12.18.2008

Los poderosos sabores de Amaya


Por Ajenjo


Tengo en mi mano la boleta 0001 del recién inaugurado restaurante Amaya, ubicado en el pasaje Rudolph, en el cerro Bellavista de Valparaíso.
Es la noche de inauguración y junto a un simpático grupo de amigos nos sentamos en la terraza del local.
Pedimos unos pisco sour "Catedral". Seguramente su nombre proviene de los enormes vasos que llegaron y les puedo asegurar, sin exageraciones etílicas, que es una de las combinaciones de pisco y limón mejores que he tomado en mi alcohólica vida.
Después vino un piqueo peruano. Recuerdo un suave ceviche, trozos de pulpo a la oliva, jaiva y palta. Todo muy fresco y rico. Esa entrada alcanza en forma perfecta para dos personas.
Luego pedimos un tacutacu de mariscos, riñones al jerez y un ají de gallina de campo, que venía con grandes trozos de esa sabrosa ave.
Nos empipamos unos tintos y salimos más que satisfechos.
La ex chef peruana del restaurante Caruso, Úrsula Franco, junto a su socia Soledad Oviedo, sacaron las alas y se independizaron, creando este nuevo restaurante que seguramente se transformará en un nuevo ícono gastronómico de Valparaíso.
Yo les pedí que me regalaran la boleta 00001 y accedieron sin ningún problema. De esta manera mi fetiche colección de entradas a eventos y boletas exclusivas tiene un nuevo integrante.
Después de comer en el Amaya la vida se hace más ligera y divertida y decidí asistir a la función de "Monga: La mujer simio", que se está montando en la plaza Bismark y que se inserta en el festival de teatro container.
Siempre he sido un admirador de Monga y muchas veces, en los veraniegos juegos del estero de Viña del Mar, me asusté y grité como un loco cuando el gorila se escapaba de la jaula.
Muchas niñas decían que algunos tipos se dedicaban a "toquetearlas", en medio de todo el barullo y la corredera que se armaba.
Ahora la compañía de teatro OANI, que trabaja con muñecos, realiza un homenaje a Monga y monta un hermoso y terrorífico cuento que trata sobre la diferencia y la tolerancia entre los hombres.
Llevé a mi hijo de ocho años, quien comenzó a asustarse cuando del container apareció un muñeco deforme que invitaba a ingresar al espectáculo. El público estaba conformado sólo por 10 personas.
En un momento de la obra se repite el show de Monga y mi hijo empezó a emitir gemidos de terror, mientras yo le decía al oído que se calmara y que sólo era una obra de teatro. En un momento el gorila comenzó a golpear la reja, las luces se prendían y apagaban, y el corazón del niño ya se salía por la boca.
La función terminó y la cara de terror infantil no se podía disimular. Al salir les dije a los actores: "mi hijo no olvidará nunca esta función".
"Le vimos la cara de susto que tenía", dijeron entre risas.
Al final nos fuimos caminando por la Avenida Alemania, hablando sobre historias de gorilas y fantasma, como los dos mejores amigos que somos.


ajenjoverde@hotmail.com

12.10.2008

El señor de los helados


Dos grandes "cooler" llenos de latas de cerveza y hielo son la principal atracción de un paseo al lago Peñuelas, donde nuevamente con un grupo de amigos nos "tomamos" este hermoso Parque Nacional de Valparaíso.
La patota se junto en un supermercado, donde compramos las cosas que nos faltaban y partimos en un pequeño bus de transporte escolar.
Eran las 11.30 de la mañana y todos, con una latita de cerveza, entonaban canciones de paseo.
"En el fondo de la mar" (gritaba yo), mientras el coro repetía "paranpanpán".... Y así nos fuimos cantando y chacoteando hasta que llegamos al hermoso parque.
Los niños estaban felices ya que la naturaleza los saca de la sicótica urbe de cemento y caca de perro, mientras nosotros tirábamos choripanes, tutos de pollo y uno que otro pedazo de vacuno, que comíamos en pedacitos.
En la mitad del asado escuchamos el clásico sonido del cacho que tocan los antiguos heladeros.
Un vendedor, seguramente vecino del sector, con su caja de madera llena de paletas a 150 pesos recorría el lugar tranquilamente.
Lo llamamos, les compramos unos helados y con la humildad que entrega el vino tinto, lo invitamos a comerse su choripan.
El heladero se fue contento, pero al rato volvió a sentarse a la mesa y lo recibimos con un gran tuto de pollo.
"Ustedes son muy simpáticos, pero hay uno que está bastante curadito ya", decía entre risas, mientras el acusado se sonrojaba y seguía empinando el codo.
Yo conté la historia de un heladero de Quillota, a comienzos de la década de los 80, cuando las fábricas de estos productos no eran tan profesionales.
Los envoltorios no eran herméticos y corría el mito de que el heladero, debido al calor imperante, chupaba las partes finales de los helados. Los niños de la Villa Los Queltehues tenían que comprobar que el color del chupete no fuera blanco, ya que eso significaba que ya había sido repasado.
El heladero se enojó un poco y me dijo que nadie, en su oficio, podría hacer una cochinada tan grande. "Somos humildes vendedores, pero somos conocidos como Los señores de los helados, por nuestra noble tarea".
Todos le aplaudieron, mientras el más curadito del grupo trataba de tocar el cacho del heladero, en un acto que nos siguió sacando carcajadas toda la tarde.


12.03.2008

Y otra botella de Absenta cruzó el mar


Por Ajenjo


La más chica y revoltosa del clan Romero (que tiene como monarca a la famosa Carmen y su Teatro a Mil) llegó a mi casa con una botella de absenta debajo de su brazo.
Varias veces he hablado de ese licor, que también se llama ajenjo o absinthe, según el idioma o la preparación que se quiera utilizar.
La Romero chica se paseó por toda Europa y Corea con la obra de teatro "Neva" y me escribió un correo electrónico desde Barcelona. Inmediatamente le dije que por favor me trajera la botella de ese condenado licor que tiene más de 70 grados y un anisado color verdoso fosforescente.
Para pagarle su favor, preparé tres kilos de machas a la parmesana a la mediterránea, con unos ostiones y un ceviche de tres colores. Tomamos vino blanco y del otro, además de una buena dosis de humeante absenta.
La Romero relató que mientras estaba en una pieza de Seúl, la capital coreana, sintió que tocaban su puerta. Toda la compañía estaba reunida y el director le dijo: "Te tenemos que informar que tu padre ha muerto en Chile". Ella se trastornó un poco y trató de llegar al funeral de su amado progenitor, sin embargo, al final tuvo que seguir viajando y mientras se empipaba un absenta, señalaba que el fantasma de su viejito la acompañó hasta en los aviones.
Me fui a acostar esa noche pensando en la supuesta demolición del edificio de la Casa de Italia, en Viña del Mar.
Los efectos de la absenta me llevaron al pasado, a 25 años atrás, cuando fui a una fiesta de 15 años en ese castillo de la calle Alvares. Fue la primera vez que tomé champaña y con la fuerza de las burbujas doradas fui donde la niña que me gustaba, que danzaba con un cadete de la Escuela Naval. Le dije: "¿quieres bailar conmigo mejor?". Ella movió la cabeza negativamente, mientras su compañero de baile cerraba sus puños en señal de pelea. Totalmente mareado por el rechazo, terminé jugando videos y fliper en los Delta de calle Quinta, en un desesperado intento de no dejar la infancia.
¿A quién se le habrá ocurrido intentar demoler la Casa Italia, que está llena de recuerdos de numerosas generaciones de viñamarinos?
Al que tuvo esa idea, le recomiendo tomar absenta y ponerse a soñar por un buen rato y dejar de andar planificando estupideces arquitectónicas para la bella Ciudad Jardín.


ajenjoverde@hotmail.com

Tomándose los tragos con el Matías Bize


Por Ajenjo

Mi novia me invita al matrimonio de su mejor amiga del colegio y me dice que en la fiesta estará Matías Bize, el director de la película chilena "En la cama", quien también estudió en su colegio santiaguino.
El evento es en una casa campesre de La Reina, donde vive un connotado ginecólogo, padre de la novia.
Llego como a las siete de la tarde y después de la ceremonia civil empiezo a bajarme un pisco sour, mientras observo a Matías Bize, que se pasea tranquilamente conversando con sus ex compañeros de colegio.
A mi me hubiera gustado decirle en forma inmediata que en el tiempo que cubría el Festival de Cine de Viña del Mar pude observar la emoción del director Silvio Caiozzi, quien al término de la cinta "En la cama" lo abrazó como quien sabe que saluda a un pequeño genio.
La emoción en los ojos de Caiozzi era verdadera y honesta. A mi también me emocionó la película y lo di como ganador del certamen. No me equivoqué, ya que esa película ha obtenido más medallas que cualquier vino chileno.
Me hubiera gustado decirle que ojalá no se cumpliera la sentencia del poeta Jorge Teiller, quien afirmaba que cada artista sólo lograba una vez en la vida crear una joya y que después se diluía en el mar de la fama y los excesos.
Me hubiera gustado decirle muchas cosas y apuraba mi pisco sour para sacar fuerzas de flaqueza, sin embargo, en la ronda de conversación hablamos de moteles y él mostró una tarjeta VIP para ingresar al mítico Hotel Valdivia de Santiago.
Después vino la fiesta. Yo me senté en la mesa número 1, de los novios, y conversé con el simpático ginecólogo, quien me servía generosos pedazos de carne en mi plato.
Después los primos de la novia se mandaron el tremendo show travesti. Las mujeres disfrazadas de huaso y los hombres de china hicieron un baile que sacó carcajadas de los asistentes.
Como a las tres de la madrugada y con cinco "whiskolas" en el cuerpo, me acerqué a Matías Bize, quien bailaba como un trompo cucarro.
Le alcancé a decir algunas cosas, seguramente con una modulación muy peculiar. Me preguntó donde trabajaba como periodista, me quedó mirando por algunos segundos y dijo: "¡Grande La Estrella de Valparaíso!".
Salud por Matías Bize y sus próximas películas.

11.17.2008

San Antonio: ¡Qué puerto distorsionado!


Por Ajenjo

El dueño del bar Cinzano me envió un correo electrónico donde me dejaba claramente especificado que su vino con frutilla jamás se ha fabricado con licor de garrafa y que estaba un tanto sentido y enojado por la polémica crónica publicada hace un par de semanas.
El bar Cinzano debe ser uno de los más míticos y poderosos de Valparaíso y jamás fue mi intención desprestigiar a todo ese gran equipo humano que por años me han servido los mejores vodka naranja (con jugo natural) y suculentas parrilladas.
Todo fue un gran enredo que ya está subsanado ¡y que viva el Cinzano y todos sus cantantes!
Pensando en estos líos y confusiones tomé una micro hacia el puerto de San Antonio, que por esos azares de la vida jamás había conocido.
La obra de teatro del gran Andrés Pérez, “La Negra Ester”, había creado una imagen fuerte en mi cerebro, que estaba basada en prostitutas y travestis bastante caricaturescos.
Me bajé en la plaza principal, donde un payaso me recibió de golpe y me dijo: “Buenas tardes, señor ministro, lamentablemente no hemos terminado la construcción del casino, pero le aseguro que en unos meses más las obras estarán listas”.
Le di 200 pesos al gracioso payaso callejero y avancé hacia el puerto, en busca de una picada para comer.
Mucho público engullía ceviches en potes plásticos, sin embargo el olor que estaba en el aire no me invitaba a degustar nada.
Una de las imágenes más tremendas que pude ver fue a una mujer que le daba cabezas de pescado a unos gigantescos pelícanos, mientras un lobo marino con su gran cabeza y colmillos la miraba a punto de comerle todo el brazo. Era un loco zoológico marino.
“¡Que distorsionado!”, pensé, mientras entraba a “Donde Juanito”, una típica picada costera, donde me serví una empanada de macha queso y una pescada frita con ensalada, con varios botellines de cerveza. La atención, el precio y el servicio fueron excelentes. ¿Por qué en la Caleta Portales los precios son tan elevados para los mismos platos? ¿Cuál es la gran diferencia?
Sinceramente, creo que San Antonio es una urbe bastante rara, pero que ha logrado crear en su costa una franja gastronómica que invita, por su variedad y precios, a ingresar a sus picadas a comer y pasarlo bien. Eso sí, tenga cuidado con los animales salvajes que circulan por el agua las rocas y los cielos.

ajenjoverde@hotmail.com

11.11.2008

Me querían puro boxear en el Moneda


Por Ajenjo

Siempre he dicho que mi segunda casa, mi segundo hogar, es el porteño bar “Moneda de oro”, ya que desde hace muchos años he bebido el mejor cola de mono que se prepara en Chile, además de compartir con mis amigos gratos momentos de esparcimiento y ocio.
Además de todo esto, yo me siento como parte de la familia. Los garzones Ernesto, Alonso y Fernando son como hermanos y siempre me han servido generosas dosis de ron, además de exquisitas empanadas camarón queso , parrilladas, chorrillanas y sandwich de todo tipo.
Su dueño Don Rene (sin acento) y su bella señora siempre han sido muy cariñosos y han levantado uno de los bares bohemios donde pueden convivir rockeros, poetas, músicos y viejitos jugando al dominó.
Por esta razón me pareció muy raro que me llamaran desde el bar, muy enojados, por la nota que apareció la semana pasada, donde, por un error de entendimiento, aparecía que el vino con durazno de este local no era muy bueno.
Inmediatamente me retracté y en la noche fui al bar a conversar y aclarar en buenos términos esta confusión.
Entré a la cocina y hablé con DonRene. Los mozos me lanzaban irónicas tallas y me decían: “aquí le traigo su vinagrillo”, haciendo alusión a la maldita crónica que nos confundió a todos.
Mi jefe en el diario se reía a mandíbula batiente y me decía que “jamás hay que morder la mano que te da de beber”. Nunca fue mi intención y la nobleza obliga a retractarse, reconocer el error y bajar el moño.
“Te quieren puro boxear en el Moneda”, me aseguraba mi brother oftalmólogo, en medio de risas y tallas que ya me estaban entrando a molestar.
Al final me reconcilié con mi segunda casa, mi bar querido, que siempre estará en mi memoria junto a sus gigantescas banderas donadas por marinos que algunas vez invadieron este distorsionado puerto latinoamericano.
Ahora, con mi ron en la mano y mi pedazo de chacarero en la otra, pienso en lo guantes de box que hay colgados en una de las murallas del bar.Me imagino al garzónFernando instalándose estos guantes y saliendo a un ring a defender el honor de su vino con durazno.
Sólo les puedo decir a todos que me ganarían por nocaut y que ahora queda seguir bebiendo, comiendo y carreteando en este Valparaíso que como una bizarra caja de sorpresas tiene de todo para seguir adelante y con toda la familia reunida y feliz.

ajenjoverde@hotmail.com

11.06.2008

Violenta apología al vino con frutilla


por Ajenjo

Estoy jugando al “cacho” con mis dos brothers en una casa en la localidad de San Pedro. Los dados rebotan en la mesa al mismo ritmo que un vino con frutilla baja por nuestras gargantas. ¿Han visto las hermosas frutillas que ofrecen este año las ferias? Bueno, les recomiendo comprar medio kilo, sacarles el pequeño y duro tallo, lavarlas bien, cortarlas en cuatro y depositarlas en un jarro. Después bañarlas con un vinito de luca embotellado, tirarle unas cucharas grandes de azúcar y dejar reposando el material dentro del refrigerador un par de horas. El resultado es un líquido que se bebe como “agüita de la llave” y que para más remate quita el hambre.
La última recomendación es guardar todas las frutillas que quedan en el jarro y comérselas con crema. Cada fruto es una esponja que chupa todo el vinito (¿no tendremos una gran frutilla en el estómago?) y se convierte en un pequeño bombón de licor.
El problema es que la temporada de frutillas dura muy poco, por esta razón recomiendo comprar un par de kilos y congelarlas. De esa manera, y a mediados del caluroso febrero, puede beber esa mixtura y acabar con todos los problemas de la vida.
En Valparaíso existen varios locales que tiene grandes jarras de vino con fruta en sus barras. Algunas tienen frutilla y otras durazno. Se ven muy bonitas e hipnotizantes, sin embargo el vino que le tiran encima es de tan mala calidad que al final se convierten en tragos bastante desagradables. He visto cómo los mozos levantan garrafas de plástico y llenan los jarrones con fruta con un vinagre de muy mala ley.
He probado el vino con frutilla en el Cinzano y los preparados de vino blanco y durazno en el Moneda de Oro. Ninguno de los dos son bebidas recomendables. Para qué les voy a contar como se amanece... ¡Elhachazo de Michimalonco es poco!
Conocí una vez un hijo de pescador, en Maitencillo, que siempre decía que a su padre lo había matado el vino con frutilla. “¿Pero cómo?”, le preguntábamos nosotros, “¿acaso se alcoholizó tanto que le reventó el hígado?”.
El muchacho movía la cabeza en forma negativa y decía que a su padre le dieron un vaso de vino con frutilla en un asado. Se lo tomó rápidamente y levantó el vaso, empezando a golpear la parte de abajo para que la fruta descendiera; terminó cayéndose violentamente de la silla y pegándose en la cabeza. Resultado final: tec cerrado y muerte.
¿Podrán matarnos a nosotros los litros y litros de vino con frutilla?

10.27.2008

Otra agitada noche en Santiasco


Por Ajenjo


Salgo de la obra "Sin sangre", que están dando en el Teatro de la Universidad Católica de Santiago, en Ñuñoa, y es como si me hubieran dado un mazazo en el cerebro.
Apenas puedo articular palabras para expresar la fuerza y belleza de esta pieza teatral que, personalmente, se convertirá en un referente estético a la hora de hablar de vanguardia bien hecha en Chile. Así como una vez me emocioné hasta las lágrimas con "La Negra Ester", aquí me impacté por la violencia del texto y una de las puestas en escena más impecables que he visto en mi vida.
En las afueras del teatro me espera Dióscoro Rojas, con quien decido conocer un poco del barrio de Ñuñoa, más conocido como Ñuñork por la taquilla de Santiasco.
Vamos a Las Lanzas, un local famoso, pero donde nos atienden después de media hora de sentarnos . Los tragos son cortos, los sandwich chicos y en una de las mesas hay un tipo que "atraca" literal y violentamente con una chica que parece ser su secretaria .
Dióscoro me dice que tiene que juntarse con Pablo Mackenna, el ex animador de "CQC", que choca borracho, que dice ser poeta y que se casó con una de las mujeres más bellas y sexies del país.
Lo acompaño en taxi hasta Providencia, donde entra al bar Normandie, lleno de famosos y políticos. Mi timidez provinciana no se la puede con este cuadro y le digo a Dióscoro que volveré más tarde.
Cruzo la calle hacia uno de los famosos Liguria. Me pido un arrollado con puré picante y una botella de vino. Todo rico, bien atendido y la música excelente. ¡Qué buen local!
Ya son las dos de la mañana cuando vuelvo a juntarme con Dióscoro, quien conversa animadamente con el tal Mackenna. Los saludo, mientras el rey guachaca me explica que el ex animador escribirá un libro de poesía.
¿No será el libro de las papas cocidas?, le pregunto yo, mientras el tipo me responde algo como: "No, éste es nuevo y se llamará la esencia de la intrascendencia de las profundidades del ser humano".
Después de escuchar el título decido largarme al Barrio Bellavista a esperar a mi novia que venía de su fiesta con puros abogados. Llego a un bar, cuyo nombre ya no puedo recordar, y el mozo me dice que hay una oferta para los trasnochados de dos rones a cuatro mil pesos. "¿Qué le hace el agua al pescado", me dice mi conciencia interior y mientras el dulce licor baja para adormecer mi dañada cabeza, siento una mano que se posa en mi hombro. Era mi novia que llegaba justo al rescate de la anestesia total en esta nueva aventura en Chantiasco.



10.20.2008

Los erizos me están matando


Por Ajenjo


Después de hacer un asado dominguero con longanizas argentinas, pollo y entrañas a la hora de almuerzo, en la bella localidad de San Pedro (cerca de Quillota), decidimos realizar un juego antiestrés con una botella de plástico llena de piedrecillas.
La idea era lanzarla contra una muralla mientras los participantes gritaban lo que más odiaban. Debido al exquisito vino tomado, los gritos eran bastante chistosos. Mi novia lanzó un alarido que decía: "odio no ser millonaria", mientras mi hijo azotaba la botella y decía con su tierna voz: "odio el italiano".
Por motivos de discreción no diré lo que dijo mi brother médico. Tampoco publicaré lo que yo odio: son cosas personales.
La cuestión es que después de ese largo fin de semana desperté el lunes y estuve literalmente arrastrando los pies. Me sentía muy raro y mal y tuve que darme un baño de tina con coquitos de eucaliptus para calmarme un poco.
¿Qué me está pasando?, me preguntaba cada segundo, hasta que recordé que nuevamente caí en el pecado del erizo, ese marisco que lentamente me está dejando pasado a gladiolo. Cada vez que como, termino con un violento ataque de gota y mi pie derecho no soporta ni siquiera el peso de la sábana. El dolor es muy violento.
Ahora tomo remedios para esa enfermedad y pienso que puedo cometer algunos excesillos, como los erizos.
Este sábado partí con un platillo de ostras con el borde negro y una champaña numerada que mi brother sacó del refrigerador, para brindar por las nuevas vidas que invaden el mundo. Después vino una panzada de erizos con pan con mantequilla y en la noche una bandeja al horno llena de ostiones a la parmesana, con unos pequeños cubos de tomate en su concha. ¡Qué banquete marino!
Al otro día rematamos con ese asado, donde todos terminamos jugando a la botella y al odio que tenemos acumulado en el cuerpo y en la conciencia.
Sinceramente odio no poder comer erizos a destajo. Odio no poder mandarme kilos y kilos de ese marisco tan particular.
Con mucha nostalgia recuerdo cuando bebía, en unos puestos de la ciudad de Talcahuano, un elixir fabricado con jugo de erizos, de picoroco y aguardiente. ¡Era algo ultrapowermetal para el estómago y el cerebro!
Pero finalmente es mejor no odiar. La experiencia me ha llevado a pensar que el amor es más entretenido y buena onda. Aunque todos sabemos que estos dos conceptos muchas veces se mezclan y se confunden en un pastiche bastante alucinante. Amo lo que odio y odio lo que amo. ¡Salud!


ajenjoverde@hotmail.com

10.14.2008

Chuchi en la Plaza Victoria


Por Ajenjo


Cerca del famoso “Sexy Show”, donde gordas con cicatrices de cesárea bailan desnudas entre oficinistas ebrios y estudiantes excitados, está una restaurante japonés llamado Kuukai, que lleva varios años ofreciendo sushi a los porteños y turistas que se acercan a las inmediaciones de la plaza Victoria.
Nunca había entrado ya que no soy fanático de estas preparaciones de pescado crudo y sabores raros, pero mi novia, con su mágica influencia en mi cerebro, me terminó convenciendo para conocer el local.
Un garzón, que al parecer llevaba horas trabajando en el lugar , nos ofreció la carta y nos instaló dos platitos con servilletas de tela húmedas y calientes. ¿Qué onda?, digo, mientras trato de mirar a otras mesas y percibo que debe ser una costumbre oriental para lavarse las manos.
También instalaron unos envases con verduritas aliñadas y pedimos una tabla de nueve lucas con muchos rolls y tipos de “chuchi” diferentes.
El plato que llegó a la mesa era digno de una fotografía. Sus colores y el diseño de cada bocado era perfecto. Daba pena meterse a la boca los pedazos de salmón con arroz y destruir la obra de arte del cocinero japonés.
Yo me entusiasmé con un sake sour. El sake debe ser como el pisco para los japoneses y por dos lucas me bebí un excelente y estimulante trago nuevo.
A la hora de irnos le pasé una luca de propina al mozo, que preguntaba al dueño cada 5 segundos que significaban los platos de la carta. El garzón se lo entregó al japonés propietario del restaurante. Yo le insistí que ese dinero era la propina, ganada por su esforzada atención, sin embargo me contestó, en un tono bastante bajo “que todo el dinero debo entregárselo a él”. Seguramente, pensé, después se los distribuirán entre todos los trabajadores. Ojalá así sea.
Con este nuevo descubrimiento culinario viajé a Chantiasco para tratar de levantarle el ánimo a mi suegra con un buen asado.
Me llevé de la calle Pirámide alcachofas, paltas, queso de cabra y queso fresco, ya que todo es el doble más barato que en Las Condes. Le saqué la comida a cada hoja y molí toda la carne, incluido el “potito” de las alcachofas. Compré ricota y rellené las paltas con esa mezcla.
Después encontré una oferta de filete y me mandé dos asados en 10 horas. Terminé tratando de cruzar una puerta de vidrio que estaba cerrada. El golpe sonó fuerte y por suerte no atravesé el cristal. Ahí me di cuenta que ya era hora para irse a dormir y volver a mi querido Valparaíso.


ajenjoverde@hotmail.com

10.05.2008

Nacimiento, muerte y despedida


Le cuento a Dióscoro Rojas que mi cuñado se va a estudiar un doctorado en historia a París por cuatro años y que le voy a regalar unos euros . Mi intención era colocar los billetes en un sobre bonito o en una caja con diseño para que la cosa no fuera tan fría.
El Gran Guaripola de los Guachacas me dice que cuando sus amigos se largan de Chile, él tiene la costumbre de regalarle una caja de fósforos donde sale la Cordillera de Los Andes y así pueden recordar estos grandes cerros nevados y no olvidarse de la patria querida.
Decido hacer lo mismo y compro una caja de fósforos grande, le meto los euros adentro, y le escribo un texto para que entienda las razones del peculiar envase.
Las despedidas siempre emocionan y tienen una alta carga de sensibilidad, especialmente cuando la gente se va por mucho tiempo.
Con este daño neuronal llego al Moneda de Oro, donde mi brother me cuenta que será papá por primera vez a los 37 años de edad. ¡A brindar por la nueva vida que llega al mundo!, le digo, mientras el garzón Fernando carga los tremendos vasos de ron y hielo para celebrar tamaña declaración.
“Ser padre es la experiencia más trastornante del mundo compadre y la más hermosa y hay que prepararse para querer por toda la vida a la pequeña criatura que viene en camino”, le digo con una parada de consejero sabio que ni yo mismo me la creo.
Entremedio de la conversación me cuentan que se murió el Tío Pin, quien durante la década de los ‘80 nos prestó su casa en Maitencillo para veranear y pasarlo bien.
“¡Qué triste!”, le digo a mi brother, mientras recuerdo todas las aventuras vividas en esa casa, que era la única que tenía un sauna en esa época y que nosotros le sacamos el jugo y tuvimos nuestros primeros acercamientos amorosos frentes a las cuicas santiaguinas que pululaban por ese balneario.
Pienso en la muerte, la vida y las despedidas y me doy cuenta que la vida pasa como un tren desbocado y que todo puede cambiar en un par de segundos.
“No somos nada, no somos nada”, me digo para mí mismo, mientras le exijo al garzón otro vaso de ron que anestesie esta histeria existencialista que a mis casi 40 años me ataca con todo.
Ahora sólo queda prepararse para pensar en las nuevas vidas que vendrán a poblar este maravilloso y asombroso planeta llamado Valparaíso.


10.02.2008

Unas “Rari” Fiestas Patrias en Colbún


Ya casi es medianoche y estoy entrando por un camino de tierra hacia el Lago Colbún, en la Séptima Región. Veo un pequeño negocio rural con un cartel que dice “Tome Rari Cola”. Me explican que es una bebida de fantasía propia del lugar, que se hace en el pueblo de Rari y que es muy sabrosa. Aburrido de los tacos infernales y de las ocho horas que llevaba viajando desde Valparaíso pienso en el gentilicio del pueblo de Rari y mi mente se dispara hacia un gran vaso de ron con cualquier bebida cola.
Llego a una casa sacada de la más cuica de las revistas de vivienda y decoración. Es una pequeña mansión moderna de madera, enclavada a la falda del lago, en un bosque de árboles originarios. Su living está gobernado por una gigantesca pintura colonial, que según me contó la propietaria, era el cielo de una casa donde había vivido el santo Alberto Hurtado y que la encontraron en una demolición abandonada. ¿Será verdad?, me pregunto, mientras me invitan a dar un paseo en lancha por los alrededores del lago.
Colbún es muy hermoso, pero su belleza depende radicalmente de la cantidad de agua que tenga el lago. Ahora estaba bastante lleno y con la cordillera nevada de fondo proyectaba una imagen perfectamente sureña.
El 18 de septiembre el anfitrión sacó el trozo de carne más grande que había visto para un asado. Era un sólo pedazo de lomo que fue cocinado “a la Argentina”, con carbón y leña y su grasa recubriendo la carne. Compraron empanadas de pino fabricadas en horno de barro por lugareños y podría afirmar, sin caer en frases gastronómicas exageradas, que fueron las más ricas de mi vida. El 19 fue el turno del pollo y el 20 del chancho.
Para entretenerse había una videoteca con decenas de películas, una consola XBox 360 y el famoso Wii. Nunca había tenido la posibilidad de jugar con esta tecnología, que te deja agotado de practicar tenis, boxeo o bowling. Armaron una mesa de pinpón de verdad y di “cancha, tiro y lado”, percatándome que ese deporte es como andar en bicicleta: jamás se olvida.
Para tomar había un gran bar, sin embargo, los habitantes de la casa eran recatados en ese sentido. Yo soy de los que hago sobremesa de las dos de la tarde a las dos de la mañana, pero aquí la cosa era bastante contenida.Tomé vinos exquisitos, daiquiris y uno que otro ron loco. Fueron unas Fiestas Patrias etílicamente sobrias, pero donde comí y descansé rodeado de gente buena y de una arquitectura natural que jamás podré olvidar.
ajenjoverde@hotmail.com

9.27.2008

De nuevo grito: ¡Que viva el Inacap!


Chile está goleando a la selección de fútbol de Colombia y, junto a mi brother fotógrafo, nos bebemos unos rones a la espera de asistir a un nuevo encuentro culinario con los muchachos del Inacap. Hace algunos años titulé una crónica de la misma manera y no tengo empacho en volver a hacerlo. ¿Por qué?, se puede preguntar el lector desprevenido. Simplemente porque los jóvenes que ahí estudian materias gastronómicas son espectaculares y nuevamenten nos entregaron una cena llena de sabor.
Lamentablemente tengo la memoria corta bastante dañada y generalmente no puedo recordar a perfección que fui lo que bebí y comí y, cuando se me ocurre anotar en una libreta, lo más probable es que jamás la encuentre. ¡Es que uno termina bastante chispeado y emocionado en este tipo de tertulias!
Nos recibieron con un trago de ron con crema. Exquisito. Después nos sentamos a la mesa y nos llegaron unos finísimos trozos de lengua con una suave salsa verde. Sólo les puedo decir que se deshacían en la boca. Después una entrada de salmón cuyas características no recuerdo mucho y el remate final fue de película: pato. Muy pocas veces he comido esa ave en mi vida. En Venezuela, un italiano muy simpático nos invitaba a cenar el resultado de sus aventuras de caza. Había que tener cuidado en no tragarse las municiones que portaba la fina carne. Ahora los estudiantes nos entregaron un plato estrella, con un hongo shiitake que coronaba la sabrosa carne.
Envalentonado por el vino blanco Sutil y por un mosto tinto de muy buena ley llamé al futuro chef de nombre Juvena ly le dije: 'este es el mejor pato que me he comido en mi vida. Te felicito'. El, muy humilde, me señaló que era un trabajo grupal y que el reconocimiento había que hacerlo expansivo a todos.
Desde esta columna nuevamente los felicito a todos. La atención, el empeño, la dedicación extrema, los detalles, son cosas que quedan grabadas en la memoria de este sibarita porteño. Ahora se viene el II Congreso Gastronómico Hotelero Internacional del Cono Sur y seguramente será un evento magnífico. Por eso, y por muchas más, vuelvo a gritar: ¡Qué viva el Inacap!

9.21.2008

La pequeña España en Urriola



Me salgo de la mitad del concierto de Sol y Lluvia en el Teatro Municipal de Valparaíso para acompañar a mi brother oftalmólogo, quien me había convidado a degustar unas “tapas” a un restaurante de la calle Urriola.
El local se llama “383” , por el número de la calle, y es atendido por su bella dueña. Yo conocía a su ex pareja, Rafael Estica, un excelente chef que había estado en Japón y que ahora trabaja en Reñaca y siempre le juré que iría a verlo a su local, que en ese tiempo se llamaba Delicattesen o algo así. Llegué placé, como dicen los “burreros”, ya que la pareja se desarmó, pero el restaurante sigue vivo.
El asunto es que me comí algunas cosas exquisitas, como “tapas” con alcachofa y queso de cabra. Incluso salimos con un tarro de mermelada de naranja, que la dueña fabrica en forma casera.
Luego de cerrar subimos un poco más por Urriola y pasamos por el “Poblenou”, sin embargo, no entramos y avanzamos unos metros llegando a otro local de “tapas españolas”.
El nombre no me acuerdo, pero está en la intersección de las calles Urriola con Alvaro Besa.
El asunto se nota que está manejado por argentinos (al parecer) y es bastante bonito y bueno. No barato.
He tenido la posibilidad de comer estas “tapas españolas” en Madrid, Barcelona, Segovia y otras ciudades hispanas. Es un invento de este pueblo que a las 12 del día está tomando trago en todos los bares y café y que para no curarse deben ingerir algo de alimento.
Son pequeñas pero sabrosas dosis de comida, que no cuestan muy caro. Esa es la gran diferencia con las “tapas urrolianas” que están ofreciendo en esa calle.
Las “tapas chilenas” parecen canapés y valen cerca de 5 mil pesos cada uno. La idea no es salir a comer hasta quedar con el ombligo parado, pero si es necesario llenar el estómago un poco para no emborracharse con el vino y el ron que uno se manda para adentro.
Todo en Urriola es muy bonito y bastante estiloso, pero están aplicando mal el concepto de “las tapas”. Creo que se enredan en sabores, especies y aliños rebuscados.
Uno quiere conversar con los amigos, reírse, tomarse unas copas y que la vida pase en forma feliz y sin grandes sobresaltos, pero todo se complica cuando llega la abultada cuenta a la mesa.
En Urriola hay buena atención y mucho estilo. Sólo falta más simplicidad.
ajenjoverde@hotmail.com

9.08.2008

El Señor del Choripán


Por Ajenjo

Generalmente, cuando se termina un asado de amigos, siempre sobran cosas: ensaladas, pollo, carne o vino.
Fue precisamente con esas sobras que se nos ocurrió ver el final de “El Señor de la Querencia” en mi casa, junto aun grupo de socios que quería pasarlo bien por un rato.
Lo único que había quedado de la fiesta en Peñuelas era un gran paquete de chorizos y decidimos hacer un choripanada gigante, y de esta manera observar cómo el villano mataba y mataba gente.
Las mujeres presentes eran las más interesadas en la exitosa teleserie, pero cuando empezó el último capítulo y apagamos la luz de la cocina, nos dimos cuenta de que había varios amigos que se sabían al dedillo el argumento del culebrón criollo.
Entre cervezas y vinos, el señor de la querencia eliminaba a sus adversarios con la vista totalmente perdida en la sangre y yo aprovechaba las tandas comerciales para meter pan batido en el horno y acomodar los chorizos en la parrilla eléctrica.
Esto de juntarse a comer y chupar reunidos en torno a la televisión es algo que mi generación tiene en los genes. Recuerdo cuando era muy pequeño y me despertaban para observar peleas de Martín Vargas en exóticos países orientales. Mi padre, amante del box, nos ordenaba frente al televisor y realizaba una larga ceremonia de preparación. Sólo bastaban algunos segundos para que el púgil chileno cayera al suelo inconsciente y todo el proceso se derrumbaba en forma inmediata y había que volver a la cama con la boca amarga .
Los partidos de fútbol, especialmente los de la selección chilena, son un clásico para todos y muchos se reúnen en torno a la parrilla para mirar como, generalmente, golean a los muchachos.
Ahora es una teleserie, protagonizada por un súper sicópata, que nos tiene con un choripán con mayonesa en una mano y un vaso con vodka en la otra.
Al terminar todos opinan. “Que fue poco creíble”, “que se les pasó la mano con los asesinatos”, “que lo deberían haber torturado”. La charla prosigue y prosigue, mientras los embutidos siguen emitiendo su chirrido y la gente come y come y bebe y bebe.
Son los nuevos tiempos, donde los amigos se juntan y comparten amistosamente, gracias a un sicópata latifundista ardiente de sangre y sexo.


ajenjoverde@hotmail.com

9.04.2008

La reingeniería del Danubio Azul

Me llega un correo electrónico del actor transformista Alejandro Cid invitándome para un evento en el renovado Danubio Azul, de la calle Esmeralda, en Valparaíso.
Ya había escrito algunas líneas sobre el cambio que estaba sufriendo esta fuente de soda, que luego de una profunda manito de gato, donde el verde pistacho se tomó el lugar, ahora es un “restobar”.
El asunto es que llegué al Danubio Azul y una niña me cobró mil pesos de entrada, con derecho a un trago, para tener acceso al tercer piso del nuevo pub.
Al llegar me encontré con unos amigos y nos sentamos en unos taburetes a la espera del show. El transformista Cid salió vestido de mujer (la media novedad) y se sentó. Luego habló algunas cosas relacionadas con un feriado religioso y eso fue todo.
¿Qué onda?, nos preguntamos. Para variar yo estaba bajo el influjo del ron con bebida energizante y no me quedó otra que tomar la batuta del espectáculo y me puse a contar historias de ciencia ficción mística, además de recitar el único poema que tengo en mi agujereada memoria. En síntesis: empecé a dar jugo y del bueno.
Después la gente me aplaudió y me quedé callado, pidiendo otro roncito al mozo, mientras en mi interior una voz, relacionada con la vergüenza y la adultez, me decía que dejara de andar siempre pintando el mono.
El asunto es que pusieron música y se largó una fiesta. No había mucha gente pero el ánimo era bueno.
Creo que este local tiene todo para poder convertirse en un clásico de la noche porteña. Tiene tres pisos para crear varios ambientes y realizar todo tipo de actividades culturales. Su dueño tiene el ánimo por delante y debemos apoyarlo, ya que proyecta una buena onda, alejada completamente de los locales de reggaetón o de falsos artistas santiaguinos.
Ojalá que se llevaran a cabo actos artísticos un poco más complejos que el del feriado pasado. Yo vi a Alejandro Cid descendiendo en una tina llena de espuma en el medio del Teatro Mauri, impactando al público. Eso es lo que nuevamente queremos ver.
Y no estoy hablando de una nostalgia chabacana onda “todo lo pasado fue mejor”, sino que retomar la fuerza y la chispa que una vez estuvo presente en todos nosotros y que por el tiempo, los golpes de la vida, el deterioro físico y mental, a veces se apaga.
Todo piloto de califont puede volver a prenderse.

8.22.2008

Paraíso en Peñuelas


Valparaíso siempre ha sido una ciudad donde no existen las áreas verdes, los parques o jardines botánicos, donde uno pueda salirse del estrés de la urbe y respirar, sino que siempre hay que estar inserto en los cerros o el plan.
Hace poco celebramos el cumpleaños de mi brother fotógrafo y lo mejor fue hacer un paseo a Peñuelas, ese lago que muchos porteños sólo conocen por la ventana de los autos y las micros, cuando viajan a Chantiasco.
La llegada es bastante complicada ya que hay letreros en la ruta que anuncian Peñuelas, que es un mínimo caserío, y lo que uno verdaderamente busca es una reserva nacional.
Al final hay que pagar luca quinientos y uno tiene acceso a unas mesas y un lugar para hacer asados, con una vista espectacular, que me recuerda las postales que algunas vez el gráfico Tomate me envió desde Canadá.
El grupo comenzó a llegar desde las doce del día. Destapamos las tradicionales latitas de cerveza para comenzar la anestesia cerebral que estuvo acompañado de pollito, choripanes, carne y otras menudencias.
Los niños corrían por el pasto y visitaban la orilla del lago donde cientos de peces celebraban la crecida del agua.
Yo, insuflado por el quinto vaso de vino, agarré una pelota de fútbol y me transformé en un deportista amateur. Los niños lloraban de la risa, ya que agarraba el balón y no pasaban más de cinco segundos que estaba masticando pasto en el suelo. Mis pantalones quedaron verdes y recordé momentos de infancia, en que mi madre se apestaba porque tenía que sacar esa tintura verde de la ropa.
Después me tomé unos vasos de ron e invitamos a los niños a una excursión por el bosque de Peñuelas.
Para lo’s pequeños, que viven pegados a las pantallas, una aventura de este tipo es magnífica. Encontramos unos hongos gigantes, con un hoyo en el medio, que al tocarlos con un palo expulsaban una nube rojiza que invadía mágicamente el ambiente.
Cruzamos charcos y algunas acequias, nos perdimos, nos hicimos heridas con ramas secas, en el fondo fuimos muy felices.
Al retorno de la expedición me tenían un nuevo y refrescante vaso de ron. Eran las cinco de la tarde y el frío comenzó a bajar en el parque.
Nos retiramos con una gran sonrisota en la cara, con promesas de un pronto retorno ya que descubrimos que tenemos un paraíso a sólo 20 minutos de Valparaíso y no lo estábamos aprovechando para nada.

8.18.2008

Las antropólogas y Juana Fe


por Ajenjo


Estoy herido de guerra. No puedo apoyar mi pie derecho por los intensos ataques de gota, mi mente está dañada y mi cuerpo terriblemente resentido.
Las culpables de mi grave situación son cuatro jóvenes antropólogas santiaguinas, que llegaron este fin de semana para que les mostrara parte de la mítica bohemia porteña.
Me invitaron a un departamento a comer pizza, mientras me daban cerveza, vino, daiquiri (un trago de ron con jugo de frambuesa) y otros elíxires.
¿A dónde voy con cuatro antropólogas de 21 años?, me preguntaba mientras el calor de los licores recorría mis venas.
Mientras reflexionaba sonó mi celular. Era Dióscoro Rojas que me avisaba que el grupo Juana Fe, después de su actuación en el Teatro Municipal, se iría a carretear a su restaurante.
"Ya chiquillas, les tengo el tremendo panorama: serán las grupies de los músicos de Juana Fe". El grupo de bellas muchachas se rió a mandíbula batiente y partimos en una micro rumbo al Primer Ascensor a la Luna. En el bus las alcohólicas antropólogas sacaron una botella de plástico llena de ron y Coca Cola. "Es que hace mucho frío", me dijeron, mientras se empinaban el líquido.
Dióscoro estaba con algunos de los Juana Fe, quienes dichosos se pusieron a conversar con las jovenzuelas. Los músico salieron al escenario y todos cantábamos "lleve de lo bueno, lleve de lo bueno..."
Nos zampamos dos jarras de terremoto, ese combinado que actúa como un borrador neuronal y seguimos la fiesta en El Huevo, donde nos invitaron los músicos pachangueros.
Las antropólogas bailaban como si el mundo se fuera a acabar. Estábamos en una sala de música ochentera y yo encontré una barra donde me vendían los medios shop a mil pesos.
A las cinco de la mañana la fiesta paró. Yo bailaba reggaetón con dos de las antropólogas y retorné a mi casa sin sentir las heridas físicas y mentales que posteriormente me acosarían toda la semana.
Las antropólogas volvieron a a las 10 de la mañana a su departamento. Por lo que supe terminaron en un "after hour" e incluso unas hasta les robaron algunos besos a los Juana Fe.
Ahora estoy un poco arrepentido de haberme metido en la "juguera del carrete". Ya no tengo 21 años, pero tampoco tengo la capacidad para frenar las ganas de seguir la juerga . ¿Qué puedo hacer?


ajenjoverde@hotmail.com

8.11.2008

Los Fans de Ajenjo

Por Ajenjo

Estoy en mi casa... Perdón, comenzaré de nuevo. Estoy en el Moneda de Oro (mi verdadero hogar), sentado junto a mi brother oftalmólogo, cuando se acerca un joven a nuestra mesa.
“Perdón , ¿es usted Ajenjo?”
Lo miro algo extrañado y muevo la cabeza en forma de afirmación.
El muchacho extiende su mano y me pregunta si puede sentarse unos minutos con nosotros. Yo no le pongo ningún obstáculo, mientras él acomoda su silla y aprovecha de llamar a un socio que estaba sentado en una mesa vecina.
“Estamos tomando cola de mono ya que la recomendó tanto en su columna que siempre estamos leyendo”, me dice.
Le presento a mi brother médico, al que ya conocían literariamente. Ellos me explican que son estudiantes de sicología (parece) de la Universidad Arcis y que hace meses que querían llegar a este bar y conocerme personalmente.
Hablamos sobre el licor Ajenjo y sus propiedades y después comenzó un partido de fútbol y les pedimos a los muchachos que si podíamos interrumpir la conversa, ya que nosotros estábamos interesados en ver el encuentro.
Los jóvenes se despidieron y emigraron a su mesa a seguir bebiendo el lechoso licor, mientras nosotros levantábamos los vasos con ron y Coca Cola, como un signo de una incipiente amistad.
Los jóvenes se fueron del bar y se acercó el mozo Fernando, quien me explicó que los estudiantes habían llegado preguntando por Ajenjo, y él había decidió revelar mi identidad física cuando ingresé al local.
“Los jóvenes eran buena gente, pero a veces hay gente más penca, por lo tanto, si es que esto llega de nuevo a suceder, avísame antes de apuntarme con el dedo”, le digo en forma precavida, recordando los primeros años de esta columna, cuando la famosa dueña de una discoteca bisexual llegó hasta la redacción del diario, junto a un abogado, pidiendo que le revelaran la identidad de Ajenjo.
Obviamente nadie la pescó.
No puedo mentir y no puedo mentirles. Después que los jóvenes se retiraron, el ego que siempre estoy tratando a patadas y combos, me quedó un poco hinchado.
¡Pucha que es necesario que a veces sucedan este tipo de cosas ! Es que en este país lo malo te lo refriegan en la cara con placer, mientras los triunfos o las cosas buenas que suceden se integran a una envidia a enfermiza y galopante.
Vuelvan cabros al bar a conversar. Hay muchas cosas de que hablar y cientos de vasos de cerveza y ron que bajar.
¡Muchas gracias!


8.03.2008

No más cumpleaños


Por Ajenjo


“Chuata, se me olvido la torta”, me dice mi novia en el bar Moneda de Oro, donde estaba celebrando mi cumpleaños número 39 con mis mejores amigos, además de dos parrilladas llenas de chunchules, prietas y carnes de todo tipo.
Yo le puse cara de pena, ya que una cumpleaños sin pastel no tiene ninguna gracia, sin embargo, todo se solucionó con la creatividad del cocinero, quien en un gran pan amasado, decorado con ketchup, mayonesa y mostaza, puso algunas velitas, mientras me cantaban la tradicional musiquilla del festejado.
La mesa era larga y yo tenía que ir a sentarme con cada invitado, como un buen anfitrión, y meterle conversa. Mis amigos, como una ofrenda cumpleañera, me rellenaban mi vaso con sus rones, por lo tanto siempre el dorado licor cubano me acompañó gratamente en la noche.
La gente conversaba y conversaba mientras le hincaba el diente a su chunchules o a su pedazo de pollo. Algunos emitían brindis en mi honor, pero la modulación era bastante extraña. El dueño del bar, en un gesto muy hermoso, destapó una botella de champaña y la sirvió en copas, que alegraron todavía más la regada velada cumpleañera.
Al otro día, con los chunchules saltando sombre mi estómago y el ron, el vino y la champaña azotando mi cabeza con su recuerdo amargo, no valía ni un peso y me fui a Santiago, donde me esperaba otra celebración.
Aquí mi nueva suegra, con sus amigos brasileños, me prepararon una exquisita feijoada. El almuerzo empezó a las dos de la tarde y terminó a las dos de la mañana, mientras algunos bailaban cueca y otros realizaba una interesante exposición sobre Walt Disney y la mejor forma de cocinar huevos de pescado.
Al final de la semana ya no me podía mover y decididamente no quería más celebraciones, sólo descansar y comer zanahoria rallada fina.
Ahora, con el cuerpo sano y salvo, sueño con mi celebración de los 40 años. Una micro recogerá a los 36 invitados, quienes cantando odas a la alegría y felicidad eterna, se bajarán en un balneario costero, donde tomaremos vino en la playa y reiremos por horas. Luego el chofer nos traerá de vuelta a Valparaíso, donde la celebración seguirá y seguirá sin parar.
¿Llegaré a los 40? En realidad no lo sé, pero lo que verdaderamente me interesa ahora es prender la tele y sumergirme en las imágenes de “El Señor de la Querencia”, quien se ha convertido en mi sicópata admirado y preferido. ¿Lo invitaré a subirse a la micro?


ajenjoverde@hotmail.com