo estarán llevando preso? ¿Estará demandado?
El carabinero era muy simpático y para más remate era amigo de una de las Chicas Súper Poderosas que se encontraba en la mesa. Después de algunos minutos de bla, bla, bla, el uniformado se retiro.
¡Como nos cambia la vida!, fue la frase más recurrente en la conversación, mientras yo asumía la presencia del carabinero como uno de los gestos de reconciliación más extraños que he tenido en mi vida.
Nos comimos una chorrillana y finalmente nos retiramos temprano, ya que todo el mundo tenía que trabajar.
Al final uno de los recuerdos que más tengo tatuado en mi dañada cabeza es a mi hijo saltando en el cine, mientras imitaba los movimientos del gran Jack Sparrow, en Piratas del Caribe 2. Cada vez que salía el villano, con su terrible cara de anguila, el pequeño me tomaba la mano y la apretaba con suma fuerza. Al final terminó batiéndose a duelo imaginario con todos los piratas del mundo, mientras las yugoslavas del San Carlos, ese barcito de Las Heras, le miraban el rostro y le decían que se parecía físicamente a un argentino.
Al final pasó un año más de vida. Un año lleno de experiencias, viajes, botellas vacías y resacas infernales. Un año lleno de esperas y retornos, sin embargo todavía estoy asumiendo que tiene que llegar un despertador gigante e instalarse en mi oreja para salir a la calle y gritar: ¡estoy vivo!
ajenjoverde@hotmail.com

7.21.2006

¿A dónde van los bares que mueren?


Por Ajenjo
Seguramente la frase que titula esta columna pertenece a otra persona, sin embargo eso no es lo importante. Lo esencial es: ¿adónde van a parar las conversaciones, los vasos quebrados, los vómitos, las discusiones, las peleas y todo lo que rodea un bar? ¿Cómo es posible que con sólo cerrar un puerta e instalar un candado se muera un lugar así?
Esta pregunta comenzó atormentar mi cerebro luego de pasar cerca de la calle Arlegui, arriba de una micro, y mirar el lugar donde antes funcionaba el bar Correo.
Ese recinto viñamarino era muy particular, especialmente para un grupo de viejitos que todos los días le repetían a sus también viejitas esposas: "voy al correo y vuelvo altiro". Los ancianos se penqueaban de lo lindo con vino barato y cerveza y después llegaban a sus casas con una modulación bastante extraña.
En la década del ochenta había que tener 21 años para poder beber en un bar. Nosotros, con nuestros espinilludos rostros, llegábamos hasta las mesas y el dueño nos instalaba una buena dosis de Escudos. Quedábamos bastante "cuáticos" con el licor dorado y uno de nuestro amigos, en una especie de sicosis, se dedicaba a llenar de ketchup el envase de mostaza y viceversa. Después su gran obsesión era ver la cara de los comensales que se equivocaban.
Había un vejete que atendía en el bar Correo y que era bastante extraño. Siempre cuando la borrachera llegaba a su climax nos decía que en el segundo piso habían piezas para arrendar. Nunca nadie aceptó su invitación para "ir a conocerlas".
Otro bar viñamarino que se perdió en la memoria del mundo fue el Caribean. Ubicado a un costado del puente Libertad atendía hasta altas horas de la noche en un ambiente medio cuicón y mafiosesco. La leyenda dice que una bella mujer cantaba y que un periodista terminó enamorado hasta las patas de su voz y de su cuerpo. ¿Será verdad?
Ahora, cuando me encuentro en la barra o en las mesas del Moneda de Oro, del Cinzano, del Renato, del Vinilo, del Exodo, del Dominó, del Liberty o de cualquier bar porteño, pienso que todo desaparecerá, incluso nosotros.
A pesar de mi incredulidad religiosa creo que las cosas, especialmente los muebles, se cargan de la energía de las personas. ¿Cómo será utilizar una mesa que estuvo durante años en el Roland o en el American Bar?
Seguramente los vasos se caeran mágicamente y mancharán de tinto el mantel y los recuerdos.
¿Cómo es posible que todas estas cosas se esfumen y nadie diga nada?
¿Por qué los bares no tienen vida eterna? ¿Por qué?

ajenjoverde@hotmail.com

7.16.2006

Santiasco


Dedicado a todos los que aman la vida provinciana

Mi novia llegó nuevamente de Barcelona, pero ahora a quedarse con maletas y petacas a Chile y , si la suerte nos acompaña, a nuestro querido Valparaíso.
Pasamos el viernes en el Moneda de Oro, el Caruso , el Cinzano y finalmente El Máscara, donde terminé dando un jugo de proporciones, pero que tenía justificación en la emoción de la llegada.
El sábado partí a Santiago, donde nuevamente fui recibido con mucho cariño por la familia de mi chiquilla, y almorzamos unas ricas costillitas, con vino tinto y un conversador remate de ron.
En la noche asistí a un cumpleaños en plena comuna de Las Condes, donde conversé con un grupo de animados abogados, entre los que se contaban defensores penales, jueces de menores, relatores y una fauna leguleya bastante simpática. Se habló bastante de la delincuencia, de la reincidencia y de las cárceles.
A las tres de la mañana mi novia me levantó sus cejas y dejé el vaso de Cuba Libre en la mesa y salimos a buscar un taxi. Un tipo, que tapaba su cabeza con un gorro y un jockey nos miraba curiosamente.
Yo, asustado y precavido, le dije a mi novia que mejor esperáramos que el tipo se retirara. "¿Qué me estay mirando?", me gritó, mientras corría agresivamente hacia mi encuentro. No lo pensé dos veces y salí disparado en busca de ayuda. Gracias a mi santita que siempre me cuida, nada me sucedió y el tipo se diluyó en la violenta noche capitalina.
A las cuatro de la mañana ya estaba acostadito en una pieza de la casa de mi mujer, cuando unos gritos me alertaron. Afuera se armó una pelea cinematográfica entre varios jóvenes totalmente alcoholizados.
Se pegaban brutalmente correazos, se sacaron las camisas y se abollaban los autos a patadas. Mi novia llamó a carabineros y primero llegó una camioneta de seguridad ciudadana, que sólo se limitó a anotar en una libreta las patentes de los protagonistas. Y todo esto en la cuica comuna de Las Condes.
Al final llegó la policía y todo, al parecer, se había calmado. Traté de volver a conciliar el sueño cuando otro automóvil volvió a la carga y supuestamente reventaron algunos vidrios de la casa.
Al otro día el comentario en el desayuno de la violencia fue obligado. "¿Esto seguramente también pasa en Valparaíso?", me preguntaba mi nueva suegra. "Sí", le respondí, sin embargo no tengo recuerdos cercanos de noches de violencia tan extremas.
¿Que le pasa a los santiaguinos?, me preguntaba mientras tomaba el bus en la estación del metro Pajaritos.
Viví en Caracas durante seis años de mi vida y conocí de cerca la cara de la delincuencia de las grandes urbes. Me robaron más de cinco veces mi patineta y una vez hasta me apuntaron con una pistola, mientras un grupo de hombres con medias en la cabeza asaltaba el negocio donde compraba jugo y queque para llevar al colegio.
Creo que las grandes concentraciones de seres humanos sólo sirven para sacar lo más horrible de nosotros. El vivir achoclonados sicotiza a los hombres y les instala la violencia ciega en la cabeza.
¡Amo la provincia, pero también amo a mi santiaguina! ¿Que puedo hacer?

ajenjoverde@hotmail.com

7.06.2006

Me robaron la manito


Llevo viviendo casi diez años entre los cerros Concepción y Alegre y mi contacto con la delincuencia siempre ha sido mínimo; sin embargo, el viernes pasado me robaron la manito de la puerta de mi casa, esa que le sirve a las visitas para anunciar que ya llegaron.
Me percaté del robo cuando apareció una amiga santiaguina, junto a un colombiano, a pasar un distorsionado fin de semana en Valparaíso. Llamaron a la puerta cerrando su puño y golpeando la madera, situación que me pareció muy rara.
La manito, a la que le tenía mucho cariño, era de mujer y con un hermoso anillo en uno de sus finos y largos dedos. Era de bronce y ahora seguramente estará recostada en un paño en la feria de la calle Merced y el reducidor cobrará 15 lucas al interesado que se la quiera llevar.
Apesadumbrado por el robo, comenzó el carrete con los invitados. Compramos comida china para llevar en el Pekín y varias botellas de tintolio. En la mesa de mi casa la conversa estuvo presente hasta las 5.30 de la mañana.
Al otro día, y con bastante daño neuronal, partimos a la chanchería Sethmacher, en el Barrio Chino, para comprar longanizas y costillar y tirarlas a la parrilla eléctrica. Lamentablemente, el tradicional negocio sólo atiende hasta las 13.00 horas los días sábado. Para pasar la tristeza fuimos a Liberty a calmar la sed.
En ese bar, lleno de curaditos patrimoniales, nos tomamos una cervecita de litro que arregló todos los problemas y vimos cómo Portugal eliminaba a los penales a Inglaterra, en una pequeña televisión instalada arriba de un refrigerador.
En un supermercado nos abastecimos de las cosas para el asado y volvimos a mi casa con su puerta huérfana y comenzó la fiesta.
Desde las cuatro de la tarde hasta las doce de la noche resistí bien, sin embargo, el sueño me invadió y decidí ir acostarme, advirtiéndole a los invitados que la cosa estaba llegando a su fin.
Uno de mis amigos me dijo que había llamado por teléfono a un grupo que recién comenzaba a carretear y que venían por la plaza Aníbal Pinto con ron y tinto.
"Yo no doy más", dije, y me fui acostar a la pieza totalmente derrumbado. A la 1.30 de la madrugada sentí gritos y música fuerte en la cocina. Con mi pijama invernal de algodón bajé la escalera y llegué hasta el centro del carrete y dije: "¡por favor, estoy durmiendo arriba con mi hijo, pueden irse a carretear a otro lado!".
Todos salieron corriendo con rumbo a La Máscara, mientras yo retornaba al colchoncito y a la calma del sueño.
Al otro día, y con un sol espectacular, terminé recorriendo el Museo Naval junto a mis invitados extranjeros, mientras seguía pensando en la manito robada de la puerta y su incierto destino.

ajenjoverde@hotmail.com