8.18.2006

Sin cigarrillos no hay bares


Todo este alboroto por la nueva ley de cigarrillos me tiene algo nervioso... ¿Y si después les viene con el trago y hay que andar tomando escondido en el baño?
Creo sinceramente que en la esencia del bar está el humo del cigarrillo. El entrar a un recinto con aire limpio, sin gente que tosa, sin ceniceros repletos, sin la oportunidad de decir: "¿te enciendo el cigarillo, nena?", no tiene sentido alguno. Seguramente en un lugar así venderán leche o tecito o jugos naturales, pero no trago.
Personalmente, yo sólo fumo cuando bebo. Hace muchos años que no prendo un cigarro si no tengo al lado un vaso de cerveza, ron, vodka o una copa de tinto. No tiene sentido, para mi peculiar razón de la vida, estar fumando por nerviosismo, ansiedad o para pasar el tiempo.
Los vicios están encadenados. Al primer trago de piscola empiezo a mirar a mis brothers para que me suelten un tubo de nicotina. Nunca compro cajetillas, a menos que sea un evento especial, onda matrimonio o recitales de música, por eso siempre ando pidiendo tabaco.
El domingo pasado, antes de que la nueva ley empezara a regir, pasé por el Vinilo, en la subida Almirante Montt. Tenía ciertas dudas sobre la definición de ese local que los gringos aman tanto. ¿Sería un recinto para fumadores o no? Aproveché la presencia del dueño, quien no estaba muy al tanto de las nuevas medidas. "Sabes, yo creo que a la hora de almuerzo será no fumadores y en la noche fumadores". Le dije que estaba loco (siempre le digo lo mismo), ya que la ley obliga a definirse. "Es que los vendedores de cigarrillos me dijeron que podía usar ese método", replicó, generando las risas de los que escuchaban la conversación.
Está más que claro que la mayoría de los bares de Valparaíso serán declarados fumadores, incluso esta ciudad es como de fumadores empedernidos, ¿o acaso se imagina escuchando tango sin estar bebiendo un buen vino y fumando un cigarrito?
Los bares que se declaren no fumadores están perdidos, según mi humilde opinión.
Los fumadores empedernidos son como personajes de novelas. Tengo una amiga socióloga que se mete más de una cajetilla diaria. En el ambiente carretero se le conoce como "La Ronca". Su voz es muy sexy, sin embargo, desde la perspectiva médica debería dejar el vicio.
Cuando era joven y subía por Agua Santa rumbo a mi universidad a estudiar periodismo siempre encendía un cigarrillo Life. En esa época me gustaba echarme humo para dentro desde las ocho de la mañana y la cajetilla de 20 costaba cien pesos.
Una mañana, donde seguramente me encontraba con una caña severa, prendí el cigarrillo y una gran arcada casi me tira al piso. El organismo me estaba avisando, sin dobles lecturas, que ya estaba harto de ese tóxico humo.
Decidí sólo fumar cuando bebiera y lo he cumplido hasta hoy. Por esta razón, y muchas otras, abandonaré radicalmente los bares que no sean definidos como fumadores.
Es una promesa de vida y muerte.
ajenjoverde@hotmail.com
http://ajenjoverde.blogspot.com

8.15.2006

Dinosaurios Animalcoholic


Por Ajenjo

Una nueva visita a Santiago con mi hijo tenía como meta principal poder visitar la exposición "Dinosaurios Animatronic", que se instaló en la Estación Mapocho para el divertimento de todos.
Antes de visitar la muestra, llegamos hasta la casa de mi novia, en Las Condes, donde se había preparado un rico almuerzo para festejar la integración del pequeño al nuevo grupo familiar. Había varios invitados, todos muy simpáticos, además de comida y bebida a destajo. Mientras el niño se entretenía pegando figuritas de un álbum, yo me dedicaba a tomar generosas copas de vino y transmitir mi visión porteña de la vida a estos comensales santiaguinos.
Como pasa en casi todas las casas chilenas, cuando las visitas son muchas, los anfitriones sacan las sillas, pisos, sillones y todo lo que sirva para estar cómodos, aunque estén medios endebles. A mí me tocó una silla que no resistió mi excesiva gesticulación y tuve mi propio megaterremoto, mientras las carcajadas en la mesa ya eran un signo de relajo etílico.
Uno de los invitados, que es dueño de un restaurante, sacó de sorpresa un amareto sureño, y terminamos la jornada bebiendo en pequeños vasos esta dulce ambrosía que proviene de las almendras o de los cuescos del durazno, ya que ambos dejan el mismo sabor en la boca y en las neuronas. Para ser sinceros no recuerdo el número de vasitos que empiné, sin embargo me detuve cuando alguien dijo: "A ese ritmo verán en la exposición no sólo tiranosaurios, sino que además elefantes rosados".
Un grupo de bellas jovencitas nos acompañó a la muestra de los dinosaurios y para ser responsables pedimos un taxi que nos dejara en la primera estación del metro. Mi hijo iba bastante emocionado, sin embargo, la enorme cantidad de gente que se apiñaba como ovejas en los carros del metro lo estresó un poco.
La exposición era bastante impresionante y se podían ver videos y reproducciones reales de estos bichos. Me percaté de mi estado de confusión cuando fui al baño y al salir me perdí. No podía encontrar la entrada de la muestra hasta que un guardia de seguridad, amablemente, me señaló la ruta correcta.
Al salir mi hijo me empezó a reclamar por que su dinosaurio preferido, el terodáctilo, no tenía su modelo animatronic, y me pidió que le comprara uno. Encontré una bolsa con animales plásticos, que en todas las tiendas valen 500 o mil pesos, y que aprovechando la curiosidad infantil, los comerciantes lo vendían al triple. A esa altura sacaba billetes arrugados de mi bolsillo y no me importaba nada, ya que con la resaca siempre viene el conteo de lo gastado y se suma a los terribles dolores de cabeza.
Salimos de la Estación Mapocho y me di cuenta de que estaba frente a La Piojera. Mis cuicas amigas, a pesar de ser santiaguinas de toda la vida, no conocían ese hermoso templo del terremoto y el pernil. Pasamos a servirnos unos vasos de pipeño con fernet y helado de piña y nos fuimos para la casa bastante dañados.
La sonrisa en la cara de mi hijo y mi dolor de cabeza en la mañana se fundieron en un solo gesto de amistad filial.
ajenjoverde@hotmail.com

8.08.2006

Esperando a Los Tres


"Gastaré toda mi vida
en comprar la tuya"
("Amor violento", Los Tres)


Por Ajenjo
Nunca me he sentido muy fanático de Los Tres, sin embargo la canción "Amor violento" formó parte esencial e intensa de mi vida y la convertí en un himno personal e íntimo.
Por esta razón decidí esperar a Los Tres en el bar Cinzano, junto a los boleros y los tangos, mientras los fanáticos bailaban y gritaban a cero grados de temperatura en el Valparaíso Sporting Club.
Antes de llegar al recontra conocido bar me fui a comer unas exquisiteces mexicanas en el restaurante "Delicias del mar", donde me engullí unas fajitas con frijoles y unos solomillos con mole verde. Mi novia se tiró unas "pechuguitas deliciosas", haciendo honor a una de las partes más hermosas de su cuerpo.
El menú incluía "bebidas y licores a placer", por lo tanto deben imaginarse cómo salimos de ese hermoso local de Reñaca, que tiene uno de los museos del vino más completos de la región.
Con ese exquisito aperitivo nos fuimos directo al Cinzano, donde nuestro barman Rodolfo nos preparó ron colas y vodka naranjas, para que nuestra espera de Los Tres se hiciera menos larga.
El Cinzano estaba lleno de santiaguinos que estaban en la misma y se paseaban nerviosos mientras los ágiles mozos les exigían que debían consumir el mínimo para permanecer en el local.
La cantante Carmen Corena me contó que el violinista que muchas veces los acompañó tocando en escenarios de la región había fallecido. Ricardo Puga, uno de los grandes hombres del tango bohemio del Puerto, se había ido para siempre.
"Te voy a escribir su vida en unas servilletas y tú, si puedes, la publicas en el diario". Fue así como la cantante del "Chipi Chipi" me entregó un bello texto redactado con pasión y recuerdos fuertes, que me emocionaron profundamente y que dejaban entrever que además de tener una bella voz, Carmen Corena guarda una escritora en su interior.
Al Cinzano llegó mi amiga Marilyn Manson, que vive desde hace dos años en la Isla de Pascua, y la fiesta interminable seguía y seguía.
Como ya es la costumbre, bailé bien apretadito "La hiedra" y seguí agitando el cuerpo con "Mejillones". La cosa estaba tan re buena que tuve que salir disparado al bancomático de la Intendencia, a sacar más plata para seguir chupando.
A las cuatro de la mañana la cosa empezó a calmarse. El licor ya reposaba en el estómago y las neuronas y el cansancio se hacía evidente entre los comensales.
Fue en ese momento en que alguien preguntó: "¿Y Los Tres?".
Nunca llegaron.

ajenjoverde@hotmail.com

7.30.2006

Un cumpleaños pirata


Nuevamente estuve de cumpleaños, pero en esta ocasión me alejé de grandes fiestas y jaranas extremas y dejé pasar la fecha como una especie de sueño no asumido.
De todas maneras igual mis seres queridos me celebraron y mi novia me llevó a comer al Caruso unos ostiones a la parmesana con bastante vino tinto y un remate de apiao como bajativo. Qué curioso es este licor de apio, que no tiene competencia en frescura y en el punch que deja en el cerebro.
Nací el día que nació Simón Bolívar, un 24 de julio, y mi círculo de hierro me celebró en el bar Moneda de Oro. Al llegar me percaté que el refrigerador que guarda los colemonos estaba casi vacío. Un grupo de señoras había arrasado con el trago, por lo tanto sólo tuve que consolarme con la última botella y algunos rones con cocacola que calmaron la angustia de tener un año más de vida. El único regalo que me llegó fueron unos bombones con licor.
Un bombero, que es un amigo de un amigo, llegó hasta la mesa donde se celebraba mi cumpleaños. Lo acompañaba un carabinero con uniforme, que se sentó unos minutos a la mesa para conversar.
Dos amigos que llegaron atrasados me saludaron y miraban con suma incredulidad la presencia del carabinero en la mesa. ¿Habrá pasado algo? ¿Se lo estarán llevando preso? ¿Estará demandado?
El carabinero era muy simpático y para más remate era amigo de una de las Chicas Súper Poderosas que se encontraba en la mesa. Después de algunos minutos de bla, bla, bla, el uniformado se retiro.
¡Como nos cambia la vida!, fue la frase más recurrente en la conversación, mientras yo asumía la presencia del carabinero como uno de los gestos de reconciliación más extraños que he tenido en mi vida.
Nos comimos una chorrillana y finalmente nos retiramos temprano, ya que todo el mundo tenía que trabajar.
Al final uno de los recuerdos que más tengo tatuado en mi dañada cabeza es a mi hijo saltando en el cine, mientras imitaba los movimientos del gran Jack Sparrow, en Piratas del Caribe 2. Cada vez que salía el villano, con su terrible cara de anguila, el pequeño me tomaba la mano y la apretaba con suma fuerza. Al final terminó batiéndose a duelo imaginario con todos los piratas del mundo, mientras las yugoslavas del San Carlos, ese barcito de Las Heras, le miraban el rostro y le decían que se parecía físicamente a un argentino.
Al final pasó un año más de vida. Un año lleno de experiencias, viajes, botellas vacías y resacas infernales. Un año lleno de esperas y retornos, sin embargo todavía estoy asumiendo que tiene que llegar un despertador gigante e instalarse en mi oreja para salir a la calle y gritar: ¡estoy vivo!
ajenjoverde@hotmail.com

7.21.2006

¿A dónde van los bares que mueren?


Por Ajenjo
Seguramente la frase que titula esta columna pertenece a otra persona, sin embargo eso no es lo importante. Lo esencial es: ¿adónde van a parar las conversaciones, los vasos quebrados, los vómitos, las discusiones, las peleas y todo lo que rodea un bar? ¿Cómo es posible que con sólo cerrar un puerta e instalar un candado se muera un lugar así?
Esta pregunta comenzó atormentar mi cerebro luego de pasar cerca de la calle Arlegui, arriba de una micro, y mirar el lugar donde antes funcionaba el bar Correo.
Ese recinto viñamarino era muy particular, especialmente para un grupo de viejitos que todos los días le repetían a sus también viejitas esposas: "voy al correo y vuelvo altiro". Los ancianos se penqueaban de lo lindo con vino barato y cerveza y después llegaban a sus casas con una modulación bastante extraña.
En la década del ochenta había que tener 21 años para poder beber en un bar. Nosotros, con nuestros espinilludos rostros, llegábamos hasta las mesas y el dueño nos instalaba una buena dosis de Escudos. Quedábamos bastante "cuáticos" con el licor dorado y uno de nuestro amigos, en una especie de sicosis, se dedicaba a llenar de ketchup el envase de mostaza y viceversa. Después su gran obsesión era ver la cara de los comensales que se equivocaban.
Había un vejete que atendía en el bar Correo y que era bastante extraño. Siempre cuando la borrachera llegaba a su climax nos decía que en el segundo piso habían piezas para arrendar. Nunca nadie aceptó su invitación para "ir a conocerlas".
Otro bar viñamarino que se perdió en la memoria del mundo fue el Caribean. Ubicado a un costado del puente Libertad atendía hasta altas horas de la noche en un ambiente medio cuicón y mafiosesco. La leyenda dice que una bella mujer cantaba y que un periodista terminó enamorado hasta las patas de su voz y de su cuerpo. ¿Será verdad?
Ahora, cuando me encuentro en la barra o en las mesas del Moneda de Oro, del Cinzano, del Renato, del Vinilo, del Exodo, del Dominó, del Liberty o de cualquier bar porteño, pienso que todo desaparecerá, incluso nosotros.
A pesar de mi incredulidad religiosa creo que las cosas, especialmente los muebles, se cargan de la energía de las personas. ¿Cómo será utilizar una mesa que estuvo durante años en el Roland o en el American Bar?
Seguramente los vasos se caeran mágicamente y mancharán de tinto el mantel y los recuerdos.
¿Cómo es posible que todas estas cosas se esfumen y nadie diga nada?
¿Por qué los bares no tienen vida eterna? ¿Por qué?

ajenjoverde@hotmail.com

7.16.2006

Santiasco


Dedicado a todos los que aman la vida provinciana

Mi novia llegó nuevamente de Barcelona, pero ahora a quedarse con maletas y petacas a Chile y , si la suerte nos acompaña, a nuestro querido Valparaíso.
Pasamos el viernes en el Moneda de Oro, el Caruso , el Cinzano y finalmente El Máscara, donde terminé dando un jugo de proporciones, pero que tenía justificación en la emoción de la llegada.
El sábado partí a Santiago, donde nuevamente fui recibido con mucho cariño por la familia de mi chiquilla, y almorzamos unas ricas costillitas, con vino tinto y un conversador remate de ron.
En la noche asistí a un cumpleaños en plena comuna de Las Condes, donde conversé con un grupo de animados abogados, entre los que se contaban defensores penales, jueces de menores, relatores y una fauna leguleya bastante simpática. Se habló bastante de la delincuencia, de la reincidencia y de las cárceles.
A las tres de la mañana mi novia me levantó sus cejas y dejé el vaso de Cuba Libre en la mesa y salimos a buscar un taxi. Un tipo, que tapaba su cabeza con un gorro y un jockey nos miraba curiosamente.
Yo, asustado y precavido, le dije a mi novia que mejor esperáramos que el tipo se retirara. "¿Qué me estay mirando?", me gritó, mientras corría agresivamente hacia mi encuentro. No lo pensé dos veces y salí disparado en busca de ayuda. Gracias a mi santita que siempre me cuida, nada me sucedió y el tipo se diluyó en la violenta noche capitalina.
A las cuatro de la mañana ya estaba acostadito en una pieza de la casa de mi mujer, cuando unos gritos me alertaron. Afuera se armó una pelea cinematográfica entre varios jóvenes totalmente alcoholizados.
Se pegaban brutalmente correazos, se sacaron las camisas y se abollaban los autos a patadas. Mi novia llamó a carabineros y primero llegó una camioneta de seguridad ciudadana, que sólo se limitó a anotar en una libreta las patentes de los protagonistas. Y todo esto en la cuica comuna de Las Condes.
Al final llegó la policía y todo, al parecer, se había calmado. Traté de volver a conciliar el sueño cuando otro automóvil volvió a la carga y supuestamente reventaron algunos vidrios de la casa.
Al otro día el comentario en el desayuno de la violencia fue obligado. "¿Esto seguramente también pasa en Valparaíso?", me preguntaba mi nueva suegra. "Sí", le respondí, sin embargo no tengo recuerdos cercanos de noches de violencia tan extremas.
¿Que le pasa a los santiaguinos?, me preguntaba mientras tomaba el bus en la estación del metro Pajaritos.
Viví en Caracas durante seis años de mi vida y conocí de cerca la cara de la delincuencia de las grandes urbes. Me robaron más de cinco veces mi patineta y una vez hasta me apuntaron con una pistola, mientras un grupo de hombres con medias en la cabeza asaltaba el negocio donde compraba jugo y queque para llevar al colegio.
Creo que las grandes concentraciones de seres humanos sólo sirven para sacar lo más horrible de nosotros. El vivir achoclonados sicotiza a los hombres y les instala la violencia ciega en la cabeza.
¡Amo la provincia, pero también amo a mi santiaguina! ¿Que puedo hacer?

ajenjoverde@hotmail.com

7.06.2006

Me robaron la manito


Llevo viviendo casi diez años entre los cerros Concepción y Alegre y mi contacto con la delincuencia siempre ha sido mínimo; sin embargo, el viernes pasado me robaron la manito de la puerta de mi casa, esa que le sirve a las visitas para anunciar que ya llegaron.
Me percaté del robo cuando apareció una amiga santiaguina, junto a un colombiano, a pasar un distorsionado fin de semana en Valparaíso. Llamaron a la puerta cerrando su puño y golpeando la madera, situación que me pareció muy rara.
La manito, a la que le tenía mucho cariño, era de mujer y con un hermoso anillo en uno de sus finos y largos dedos. Era de bronce y ahora seguramente estará recostada en un paño en la feria de la calle Merced y el reducidor cobrará 15 lucas al interesado que se la quiera llevar.
Apesadumbrado por el robo, comenzó el carrete con los invitados. Compramos comida china para llevar en el Pekín y varias botellas de tintolio. En la mesa de mi casa la conversa estuvo presente hasta las 5.30 de la mañana.
Al otro día, y con bastante daño neuronal, partimos a la chanchería Sethmacher, en el Barrio Chino, para comprar longanizas y costillar y tirarlas a la parrilla eléctrica. Lamentablemente, el tradicional negocio sólo atiende hasta las 13.00 horas los días sábado. Para pasar la tristeza fuimos a Liberty a calmar la sed.
En ese bar, lleno de curaditos patrimoniales, nos tomamos una cervecita de litro que arregló todos los problemas y vimos cómo Portugal eliminaba a los penales a Inglaterra, en una pequeña televisión instalada arriba de un refrigerador.
En un supermercado nos abastecimos de las cosas para el asado y volvimos a mi casa con su puerta huérfana y comenzó la fiesta.
Desde las cuatro de la tarde hasta las doce de la noche resistí bien, sin embargo, el sueño me invadió y decidí ir acostarme, advirtiéndole a los invitados que la cosa estaba llegando a su fin.
Uno de mis amigos me dijo que había llamado por teléfono a un grupo que recién comenzaba a carretear y que venían por la plaza Aníbal Pinto con ron y tinto.
"Yo no doy más", dije, y me fui acostar a la pieza totalmente derrumbado. A la 1.30 de la madrugada sentí gritos y música fuerte en la cocina. Con mi pijama invernal de algodón bajé la escalera y llegué hasta el centro del carrete y dije: "¡por favor, estoy durmiendo arriba con mi hijo, pueden irse a carretear a otro lado!".
Todos salieron corriendo con rumbo a La Máscara, mientras yo retornaba al colchoncito y a la calma del sueño.
Al otro día, y con un sol espectacular, terminé recorriendo el Museo Naval junto a mis invitados extranjeros, mientras seguía pensando en la manito robada de la puerta y su incierto destino.

ajenjoverde@hotmail.com

6.30.2006

San Peter


Por Ajenjo

Un bote con la bandera pirata es el último que zarpa tras la figura de San Pedro, que se interna en el mar en una nueva celebración de esta fiesta de los pescadores en Valparaíso.
En el muelle Prat "El Rana" y su polola, junto al "El Caleidoscopista", dos integrantes del colectivo La Patogallina, se suben a este bote y haciendo sonar sus matracas le exigen al capitán pirata de la embarcación que se apure, ya que la procesión marina había comenzado.
El pasaje costaba dos lucas por persona y poniendo el motor a toda marcha el bote pirata se posicionó como el líder de la procesión, haciendo feliz a sus marineros.
Los actores santiaguinos casi podían tocar la figura de San Pedro con sus manos, hasta que el capitán pirata les dijo que "hasta aquí no más llegamos". La tripulación comenzó un improvisado motín y le aseguraron al capitán que no le pagarían el dinero acordado, ya que el trato no se había cumplido.
Nada le importó al jefe de la embarcación, quien los depositó en el muelle Prat, mientras contaba las lucas ganadas con su bote pirata.
Después de eso comenzó el cumpleaños de una amiga en la avenida Alemania. Yo había llegado a la una de la tarde con pescados y verduras para cocinar mi especialidad: ceviche de tres colores. En la casa sólo estaban sus hijos, quienes ni siquiera tenían la llave de la reja para abrirme y tuve que saltar unas peligrosas puntas metálicas para ingresar a su hogar.
Corté el pescado, piqué los pimentones, el ají verde y la cebolla, mientras un ayudante sacaba jugo de limón y lavaba la loza.
El cumpleaños era un almuerzo, sin embargo eran casi las cuatro de la tarde y la festejada y dueña de casa seguía sin dar señales de vida.
Como es la tradición, en cuestión de minutos todo el mundo llegó. Se comieron el ceviche, prendieron una parrilla eléctrica y sacaron pollos y choripanes y se destaparon más de una veintena de botellas de tinto y blanco.
A eso de las siete de la tarde estaba transmitiendo en una rara frecuencia etílica. Recuerdo haber estado contando, a un grupo de bellas señoritas, los cuentos de Chuck Palahniuk, que son catalogados como de "terror sexual".
Después estaba bailando con unos niños de diez años "la voz de los 80" de Los Prisioneros y gritando a todo pulmón "los hippies y los punk tuvieron la ocasión de romper el estancamiento, en las garras de la comercialización murió toda la buena intención".
Ahí empecé a cachar que el tragullo me tenía medio trastornado y que si no me calmaba terminaría agarrando la torta y lanzándola al techo, esperando que el público me aplaudiera o me echara a patadas.
Al final terminé de piernas cruzadas saboreando la rica torta y riéndome a carcajadas de la historia del bote pirata.

ajenjoverde@hotmail.com

6.23.2006

Una historia violenta


Una mujer pide su cuarta botella de colemono en el Moneda de Oro, ese bar ubicado a un costado de la Intendencia Regional. La mujer ya está bastante ebria y sólo la acompaña un hombre que se deduce, a ojo de águila, que tiene más edad que ella.
Después de tomarse esa cuarta botella la mujer comienza un episodio de violencia extrema bastante radical. Grita incoherencias como una loca y bota todo lo que hay en la mesa.
Los mozos del local tratan de contenerla, sin embargo es imposible. La mujer está totalmente descontrolada y se lanza contra la puerta de entrada, quebrando un gran vidrio. A esa altura los propietarios del bar llamaron a carabineros, quienes apoyados por dos furgones se la llevan.
La pregunta es: ¿qué tenía el colemono que esa mujer quedó en ese estado de locura bestial?
Yo llegué cuando el vidrio estaba quebrado y la mujer seguramente en lacomisaría, durmiendo una gran mona. Alonso, el garzón responsable del colemono, explicó que ellos tienen un extracto que echan directamente a la leche y al aguardiente, provocando que aparezca una de las bebidas más ricas que se venden en el plan de Valparaíso.
Fernando, el garzón más pequeño de estatura, nos relató la historia de la mujer loca y el colemono, mientras destapaba una de las botellas del lechoso licor. Después de encargar la segunda nos dice, en tono de broma, que ojalá no nos pase nada, ya que tiene temor de lo que está causando en el cerebro la bendita bebida.
Personalmente el colemono me pone bueno para la conversa y la gesticulación, pero jamás para realizar un espectáculo del tipo "rompamos el local".
Recuerdo estar bebiendo hace como diez o doce años en "El Dique", que se ubicaba al lado del "Proa al Cañaveral". El bar se había convertido en un reducto de trasher y rockeros duros. Había noches en que la pólvora explotaba y comenzaban peleas tipo "cantina de vaqueros". El dueño sacaba un bate de béisbol y comenzaba a golpear el mesón, como anunciando que reventaría más de alguna cabeza si la situación no llegaba a la calma rápidamente.
Dejo los recuerdos de lado y retorno a mi casa, siempre reflexionando sobre la violencia. Decido ver dos películas para calmar mis agitadas neuronas: Violencia diabólica, de Rob Zombie, y Una historia de violencia, de David Cronenberg.
La primera fue mal traducida, ya que se llama Los renegados del diablo y es un filete de colores y locura de sangre. La de Cronenberg es más reflexiva, pero deja pensando seriamente en la importancia del pasado en la vida de los hombres.
Al final subo a mi casa y me imagino la escena de la mujer que se bebió cuatro botellas de colemono. Sueño que estoy en una silla con la palabra director pegada en la espalda y digo: ¡Acción!, mientras una loca rompe con su puño un gran vitral.

ajenjoverde@hotmail.com

6.16.2006

La porfía de AC/DC


Los fines de semana largos son cosa seria, especialmente para el hígado y el cerebro, dos de los órganos fundamentales a la hora de salir a destapar corchos.
Después de dos días en que el tradicional recorrido compuesto por el Moneda de Oro, el Cinzano, el Ascensor hacia la Luna y el Caruso se agota y aburre por la excesiva presencia de rostros y conversaciones conocidas, es la hora de innovar.
Leo en el diario que tocará Ballbreaker, el grupo de música que hace un espectacular tributo a los australianos AC/DC. Ya los he visto y tengo la certeza de que será un show bueno.
Es domingo y la entrada al Huevo, lugar del recital, cuesta tres lucas con derecho a una piscolita. Me acompaña un amigo, que es habitué del recinto y explica que llegamos muy temprano y que podemos mirar unos grupos de heavy metal que tocan en el subterráneo.
Los muchachos le ponen todo el empeño a esa antigua música. Los solos de guitarra, si no son de un virtuosismo y una densidad extrema, me parecen muy aburridos. Entre el público hay unos jóvenes que sacan un pito de marihuana. Un guardia de seguridad se acerca y los obliga a apagarlo y lanzarlo al suelo.
En el segundo piso se anuncia que antes de Ballbreaker tocarán unos imitadores de The Doors. El vocalista se asemeja a Jim Morrison en su etapa decadente: alcohólico, drogadicto, borracho y con la media guata. No soporto la escena y vuelvo al subterráneo, donde empiezo a tomar piscolas a mil pesos a la velocidad de la luz.
Llevo varios días arriba de la pelotita y necesito descansar o mover la cabeza un rato con Back in Black o Hells Bells y olvidarme del mundo y sus angustiantes problemas económicos.
El recital es transmitido por una radio jipi, que convoca a cuarentones decadentes que creen que por bailar a los Rolling Stones con un vaso de ron en la mano serán jóvenes otra vez. Es penoso el espectáculo que hace un viejo de camisa roja y blue jeans, que se mueve como un títerre oxidado junto a su señora. Vuelvo a mirar y me doy cuenta de que la mujer es más digna. Pienso que las féminas envejecen con más gusto y filosofía que los hombres actuales.
Anuncian la salida de Ballbreaker. El grupo es bien bizarro. Sus componentes, además de tocar exactamente como AC/DC, cultivan un look muy parecido. El vocalista entra desde adelante del escenario. El público extiende sus brazos y toca al doble de Angus Young, el mejor guitarrista del mundo. Me acuerdo de un compañero de curso que vivía en Chorrillos y que le escribía cartas y se las mandaba a Australia.
El recital se empieza a diluir y mi cabeza ya no da más. Termino comiendo un completo en el Sibarítico de Valparaíso, que está vendiendo sus sandwich gigantes.
Tuve que levantarme dos veces en la noche y como dice Charly, "hacer promesas sobre el bidet".

http://ajenjoverde.blogspot.com

6.09.2006

Maldito Combo


Nunca me he agarrado a combos en mi vida. Jamás le he pegado a otro ser humano y mi rostro nunca ha recibido la furia de un puño. No soy un santo, ya que he insultado, humillado y garabateado a numerosas personas, pero no he militado en la bronca y la violencia física.
El viernes pasado un amigo, que estudia en el Bellas Artes de Viña del Mar, me invitó a participar de una fiesta artística en un nuevo local denominado "Francia", ubicado en pleno Barrio Chino, muy cerca de la antigua Aduana de Valparaíso. El evento prometía mucho y bajo el conocido slogan de "La imaginación al poder" se anunciaba venta de terremoto, borgoña, piscolitas y algunos números artísticos.
Mi amigo me dijo que podía recitar unos versos, por lo tanto aproveché de invitar a algunos conocidos para que me hicieran barra, mientras declamaba mis textos. Para calentar el cuerpo y aumentar la personalidad nos reunimos en la casa a tomar vino, piscolas y algo de ron. Bastante dañados salimos del Cerro Alegre y un brother que andaba manejando nos dejó frente al local donde se desarrollaba la fiesta.
El ambiente estaba bastante entretenido. Un grupo de música, compuesto por jóvenes con tambores, comenzó a ejecutar esas danzas tipo ritual, muy parecidos a las batucadas. Uno de los conocidos que andaba en nuestro grupo, y que estaba bastante ebrio, comenzó a bailar irónicamente al ritmo de los tambores. Se tiraba al suelo y se levantaba moviendo los hombros, generando risas entre el público que lo observaba.
De repente la cosa se transformó. El improvisado bailarín se estaba agarrando a combos con un conocido pintor porteño. La pelea se armó en la puerta del local y en cuestión de segundos apareció una batahola de violencia y ordinariez. La cosa terminó con un cabezazo en el rostro del pintor, mientras mi brother médico trataba por todos los medios de separar a los pugilistas.
El agresor, junto a su socio, salieron corriendo, mientras la cara del artista se hinchaba lentamente.
A los segundos me vinieron a increpar a mí por lo sucedido. "Tú trajiste a esta gente, tú debes responder", me dijeron. Yo argumenté que todos estábamos cerca de la cuarentena y que cada uno era responsable de sus actos. Caminé hacia la barra y me compré un ron de dos lucas. Me di cuenta que estaba solo y que por unos combos estúpidos la noche se había transformado.
Deprimido me dirigí hacia el Exodo, donde me senté en la barra con un roncola de mil pesos. Me dieron ganas de fumar y no tenía cigarros. Le pedí a la barwoman dark que atiende en el primer piso. Me alargó uno amablemente y ese gesto me hizo volver a creer en el ser humano.
Pensé en Chuck Palahniuk y su último libro "Fantasmas", que es uno de los textos más distorsionados que he leído en el último tiempo. En uno de los cuentos se relata la existencia de un bar donde un travesti se pone a cantar la canción de Titanic, en un decadente escenario. El público paga 70 dólares y puede lanzarle un puñete en la cara, con toda la fuerza posible. El travesti, con otro socio, juntaron una buena suma de dinero, y se hicieron muy conocidos en el servicio de urgencia del pueblo.
Dejé de pensar en Palahniuk, que a todo esto es el autor del "Club de la pelea" y seguí mi camino. Entré al Cinzano y hablé con Carmencita Corena, quien un poco enojada me mando a mi casa. La violencia había cesado.
pancho667@hotmail.com

5.31.2006

El anillo de Tanger


Te recordé desnuda
bajo el cielo protector
tomando té, adormecida
sobre el chador
cuando te amé
en las terrazas de Hafa Café.


Luis Eduardo Aute

Por Ajenjo
uchas veces uno idealiza situaciones y personas a un nivel tan fantástico que cuando aterrizas a la realidad el costalazo es tan grande que puedes llegar a quedar inconciente y malherido emocional o cerebralmente.
Algo no tan grave me pasó en Marruecos, en la parte final de mi viaje, en la mítica ciudad de Tanger. El territorio de Bowles y Burroughs era el escenario ideal para entregarle a mi novia un sencillo y hermoso anillo que había adquirido en una galería de Viña del Mar. La joya había pasado por Casablanca, Marrakech, Meknes y Fez y su destino estaba ligado al Hafa Café, que mi brother fotógrafo me había recomendado como uno de los sitios ideales de ese puerto marroquí.
Mi amigo, que es adicto a la música española, me relató que en ese lugar carreteaban los famosos y que era un sitio de culto que aparecía nombrado en canciones de trovadores y poetas.
Metí el nombre de Hafa Café un par de veces al Google y, junto a mi nutrida imaginación, comencé a diseñar el escenario de la puesta del anillo. Balcones de hermosa cerámica apoyaban mesas ultra blancas. Mozos árabes ofrecían pipas con tabacos aromatizados a sus clientes. Podías pedir variados tipos de té con menta, mientras la brisa marina envolvía a los parroquianos en un sueño mágico y surrealista. Esa era la visión que mi mente había creado.
El último día en suelo marroquí llegó y cerca de las cinco de la tarde le dije a mi chica que teníamos que llegar al Hafa Café antes del atardecer. Ella se metió a una tienda de souvenir buscando un obsequio para su nana en Chile. Me comencé a poner histérico y el anillo en mi bolsillo me quemaba la pierna.
Al final accedió a mi apuro y con la cara larga paró un taxi que nos llevó hasta el famoso sitio ubicado en un cerro de Tanger.
El local tenía una puerta de madera que ya se caía de vieja y un letrero pintado a mano. Al entrar me di cuenta que estaba en "La Piojera Turca" y que mis sueños y visiones se destrozaban ante la presencia de un anciano lanzando un escupitajo al suelo.
No había una organización muy clara en el Hafá Café y los clientes se sentaban en unas viejas sillas de madera a la espera que apareciera el vejete y trajera un té con menta.
La mayoría fumaba hachís tranquilamente, mientras se extasiaban mirando la costa española y los ferrys entrando hacia el puerto.
Mi novia puso cara de ¿y esto es el Hafa Café? Saqué un pedazo de papel de diario y se lo puse entre sus manos, mientras mis ojos gritaban: "ya no doy más". Ella abrió el paquete y se encontró con el anillo, mientras yo miraba al piso. Estaba derrotado.
Sus besos y caricias me calmaron un poco, sin embargo esa noche puse a mi imaginación en un pelotón de fusilamiento, pero no me atreví a dar la orden del disparo.

ajenjoverde@hotmail.com

5.26.2006

Mil estrellas


Por Ajenjo

"Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte".
Unamuno

Me bajo en la estación de trenes de la mítica ciudad de Marrakech junto a mi novia y gracias a un amigo musulmán, que habíamos contactado en el vagón, pudimos llegar al centro de la urbe antigua en una micro.
Al entrar a sus callejones inmediatamente un tipo se abalanzó con un cántico demencial: "están todos los hoteles llenos amigo, pero no problema amigo, yo conseguiré donde dormir amigo, no problema amigo, sígame amigo, todo tranquilo amigo, yo no problema amigo".
No paraba de repetir su frase como una oración hipnotizante, mientras nos guiaba a hoteles cada vez más raros y oscuros. La paciencia se me terminó cuando llegamos a una casa de prostitución, llena de muchachas bastante potables. La cara de mi chica no era de agrado, especialmente cuando empecé a consultar a las niñas sobre las comodidades del alojamiento.
Salimos de ahí y le pasé al supuesto guía unas mínimas monedas que me encontré en el bolsillo. El tipo las miró, escupió al suelo y tiró algunos céntimos al piso, mientras me insultaba violentamente.
El sol se empezaba a esconder y la ciudad nos miraba hambrienta y desconocida. ¿Dónde dormiremos?, me preguntaba con los ojos mi novia.
Seguimos buscando alojamiento y encontré un cartel que decía: "Fantasía". Entré y con el lenguaje universal de la desesperación logré comprender que el hotel estaba copado, pero que podíamos dormir en las terrazas, al aire libre, por un módico precio y al otro día tendríamos una buena habitación.
Dejamos las mochilas en el hall y nos largamos a comer un "chawarma" y a tomar bebidas para calmar la ansiedad, mientras pensaba en el lugar que esa noche acogería mis huesos.
Después de un par de horas volvimos al hotel "Fantasía". Un muchacho nos llevó a las terrazas, ubicadas en el cuarto piso, donde había un colchón dos plazas, con almohadas, sábanas y frazadas.
Al lado había un grupo de mochileras alemanas y más tarde llegó un grupo de habladores españoles.
Yo miré al cielo y dije: "este sí que es un hotel mil estrellas", y mientras los demás se reían, los ojos se me cerraron acompañados de una suave brisa nocturna.
A las cuatro de la mañana desperte de un tirón. Un cántico musulmán resonaba fuerte por un parlante ubicado en la torre de una mezquita, al frente de nosotros. Me levanté adormilado y me apoyé en el borde de la terraza, mientras observaba la noche de Marakech. Los cánticos se multiplicaban al ritmo de las numerosas mezquitas que había en el lugar. Nunca en mi vida me había sentido tan extranjero y una emoción indescripitible invadió mi cerebro.
Esa sensación de sentirse ajeno al lugar donde uno está, pero amarlo por su belleza y misterio, es algo que también puede aplicarse al amor.
En la mañana despertamos con los pajaritos. Mi novia fue a buscar al encargado para que nos llevara a una pieza con baño privado y televisor.
Ahí, tirado en la cama y viendo una película músical de la década del setenta en árabe, recordé las terrazas y el despejado cielo de Marrakech y pensé en dormir en lugares así toda mi vida.
El viaje estaba resultando.

ajenjoverde@hotmail.com

5.22.2006

Los recuerdos son cicatrices


Por Ajenjo

¿Por qué todas las personas que venden sánguches de potito son gordas?, le digo a mi hijo a la entrada de la galería donde está la barra del Everton. El niño me mira con cara de obviedad. Está claro que quien vende esos productos se come la mitad de lo que produce.

Llegué a Sausalito cinco minutos antes que el partido entre Everton y Wanderers comenzara. Saqué mi entrada de tres lucas para la galería Laguna, donde me esperaba la barra del Everton en gloria y majestad.
Desde que tengo uso de razón soy del Everton. Mi padre me llevaba a los partidos cuando el equipo oro y cielo estaba en segunda. Las "viejas" del Everton, que se ubicaban en la tribuna Andes me alimentaban de sánguches, mientras mi progenitor se llenaba el cerebro de cerveza. En los ochenta vendían alcohol en el estadio y todos los hombres les pedían permiso a sus esposas para ir un rato al estadio a relajarse. Ahora hay que llevar el líquido vital escondido entre las ropas. Las cosas cambian para mal.

Sin nada que beber, y con el crío al lado mío, entré a la galería.
La cosa está fuerte. Todos los evertonianos están metidos en el mismo lugar y sólo faltan segundos para que los equipos salgan a la cancha.
Me siento en el ala izquierda de la galería y le pregunto a mi hijo: ¿Tú soi de Everton? "Soy del Wanderers", me dice con una risa de oreja a oreja.
Le digo que se quede callado, que a los cinco años de edad que tiene seguramente no le pasará nada, pero que no ande gritando por su preferencia verde en plena barra evertoniana.
¡Te pueden hasta pegar un combo en el hocico! le digo. Trato de cambiarle su mente y le explico que aunque uno viva en Valparaíso, como yo, igual puede ser "guata amarilla".

El partido comienza. El primer tiempo es ultrafome. He visto muchos cero a cero en este estadio mundialista y ya no quiero más. Pienso que es una maldición, mientras mi cabro posa su cabeza en mis piernas aburrido de un fútbol mediocre y decadente.
En el entretiempo me compro un sánguche de pernil. Me costó 500 pesos y me lo vendió una gordita con ojos picarones. Al niño le embutí una leche en cajita y un paquete de galletas con forma de animales.

Comienza el segundo tiempo y empiezan los goles del Everton. El primero lo sentí en el baño, ya que al pequeñín le dieron ganar de evacuar y mientras le pasaba el papel confort, en los subterráneos del estadio, sentimos el grito desgarrador de los hinchas evertonianos.
Lo limpié en un dos por tres y subimos a nuestro puesto en la galería. La fiesta estaba re buena y los wanderinos al otro lado lloraban con decenas de bengalas.
Desde la galería del Everton empezaron a salir fuegos artificiales. Explotaban en el cielo igual que en el Año Nuevo y mi cabro empezaba a poner cara de evertoniano.
El segundo gol llenó de alegría toda la galería. Mi hijo mutaba de wanderino a evertoniano. ¿Podrá ser cierto?

Después, caminando por la avenida Los Castaños, en busca de la micro, pensaba en la mente del pequeño.
Los recuerdos son cicatrices en el cerebro.


ajenjoverde@hotmail.com

5.18.2006

El vodka musulmán



Viajar por un país musulmán para un chileno es algo bastante agotador, especialmente por la inexistencia de bares, botillerías o lugares para beber una buena cervecita helada o un combinado para calmar los nervios. De todas maneras, yo estaba informado de esta grave situación y opté por llevar una botella de vino chileno tres estrellitas y un vodka de litro para recorrer Marruecos.
La primera vez que necesité beber algunos tragos fue entre el trayecto Casablanca-Marrakech. Era un viaje en tren de seis horas aproximadamente, por lo tanto necesitaba relajar los músculos y el cerebro.
Llevaba un envase de plástico transparente de un litro, que utilizan los ciclistas, y que posee una bombilla, por lo tanto no era necesario destaparlo a cada rato para beber. Compré jugo de naranja y realicé la mezcla.
Nos fuimos junto a mi novia en un carro de segunda clase, para poder compartir con el pueblo marroquí. En la mitad del viaje ya me había tomado todo el líquido y estaba transmitiendo pesado. Un viejo, que hablaba algo de italiano, me empezó a meter charla. A esa altura ya era multilingüe, por lo tanto conversé con mi nuevo brother sobre el intercambio de mujeres por camellos.
"¿Cuántos camellos me das por esta mujer?", dije arrastrando la lengua y apuntando a mi novia. El tipo me respondió algo inentendible, mientras se reía nerviosamente. Mi novia argumentó que ella valía, al menos, cincuenta dromedarios.
"Imposible", me dijo el tipo, quien explicó que los camellos valen millones de dinares. "Bueno, entonces dame dos camellos por lo menos", le dije en broma, provocando que mi chica se enojara y me empujara del asiento.
Ese acto, para el pueblo musulmán, es totalmente desubicado, ya que las mujeres socialmente no tienen mucha personalidad y andan todas tapadas. Los árabes que iban en el vagón miraron sorprendidos. Aprovechando una parada del tren me bajé y salí corriendo a campo traviesa, como para demostrar mi enojo, mientras todos gritaban: "se volvió loco, se volvió loco". Retorné con una gran sonrisa y me preparé una segunda mamadera.
Finalizando mi estadía en Marrakech me percaté de que a la botella de vodka le quedaba un suspiro. Llené el envase sólo con el transparente líquido ruso y me dirigí hacia un carrito que vendía jugo de naranja fresco y helado.
Le expliqué al vendedor, con señas y cara de sed, que le echara juguito al tarro. El tipo agarró el envase y creyó, para mi pesar, que era agua. Tiró el vodka a la basura, mientras me nacía un grito desde lo más profundo del ser adolorido: ¡noooooooooooo! El vendedor pensó que había matado a alguien y otros peatones se acercaban creyendo que estaba pasando algún hecho policial.
El vodka se había acabado y quedaba más de la mitad del viaje en Marruecos.
Caminé por la plaza de Djemma El-Fná con una pequeña depresión que se disolvió lentamente al recordar que las tres estrellas todavía continuaban con su corcho bien puesto.
El vino chileno salvaría el viaje.

ajenjoverde@hotmail.com

5.11.2006

Maldito Sudaca


(Crónicas de viaje)

Estoy a un minuto de que me atienda un policía aduanero en el aeropuerto de Barcelona y me siento algo tenso. Justo me tocó el guardia pesado, amargado, que seguramente tiene graves problemas con su mujer y se descarga con los cientos de latinos que diariamente tiene que dejar entrar a su país.
Afuera del aeropuerto me espera mi novia. Había llegado temprano para recibirme con un atuendo especial y cargada de cariño.
"A qué viene usted", me pregunta el policía aduanero. Le respondo que visitaré por un mes a mi novia, que estudia en Barcelona, y que cuento con una carta de invitación notariada que se exige para las personas que llegan a España sin un programa turístico prepagado.
"Usted perfectamente puede no conocer a esta persona", me responde groseramente el guardia. A esa altura la paciencia se agotaba, sin embargo era el miedo el sentimiento que se concretaba en imágenes cerebrales de repatriación y deportación.
"Enséñeme su pasaje de retorno", me ordena el policía. Ahí se me vino el mundo abajo, ya que debido a la regada fiesta de despedida que había tenido en mi casa, se me había olvidado echar en la billetera una copia impresa de mi ciberticket.
Con una suave voz le dije: "no tengo la copia ya que mi pasaje aéreo lo saqué por internet y si quiere pregunte en Iberia".
El guardia gritó algo incomprensible en catalán, pero que se deducía que eran groserías. Tiró mi pasaporte a un lado y me señaló que pasara a una sala especial. A esa altura las ganas de orinar eran el máximo reflejo del terror y avancé al cubículo donde habían dos africanos que transpiraban como maratonistas y una bella colombiana con pinta de prostituta.
(Leer con voz de colombiana tropical) "Pero oye, chico, ¿que tú eres estúpido o qué? ¿Cómo se te ocurre no tener tu ticket de retorno?". Me explicó que ella se había pasado tres meses de su permiso anterior y de los africanos no sabíamos nada, ya que no hablaban castellano, pero en sus ojos había muchísimo miedo.
Pasó una hora y media y recordé que mi mochila debía de estar dando vueltas, solitaria, en la manga de recepción de equipaje. Salí corriendo sin autorización de nadie, llegué a la cinta donde estaba y la recogí. Volví nuevamente y me metí en la sala con mis nuevos amigos.
De repente llegó un auto de policía con balizas prendidas. Ahora, junto a las ganas de orinar, tenía los medios retorcijones de guata. Dos guardias se bajaron y apuntaron a los africanos y a la colombiana. Los subieron al auto y se los llevaron.
A mi me volvió a llamar el policía amargado y me preguntó si traía euros. Después me pidió mis tarjetas de crédito. Con una cara de perro me instaló el selló en el pasaporte y me dejó pasar.
Habían pasado dos horas de terror y salí corriendo a los brazos de mi novia, que ya estaba a punto de armar un escándalo en el aeropuerto por mi desaparición.
Muy asustado le relaté el episodio, mientras ella intentaba calmarme. Yo sólo recordaba en mi mente la canción del desaparecido grupo Circo dedicado a los guardias de seguridad prepotentes: "perros guardianes del poder, maldita raza".
En realidad la maldita raza es la latina, que recibe a los gringos con los brazos abiertos, mientras ellos nos humillan en cada momento.
ajenjoverde@hotmail.com

5.05.2006

Aterrizaje forzoso



Aterrizar después de un largo viaje no es sólo un fenómeno físico, sino que también es una acción mental que conlleva mucho esfuerzo y sacrificio. Estar un mes dando vueltas por diversas ciudades musulmanas del norte de Africa y carretear en las callejuelas del bario Raval de Barcelona para después volver a reinsertarse en la realidad laboral, familiar y social es algo complejo que necesita tiempo y reflexión.
Uno puede bajarse del avión, no obstante el cerebro sigue viajando a mil por hora y la realidad se disuelve y se transforma como un flan de caramelo.
Al llegar al terminal de buses de Valparaíso con más de 30 kilos de carga distribuidos en mochilas y bolsos lo primero que hice fue discutir con el taxista para que me llevara a mi casa en el cerro Alegre por un módico precio. No lo logré y el conductor pirata se llevó las pocas lucas que me quedaban.
Entré a mi casa, respire hondo y tocaron la puerta. Llegó mi madre, mi hijo, una amiga y todos juntos partimos al restaurante Caruso a celebrar mi llegada con ceviche y vino blanco.
Mi santa madre pidió un pez llamado “vieja” con arroz. La frase “yo jamás me he comido una vieja” me salió en forma automática, provocando un estallido de risas en la mesa.
Después de ese gastronómico recibimiento me fui al Moneda de Oro a rellenarme de colemono. Eran las seis de la tarde, pero para mi era la medianoche, debido al terrible cambio de horario que existe entre Europa y América.
Dormí por varios días sin asumir muy bien la hora en que me encontraba. El término de todo este proceso, conocido científicamente como “jet lag”, fue una fiesta en mi casa que me auto organicé para agasajar a mis grandes compañeros de la vida.
Preparé variadas tapas españolas, con quesos, champiñones, aceitunas y salmón ahumado. Traté de hacer una tortilla de patatas, pero casi quemo la cocina y cuatro sartenes. Mis amigos llegaron a la hora prevista y después de comer saqué una botella de absenta (ajenjo) marca Perla Vella que decía en su etiqueta: “fórmula centenaria, a base de un celoso secreto familiar y artesanal en la antigua elaboración de esta mágica bebida, que nos transporta a nuestro particular limbo”. La había comprado en una vieja botillería barcelonesa, especialista en este tipo de bebidas espirituosas.
Mis amigos la bebieron en copas, con sus cubos de azúcar encendidos. Al apagar la luz el espectáculo fue hermoso y nuevamene un espíritu de amistad eterna invadió mi espacio.
Estaba en casa, con mis amigos.
Sano y salvo.

ajenjoverde@hotmail.com

3.23.2006

Africa Mia


“No me confundas, no voy a cambiar, yo sé lo que busco y sé donde está”.
Nicole, banda sonora de “Se arrienda”

Por Ajenjo
Dentro de cuatro días comenzaré uno de los viajes más distorsionados de mi vida: Africa. Estoy muy nervioso ya que las imágenes del Desierto del Sahara me han perseguido desde mi niñez y en esta ocasión lo podré pisar, ya no imaginariamente, sino que en forma real y palpable.
Pienso en la cantimplora que tendré amarrada al cinturón y obviamente no contendrá agüita mineral, pero bueno, al parecer los muchachos son musulmanes y hay que tener cuidado con el trago.
Como sonido particular de mi viaje he elegido la banda sonora de la película “Se arrienda”, que hace días me tiene cono los sesos fuera de la cabeza.
Ya envié el tema principal via e-mail a Barcelona, que será la primera parada de la travesía. Ahí me estará esperando mi bella novia, que con un atuendo especial y secreto me recogerá en las afueras del aereopuerto.
Hace varios años ya estuve en “Barceloca”, como la llaman los chilenos que en masa viven en esa ciudad española. Recuerdo estar sentado en la Rambla, el paseo central de la urbe, con una muy buena amiga y una china que nos metió conversa en inglés. Yo no entendí nada pero al final sacó un montón de fotos a mi rostro, de frente y de lado, ya que mis facciones le parecieron “extremadamente raras”.
En ese tiempo utilizaba un barba sin bigote que me acercaba mucho a un rabino joven. En el diario me decían “el brujo chico” , por el parecido con el Profesor Nostradamus (creo que esto ya lo había contado, pero la artereosclorosis avanza y avanza).
Ahora me enfrentaré a Europa en forma diferente, sólo como un paradero de micro, ya que el destino especial y salvaje será Marruecos.
Quiero entrar a la ciudad de Marraquech dominada por encantadores de serpientes y comer las cosas más raras y sabrosas que en el mercado vendan los cocineros con turbantes.
Quiero seguir la huella de William Burroughs y los demas beatniks ,que en los años ‘50 y ‘60 hicieron de Tanger su ciudad preferida, y donde se redactó el texto final de “El almuerzo desnudo”.
Quiero conocer las terrazas del Hafa Café y beber con los parroquianos sustancias secretas y reírme al ritmo de la música marroquí y sacar una sorpresa con nombre de amor.
Quiero entrar a los laberintos de la ciudad mágica de Fez y tocar todas sus murallas blancas y vírgenes.
Quiero muchas cosas, pero lo más importante es encontrar la calma cerebral en una aventura sin límites, donde el cariño del reencuentro será el gran protagonista de una travesía hecha ya muchos años virtualmente.
Desapareceré unas semanas, pero volveré cargado de cuentos y mentiras. Ojalá todos mis dioses me acompañen.
Para los que se quedan y los que se van, muy buena suerte.

ajenjoverde@hotmail.com

3.21.2006

Tunquén


Mira. En la casa de allá vive la Vacarreza y en las de más allá, ésa que parece un cubo blanco, vive la Claudia Conserva", me dice una amiga que me invitó a pasar unos días a la cabaña del actor Pancho Reyes, en Tunquén, reducto costero para políticos y famosos de la TV.
Mi socia es la cuñada del rostro
de "Cómplices", quien amablemente le cedió la casa por una semana y yo, junto a mi hijo, partimos a visitarla.
Llegar es muy difícil, y como no tengo automóvil ni idea de manejar, tuve que
contratar los servicios de la señora María y su famoso taxi amarillo, que por diez lucas te va a buscar a tu hogar en Valparaíso y te deja en la puerta de la cabaña de Tunquén.
La casa es bien bonita y tiene el mismo sello de humildad que este actor y su familia han proyectado siempre a la sociedad.
Para entrar en onda llegué con elementos para un asado: carbón, costillas de cerdo adobadas con orégano, y aceite de oliva buenos bistocos de asiento, pollito, longanizas,pan batido, vino del bueno y del otro y un pisquito.
Antes de encender el fuego bajamos a la playa. En diez minutos estábamos felices en la arena, enfrentándonos al bravo Pacífico. El calor era heavy metal y tuvimos que lanzarnos unos piqueros para calmar la transpiración.
De ahí vino el asado, que contó con la participación de un niño de diez años que realizó las imitaciones del grupo Miranda!, Sergio Lagos y el borrachito Ruperto. El muchacho, que nos sacó lágrimas de la risa, seguramente dará que hablar en el futuro de las tablas chilenas, ya que es un actor en potencia.
Los asados que comienzan a las cuatro de la tarde generalmente terminan en la oscuridad. Se apaga la luz del sol y se apagan las cabezas de los comensales.
A las once de la noche estábamos todos durmiendo y al otro día, muy tempranito, agarramos un bote plástico y nos internamos en una laguna de mar.
Ahora que comienza marzo y la rutina de todo el año de acomodarse lentamente,pienso en esos días breves en Tunquén y obviamente caigo en una pequeña depresión.
Todo el grupo de amigos está igual y para subirnos el ánimo, el médico del lote organizó un asado de fin de verano en la casa de sus padres.
El galeno preparó "la mejor parrilla de tira y entrañas" y junto a un grupo selecto de invitados, entre los que se contaba la bella dueña del restaurante Caruso, despedimos el calorcillo estival.
Ahora las hojas empiezan a caer, el vientecito helado porteño aparece después de las cinco de la tarde y las once con tecito y pan con palta se convierten en un placer.
Ha llegado el otoño y hay que degustarlo.

ajenjoverde@hotmail.com

3.10.2006

El Día de la Mujer Brutal


Para Augusto Díaz

Por Ajenjo

Es el Día Internacional de la Mujer. Estoy bastante dañado por unos pisco sour en el Bar Inglés y en el nuevo restaurante indio del cerro Alegre. Estoy escuchando a Calamaro. Frente a las teclas del computador sólo se me aparecen las palabras del artista y atino a escribir: "Elegí pena y olvido, o sudor compartido, ojalá no me arrepienta de haberte conocido".
Decido parar de escribir y subir a fumar un cigarro.
Espérenme.
Vuelvo al teclado. ¡Vamos que se puede!
Ha muerto uno de los grandes y nadie ha dicho nada. Es hora de gritarlo y recordarlo. Se nos fue Augusto Díaz, uno de los guitarristas insignias del Cinzano. El viejito con el parche curita en la nariz.
Recuerdo noches de tintolio extremo con el músico en la barra. "Tengo que operarme, pero volveré, y ahora te contaré un chiste y tú después me cuentas otro ¿ya?", me decía todas las noches.
Y así se nos fue. Rápido, silencioso. La muerte implacable y dura.
"Cuando no estás duele más". Sigo escuchando a Calamaro.
El mismo día en que se celebra a la mujer, me presenté en la Scuola Italiana para dejar a mi hijo en su primera mañana de clases. Fue el único que lloró de todos sus compañeros. Es igual a su padre.
Por suerte, la noche anterior, había visto "Crash", la película ganadora del Oscar, y le dije al pequeño: "Cuando yo era chico y me enfrenté a mi primer día de clases, mi padre me entregó la capa de la invisibilidad y de la fuerza, ahora te la entrego y nada te dañará". Se la instalo teatralmente en su cuerpo y lo dejo en la sala, en medio de llantos y gritos. Después de dos horas, en las cuales estuvo sometido a su nuevo sistema, salió y me agradeció que le haya puesto la capa.
Sigo pensando en Augusto y su guitarra. El me habló de traficantes grandes del Puerto, como Camanchote o Kisko, que en la década del ‘60 llegaban con bandejas llenas de cocaína a las fiestas y él miraba y tocaba su instrumento tranquilamente. Pienso en esas imágenes y me doy cuenta que fue uno de los importantes nombres de la ya desaparecida bohemia porteña.
Ahora, escribiendo esta columna, pienso en todo lo que me falta vivir.
A veces me siento un león, a veces un ratón.
A esta altura sólo tengo que sentir.

ajenjoverde@hotmail.com

3.07.2006

Con Dióscoro en el Máscara


"Sed o no sed, esa es la cuestión"
(Proverbio guachaca)

"¿Te sabes el chiste de la primavera y Roy Roger?", me pregunta Dióscoro Rojas, el gran guaripola del movimiento guachaca de Chile, en una privada comida que se realizó hace algunos días en Valparaíso. "Cuéntamelo nomás", le digo, mientras una rica piscolita sirve de bajativo para una regada cena llena de chistes y comentarios políticos muy sabrosos y picarescos que causaron grandes carcajadas, de esas que sacan hasta lágrimas.
Los "guachacas" realizaron esta reunión clandestina en su restaurante "Ascensor hacia la Luna", inaugurado hace ya varios meses en la calle Victoria, sin embargo, el local todavía no puede entrar en funcionamiento por la maraña de trámites que impide a los emprendedores iniciar sus negocios en forma rápida y eficiente. Los militantes guachacas invitados eran obviamente Dióscoro Rojas, el catador de bondades Raúl Porto, un periodista de TVN y su buenamoza señora, mi brother médico, el cocinero cuyo nombre se pierde en la telarañada memoria y quien humildemente escribe esta historia.
Con mi socio llegamos tipín nueve de la noche y nos sirvieron unos pisco sour algo tibiones, pero que de igual forma se agradecieron. Después llegó la comida: el quiche "guachaca", que consistía en una masa delgada con tomatito fesco, queso y orégano. De segundo, un bistoco con ensaladas varias y papas duquesa. Chupamos del bueno hasta que se acabó y alguien mandó a comprar una botella de pisco para preparar el trago nacional más consumido por los sedientos bohemios: la muy poco respetable pero sabrosa piscola.
El choclo empezó a desgranarse como a las 11 y media. Nos quedamos los que siempre apagan las luces y seguimos contando chistes hasta que la botella entregó su última gotita. "Vamos al Cinzano a seguir la fiesta", grité ya emocionado y feliz. Fue así que con Dióscoro a la cabeza del grupo entramos a la tanguería más famosa del Puerto que se encontraba a punto de cerrar.
"Queremos conversar con Carmen Corena ya que posiblemente la elevemos como candidata guachaca que representará a Valparaíso en la gran competencia nacional que llevaremos a cabo este año", explicaba el catador de bondades, mientras le exigía a Rodolfo, el barman del local, que le preparara dos piscolas más, situación que fue imposible de concretar por las altas horas de la noche. Carmen Corena no se encontraba y les propuse ir al Máscara para seguir bebiendo y mostrarles cómo se enfiestan los jóvenes porteños. Sentados en una mesa frente a la pequeña barra del recinto seguimos la conversa con un grupo que ya había crecido, producto de otros guachacas militantes que la noche veraniega nos había adosado en forma cariñosa. De esta manera, escuchando a The Cure y Madonna, el tiempo siguió su etílico curso hasta que la conciencia invitó a que cada uno se fuera para su casa.
El carretón guachaca había llegado a su fin.

ajenjoverde@hotmail.com




2.16.2006

Fantasmas en la India


Un pisco sour exquisito baja por mi gaznate en la barra del recién inaugurado resto-lounge “ganesha”, en la ultra taquilla subida Almirante Montt, en el cerro Alegre.
El restaurante, de muy bello diseño, está adornado con motivos de la India y la comida que se sirve está basada en los platos que se consumen en ese exótico país.
La dueña, una porteña con alma de viajera, se fue a la India y se enamoró de un hindú. Frente a la barra tiene una fotografía con su atuendo de novia, donde resaltan sus bellas manos adornadas con pintura henna.
¿Quien te hizo esos dibujos?, le pregunté curioso, mientras ella se preocupaba nerviosamente de coordinar la atención de mesas.
“Se contrata a una persona”, me dice, y le da severas instrucciones a los mozos sobre los platos y los exquisitos vinos que se sirven.
Me siento en una mesa, solitario, y me pido un plato de trozos pequeños de reineta cubiertos con coco rayado y un rico arroz. El pedido se demora, pero como el asunto está en marcha blanca todo se perdona. Para amenizar el mastique me mandé un vino carmenere “traditional” , de una viña que mi castigada memoria no puede recordar.
En eso estaba cuando a mi mesa llegó un fantasma. Se sentó para acompañarme e impedir que cenara solo, como comen los hombres duros, sin pasado, sin presente y con un incierto futuro.
El fantasma era bueno y suave y me hablaba cosas como “eres un tipo con muchos temas para conversar ya que has viajado por el mundo y eres culto y muy inteligente”.
“Gracias”, le respondía, mientras esperaba más halagos y palabras bonitas. En un momento de la conversación me doy cuenta que la botella del buen tintolio se había acabado y que frente a mi mesa un espejo proyectaba mi cara.
Había estado hablando con un fantasma que era mi reflejo y que sólo se dedicaba a piropear a su otro reflejo.

“¿Estaré pelando cables pesado?”, se me pasó fugazmente por la cabeza, mientras exigía una menta frappé para aliviniar mis pensamientos y descansar de la rica comida.
Llegue a mi casa y me miré en el espejo del baño. Ahí estaba de nuevo el reflejo que seguía hablándome: “ya no es tiempo de venganzas, ahora tenemos que concentrarnos en nosotros”, me repetía incensantemente.
Me asusté y me tiré a la cama, donde me quede dormido con toda la ropa puesta.
En la mañana me despertó mi novia desde Barcelona, quien acarició mis neuronas con su telefónica voz de amor. Después me llamó Dióscoro Rojas, el “guaripola de los guachacas”, quien me invitaba a una comida “sólo para periodistas amigos, tu sabes, los que se la pueden”.
No se si mandaré a mi reflejo o ire yo. Vaya quien vaya, lo más probable es que salga bastante filtrado.

ajenjoverde@hotmail.com

2.10.2006

Venganza

"En la venganza, como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre".
Friedrich Nietzsche

Por Ajenjo
Tengo un amigo a quien llamo "el pensionista", ya que de cuando en cuando se deja caer con su mochila y se instala en la pieza donde antiguamente dormía mi hijo. Es un personaje tranquilo y muy educado y en muchas ocasiones ni siquiera noto su presencia en la casa.

El sábado pasado desperté al mediodía y junto al "pensionista" me fui a tomar una cerveza mañanera de desayuno al "Vinilo".
"Te invito a un mariscal", dijo mi brother, y partimos al mercado Puerto a buscar los ricos platos de Doña Rosita. Ahí nos manduqueamos una paila de lujo, sin ningún marisco de tarro en su interior, y un pescado frito con fresca ensalada.
"El pensionista" tomó bebida y yo "un tecito" en botella de bebida. El que sabe, sabe.
Después nos separamos y me largué al mall de Viña para saciar mi curiosidad cinéfila con "Old Boy". Ahí mis neuronas se infartaron con varias escenas, especialmente la del pulpo.
La venganza es la esencia de la cinta y demuestra que la obsesión por castigar al que provocó dolor, puede ser una de las más extremas terapias.
Frases parecidas a "una piedra y una roca igual se hundirán en el agua" o "soy menos que una bestia, pero ¿por qué no tendré derecho a vivir?", dejan marcando ocupado al espectador consciente.
Con la mente dañada por el puñete visual llegué hasta el Caruso, donde la dueña me dejó tomar unas piscolitas en la barra antes de cerrar. Después seguí al Cinzano y me encontré con Papito, quien me relató su distorsionado matrimonio en la Ex Cárcel con su simpática esposa Natacha.
De regalo de bodas les invité un botellón del bueno y una chorrillana y la noche seguía su ritmo musical y distorsionado.

A la mesa que habíamos armado unas cuatro personas se sumó un faunesco lote. Viejos, autoridades del Gobierno Regional, poetas y uno que otro loco, se sentaron en las sillas y bebieron de las botellas de tinto que tuve que pagar por un arranque de desprendimiento económico que me tendrá por unas semanas tomando tecito puro.
Durante la noche seguí pensando en la película "Old Boy" y en la venganza. Fui al baño de la tanguería y me encontré con mi reflejo en el espejo. Mis labios estaban negros, al igual que mis dientes y mi lengua.
El vino había actuado como un tatuador temporal en mi rostro y el agua logró desteñir las marcas exteriores, pero no las interiores.
Alguien dijo: "¡Vamos al Máscara!", pero todo estaba cerrado y sólo quedaba irse a la cama a soñar con utópicas venganzas y con un desierto gigante que pronto saldré a conquistar.

ajenjoverde@hotmail.com

2.04.2006

Brujeria


"Siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo"
(Proverbio árabe)


Por Ajenjo
“¡Vamos que se puede!”, me grita por el teléfono mi novia desde Barcelona, tratando de reflejar el sacrificio que significa mantener la relación a una distancia kilométrica.
“Vamos que se puede”, le respondo, mientras me subo a una micro llena de trasher con destino al recital de música rock más extremo del que he participado en mi vida: Brujería.
Viajo junto a mi carnal de recitales, con quien hemos observado juntos a grupos tan variados como Los Jaivas, Sex Pistols y Cannibal Corps.
La micro estaba organizada por una tienda de música rock y con mi amigo andábamos bastante perdidos frente al terminal de buses de Viña del Mar. Cuando la encontramos ya tenía el motor prendido y tuvieron que sacar a dos cabros chicos que no habían cancelado con anterioridad las cinco lucas del pasaje. Nos sentamos en el último lugar e hicimos amistad con unos adolescentes con espinillas que tomaban cervezas y ron como agüita de la llave.


Yo llevaba mi botella de Sauvignon Blanc reserva Tarapacá de tres lucas en una bolsa llena de hielo y el correspondiente vasito plástico.
En la mitad del camino comenzaron a sonar Los Jaivas por los parlantes del bus, que era un Barón-Puerto, terrible de ordinario. Todos los trashers movían sus chascas al ritmo del Gato Alquinta.
La micro se detuvo dos veces para dejar que todos los rockeros orinaran litros de cerveza en la berma de la ruta 68, mientras uno de los adolescentes ya había empezado a invocar al infaltable compañero de cimarras: Guajardo.
Bastante dañados nos bajamos en el Parque O´Higgins y antes de entrar a La Cúpula, epicentro del recital, acompañé a mi carnal a comprar discos de música medieval al Paseo Ahumada.
A las siete de la tarde ya estábamos haciendo la fila para entrar y la revisión, en busca de objetos contundentes y drogas, fue una de las más específicas de mi vida.
Adentro reservamos unas buenas butacas y partió el show. Primero salió un grupo chileno ultra distorsionado. Llevaban trajes de obispo y máscaras sadomasoquistas y el vocalista cantaba en castellano unos temas bien potentes y modernos.

Después aparecieron unos locos con pinta de gringos (dos metros, pelo largo y rubio), que no aportaron nada nuevo a esta música gutural, primitiva y política.
Al final el plato fuerte de la noche. Los mexicanos Brujería aparecieron en gloria y majestad, sonando espectacular. Su vocalista, Juan Brujo, llevaba un machete al cinto que utilizó al final cuando cerraron con la magistral “Matando güeros”.
Para mí era un sueño que se convertía en recital. Ver en vivo a Fantasma cantando y a Pinche Peach con su cara deformada son cosas casi indescriptibles. Sólo los que estuvimos ahí somos capaces de comprender tanta inmensidad.
Ahora puedo morir en paz.

ajenjoverde@hotmail.com

1.26.2006

Ostracismo veraniego


Nuevamente me estoy paseando por los jardines del Valparaíso Sporting Club en la Gala del Vino de Viña del Mar, evento que reúne a lo más granado de los amantes de los mostos y a uno que otro borrachito que quiere saborear los tintos reservados hasta quedar literalmente tirado.
¿A qué grupo perteneceré? me autointerrogo, mientras mi garganta comienza a recibir caldos exquisitos a diestra y siniestra.
Mi brother me acompaña fielmente y me sugiere comer unas ostras que un restaurante santiaguino ofrecía en medio del evento. Nos embutimos 25 moluscos con generosas copas de champaña y quedamos bastante felices y con un blindaje estomacal que nos permitió seguir catando más y más vinito.
Exactamente a la medianoche se escuchó por los parlantes del hipódromo una sana advertencia: “el evento ha finalizado”. En buen chileno esto podría haberse traducido en: “cabros, el copete se acabó y si quieren seguir chupando váyanse pa’otro lado”.
Como curados obedientes marchamos de la Gala del Vino rumbo a Valparaíso. En un momento inesperado se desplegó ante nuestros ojos el nuevo Sheraton Miramar y pensamos, casi en forma conjunta, que el bar del nuevo recinto merecía una visita.
Llegamos hasta una barra luminosa, donde un espectacular cuadro del pintor Gonzalo Ilabaca gobernaba el ambiente.
“¿Cómo se llama el trago que toma James Bond en las películas?”, le dijo mi brother al barman, que no tenía ningún pelo en su cabeza y la luz rebotaba en su calva en forma acorde al recinto.
“Dry Martini”, respondió secamente. Nos sirvió dos de esa fuerte mezcla con base de vodka en copas aconadas y la aceituna verde en el fondo. Conversamos sobre temas que exclusivamente se tratan en las barras de los bares: mujeres, mujeres y mujeres.
Fuimos por una segunda ronda y yo, con un ataque memorial producto de lo ingerido, comencé a llamar por teléfono celular a Pedro, Juan y Diego. Los que me constestaron no entendieron mucho, pero bueno, nada nuevo bajo el sol veraniego.
Salimos del flamante hotel guiados por la bella luz que alumbra a los niños, a los borrachos y a la gente de buena voluntad que pisa esta tierra extraña.
En mi casa preparé un pisco sour para rematar una noche redonda. De aquí para adelante la cosa se hace confusa y es mejor no seguir relatando por respeto a los lectores. Nadie quiere leer sobre fluidos humanos involuntarios.
Había pasado una nueva Gala del Vino, había conocido el bar del Miramar y había sobrevivido. Ahora, con mi hígado del tamaño de mis ojeras, sólo me queda decir: “gracias, corazón, por seguir latiendo”.

ajenjoverde@hotmail.com

1.23.2006

Abro Paréntesis

"Es bueno confiar en las decisiones que uno toma. Es sano".
Gus, en la película "Paréntesis".


Nuevamente fui a votar en segunda vuelta acompañado de mi hijo y como estoy inscrito en Viña del Mar tuve que mamarme toda la Subida Sausalito con el crío sobre los hombros.Llegué a la mesa bastante agotado y les dije a los vocales que mi número de inscripción era el 120.
“¿120 dos o tres medallas?”, me respondió el presidente de la mesa. Pongo cara de orgullo y le digo “medalla real no más” y todos se largan a reír.
Al final le entintaron el pulgar a mi hijo, quien quedó con ataque de histeria ya que es el dedo que se chupa todas las noches y lo cuida como “hueso de santo”.
El pequeñín se fue y mi brother me invitó a su departamento en Recreo a celebrar los resultados y destapó un rosé heladito que lo bebimos en el balcón, escuchando la radio Cooperativa, como en los viejos tiempos.
Algunos bocinazos removían la tranquila tarde dominguera y cuando salió la Bachelet a realizar su discurso como Presidenta electa, mi brother sacó un whisky JB y empezamos a matar el botellón lentamente.
Eran como las 10 de la noche y un llamado de una Chica Superpoderosa nos movilizó a Valparaíso, donde siguió la juerga electoral con copas de vino y análisis políticos bastante extremos.
Un curadito gritaba que el discurso de la candidata había estado muy frío. Algunos lo increparon diciéndole que ya estaba criticando y “eso que todavía ni se ponía la banda presidencial”. El borrachín se enojó y señaló que quería “un presidente que legalizara el matrimonio homosexual” y otras ideas bastante radicales. Al final fue expulsado y en el aire quedó el rumor de que al compañero, con los copetes, se le apagaba el piloto del califont.
Al otro día, y siempre me pasa lo mismo post elecciones, pienso que voy a salir y el aire estará diferente, sin embargo nunca pasa nada y la vida sigue exactamente igual.
Prometí no beber las siguientes 24 horas para recuperarme del carrete electoral y de la visita de Los Patogallina, quienes habían montado una intervención urbana en la Plaza Sotomayor.
Decidí ir a ver “Las Crónicas de Narnia” y salí bastante conforme del cine. Sabía que no podría dormir fácilmente y me dirigí al Blockbuster donde recogí una grata sorpresa que me llenó de emoción y me gustó muchísimo: “Paréntesis”..
Hacía meses que no veía una película chilena con un guión tan bueno, donde mostraran el drama de las relaciones humanas y amorosas de forma tan delicada y verdadera.
A veces quiero un gran paréntesis en mi vida. Un paréntesis bien largo, donde se apaguen todos los sonidos molestos y sólo queden los rostros de las personas que amo. Siento que ese paréntesis ya viene, se avecina en forma implacable y violenta y tiene forma de un viaje

ajenjoverde@hotmail.com

1.13.2006

Gusanos de "Tevo"


Estoy en la barra del Poblenou, en la calle Urriola, un local totalmente europeo que vende cervezas chicas a mil pesos y bocadillos exquisitos para lo más granado del turismo gringo y los pocos porteños que se atreven a entrar.
El restaurante es bien pequeño y bastante acogedor, especialmente por las bellas chicas que atienden ataviadas con delantales negros muy ajustados.
Aburro a mi brother con mis problemas personales, pero también lo entretengo con una historia que tiene como protagonista al cineasta viñamarino Tevo Díaz, quien dejó Miami y anda nuevamente recorriendo las calles de la región.
Estaba en el Moneda de Oro bebiendo un fuerte ron con Coca Cola cuando veo que Tevo entra con un amigo. Me levanto para saludarlo y preguntarle por sus aventuras gringas. Nos reímos bastante y decidimos partir a mi casa a bajarnos una botella de whisky que reposaba tranquilamente desde el Año Nuevo en el refrigerador.

Ahí recordamos que cuando chico le habíamos puesto "El aguja hipodérmica", mientras tratábamos de entrar a un recital de Upa en el gimnasio de la Universidad Católica.
Desde pequeño se fue transformando en una especie de mito, que tiene su punto final cuando emula al loco poeta Juan Luis Martínez viajando en motoneta en su documental "Señales de Ruta".
Cuando lo presentó en el Festival de Cine de Valparaíso salimos bastante dañados del cóctel inaugural. Ahí obligó a su novia ocasional a besarme en la boca, en uno de sus raros actos sexuales que muy pocos comprenden.
En realidad Tevo Díaz no se ajusta a la comprensión de la normalidad humana y sólo basta recordar que vivió con Pedro Lemebel, con quienes armaban unos performance donde se sacaba sangre con una jeringa y después la lanzaba al rostro de Pinochet que estaba siendo proyectado en diapositivas.
La noche en el Moneda de Oro estaba vestido con una polera con el martillo y la hoz estampado en su frente. Hablaba sobre sus proyectos y su vida. Al final, en mi casa, se retiró enojado gritando que yo "parecía ser un militante de la UDI".

En realidad era su mente extrema y el whisky que le estaban jugando una mala pasada, ya que al final cada uno hace lo que le dicta su conciencia, por más rara y confusa que sea.
Mi amigo, que también conoció a Tevo Díaz en su adolescencia y juventud se ríe de las historias y señala que "árbol que nace torcido jamás su tronco endereza".
Al final reflexiono duramente sobre la consecuencia del artista con su obra. Tevo Díaz ha surfeado toda su existencia con el extremo de la realidad, jugando con ella como si fuera un elástico de billetes.
Sin duda que es un tipo consecuente. A lo mejor, demasiado consecuente.
ajenjoverde@hotmail.com

1.06.2006

El Hacha

En los momentos en que los lectores posen su vista en esta columna, mi novia Jacobé estará cruzando el Gran Charco y aterrizando nuevamente en Barcelona para seguir con su magister, mientras yo me quedo aquí en Valparaíso con mi dolor de ausencia y un hachazo de padre y señor mío, producto de las malditas fiestas de fin de año.
Los carretes son innumerables, por lo tanto nos concentraremos en lo que sucedió el 31 de diciembre. Ese peculiar día me desperté con un cañazo infernal producto de la excesiva ingesta de colemono con canela en los privados del Menzel y unas cervezas en una fuente de soda llamada Le Bagons (o algo así), ubicada en Pedro Montt . La tele cerebral comenzó a oscurecerse y realmente no puedo acordarme dónde siguió la parranda de término del Carnaval Cultural.
Anduve todo el 31 tomando jugo y pidiendo perdón, además de mentalizarme para enfrentar con buena cara el momento en que el reloj marcara las doce de la noche.
Una amiga que trabaja en el Consejo Nacional de la Cultura me invitó a pasar el Año Nuevo en la terraza del antiguo edificio de Correos. Después de cenar salmón relleno, con Jacobé partimos volando hasta el antiguo y remodelado recinto. Llegamos 10 minutos antes de que comenzaran los abrazos y unos vodka con Dark Dog lograron equilibrar mi vapuleado espíritu.
Nos abrazamos con los amigos de mi novia y partimos a una fiesta en el Terminal de Cruceros que nos había costado doce lucas. La gran movida del evento era su "barra libre ". Llegamos como a la 01.30 y logré abastecerme con un vodka con naranjita. A la hora siguiente era imposible obtener otro trago, salvo que te agarraras a garabatos con decenas de personas, incluyendo los pocos barman que atendían a la sedienta jauría. La fiesta, en conclusión, fue un verdadero fiasco y jamás hay que creer en las "barras libres".
La joyita de la fiesta era la carpa supuestamente electrónica, donde dos hip hoperos sacados de La Legua entonaban versos desafinados y sin gracia.
Jacobé me agarró de un ala y partimos al Cinzano, donde nos encontramos con nuestra verdadera esencia y bailamos bien apretaditos "En Mejillones yo tuve un amor...", que Carmencita Corena cantaba con su bella voz.
Ahí el barman Rodolfo me sirvió dos potentes vodka naranja, ya que no quería cambiar el switch alcohólico y la alegría me volvió al cuerpo. Había resucitado en mi Valparaíso querido, con mi gente querida, en un lugar cariñoso, amable, pero algo caro para emborracharse.
A las siete de la mañana salimos del local. El sol ya se desplegaba anunciando el primer día del año y las calles porteñas eran un espejo de las películas de George A. Romero.
Ahora me he quedado bastante solo y mi más fiel compañera, la resaca, acaricia mis neuronas y me incita a creer que el tiempo pasará volando. No me queda más opción que hacerle caso.

ajenjoverde@hotmail.com

1.02.2006

Cárcel y matrimonio


El famoso travesti Zuliana, junto a un grupo de amigos y amigas e integrantes del Conasida, celebran el fin de año en el Cinzano.
Son las nueve de la noche y el curioso colectivo de hombres con trajes de mujeres está bastante alegre. Bailan tango entre ellos, mientras el cantante Manuel Fuentealba los mira con curiosidad
y se rompe la garganta entonando "Volver".
Yo, junto a mi novia Jacobé, miramos la escena desde la barra y nos reímos ya que Buenos Aires es la ciudad invitada a los Carnavales Culturales y en uno de los bares más famosos de la
ciudad, dos travestidos se mandan el mejor espectáculo de esa
erótica danza urbana.
Al retornar a mi casa me encuentro con un paquete lleno de regalos navideños atrasados. Unas esposas recubiertas con felpa para no dañar las muñecas, un libro fotográfico sobre la historia del cine erótico, decenas de postales de Dalí, entre otras rarezas, eran parte del material que mi chica había logrado recolectar
en sus andanzas por Amsterdam y otras ciudades europeas.
Fuimos a la inauguración de los Carnavales Culturales, pero por no contar con la guía de actividades, llegamos muy temprano a la Plaza Sotomayor. Nos acompañaba mi hijo y terminamos en el
bar "Liberty", haciendo hora para escuchar a la Bandalismo.
El bar, como siempre, estaba lleno de los viejitos buenos para el vinagrillo barato. Había uno que tiritaba entero y que para poder ir al baño tenía que usar un andador. Los curaditos se
acercaban al niño y le tocaban el pelo. A mí me picaba el cuerpo, mientras que Jacobé se entristecía por el estado de los ancianos.
Después de tirar challa, bajarse unas latas de cerveza y observar un baile nortino, partimos hacia la calma hogareña. En el camino nos encontramos con Papito, el ex reo más famoso de Chile y que
actualmente es un artista de tomo y lomo de Valparaíso.
Papito toma aire, me queda mirando a los ojos, y me dice: "¡Choro, me caso en enero!" Nos abrazamos emocionados en la calle, mientras lo felicito efusivamente. Me cuenta que está planificando hacer
una fiesta en el centro cultural de la Ex Cárcel, donde trabaja desde hace años. Le propongo pasar unas diapositivas y pegarme una buena recitada como regalo de bodas.
Me imagino cómo será ese casamiento. Seguramente su amigo y transformista Alejandro Cid realizará esos shows inolvidables que hacen retroceder
al público al París de 1944. También llegarán sus antiguos compañeros de celda y toda la juventud que lo sigue como un extraño chamán urbano. El evento se pronostica bastante distorsionado y seguramente dará que hablar en las páginas sociales de la locura porteña.
Ahora me preparo para ir al Rockódromo, la actividad que más me gusta de estos Carnavales Culturales. Escuchar buena música al aire libre, con el solcito pegándote en la cara es algo que se agradece en estos tiempos de reggaetón y Kudai.
Al final "pasan los años, pasan los días y nos vamos poniendo tecnos" y uno, por porfía y buen gusto, siempre será siendo un inmaduro y feliz rockero.