5.11.2006

Maldito Sudaca


(Crónicas de viaje)

Estoy a un minuto de que me atienda un policía aduanero en el aeropuerto de Barcelona y me siento algo tenso. Justo me tocó el guardia pesado, amargado, que seguramente tiene graves problemas con su mujer y se descarga con los cientos de latinos que diariamente tiene que dejar entrar a su país.
Afuera del aeropuerto me espera mi novia. Había llegado temprano para recibirme con un atuendo especial y cargada de cariño.
"A qué viene usted", me pregunta el policía aduanero. Le respondo que visitaré por un mes a mi novia, que estudia en Barcelona, y que cuento con una carta de invitación notariada que se exige para las personas que llegan a España sin un programa turístico prepagado.
"Usted perfectamente puede no conocer a esta persona", me responde groseramente el guardia. A esa altura la paciencia se agotaba, sin embargo era el miedo el sentimiento que se concretaba en imágenes cerebrales de repatriación y deportación.
"Enséñeme su pasaje de retorno", me ordena el policía. Ahí se me vino el mundo abajo, ya que debido a la regada fiesta de despedida que había tenido en mi casa, se me había olvidado echar en la billetera una copia impresa de mi ciberticket.
Con una suave voz le dije: "no tengo la copia ya que mi pasaje aéreo lo saqué por internet y si quiere pregunte en Iberia".
El guardia gritó algo incomprensible en catalán, pero que se deducía que eran groserías. Tiró mi pasaporte a un lado y me señaló que pasara a una sala especial. A esa altura las ganas de orinar eran el máximo reflejo del terror y avancé al cubículo donde habían dos africanos que transpiraban como maratonistas y una bella colombiana con pinta de prostituta.
(Leer con voz de colombiana tropical) "Pero oye, chico, ¿que tú eres estúpido o qué? ¿Cómo se te ocurre no tener tu ticket de retorno?". Me explicó que ella se había pasado tres meses de su permiso anterior y de los africanos no sabíamos nada, ya que no hablaban castellano, pero en sus ojos había muchísimo miedo.
Pasó una hora y media y recordé que mi mochila debía de estar dando vueltas, solitaria, en la manga de recepción de equipaje. Salí corriendo sin autorización de nadie, llegué a la cinta donde estaba y la recogí. Volví nuevamente y me metí en la sala con mis nuevos amigos.
De repente llegó un auto de policía con balizas prendidas. Ahora, junto a las ganas de orinar, tenía los medios retorcijones de guata. Dos guardias se bajaron y apuntaron a los africanos y a la colombiana. Los subieron al auto y se los llevaron.
A mi me volvió a llamar el policía amargado y me preguntó si traía euros. Después me pidió mis tarjetas de crédito. Con una cara de perro me instaló el selló en el pasaporte y me dejó pasar.
Habían pasado dos horas de terror y salí corriendo a los brazos de mi novia, que ya estaba a punto de armar un escándalo en el aeropuerto por mi desaparición.
Muy asustado le relaté el episodio, mientras ella intentaba calmarme. Yo sólo recordaba en mi mente la canción del desaparecido grupo Circo dedicado a los guardias de seguridad prepotentes: "perros guardianes del poder, maldita raza".
En realidad la maldita raza es la latina, que recibe a los gringos con los brazos abiertos, mientras ellos nos humillan en cada momento.
ajenjoverde@hotmail.com

5.05.2006

Aterrizaje forzoso



Aterrizar después de un largo viaje no es sólo un fenómeno físico, sino que también es una acción mental que conlleva mucho esfuerzo y sacrificio. Estar un mes dando vueltas por diversas ciudades musulmanas del norte de Africa y carretear en las callejuelas del bario Raval de Barcelona para después volver a reinsertarse en la realidad laboral, familiar y social es algo complejo que necesita tiempo y reflexión.
Uno puede bajarse del avión, no obstante el cerebro sigue viajando a mil por hora y la realidad se disuelve y se transforma como un flan de caramelo.
Al llegar al terminal de buses de Valparaíso con más de 30 kilos de carga distribuidos en mochilas y bolsos lo primero que hice fue discutir con el taxista para que me llevara a mi casa en el cerro Alegre por un módico precio. No lo logré y el conductor pirata se llevó las pocas lucas que me quedaban.
Entré a mi casa, respire hondo y tocaron la puerta. Llegó mi madre, mi hijo, una amiga y todos juntos partimos al restaurante Caruso a celebrar mi llegada con ceviche y vino blanco.
Mi santa madre pidió un pez llamado “vieja” con arroz. La frase “yo jamás me he comido una vieja” me salió en forma automática, provocando un estallido de risas en la mesa.
Después de ese gastronómico recibimiento me fui al Moneda de Oro a rellenarme de colemono. Eran las seis de la tarde, pero para mi era la medianoche, debido al terrible cambio de horario que existe entre Europa y América.
Dormí por varios días sin asumir muy bien la hora en que me encontraba. El término de todo este proceso, conocido científicamente como “jet lag”, fue una fiesta en mi casa que me auto organicé para agasajar a mis grandes compañeros de la vida.
Preparé variadas tapas españolas, con quesos, champiñones, aceitunas y salmón ahumado. Traté de hacer una tortilla de patatas, pero casi quemo la cocina y cuatro sartenes. Mis amigos llegaron a la hora prevista y después de comer saqué una botella de absenta (ajenjo) marca Perla Vella que decía en su etiqueta: “fórmula centenaria, a base de un celoso secreto familiar y artesanal en la antigua elaboración de esta mágica bebida, que nos transporta a nuestro particular limbo”. La había comprado en una vieja botillería barcelonesa, especialista en este tipo de bebidas espirituosas.
Mis amigos la bebieron en copas, con sus cubos de azúcar encendidos. Al apagar la luz el espectáculo fue hermoso y nuevamene un espíritu de amistad eterna invadió mi espacio.
Estaba en casa, con mis amigos.
Sano y salvo.

ajenjoverde@hotmail.com

3.23.2006

Africa Mia


“No me confundas, no voy a cambiar, yo sé lo que busco y sé donde está”.
Nicole, banda sonora de “Se arrienda”

Por Ajenjo
Dentro de cuatro días comenzaré uno de los viajes más distorsionados de mi vida: Africa. Estoy muy nervioso ya que las imágenes del Desierto del Sahara me han perseguido desde mi niñez y en esta ocasión lo podré pisar, ya no imaginariamente, sino que en forma real y palpable.
Pienso en la cantimplora que tendré amarrada al cinturón y obviamente no contendrá agüita mineral, pero bueno, al parecer los muchachos son musulmanes y hay que tener cuidado con el trago.
Como sonido particular de mi viaje he elegido la banda sonora de la película “Se arrienda”, que hace días me tiene cono los sesos fuera de la cabeza.
Ya envié el tema principal via e-mail a Barcelona, que será la primera parada de la travesía. Ahí me estará esperando mi bella novia, que con un atuendo especial y secreto me recogerá en las afueras del aereopuerto.
Hace varios años ya estuve en “Barceloca”, como la llaman los chilenos que en masa viven en esa ciudad española. Recuerdo estar sentado en la Rambla, el paseo central de la urbe, con una muy buena amiga y una china que nos metió conversa en inglés. Yo no entendí nada pero al final sacó un montón de fotos a mi rostro, de frente y de lado, ya que mis facciones le parecieron “extremadamente raras”.
En ese tiempo utilizaba un barba sin bigote que me acercaba mucho a un rabino joven. En el diario me decían “el brujo chico” , por el parecido con el Profesor Nostradamus (creo que esto ya lo había contado, pero la artereosclorosis avanza y avanza).
Ahora me enfrentaré a Europa en forma diferente, sólo como un paradero de micro, ya que el destino especial y salvaje será Marruecos.
Quiero entrar a la ciudad de Marraquech dominada por encantadores de serpientes y comer las cosas más raras y sabrosas que en el mercado vendan los cocineros con turbantes.
Quiero seguir la huella de William Burroughs y los demas beatniks ,que en los años ‘50 y ‘60 hicieron de Tanger su ciudad preferida, y donde se redactó el texto final de “El almuerzo desnudo”.
Quiero conocer las terrazas del Hafa Café y beber con los parroquianos sustancias secretas y reírme al ritmo de la música marroquí y sacar una sorpresa con nombre de amor.
Quiero entrar a los laberintos de la ciudad mágica de Fez y tocar todas sus murallas blancas y vírgenes.
Quiero muchas cosas, pero lo más importante es encontrar la calma cerebral en una aventura sin límites, donde el cariño del reencuentro será el gran protagonista de una travesía hecha ya muchos años virtualmente.
Desapareceré unas semanas, pero volveré cargado de cuentos y mentiras. Ojalá todos mis dioses me acompañen.
Para los que se quedan y los que se van, muy buena suerte.

ajenjoverde@hotmail.com

3.21.2006

Tunquén


Mira. En la casa de allá vive la Vacarreza y en las de más allá, ésa que parece un cubo blanco, vive la Claudia Conserva", me dice una amiga que me invitó a pasar unos días a la cabaña del actor Pancho Reyes, en Tunquén, reducto costero para políticos y famosos de la TV.
Mi socia es la cuñada del rostro
de "Cómplices", quien amablemente le cedió la casa por una semana y yo, junto a mi hijo, partimos a visitarla.
Llegar es muy difícil, y como no tengo automóvil ni idea de manejar, tuve que
contratar los servicios de la señora María y su famoso taxi amarillo, que por diez lucas te va a buscar a tu hogar en Valparaíso y te deja en la puerta de la cabaña de Tunquén.
La casa es bien bonita y tiene el mismo sello de humildad que este actor y su familia han proyectado siempre a la sociedad.
Para entrar en onda llegué con elementos para un asado: carbón, costillas de cerdo adobadas con orégano, y aceite de oliva buenos bistocos de asiento, pollito, longanizas,pan batido, vino del bueno y del otro y un pisquito.
Antes de encender el fuego bajamos a la playa. En diez minutos estábamos felices en la arena, enfrentándonos al bravo Pacífico. El calor era heavy metal y tuvimos que lanzarnos unos piqueros para calmar la transpiración.
De ahí vino el asado, que contó con la participación de un niño de diez años que realizó las imitaciones del grupo Miranda!, Sergio Lagos y el borrachito Ruperto. El muchacho, que nos sacó lágrimas de la risa, seguramente dará que hablar en el futuro de las tablas chilenas, ya que es un actor en potencia.
Los asados que comienzan a las cuatro de la tarde generalmente terminan en la oscuridad. Se apaga la luz del sol y se apagan las cabezas de los comensales.
A las once de la noche estábamos todos durmiendo y al otro día, muy tempranito, agarramos un bote plástico y nos internamos en una laguna de mar.
Ahora que comienza marzo y la rutina de todo el año de acomodarse lentamente,pienso en esos días breves en Tunquén y obviamente caigo en una pequeña depresión.
Todo el grupo de amigos está igual y para subirnos el ánimo, el médico del lote organizó un asado de fin de verano en la casa de sus padres.
El galeno preparó "la mejor parrilla de tira y entrañas" y junto a un grupo selecto de invitados, entre los que se contaba la bella dueña del restaurante Caruso, despedimos el calorcillo estival.
Ahora las hojas empiezan a caer, el vientecito helado porteño aparece después de las cinco de la tarde y las once con tecito y pan con palta se convierten en un placer.
Ha llegado el otoño y hay que degustarlo.

ajenjoverde@hotmail.com

3.10.2006

El Día de la Mujer Brutal


Para Augusto Díaz

Por Ajenjo

Es el Día Internacional de la Mujer. Estoy bastante dañado por unos pisco sour en el Bar Inglés y en el nuevo restaurante indio del cerro Alegre. Estoy escuchando a Calamaro. Frente a las teclas del computador sólo se me aparecen las palabras del artista y atino a escribir: "Elegí pena y olvido, o sudor compartido, ojalá no me arrepienta de haberte conocido".
Decido parar de escribir y subir a fumar un cigarro.
Espérenme.
Vuelvo al teclado. ¡Vamos que se puede!
Ha muerto uno de los grandes y nadie ha dicho nada. Es hora de gritarlo y recordarlo. Se nos fue Augusto Díaz, uno de los guitarristas insignias del Cinzano. El viejito con el parche curita en la nariz.
Recuerdo noches de tintolio extremo con el músico en la barra. "Tengo que operarme, pero volveré, y ahora te contaré un chiste y tú después me cuentas otro ¿ya?", me decía todas las noches.
Y así se nos fue. Rápido, silencioso. La muerte implacable y dura.
"Cuando no estás duele más". Sigo escuchando a Calamaro.
El mismo día en que se celebra a la mujer, me presenté en la Scuola Italiana para dejar a mi hijo en su primera mañana de clases. Fue el único que lloró de todos sus compañeros. Es igual a su padre.
Por suerte, la noche anterior, había visto "Crash", la película ganadora del Oscar, y le dije al pequeño: "Cuando yo era chico y me enfrenté a mi primer día de clases, mi padre me entregó la capa de la invisibilidad y de la fuerza, ahora te la entrego y nada te dañará". Se la instalo teatralmente en su cuerpo y lo dejo en la sala, en medio de llantos y gritos. Después de dos horas, en las cuales estuvo sometido a su nuevo sistema, salió y me agradeció que le haya puesto la capa.
Sigo pensando en Augusto y su guitarra. El me habló de traficantes grandes del Puerto, como Camanchote o Kisko, que en la década del ‘60 llegaban con bandejas llenas de cocaína a las fiestas y él miraba y tocaba su instrumento tranquilamente. Pienso en esas imágenes y me doy cuenta que fue uno de los importantes nombres de la ya desaparecida bohemia porteña.
Ahora, escribiendo esta columna, pienso en todo lo que me falta vivir.
A veces me siento un león, a veces un ratón.
A esta altura sólo tengo que sentir.

ajenjoverde@hotmail.com

3.07.2006

Con Dióscoro en el Máscara


"Sed o no sed, esa es la cuestión"
(Proverbio guachaca)

"¿Te sabes el chiste de la primavera y Roy Roger?", me pregunta Dióscoro Rojas, el gran guaripola del movimiento guachaca de Chile, en una privada comida que se realizó hace algunos días en Valparaíso. "Cuéntamelo nomás", le digo, mientras una rica piscolita sirve de bajativo para una regada cena llena de chistes y comentarios políticos muy sabrosos y picarescos que causaron grandes carcajadas, de esas que sacan hasta lágrimas.
Los "guachacas" realizaron esta reunión clandestina en su restaurante "Ascensor hacia la Luna", inaugurado hace ya varios meses en la calle Victoria, sin embargo, el local todavía no puede entrar en funcionamiento por la maraña de trámites que impide a los emprendedores iniciar sus negocios en forma rápida y eficiente. Los militantes guachacas invitados eran obviamente Dióscoro Rojas, el catador de bondades Raúl Porto, un periodista de TVN y su buenamoza señora, mi brother médico, el cocinero cuyo nombre se pierde en la telarañada memoria y quien humildemente escribe esta historia.
Con mi socio llegamos tipín nueve de la noche y nos sirvieron unos pisco sour algo tibiones, pero que de igual forma se agradecieron. Después llegó la comida: el quiche "guachaca", que consistía en una masa delgada con tomatito fesco, queso y orégano. De segundo, un bistoco con ensaladas varias y papas duquesa. Chupamos del bueno hasta que se acabó y alguien mandó a comprar una botella de pisco para preparar el trago nacional más consumido por los sedientos bohemios: la muy poco respetable pero sabrosa piscola.
El choclo empezó a desgranarse como a las 11 y media. Nos quedamos los que siempre apagan las luces y seguimos contando chistes hasta que la botella entregó su última gotita. "Vamos al Cinzano a seguir la fiesta", grité ya emocionado y feliz. Fue así que con Dióscoro a la cabeza del grupo entramos a la tanguería más famosa del Puerto que se encontraba a punto de cerrar.
"Queremos conversar con Carmen Corena ya que posiblemente la elevemos como candidata guachaca que representará a Valparaíso en la gran competencia nacional que llevaremos a cabo este año", explicaba el catador de bondades, mientras le exigía a Rodolfo, el barman del local, que le preparara dos piscolas más, situación que fue imposible de concretar por las altas horas de la noche. Carmen Corena no se encontraba y les propuse ir al Máscara para seguir bebiendo y mostrarles cómo se enfiestan los jóvenes porteños. Sentados en una mesa frente a la pequeña barra del recinto seguimos la conversa con un grupo que ya había crecido, producto de otros guachacas militantes que la noche veraniega nos había adosado en forma cariñosa. De esta manera, escuchando a The Cure y Madonna, el tiempo siguió su etílico curso hasta que la conciencia invitó a que cada uno se fuera para su casa.
El carretón guachaca había llegado a su fin.

ajenjoverde@hotmail.com




2.16.2006

Fantasmas en la India


Un pisco sour exquisito baja por mi gaznate en la barra del recién inaugurado resto-lounge “ganesha”, en la ultra taquilla subida Almirante Montt, en el cerro Alegre.
El restaurante, de muy bello diseño, está adornado con motivos de la India y la comida que se sirve está basada en los platos que se consumen en ese exótico país.
La dueña, una porteña con alma de viajera, se fue a la India y se enamoró de un hindú. Frente a la barra tiene una fotografía con su atuendo de novia, donde resaltan sus bellas manos adornadas con pintura henna.
¿Quien te hizo esos dibujos?, le pregunté curioso, mientras ella se preocupaba nerviosamente de coordinar la atención de mesas.
“Se contrata a una persona”, me dice, y le da severas instrucciones a los mozos sobre los platos y los exquisitos vinos que se sirven.
Me siento en una mesa, solitario, y me pido un plato de trozos pequeños de reineta cubiertos con coco rayado y un rico arroz. El pedido se demora, pero como el asunto está en marcha blanca todo se perdona. Para amenizar el mastique me mandé un vino carmenere “traditional” , de una viña que mi castigada memoria no puede recordar.
En eso estaba cuando a mi mesa llegó un fantasma. Se sentó para acompañarme e impedir que cenara solo, como comen los hombres duros, sin pasado, sin presente y con un incierto futuro.
El fantasma era bueno y suave y me hablaba cosas como “eres un tipo con muchos temas para conversar ya que has viajado por el mundo y eres culto y muy inteligente”.
“Gracias”, le respondía, mientras esperaba más halagos y palabras bonitas. En un momento de la conversación me doy cuenta que la botella del buen tintolio se había acabado y que frente a mi mesa un espejo proyectaba mi cara.
Había estado hablando con un fantasma que era mi reflejo y que sólo se dedicaba a piropear a su otro reflejo.

“¿Estaré pelando cables pesado?”, se me pasó fugazmente por la cabeza, mientras exigía una menta frappé para aliviniar mis pensamientos y descansar de la rica comida.
Llegue a mi casa y me miré en el espejo del baño. Ahí estaba de nuevo el reflejo que seguía hablándome: “ya no es tiempo de venganzas, ahora tenemos que concentrarnos en nosotros”, me repetía incensantemente.
Me asusté y me tiré a la cama, donde me quede dormido con toda la ropa puesta.
En la mañana me despertó mi novia desde Barcelona, quien acarició mis neuronas con su telefónica voz de amor. Después me llamó Dióscoro Rojas, el “guaripola de los guachacas”, quien me invitaba a una comida “sólo para periodistas amigos, tu sabes, los que se la pueden”.
No se si mandaré a mi reflejo o ire yo. Vaya quien vaya, lo más probable es que salga bastante filtrado.

ajenjoverde@hotmail.com

2.10.2006

Venganza

"En la venganza, como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre".
Friedrich Nietzsche

Por Ajenjo
Tengo un amigo a quien llamo "el pensionista", ya que de cuando en cuando se deja caer con su mochila y se instala en la pieza donde antiguamente dormía mi hijo. Es un personaje tranquilo y muy educado y en muchas ocasiones ni siquiera noto su presencia en la casa.

El sábado pasado desperté al mediodía y junto al "pensionista" me fui a tomar una cerveza mañanera de desayuno al "Vinilo".
"Te invito a un mariscal", dijo mi brother, y partimos al mercado Puerto a buscar los ricos platos de Doña Rosita. Ahí nos manduqueamos una paila de lujo, sin ningún marisco de tarro en su interior, y un pescado frito con fresca ensalada.
"El pensionista" tomó bebida y yo "un tecito" en botella de bebida. El que sabe, sabe.
Después nos separamos y me largué al mall de Viña para saciar mi curiosidad cinéfila con "Old Boy". Ahí mis neuronas se infartaron con varias escenas, especialmente la del pulpo.
La venganza es la esencia de la cinta y demuestra que la obsesión por castigar al que provocó dolor, puede ser una de las más extremas terapias.
Frases parecidas a "una piedra y una roca igual se hundirán en el agua" o "soy menos que una bestia, pero ¿por qué no tendré derecho a vivir?", dejan marcando ocupado al espectador consciente.
Con la mente dañada por el puñete visual llegué hasta el Caruso, donde la dueña me dejó tomar unas piscolitas en la barra antes de cerrar. Después seguí al Cinzano y me encontré con Papito, quien me relató su distorsionado matrimonio en la Ex Cárcel con su simpática esposa Natacha.
De regalo de bodas les invité un botellón del bueno y una chorrillana y la noche seguía su ritmo musical y distorsionado.

A la mesa que habíamos armado unas cuatro personas se sumó un faunesco lote. Viejos, autoridades del Gobierno Regional, poetas y uno que otro loco, se sentaron en las sillas y bebieron de las botellas de tinto que tuve que pagar por un arranque de desprendimiento económico que me tendrá por unas semanas tomando tecito puro.
Durante la noche seguí pensando en la película "Old Boy" y en la venganza. Fui al baño de la tanguería y me encontré con mi reflejo en el espejo. Mis labios estaban negros, al igual que mis dientes y mi lengua.
El vino había actuado como un tatuador temporal en mi rostro y el agua logró desteñir las marcas exteriores, pero no las interiores.
Alguien dijo: "¡Vamos al Máscara!", pero todo estaba cerrado y sólo quedaba irse a la cama a soñar con utópicas venganzas y con un desierto gigante que pronto saldré a conquistar.

ajenjoverde@hotmail.com

2.04.2006

Brujeria


"Siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo"
(Proverbio árabe)


Por Ajenjo
“¡Vamos que se puede!”, me grita por el teléfono mi novia desde Barcelona, tratando de reflejar el sacrificio que significa mantener la relación a una distancia kilométrica.
“Vamos que se puede”, le respondo, mientras me subo a una micro llena de trasher con destino al recital de música rock más extremo del que he participado en mi vida: Brujería.
Viajo junto a mi carnal de recitales, con quien hemos observado juntos a grupos tan variados como Los Jaivas, Sex Pistols y Cannibal Corps.
La micro estaba organizada por una tienda de música rock y con mi amigo andábamos bastante perdidos frente al terminal de buses de Viña del Mar. Cuando la encontramos ya tenía el motor prendido y tuvieron que sacar a dos cabros chicos que no habían cancelado con anterioridad las cinco lucas del pasaje. Nos sentamos en el último lugar e hicimos amistad con unos adolescentes con espinillas que tomaban cervezas y ron como agüita de la llave.


Yo llevaba mi botella de Sauvignon Blanc reserva Tarapacá de tres lucas en una bolsa llena de hielo y el correspondiente vasito plástico.
En la mitad del camino comenzaron a sonar Los Jaivas por los parlantes del bus, que era un Barón-Puerto, terrible de ordinario. Todos los trashers movían sus chascas al ritmo del Gato Alquinta.
La micro se detuvo dos veces para dejar que todos los rockeros orinaran litros de cerveza en la berma de la ruta 68, mientras uno de los adolescentes ya había empezado a invocar al infaltable compañero de cimarras: Guajardo.
Bastante dañados nos bajamos en el Parque O´Higgins y antes de entrar a La Cúpula, epicentro del recital, acompañé a mi carnal a comprar discos de música medieval al Paseo Ahumada.
A las siete de la tarde ya estábamos haciendo la fila para entrar y la revisión, en busca de objetos contundentes y drogas, fue una de las más específicas de mi vida.
Adentro reservamos unas buenas butacas y partió el show. Primero salió un grupo chileno ultra distorsionado. Llevaban trajes de obispo y máscaras sadomasoquistas y el vocalista cantaba en castellano unos temas bien potentes y modernos.

Después aparecieron unos locos con pinta de gringos (dos metros, pelo largo y rubio), que no aportaron nada nuevo a esta música gutural, primitiva y política.
Al final el plato fuerte de la noche. Los mexicanos Brujería aparecieron en gloria y majestad, sonando espectacular. Su vocalista, Juan Brujo, llevaba un machete al cinto que utilizó al final cuando cerraron con la magistral “Matando güeros”.
Para mí era un sueño que se convertía en recital. Ver en vivo a Fantasma cantando y a Pinche Peach con su cara deformada son cosas casi indescriptibles. Sólo los que estuvimos ahí somos capaces de comprender tanta inmensidad.
Ahora puedo morir en paz.

ajenjoverde@hotmail.com

1.26.2006

Ostracismo veraniego


Nuevamente me estoy paseando por los jardines del Valparaíso Sporting Club en la Gala del Vino de Viña del Mar, evento que reúne a lo más granado de los amantes de los mostos y a uno que otro borrachito que quiere saborear los tintos reservados hasta quedar literalmente tirado.
¿A qué grupo perteneceré? me autointerrogo, mientras mi garganta comienza a recibir caldos exquisitos a diestra y siniestra.
Mi brother me acompaña fielmente y me sugiere comer unas ostras que un restaurante santiaguino ofrecía en medio del evento. Nos embutimos 25 moluscos con generosas copas de champaña y quedamos bastante felices y con un blindaje estomacal que nos permitió seguir catando más y más vinito.
Exactamente a la medianoche se escuchó por los parlantes del hipódromo una sana advertencia: “el evento ha finalizado”. En buen chileno esto podría haberse traducido en: “cabros, el copete se acabó y si quieren seguir chupando váyanse pa’otro lado”.
Como curados obedientes marchamos de la Gala del Vino rumbo a Valparaíso. En un momento inesperado se desplegó ante nuestros ojos el nuevo Sheraton Miramar y pensamos, casi en forma conjunta, que el bar del nuevo recinto merecía una visita.
Llegamos hasta una barra luminosa, donde un espectacular cuadro del pintor Gonzalo Ilabaca gobernaba el ambiente.
“¿Cómo se llama el trago que toma James Bond en las películas?”, le dijo mi brother al barman, que no tenía ningún pelo en su cabeza y la luz rebotaba en su calva en forma acorde al recinto.
“Dry Martini”, respondió secamente. Nos sirvió dos de esa fuerte mezcla con base de vodka en copas aconadas y la aceituna verde en el fondo. Conversamos sobre temas que exclusivamente se tratan en las barras de los bares: mujeres, mujeres y mujeres.
Fuimos por una segunda ronda y yo, con un ataque memorial producto de lo ingerido, comencé a llamar por teléfono celular a Pedro, Juan y Diego. Los que me constestaron no entendieron mucho, pero bueno, nada nuevo bajo el sol veraniego.
Salimos del flamante hotel guiados por la bella luz que alumbra a los niños, a los borrachos y a la gente de buena voluntad que pisa esta tierra extraña.
En mi casa preparé un pisco sour para rematar una noche redonda. De aquí para adelante la cosa se hace confusa y es mejor no seguir relatando por respeto a los lectores. Nadie quiere leer sobre fluidos humanos involuntarios.
Había pasado una nueva Gala del Vino, había conocido el bar del Miramar y había sobrevivido. Ahora, con mi hígado del tamaño de mis ojeras, sólo me queda decir: “gracias, corazón, por seguir latiendo”.

ajenjoverde@hotmail.com

1.23.2006

Abro Paréntesis

"Es bueno confiar en las decisiones que uno toma. Es sano".
Gus, en la película "Paréntesis".


Nuevamente fui a votar en segunda vuelta acompañado de mi hijo y como estoy inscrito en Viña del Mar tuve que mamarme toda la Subida Sausalito con el crío sobre los hombros.Llegué a la mesa bastante agotado y les dije a los vocales que mi número de inscripción era el 120.
“¿120 dos o tres medallas?”, me respondió el presidente de la mesa. Pongo cara de orgullo y le digo “medalla real no más” y todos se largan a reír.
Al final le entintaron el pulgar a mi hijo, quien quedó con ataque de histeria ya que es el dedo que se chupa todas las noches y lo cuida como “hueso de santo”.
El pequeñín se fue y mi brother me invitó a su departamento en Recreo a celebrar los resultados y destapó un rosé heladito que lo bebimos en el balcón, escuchando la radio Cooperativa, como en los viejos tiempos.
Algunos bocinazos removían la tranquila tarde dominguera y cuando salió la Bachelet a realizar su discurso como Presidenta electa, mi brother sacó un whisky JB y empezamos a matar el botellón lentamente.
Eran como las 10 de la noche y un llamado de una Chica Superpoderosa nos movilizó a Valparaíso, donde siguió la juerga electoral con copas de vino y análisis políticos bastante extremos.
Un curadito gritaba que el discurso de la candidata había estado muy frío. Algunos lo increparon diciéndole que ya estaba criticando y “eso que todavía ni se ponía la banda presidencial”. El borrachín se enojó y señaló que quería “un presidente que legalizara el matrimonio homosexual” y otras ideas bastante radicales. Al final fue expulsado y en el aire quedó el rumor de que al compañero, con los copetes, se le apagaba el piloto del califont.
Al otro día, y siempre me pasa lo mismo post elecciones, pienso que voy a salir y el aire estará diferente, sin embargo nunca pasa nada y la vida sigue exactamente igual.
Prometí no beber las siguientes 24 horas para recuperarme del carrete electoral y de la visita de Los Patogallina, quienes habían montado una intervención urbana en la Plaza Sotomayor.
Decidí ir a ver “Las Crónicas de Narnia” y salí bastante conforme del cine. Sabía que no podría dormir fácilmente y me dirigí al Blockbuster donde recogí una grata sorpresa que me llenó de emoción y me gustó muchísimo: “Paréntesis”..
Hacía meses que no veía una película chilena con un guión tan bueno, donde mostraran el drama de las relaciones humanas y amorosas de forma tan delicada y verdadera.
A veces quiero un gran paréntesis en mi vida. Un paréntesis bien largo, donde se apaguen todos los sonidos molestos y sólo queden los rostros de las personas que amo. Siento que ese paréntesis ya viene, se avecina en forma implacable y violenta y tiene forma de un viaje

ajenjoverde@hotmail.com

1.13.2006

Gusanos de "Tevo"


Estoy en la barra del Poblenou, en la calle Urriola, un local totalmente europeo que vende cervezas chicas a mil pesos y bocadillos exquisitos para lo más granado del turismo gringo y los pocos porteños que se atreven a entrar.
El restaurante es bien pequeño y bastante acogedor, especialmente por las bellas chicas que atienden ataviadas con delantales negros muy ajustados.
Aburro a mi brother con mis problemas personales, pero también lo entretengo con una historia que tiene como protagonista al cineasta viñamarino Tevo Díaz, quien dejó Miami y anda nuevamente recorriendo las calles de la región.
Estaba en el Moneda de Oro bebiendo un fuerte ron con Coca Cola cuando veo que Tevo entra con un amigo. Me levanto para saludarlo y preguntarle por sus aventuras gringas. Nos reímos bastante y decidimos partir a mi casa a bajarnos una botella de whisky que reposaba tranquilamente desde el Año Nuevo en el refrigerador.

Ahí recordamos que cuando chico le habíamos puesto "El aguja hipodérmica", mientras tratábamos de entrar a un recital de Upa en el gimnasio de la Universidad Católica.
Desde pequeño se fue transformando en una especie de mito, que tiene su punto final cuando emula al loco poeta Juan Luis Martínez viajando en motoneta en su documental "Señales de Ruta".
Cuando lo presentó en el Festival de Cine de Valparaíso salimos bastante dañados del cóctel inaugural. Ahí obligó a su novia ocasional a besarme en la boca, en uno de sus raros actos sexuales que muy pocos comprenden.
En realidad Tevo Díaz no se ajusta a la comprensión de la normalidad humana y sólo basta recordar que vivió con Pedro Lemebel, con quienes armaban unos performance donde se sacaba sangre con una jeringa y después la lanzaba al rostro de Pinochet que estaba siendo proyectado en diapositivas.
La noche en el Moneda de Oro estaba vestido con una polera con el martillo y la hoz estampado en su frente. Hablaba sobre sus proyectos y su vida. Al final, en mi casa, se retiró enojado gritando que yo "parecía ser un militante de la UDI".

En realidad era su mente extrema y el whisky que le estaban jugando una mala pasada, ya que al final cada uno hace lo que le dicta su conciencia, por más rara y confusa que sea.
Mi amigo, que también conoció a Tevo Díaz en su adolescencia y juventud se ríe de las historias y señala que "árbol que nace torcido jamás su tronco endereza".
Al final reflexiono duramente sobre la consecuencia del artista con su obra. Tevo Díaz ha surfeado toda su existencia con el extremo de la realidad, jugando con ella como si fuera un elástico de billetes.
Sin duda que es un tipo consecuente. A lo mejor, demasiado consecuente.
ajenjoverde@hotmail.com

1.06.2006

El Hacha

En los momentos en que los lectores posen su vista en esta columna, mi novia Jacobé estará cruzando el Gran Charco y aterrizando nuevamente en Barcelona para seguir con su magister, mientras yo me quedo aquí en Valparaíso con mi dolor de ausencia y un hachazo de padre y señor mío, producto de las malditas fiestas de fin de año.
Los carretes son innumerables, por lo tanto nos concentraremos en lo que sucedió el 31 de diciembre. Ese peculiar día me desperté con un cañazo infernal producto de la excesiva ingesta de colemono con canela en los privados del Menzel y unas cervezas en una fuente de soda llamada Le Bagons (o algo así), ubicada en Pedro Montt . La tele cerebral comenzó a oscurecerse y realmente no puedo acordarme dónde siguió la parranda de término del Carnaval Cultural.
Anduve todo el 31 tomando jugo y pidiendo perdón, además de mentalizarme para enfrentar con buena cara el momento en que el reloj marcara las doce de la noche.
Una amiga que trabaja en el Consejo Nacional de la Cultura me invitó a pasar el Año Nuevo en la terraza del antiguo edificio de Correos. Después de cenar salmón relleno, con Jacobé partimos volando hasta el antiguo y remodelado recinto. Llegamos 10 minutos antes de que comenzaran los abrazos y unos vodka con Dark Dog lograron equilibrar mi vapuleado espíritu.
Nos abrazamos con los amigos de mi novia y partimos a una fiesta en el Terminal de Cruceros que nos había costado doce lucas. La gran movida del evento era su "barra libre ". Llegamos como a la 01.30 y logré abastecerme con un vodka con naranjita. A la hora siguiente era imposible obtener otro trago, salvo que te agarraras a garabatos con decenas de personas, incluyendo los pocos barman que atendían a la sedienta jauría. La fiesta, en conclusión, fue un verdadero fiasco y jamás hay que creer en las "barras libres".
La joyita de la fiesta era la carpa supuestamente electrónica, donde dos hip hoperos sacados de La Legua entonaban versos desafinados y sin gracia.
Jacobé me agarró de un ala y partimos al Cinzano, donde nos encontramos con nuestra verdadera esencia y bailamos bien apretaditos "En Mejillones yo tuve un amor...", que Carmencita Corena cantaba con su bella voz.
Ahí el barman Rodolfo me sirvió dos potentes vodka naranja, ya que no quería cambiar el switch alcohólico y la alegría me volvió al cuerpo. Había resucitado en mi Valparaíso querido, con mi gente querida, en un lugar cariñoso, amable, pero algo caro para emborracharse.
A las siete de la mañana salimos del local. El sol ya se desplegaba anunciando el primer día del año y las calles porteñas eran un espejo de las películas de George A. Romero.
Ahora me he quedado bastante solo y mi más fiel compañera, la resaca, acaricia mis neuronas y me incita a creer que el tiempo pasará volando. No me queda más opción que hacerle caso.

ajenjoverde@hotmail.com

1.02.2006

Cárcel y matrimonio


El famoso travesti Zuliana, junto a un grupo de amigos y amigas e integrantes del Conasida, celebran el fin de año en el Cinzano.
Son las nueve de la noche y el curioso colectivo de hombres con trajes de mujeres está bastante alegre. Bailan tango entre ellos, mientras el cantante Manuel Fuentealba los mira con curiosidad
y se rompe la garganta entonando "Volver".
Yo, junto a mi novia Jacobé, miramos la escena desde la barra y nos reímos ya que Buenos Aires es la ciudad invitada a los Carnavales Culturales y en uno de los bares más famosos de la
ciudad, dos travestidos se mandan el mejor espectáculo de esa
erótica danza urbana.
Al retornar a mi casa me encuentro con un paquete lleno de regalos navideños atrasados. Unas esposas recubiertas con felpa para no dañar las muñecas, un libro fotográfico sobre la historia del cine erótico, decenas de postales de Dalí, entre otras rarezas, eran parte del material que mi chica había logrado recolectar
en sus andanzas por Amsterdam y otras ciudades europeas.
Fuimos a la inauguración de los Carnavales Culturales, pero por no contar con la guía de actividades, llegamos muy temprano a la Plaza Sotomayor. Nos acompañaba mi hijo y terminamos en el
bar "Liberty", haciendo hora para escuchar a la Bandalismo.
El bar, como siempre, estaba lleno de los viejitos buenos para el vinagrillo barato. Había uno que tiritaba entero y que para poder ir al baño tenía que usar un andador. Los curaditos se
acercaban al niño y le tocaban el pelo. A mí me picaba el cuerpo, mientras que Jacobé se entristecía por el estado de los ancianos.
Después de tirar challa, bajarse unas latas de cerveza y observar un baile nortino, partimos hacia la calma hogareña. En el camino nos encontramos con Papito, el ex reo más famoso de Chile y que
actualmente es un artista de tomo y lomo de Valparaíso.
Papito toma aire, me queda mirando a los ojos, y me dice: "¡Choro, me caso en enero!" Nos abrazamos emocionados en la calle, mientras lo felicito efusivamente. Me cuenta que está planificando hacer
una fiesta en el centro cultural de la Ex Cárcel, donde trabaja desde hace años. Le propongo pasar unas diapositivas y pegarme una buena recitada como regalo de bodas.
Me imagino cómo será ese casamiento. Seguramente su amigo y transformista Alejandro Cid realizará esos shows inolvidables que hacen retroceder
al público al París de 1944. También llegarán sus antiguos compañeros de celda y toda la juventud que lo sigue como un extraño chamán urbano. El evento se pronostica bastante distorsionado y seguramente dará que hablar en las páginas sociales de la locura porteña.
Ahora me preparo para ir al Rockódromo, la actividad que más me gusta de estos Carnavales Culturales. Escuchar buena música al aire libre, con el solcito pegándote en la cara es algo que se agradece en estos tiempos de reggaetón y Kudai.
Al final "pasan los años, pasan los días y nos vamos poniendo tecnos" y uno, por porfía y buen gusto, siempre será siendo un inmaduro y feliz rockero.

12.23.2005

Aire libre


Para todos los viejitos que pasan la Navidad solos

Valparaíso nunca se ha destacado por ser una ciudad con lugares para beber al aire libre. En Viña del Mar están el Samoiedo y el Portal Alamos, además de otras instancias para tragar bebidas espirituosas, especialmente cerveza heladita, respirando oxígeno y sintiendo el viento en la cara.
Con la llegada de mi novia Jacobé desde Barcelona, tuve la imperiosa necesidad de buscar un lugar donde pudiéramos conversar, ponernos al día después de tres meses, pero que no fuera el típico bar porteño, con nubes de humo, viejitos curados y reggaetón por los parlantes.
Una semana antes, con un grupo de brothers, fuimos una tarde de domingo en busca de unos bajativos al Deck 00, en el Muelle Barón, sin embargo estaba cerrado. Terminamos tomando cerveza en una fuente de soda que se instaló en la entrada de este recinto turístico. El lugar es exquisito, ya que te sientas mirando el mar, bajo gigantes parasoles de lona, mientras una mesera trae cervezas de litro con vasos de vidrio sacados del congelador.
Con Jacobé nos tomamos unas latas y después el botellón de litro. Bastante chispeados decidimos ir a ver el partido de fútbol entre la Chile y la Católica, en el Moneda de Oro. El restaurante abrió sus puertas en forma extraordinaria un día domingo, sólo por la gran final.
Mozos de reemplazo, que desconocían a los habituales parroquianos, se encargaban de servir las mesas. Pedimos la tradicional botella de colemono, no obstante se había acabado y empezaron a cocinar en forma inmediata el lechoso caldo para abastecernos.
Seguimos filtrando cerveza, comiendo sanguchitos y papas fritas y rematando con un colemono bien heladito.
El hijo de una chica superpoderosa, que es mi ahijado adoptivo, me encontró en el bar. Es fanático de la "U" y se lanzó un grito de esperanza en el local, que estaba lleno de fanáticos azules. Todos corearon, pero de nada sirvió.
Al final llegamos a la casa bastante dañados y escuchando a Calamaro nos quedamos dormidos.
Durante la semana he vuelto a buscar el colemono del Moneda de Oro. Es como una pequeña cena en el viejo bar, donde observando al Kike Morandé por la pantalla y conversando con los viejos jugadores de dominó y brisca, las horas de soledad se hacen menos pesadas.
Todas esas visiones me hacen entender a los viejos que se gastan su mínima jubilación en puro vinito tinto. Estos seres humanos están solitos y encuentran en la calma de los bares y en la anestesia del licor, buenos momentos para esperar la hora en que los encerrarán en el cajón de madera.
Los bares son generalmente lugares de hombres solitarios, algo perdidos, que buscan detrás de una barra el cariño que muchas veces les fue ajeno en sus casas.
El año pasado celebré la Navidad en un bar, junto al escritor Víctor Rojas, pero eso ya es otra historia que verdaderamente me da pena relatarla. Que quede en la memoria no más.

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12.16.2005

No puedo cambiar


Hay veces en que uno sale a carretear motivado sólo por la costumbre. ¿Cómo me voy a quedar un miércoles en la noche viendo la tele si mañana es feriado?, me pregunté mientras me instalaba mi chaqueta y mis pies me llevaban hacia alguna barra conocida.
Sin tener un rumbo exacto llegué al Exodo, donde me mandé dos vodka naranja y charlaba monotemáticamente con mi brother, quien también se sentía un náufrago de la noche porteña. El tiempo se dejaba llevar tranquilamente hasta que aparecieron los integrantes de LuLú Jam, un grupo de pop radical, que canta cosas como "yo soy un chocolate bom/en un sushi bar/ karaoke de amor/ yo soy un chocolate con licor/ un caramelo amargo/ choco panda de amor".
El extraño grupo, y ocupo la palabra extraño porque no se me ocurre otra cosa, estaba conformado por un chino y dos chicas, una de las cuales había salido en el extinto programa televisivo "Panoramix", cuando Sergio Lagos profitaba de la palabra alternativo. La comitiva era seguida por un grupo de jovencitos, en su mayoría homosexuales, a quienes se les caía la baba viendo a sus ídolos. ¿Qué estamos haciendo aquí?, nos interrogamos y salimos arrancando del local.
Nos fuimos al Cinzano, donde seguimos dándole al vodka naranja hasta que el sueño nos invadió.
La semana pasó volando y llegaron las elecciones y la sequía abstemia a que nos vemos todos obligados. Fui a votar con mi hijo para enseñarle qué significa la democracia. Nos metimos los dos a la cámara secreta y le dije: "Ahora agarra el lápiz y marca la raya en nuestro candidato". El pequeño se mandó la media raya y pasó a llevar dos nombres. Con el dedo empecé a borrar la línea que no correspondía, mientras algunos silbidos de votantes apurados me colocaban algo nervioso. Al final terminé doblando los votos, que quedaron como verdaderos repollos, y apenas pudieron pasar por la ranura de la urna. Los apoderados le entintaron el dedo a mi hijo y los dos salimos contentos, con el deber cívico cumplido. En la casa nos esperaba un programa doble de lujo: "Charlie y la fábrica de chocolates" para él y "Sin City" para mí. Las dos películas ya las habíamos visto, pero valía la pena una revisión en la calma hogareña.
Después de haber pasado el fin de semana bastante tranquilo, me sobrevino un peculiar nerviosismo que tenía su origen en la falta de carrete. ¿Qué pasaría en Chile si cerraran las botillerías durante sólo tres días? Estoy seguro que las clínicas siquiátricas no darían abasto.
Gracias a los dioses, la dueña del Caruso me invitó al primer cumpleaños del restaurante. Tomé los mejores pisco sours de la ciudad, comí cinco tipos de ceviches y tiraditos distintos y me metí vino del bueno, como un verdadero mono del zoo.
Al final, como dice Calamaro: "Me entrego al vino porque el mundo me hizo así y no puedo cambiar...". Punto y final.

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12.09.2005

Tomando La Floripondio


A Fritz, Macha , Tuto y Toto. Por esos años locos.

El Macha, líder y vocalista de LaFloripondio, se percata de mi presencia a un costado del escenario del Teatro Mauri. Está vestido sólo con un calzoncillo y en la cabeza lleva un gorro playero. Avanza, se agacha, y me pasa el micrófono para que grite algo al público rockero. Recito un par de frases de un poema y todos se ríen. La fiesta continúa.
La escena anterior corresponde al recital de La Patogallina Saunmachín y La Floripondio, que la semana pasada estremeció a Valparaíso. Toda la historia comenzó, como ya es una tradición, en el restaurante Caruso. Dos botellas de J. Bouchon Sauvignon Blanc, junto a mi brother médico, nos lanzaron al hiperespacio de una noche de juerga que estuvo bastante dura.
Llamamos a nuestro taxista amigo, el señor Maureira, quien nos trasladó desde el restaurante hasta el Teatro Mauri. Una petaca de ron Bacardi fue comprada en una botillería e introducida al recital. Yo llevaba orgulloso mi polera de los Patogallina musicales, que la baterista y la tecladista me habían regalado como agradecimiento por haber dormido en mi casa.
El recital ya había empezado y El Caleidoscopista, con un saco de plumas de gallina blanca, se paseaba por el escenario lanzándolas al público. La gente bailaba tranquila, mientras el vocalista de la Saunmachín gritaba fuertes consignas políticas.
Después salió LaFloripondio, el plato fuerte de la noche. El público danzó y cantó como siempre, demostrando que este grupo ya está arraigado en el alma del carretero porteño.

Conozco a estos músicos desde hace más de diez años. Fui testigo de sus primeras tocatas, cuando El Macha imitaba a Luca Prodan y el virtuoso guitarrista Toto Alvarez apenas se sostenía en el escenario e insultaba a los integrantes y al público en una locura alcohólica juvenil y desenfadada. Junto a mi grupo de punk, Lakaña Rock, los acompañamos por una gira hacia Concepción. Tomamos la micro en Viña del Mar y antes de pasar por Santiago ya nos querían echar por ruidosos, molestos y faltos de respeto.
Tocamos en una discoteca penquista llamada Havana Club y la fiesta terminó con la llegada de carabineros y los integrantes de Machuca presos.
Después LaFloripondio comenzó a cambiar. El Toto fue expulsado por mala conducta y la música tuvo un giro inesperado hacia la cumbia y la pachanga. Eran los nuevos tiempos, donde el mensaje de "yo no los elegí y ellos no me eligieron" se diluía entre bailes de monos y zungas latinas.
Uno de los integrantes más serios es el bajista Tuto, alto y siempre muy amigable. Todavía recuerdo que junto al Macha me robaron una polera con el rostro de Luca Prodan. Yo la di por perdida y luego lo vi en la tele con la camiseta puesta. También está Fritz, el baterista, quien es conocido como "El Excelente". Su rostro chinesco y su parada de galán latino frente a las minas siempre causa mucha risa.
El recital en el Mauri llegó a su esplendor con toda la masa bailando sobre el escenario, mientras El Macha se bajaba los calzoncillos y les mostraba el poto a los presentes. Todo un final clásico de esta banda de Villa Alemana.

El sábado desperté con la ropa puesta y sólo la frazada de la cama encima del cuerpo, símbolo de un carrete poderoso. Me duché y me fui a cortar el pelo a Viña del Mar. Pasé a saludar a mi amiga fotocopiadora y me convidó a beber unas latas de cerveza.
Fuimos a comer un menú al Margarita de calle Quinta y rematamos en el segundo piso del Portal Alamos tomando ron a las cinco de la tarde junto a su novio fotógrafo, que cada cinco minutos sacaba una petaca de Araucano y la besaba nerviosamente.
Bastante dañado tomé el flamante nuevo metro regional y entre el ensueño etílico me sumergí en las profundidaes subterráneas de la ciudad y de mis recuerdos.

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12.02.2005

Activando la militancia



A Jani y Cecilia, músicos de La Patogallina

El colectivo La Patogallina anunció su llegada a Valparaíso y como un buen militante de su célula porteña me puse a su completa disposición y me preparé para vivir una semana diferente y muy entretenida.
El jueves llegaron los dos primeros regalos a mi casa: la baterista y la tecladista del grupo se quedarían en mi hogar durante cinco días. Las recibí a las once de la noche, les conversé por algunos minutos y me despedí.
La primera misión específica ocurrió el viernes. La baterista, que también es saxofonista y cantante, me pidió que la ayudara a instalar carteles y a repartir panfletos de una tocata que tendrán hoy en el Teatro Mauri. Así, junto a El Caleidoscopista y otros patogallinos, nos lanzamos a una pegatina carretera que nos dejó bastante dañados. A las cinco de la mañana nos estaban echando del Exodo, mientras yo le colocaba un flyer en el tobillo a una maniquí de adorno y me tragaba la última piscolita.
El sábado tuve que dejarlas solas ya que me largué temprano a un cumpleaños en La Cruz, con asado y piscina que me dejó agotado.
El domingo fui a ayudarlos en el montaje de la obra de teatro "1907: El año de la flor negra". Mi misión fue ser guardia de seguridad en el sector de los músicos. Al empezar la obra un desagradable curadito empezó a proferir groserías. Yo, que jamás le he pegado un puñete a nadie, me instalé frente a él y miré al cielo. El borrachín quería seguir haciendo escándalo y al final llegó un amigo de Papito, quien sabiamente le dijo unas palabras en la oreja que lo dejaron inmovilizado durante toda la obra. Después apareció un grupo de carabineros que intentaron detener la obra, ya que buscaban a una persona en forma urgente. Hacerlos entender que paralizar el montaje era una cosa imposible fue una tarea titánica, desgastadora, pero que finalmente se logró.
Otra labor que se me asignó esa noche fue preparar el asado para después de la función. Junto a otros militantes armamos el fuego y entre vinito y vinito relatábamos las diversas visicitudes que habíamos enfrentado en el montaje. El asado estuvo rebueno y nuevamente terminamos como a las cinco de la mañana.
El lunes almorzamos con las chicas musicales. Les preparé palta rellena con camarón, champiñón con queso y unas machas a la parmesana, que por la excesiva conversa y el sabor del vino blanco helado, se quemaron. Igual fueron saboreadas.
En la noche fui nuevamente convocado como guardia. Hubo que detener a curaditos y escandalosos peleadores. El frío logró que terminada la función partiera corriendo a mi casa y no pudiera apoyarlos en desmontar toda la estructura de la compleja obra teatral.
El martes me levanté temprano y partí a trabajar todo el día. Les dejé una carta de despedida y cuando llegué encontré varios regalos. Las muchachas me habían dejado una polera de La Patogallina Saun Machín, un vinito Misiones de Rengo de cruz plateada, una flor negra de papel y madera, que inmediatamente colgué en mi living, y una hermosa carta.
"Gracias por tu casa, tu música, tus libros, tu risota, tus ojos cara de loco. Espero que nos veamos pronto y gracias también por el vino, las machas quemadas y las conversas... Fue bueno conocerte", rezaba el papel.
Gracias a ustedes y a toda La Patogallina por su frescura y genialidad.
Muchas gracias por hacer lo que hacen.

ajenjoverde@hotmail.com
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11.25.2005

Felicidad electrónica


A los organizadores de Earthdance 2005

Hay experiencias en la vida que a uno lo dejan pegado, transmitiendo
durante días y pensando en el dulce recuerdo de un pasado hermoso.
Así estoy después de haber vivido junto a mi hijo Earthdance
2005, una fiesta de tres días de duración, donde la música electrónica
resonó sin parar en medio de un paradisíaco bosque con río incluido
y con gente muy loca y buena onda.

Había participado antes de fiestas que duraban toda una noche
y más, sin embargo estar 72 horas bajo el hipnotizador sonido
electrónico es bastante raro y convierte la experiencia en algo
alienígena, muy diferente a todo lo que uno está a-costumbrado.

Salimos el viernes en la tarde desde mi casa. Yo parecía un ekeko:
mochila llena de comida adelante, mochila con dos sacos de dormir
y ropa en la espalda, una carpa en la mano izquierda y la manito
de mi hijo en la otra. Así llegué a Santiago, tomé un metro,
atravesé el Persa Estación Central y logré ubicarme en la micro
que se dirigía hacia Isla de Maipo. Estaba reventado y mi espalda
se cuestionaba si valía la pena tanto sacrificio.

Atravesamos Calera de Tango y Lonquén, ese mítico lugar donde
en la década del 70 aparecieron los primeros ejecutados políticos
en un horno. Después apareció Isla de Maipo, que era un pueblito
como gobernado por Los Quincheros y finalmente el cruce hacia
Earthdance.

Caminé 500 metros y me pidieron la entrada, que me había costado
21.600 pesos, varias veces en el camino. Después el ticket fue
cortado y me dieron una pulsera de papel plástico y colores fosforescentes,
bajo la estricta advertencia de que tenía que tenerla puesta
los tres días. Pasé la revisión de mochilas rápidamente ya que
le dije al guardia: "vengo con un niño". La frase me abrió las
puertas de seguridad y el vodka Stolichnaya metido en el saco
respiró tranquilo.

La música ya se escuchaba fuerte. Cientos de carpas se extendían
por un bosque. Atravesamos un par de puentes y encontramos nuestro
sitio, al lado de un riachuelo. El lugar era perfecto para acampar,
sin zancudos y con el piso lleno de una capa de blando pastito.
La ansiedad me hizo levantar el iglú en cinco segundos y partí
a recorrer el área. Primero entramos al escenario principal,
que era una burbuja blanca gigante en un prado verde. Eran las
siete de la tarde y unos 500 jóvenes danzaban totalmente transportados
por el sonido. Mi hijo, tapándose los oídos, me reclamó la violencia
de los parlantes. Ahí saqué mis tapones de silicona y se los
puse en cada oreja. Su cara cambió. Había aprendido ese truco
en 1998, en una fiesta rave en Zurich, con 500 mil personas.
Todos llevaban esos taponcitos de colores.

Seguimos caminando y llegamos a una carpa llamada "hongos mágicos".
Ahí podías fumar tabacos de sabores extraños en pipas árabes.
Todos los jóvenes descansaban en sillones de moderno diseño y
en sus ojos había una profundidad misteriosa, abisal, ya conocida.
Había un restaurante liderado por los Hare Krishna y otro donde
almorzaba merluza frita con ensalada por tres luquitas. Las piscinas
eran espectaculares, ya que 2 eran con agua natural del río.
Mi hijo tenía una piscina para él solo y se bañó hasta quedar
con sus palmas arrugadas durante los tres días. También estaba
la sección "el mundo de los niños", donde había surtidores de
agua y juegos.

En las tardes podías optar por masajes, reiki y otras cosas esotéricas
que no me interesaban. En las noches nos acostábamos temprano
y el suelo retumbaba con el poder de los parlantes. Los tapones
y el vodka me permitían invocar a Morfeo.

Una de las imágenes que más tengo incrustada en mis neuronas
es la presencia de una jovencita. En su espalda tenía tatuadas
dos alas negras, tremendas, impactantes. "Mira papá, es un ángel".
"Sí", le contesté a mi hijo, asumiendo que me encontraba en un
cielo infernal, lleno de gente ultra tolerante y tranquila. Pensé
en tatuarme dos alas y convertirme también en un ángel rebelde.

El domingo llegaron los bomberos y con sus mangueras mojaron
a los danzantes. Mi hijo bailaba contento y lo pude ver tan feliz,
que las lágrimas de alegría se me camuflaron con el sudor y el
agua.
La fiesta había terminado.

ajenjoverde@hotmail.com

11.21.2005

Camino al baile de la tierra


"Llueve sobre la ciudad, porque te fuiste ya no queda nada más. Llueve sobre la ciudad y te perdiste junto a mi felicidad"
Los Bunker

Armar una carpa dentro de una casa es algo extraño, pero es el
único método que tengo para probar que el iglú tenga todas sus
piezas: cordeles, fierritos, varas y ningún orificio extraño.
Tengo que asegurarme que soy capaz de armarla sólo con la ayuda
de mi hijo de cinco años, quien será mi acompañante en Earthdance,
una fiesta por la paz mundial y la música electrónica de tres
días de duración en la Isla de Maipo, en Santiago.

Esta es como la octava versión de esta curiosa fiesta que parte
hoy y es la primera vez que asisto. Sólo tengo algunas versiones
distorsionadas de amigas que han participado, además de la página
web (www.earthdance.cl) que muestra un lugar bastante paradisíaco.
Sólo la idea de acampar para mí ya es bastante freak. El tener
que dormir en un lugar sin televisión, videograbadora y dvd,
será una experiencia casi traumática para mi hijo y yo. Pienso
que a las diez de la noche caeremos en una crisis epiléptica.
Ojalá que no y estoy seguro que los organizadores de la fiesta
deben tener entretenciones visuales para los adictos a los rayos
catódicos.

Siempre las experiencias de campamento son divertidas. En la
juventud están asociadas a la libertad absoluta, sin padres,
sin profesores. Sólo los amigos y las amigas.
Durante varios años acampé en Bahía Inglesa, donde la playa Las
Machas nos acogía cariñosamente sin pagar un peso. Nuestra época
preferida eran las vacaciones de invierno. Armábamos la endeble
casa y nos largábamos a carretear por horas. Llegaban santiaguinas
de otras carpas y con guitarra en mano y decenas de botellas
de cerveza, vino y pisco, la noche se hacía eterna. Eramos hippies
que podíamos cantar una canción de Silvio Rodríguez, Sui Generis,
Slayer y Ozzy, sin caer en ninguna contradicción vital.

Uno de los problemas más frecuentes de la carpa es el baño. En
Bahía Inglesa ocupábamos el del camping oficial. Entrábamos por
la puerta principal, toalla y caluga de shampoo en una mano,
y con cara de que éramos turistas que acampábamos en ese caro
lugar, nos duchábamos y usábamos la querida taza del water.

En el colegio, y asistiendo a unos campamentos de formación en
Colliguay, la situación se tornaba más compleja. Había que hacer
las necesidades básicas en letrinas inmundas o a campo traviesa.
Una vez nos escondimos en la letrina y le tomamos fotos a todos
los compañeros en cuclillas. Los curitas, que sobrevigilaban
el campamento, me quitaron y velaron el rollo de la cámara.
Otra noche de broma salimos y a la carpa del frente le cortamos
todos los vientos. Se vino al suelo, mientras cinco amigos dormían
plácidamente. Durante varios días mantuvimos el secreto hasta
que una de las víctimas se vengó radicalmente. Nos levantamos
y nos encontramos con una bola de caca en la entrada. Los chistositos
habían ocupado de letrina la puerta y como la carpa era mía,
tuve que limpiar rodeado de risas y vergüenza.

Ahora, después de muchos años, vuelvo a acampar. Ahora con un
hijo, más cansado, más carreteado; pero con mucha más experiencia
que la gran mayoría de jovencitos y jovencitas que estarán bailando
frenética y compulsivamente por tres días.

ajenjoverde@hotmail.com