9.08.2008

El Señor del Choripán


Por Ajenjo

Generalmente, cuando se termina un asado de amigos, siempre sobran cosas: ensaladas, pollo, carne o vino.
Fue precisamente con esas sobras que se nos ocurrió ver el final de “El Señor de la Querencia” en mi casa, junto aun grupo de socios que quería pasarlo bien por un rato.
Lo único que había quedado de la fiesta en Peñuelas era un gran paquete de chorizos y decidimos hacer un choripanada gigante, y de esta manera observar cómo el villano mataba y mataba gente.
Las mujeres presentes eran las más interesadas en la exitosa teleserie, pero cuando empezó el último capítulo y apagamos la luz de la cocina, nos dimos cuenta de que había varios amigos que se sabían al dedillo el argumento del culebrón criollo.
Entre cervezas y vinos, el señor de la querencia eliminaba a sus adversarios con la vista totalmente perdida en la sangre y yo aprovechaba las tandas comerciales para meter pan batido en el horno y acomodar los chorizos en la parrilla eléctrica.
Esto de juntarse a comer y chupar reunidos en torno a la televisión es algo que mi generación tiene en los genes. Recuerdo cuando era muy pequeño y me despertaban para observar peleas de Martín Vargas en exóticos países orientales. Mi padre, amante del box, nos ordenaba frente al televisor y realizaba una larga ceremonia de preparación. Sólo bastaban algunos segundos para que el púgil chileno cayera al suelo inconsciente y todo el proceso se derrumbaba en forma inmediata y había que volver a la cama con la boca amarga .
Los partidos de fútbol, especialmente los de la selección chilena, son un clásico para todos y muchos se reúnen en torno a la parrilla para mirar como, generalmente, golean a los muchachos.
Ahora es una teleserie, protagonizada por un súper sicópata, que nos tiene con un choripán con mayonesa en una mano y un vaso con vodka en la otra.
Al terminar todos opinan. “Que fue poco creíble”, “que se les pasó la mano con los asesinatos”, “que lo deberían haber torturado”. La charla prosigue y prosigue, mientras los embutidos siguen emitiendo su chirrido y la gente come y come y bebe y bebe.
Son los nuevos tiempos, donde los amigos se juntan y comparten amistosamente, gracias a un sicópata latifundista ardiente de sangre y sexo.


ajenjoverde@hotmail.com

9.04.2008

La reingeniería del Danubio Azul

Me llega un correo electrónico del actor transformista Alejandro Cid invitándome para un evento en el renovado Danubio Azul, de la calle Esmeralda, en Valparaíso.
Ya había escrito algunas líneas sobre el cambio que estaba sufriendo esta fuente de soda, que luego de una profunda manito de gato, donde el verde pistacho se tomó el lugar, ahora es un “restobar”.
El asunto es que llegué al Danubio Azul y una niña me cobró mil pesos de entrada, con derecho a un trago, para tener acceso al tercer piso del nuevo pub.
Al llegar me encontré con unos amigos y nos sentamos en unos taburetes a la espera del show. El transformista Cid salió vestido de mujer (la media novedad) y se sentó. Luego habló algunas cosas relacionadas con un feriado religioso y eso fue todo.
¿Qué onda?, nos preguntamos. Para variar yo estaba bajo el influjo del ron con bebida energizante y no me quedó otra que tomar la batuta del espectáculo y me puse a contar historias de ciencia ficción mística, además de recitar el único poema que tengo en mi agujereada memoria. En síntesis: empecé a dar jugo y del bueno.
Después la gente me aplaudió y me quedé callado, pidiendo otro roncito al mozo, mientras en mi interior una voz, relacionada con la vergüenza y la adultez, me decía que dejara de andar siempre pintando el mono.
El asunto es que pusieron música y se largó una fiesta. No había mucha gente pero el ánimo era bueno.
Creo que este local tiene todo para poder convertirse en un clásico de la noche porteña. Tiene tres pisos para crear varios ambientes y realizar todo tipo de actividades culturales. Su dueño tiene el ánimo por delante y debemos apoyarlo, ya que proyecta una buena onda, alejada completamente de los locales de reggaetón o de falsos artistas santiaguinos.
Ojalá que se llevaran a cabo actos artísticos un poco más complejos que el del feriado pasado. Yo vi a Alejandro Cid descendiendo en una tina llena de espuma en el medio del Teatro Mauri, impactando al público. Eso es lo que nuevamente queremos ver.
Y no estoy hablando de una nostalgia chabacana onda “todo lo pasado fue mejor”, sino que retomar la fuerza y la chispa que una vez estuvo presente en todos nosotros y que por el tiempo, los golpes de la vida, el deterioro físico y mental, a veces se apaga.
Todo piloto de califont puede volver a prenderse.

8.22.2008

Paraíso en Peñuelas


Valparaíso siempre ha sido una ciudad donde no existen las áreas verdes, los parques o jardines botánicos, donde uno pueda salirse del estrés de la urbe y respirar, sino que siempre hay que estar inserto en los cerros o el plan.
Hace poco celebramos el cumpleaños de mi brother fotógrafo y lo mejor fue hacer un paseo a Peñuelas, ese lago que muchos porteños sólo conocen por la ventana de los autos y las micros, cuando viajan a Chantiasco.
La llegada es bastante complicada ya que hay letreros en la ruta que anuncian Peñuelas, que es un mínimo caserío, y lo que uno verdaderamente busca es una reserva nacional.
Al final hay que pagar luca quinientos y uno tiene acceso a unas mesas y un lugar para hacer asados, con una vista espectacular, que me recuerda las postales que algunas vez el gráfico Tomate me envió desde Canadá.
El grupo comenzó a llegar desde las doce del día. Destapamos las tradicionales latitas de cerveza para comenzar la anestesia cerebral que estuvo acompañado de pollito, choripanes, carne y otras menudencias.
Los niños corrían por el pasto y visitaban la orilla del lago donde cientos de peces celebraban la crecida del agua.
Yo, insuflado por el quinto vaso de vino, agarré una pelota de fútbol y me transformé en un deportista amateur. Los niños lloraban de la risa, ya que agarraba el balón y no pasaban más de cinco segundos que estaba masticando pasto en el suelo. Mis pantalones quedaron verdes y recordé momentos de infancia, en que mi madre se apestaba porque tenía que sacar esa tintura verde de la ropa.
Después me tomé unos vasos de ron e invitamos a los niños a una excursión por el bosque de Peñuelas.
Para lo’s pequeños, que viven pegados a las pantallas, una aventura de este tipo es magnífica. Encontramos unos hongos gigantes, con un hoyo en el medio, que al tocarlos con un palo expulsaban una nube rojiza que invadía mágicamente el ambiente.
Cruzamos charcos y algunas acequias, nos perdimos, nos hicimos heridas con ramas secas, en el fondo fuimos muy felices.
Al retorno de la expedición me tenían un nuevo y refrescante vaso de ron. Eran las cinco de la tarde y el frío comenzó a bajar en el parque.
Nos retiramos con una gran sonrisota en la cara, con promesas de un pronto retorno ya que descubrimos que tenemos un paraíso a sólo 20 minutos de Valparaíso y no lo estábamos aprovechando para nada.

8.18.2008

Las antropólogas y Juana Fe


por Ajenjo


Estoy herido de guerra. No puedo apoyar mi pie derecho por los intensos ataques de gota, mi mente está dañada y mi cuerpo terriblemente resentido.
Las culpables de mi grave situación son cuatro jóvenes antropólogas santiaguinas, que llegaron este fin de semana para que les mostrara parte de la mítica bohemia porteña.
Me invitaron a un departamento a comer pizza, mientras me daban cerveza, vino, daiquiri (un trago de ron con jugo de frambuesa) y otros elíxires.
¿A dónde voy con cuatro antropólogas de 21 años?, me preguntaba mientras el calor de los licores recorría mis venas.
Mientras reflexionaba sonó mi celular. Era Dióscoro Rojas que me avisaba que el grupo Juana Fe, después de su actuación en el Teatro Municipal, se iría a carretear a su restaurante.
"Ya chiquillas, les tengo el tremendo panorama: serán las grupies de los músicos de Juana Fe". El grupo de bellas muchachas se rió a mandíbula batiente y partimos en una micro rumbo al Primer Ascensor a la Luna. En el bus las alcohólicas antropólogas sacaron una botella de plástico llena de ron y Coca Cola. "Es que hace mucho frío", me dijeron, mientras se empinaban el líquido.
Dióscoro estaba con algunos de los Juana Fe, quienes dichosos se pusieron a conversar con las jovenzuelas. Los músico salieron al escenario y todos cantábamos "lleve de lo bueno, lleve de lo bueno..."
Nos zampamos dos jarras de terremoto, ese combinado que actúa como un borrador neuronal y seguimos la fiesta en El Huevo, donde nos invitaron los músicos pachangueros.
Las antropólogas bailaban como si el mundo se fuera a acabar. Estábamos en una sala de música ochentera y yo encontré una barra donde me vendían los medios shop a mil pesos.
A las cinco de la mañana la fiesta paró. Yo bailaba reggaetón con dos de las antropólogas y retorné a mi casa sin sentir las heridas físicas y mentales que posteriormente me acosarían toda la semana.
Las antropólogas volvieron a a las 10 de la mañana a su departamento. Por lo que supe terminaron en un "after hour" e incluso unas hasta les robaron algunos besos a los Juana Fe.
Ahora estoy un poco arrepentido de haberme metido en la "juguera del carrete". Ya no tengo 21 años, pero tampoco tengo la capacidad para frenar las ganas de seguir la juerga . ¿Qué puedo hacer?


ajenjoverde@hotmail.com

8.11.2008

Los Fans de Ajenjo

Por Ajenjo

Estoy en mi casa... Perdón, comenzaré de nuevo. Estoy en el Moneda de Oro (mi verdadero hogar), sentado junto a mi brother oftalmólogo, cuando se acerca un joven a nuestra mesa.
“Perdón , ¿es usted Ajenjo?”
Lo miro algo extrañado y muevo la cabeza en forma de afirmación.
El muchacho extiende su mano y me pregunta si puede sentarse unos minutos con nosotros. Yo no le pongo ningún obstáculo, mientras él acomoda su silla y aprovecha de llamar a un socio que estaba sentado en una mesa vecina.
“Estamos tomando cola de mono ya que la recomendó tanto en su columna que siempre estamos leyendo”, me dice.
Le presento a mi brother médico, al que ya conocían literariamente. Ellos me explican que son estudiantes de sicología (parece) de la Universidad Arcis y que hace meses que querían llegar a este bar y conocerme personalmente.
Hablamos sobre el licor Ajenjo y sus propiedades y después comenzó un partido de fútbol y les pedimos a los muchachos que si podíamos interrumpir la conversa, ya que nosotros estábamos interesados en ver el encuentro.
Los jóvenes se despidieron y emigraron a su mesa a seguir bebiendo el lechoso licor, mientras nosotros levantábamos los vasos con ron y Coca Cola, como un signo de una incipiente amistad.
Los jóvenes se fueron del bar y se acercó el mozo Fernando, quien me explicó que los estudiantes habían llegado preguntando por Ajenjo, y él había decidió revelar mi identidad física cuando ingresé al local.
“Los jóvenes eran buena gente, pero a veces hay gente más penca, por lo tanto, si es que esto llega de nuevo a suceder, avísame antes de apuntarme con el dedo”, le digo en forma precavida, recordando los primeros años de esta columna, cuando la famosa dueña de una discoteca bisexual llegó hasta la redacción del diario, junto a un abogado, pidiendo que le revelaran la identidad de Ajenjo.
Obviamente nadie la pescó.
No puedo mentir y no puedo mentirles. Después que los jóvenes se retiraron, el ego que siempre estoy tratando a patadas y combos, me quedó un poco hinchado.
¡Pucha que es necesario que a veces sucedan este tipo de cosas ! Es que en este país lo malo te lo refriegan en la cara con placer, mientras los triunfos o las cosas buenas que suceden se integran a una envidia a enfermiza y galopante.
Vuelvan cabros al bar a conversar. Hay muchas cosas de que hablar y cientos de vasos de cerveza y ron que bajar.
¡Muchas gracias!


8.03.2008

No más cumpleaños


Por Ajenjo


“Chuata, se me olvido la torta”, me dice mi novia en el bar Moneda de Oro, donde estaba celebrando mi cumpleaños número 39 con mis mejores amigos, además de dos parrilladas llenas de chunchules, prietas y carnes de todo tipo.
Yo le puse cara de pena, ya que una cumpleaños sin pastel no tiene ninguna gracia, sin embargo, todo se solucionó con la creatividad del cocinero, quien en un gran pan amasado, decorado con ketchup, mayonesa y mostaza, puso algunas velitas, mientras me cantaban la tradicional musiquilla del festejado.
La mesa era larga y yo tenía que ir a sentarme con cada invitado, como un buen anfitrión, y meterle conversa. Mis amigos, como una ofrenda cumpleañera, me rellenaban mi vaso con sus rones, por lo tanto siempre el dorado licor cubano me acompañó gratamente en la noche.
La gente conversaba y conversaba mientras le hincaba el diente a su chunchules o a su pedazo de pollo. Algunos emitían brindis en mi honor, pero la modulación era bastante extraña. El dueño del bar, en un gesto muy hermoso, destapó una botella de champaña y la sirvió en copas, que alegraron todavía más la regada velada cumpleañera.
Al otro día, con los chunchules saltando sombre mi estómago y el ron, el vino y la champaña azotando mi cabeza con su recuerdo amargo, no valía ni un peso y me fui a Santiago, donde me esperaba otra celebración.
Aquí mi nueva suegra, con sus amigos brasileños, me prepararon una exquisita feijoada. El almuerzo empezó a las dos de la tarde y terminó a las dos de la mañana, mientras algunos bailaban cueca y otros realizaba una interesante exposición sobre Walt Disney y la mejor forma de cocinar huevos de pescado.
Al final de la semana ya no me podía mover y decididamente no quería más celebraciones, sólo descansar y comer zanahoria rallada fina.
Ahora, con el cuerpo sano y salvo, sueño con mi celebración de los 40 años. Una micro recogerá a los 36 invitados, quienes cantando odas a la alegría y felicidad eterna, se bajarán en un balneario costero, donde tomaremos vino en la playa y reiremos por horas. Luego el chofer nos traerá de vuelta a Valparaíso, donde la celebración seguirá y seguirá sin parar.
¿Llegaré a los 40? En realidad no lo sé, pero lo que verdaderamente me interesa ahora es prender la tele y sumergirme en las imágenes de “El Señor de la Querencia”, quien se ha convertido en mi sicópata admirado y preferido. ¿Lo invitaré a subirse a la micro?


ajenjoverde@hotmail.com

7.29.2008

Adorando a Baco en Maitencillo


¿Habrá algún lugar más hermoso para comer machas a la parmesana que la terraza del Chiringuito, en Zapallar? Sinceramente no lo creo y tuve la oportunidad de experimentar esa sensación en una semana de estadía en Maitencillo, donde me relajé haciendo dolorosos sacrificios al dios Baco.
Partí comiendo empanadas de macha queso en "Las Deliciosas", en Concón, que se convirtió en una introducción gastronómica que explotaría en los próximos días.
Llegué a Maitencillo y me preparé para recibir a mi brother fotógrafo, que junto a su novia y mi hijo, se convirtieron en cómplices de esta aventura que nos dejó a todos con el ombligo parado, tocando batería y peinados para atrás.
Una tarde partimos a conocer el bello Papudo y a comer empanadas de ostión queso. Después la parada en el "Chiringuito", donde nos zampamos machas a la parmesana y unos locos , mientras las gaviotas y pelícanos se lanzaban al ataque. La vista es una de las más hermosas de Chile y comer en ese lugar se convierte en una experiencia sobrenatural.
En la noche llegó mi novia, quien también exigía ingresar al culto de Baco. Se comió unas machas al librillo en el restaurante de La Caleta de Maitencillo y nos preparamos para el segundo round.
Al otro día conocimos el restaurante chileno "Caballito de palo", ubicado en Puchuncaví. Pastel de choclo, lomo vetado y empanadas fueron parte del menú. Al final nos trajeron unos bajativos de menta que le llamaron mucho la atención a mi hijo. El mozo, alertado por la curiosidad, le consiguió una copa de granadina, para que también pudiera brindar con ese grupo de simpáticos locos.
El último día fue el remate de oro. Mos sentamos en una mesa del restaurante Punta Mai, ubicado en Maitencillo, y me comí dos platos de erizos que me dejaron pensando por mucho rato.
En ese local sirven las machas a la parmesana en unos calientes platos de greda y los chupes de loco son mezclados con queso, convirtiendo todo en una grata experiencia culinaria.
En ese restaurante nos pilló una lluvia dominguera, pero las salamandras encendidas permitían a los comensales andar con polera y mirar como el mar se juntaba con el cielo.
De retorno a Valparaíso pienso en el paraíso que tenemos a sólo una hora de viaje y creo que cuando el cuerpo y la mente quieran jubilarse, el mejor lugar para ver las últimos años de realidad podría ser esta zona costera.
¡Y viva Baco y todos sus seguidores!




7.22.2008

Perro muerto


Por Ajenjo

Tengo un amigo que en los tiempos del colegio se jactaba por ser un experto en hacer “perro muerto”, que consiste en pedir para beber y comer en un lugar y después esfumarse sin pagar.
Nosotros le decíamos que lo que estaba cometiendo era un delito grave y que para más remate era el garzón quien tenía que pagar la cuenta. “Un día te van a meter preso por gil”, le repetíamos a coro.
La primera vez que nos hizo una de sus gracias fue en el ya extinto Liguria de Viña del Mar. Muy pocos se acuerdan que el ya mítico local santiaguino trató de instalar una sucursal en plena Avenida Valparaíso y le fue como las reverendas. Fue en ese Liguria que estábamos con mi amigo y otros socios de carrete y yo me levanté al baño. Al volver no había nadie en la mesa. Me vino un ataque de nervios y lentamente me asomé a la salida y alcancé a ver a mis amigos correr como locos y perderse en una esquina. Apenas tenía para pagar mi cuenta y también salí corriendo y nunca miré atrás.
Al rato nos encontramos todos en los juegos electrónicos Delta que estaban instalados en la calle Quinta y empapelé a garabatos al líder del “perro muerto”. Traté de aconsejarlos de volver y pagar la cuenta, pero todos estaban bastante asustados y calabaza, calabaza, todos se fueron para la casa.
La segunda y última vez que salí con este tipo fuimos a comer chorrillanas al J. Cruz Martínez. Al parecer el experto en “perros muertos” ya conocía el local y nos sentamos al lado de una ventana que daba al oscuro pasillo por donde se accede al restaurante. Como buenos viñamarinos llegábamos al Puerto en busca de exóticas aventuras y siempre, en las primeras veces, te llevaban a comer a este living-museo.
Pedimos harto vino y chorrillanas. Mi amigo se pidió unos rones con coca cola e invitó al grupo a pedir el bajativo que quisiéramos. Todos bebían de lo lindo, pensando que mi amigo era un alma millonaria y generosa. Toda la ilusión se rompió cuando a la hora de pedir la cuenta el tipo abrió la ventana y saltó hacia el pasillo en menos de un micro segundo. Todos quedamos impactados con la escena y el mozo llegó a preguntarnos por la extraña actitud de nuestro socio. A regañadientes juntamos moneda tras moneda y pagamos la abultada cuenta que nos dejó nuestro ex amigo.
Ahora, con la calma y prudencia que entrega la distancia temporal, me dan risa muchas de esas situaciones, sin embargo, nuestro amigo era un “barsa” de tamaño mayor y que ahora está con graves problemas económicos, con juicios por cheques rebotados y toda la mala experiencia del que vive sin tener ni uno en los bolsillos. “Árbol que nace torcido jamás se endereza”. La pura y santa verdad.

ajenjoverde@hotmail.com

7.18.2008

Aznar y las Sex and the City


Hace más de cuatro años escribí una columna llamada “Aznar el antirockero”, donde describía un encuentro con este gran músico argentino en el Cinzano.
Ahora la historia vuelve a repetirse y nuevamente me encontré con Pedrito, a quien le pinté un poco el mono debido a la emoción y las copas de una noche más de agitada bohemia porteña.
Ese sábado andaba con mi novia y tres amigas santiaguinas que eran las clones de las Sex and the City. Las cuatro muchachas caminaban por las calles del cerro Bellavista y las confundían con “europeas” por su belleza y su áurea de cuicas buena onda.
Mi amiga productora me avisó que Pedrito Aznar, junto a sus amigos, visitaría primero el restaurante Caruso y luego el Cinzano, donde realizaría un homenaje a Carmen Corena.
Les avisé a las Sex and the City, y una de ellas me encargó un disco para que el artista lo firmara, ya que su hermana era fanática.
Hicimos “la previa” en el departamento de mi novia, tomando un Vodka Absolut con aroma de pera y unos wiskachos.
Llegamos al Cinzano que, para variar, estaba repleto, pero en menos de una hora ya nos habían conseguido una mesa y vimos la aparición del antirockero argentino. Con su tremenda humildad me firmó el disco y luego posó junto a las Sex and the City, quienes sonreían felices por estar cerca del artista.
Como agradecimiento le besé la mano y me miró con asombro, empezando a percatarme de que ya estaba bastante chispeado, por decir lo menos.
Aznar salió a cantar tango y remató con el Chipi-Chipi. Salí a bailar y arengaba a la gente del restaurante con gritos bastante desproporcionados.
Después salió un mozo y se puso a cantar el himno del Santiago Wanderers y, como ya es mi costumbre, rematé gritando por el campeón Everton.
Alfredo Troncoso, de la productora Macondo y responsable de la venida a Chile del artista trasandino, le explicó mi osadía.
Las Sex and the City ya me habían bautizado como el “hiper” (por hiperventilado) y el remate final fue cuando pasé, como un feliz cometa, por arriba de la mesa y aterricé junto a Pedro Aznar. “Te recitaré un poema dedicado a las prostitutas de la región”, le dije modulando a duras penas. El poema se me diluyó en la mitad de la recitada y jamás olvidaré los ojos de huevo frito que me ponía el famoso artista, mientras yo volvía a la mesa conCarrie, Charlotte, Miranda y Samantha, quienes se reían a mandíbula batiente de mi humilde persona.


ajenjoverde@hotmail.com

7.07.2008

Carreteando con los ABC1

Por Ajenjo

Entro al restaurante “Delicias del Mar”, de Cochoa, con el padre y la madrastra de mi novia, una pareja de famosos arquitectos santiaguinos que calzan perfectamente en el estrato social ABC1, es decir , con mucho dinero.
Les recomiendo almorzar el plato denominado “Reineta viñamarina”, que es una especialidad de ese local gastronómico que pronto se convertirá en el “Congrio margarita”, que es una preparación que se repite en toda la costa chilena.
Fuimos a bajar el almuerzo al Cementerio Parque del Mar, donde aproveché de visitar la tumba de mi padre, a quien tengo bastante abandonado debido a la distancia del camposanto.
En la noche invité a mis nuevos suegros al restaurante “Caruso”. Ahí comimos de todo al ritmo de unos buenos tintos y nos fuimos a acostar.
La pareja de arquitectos andaba con su hijo y se quedaron a dormir en el hotel Robinson Crusoe, del cerro Bellavista, ya que estaba a sólo cuadras del departamento que arrendó su hija, quien dejo Santiago en busca de suerte y amor en estas tierras porteñas.
En la mañana fuimos a la feria de antigüedades del Parque O’Higgins, donde pude comprobar el nivel adquisitivo de los ABC1. En un par de horas se gastaron casi todo mi sueldo en muebles de madera y mármol, que con mi mejor cara tuve que cargar hacia el automóvil gigante.
Cerca de la una de la tarde recorrimos la bahía que festejaba a su patrono SanPedro. Subimos por el ascensor ElPeral y decidimos entrar al restaurante “Apolo 77”. Eran las 15.00 horas y el local estaba casi vacío. Un mozo nos ofreció una carta metálica que tenía muy pocos platos a unos precios exorbitantes. Salimos arrancando hacia “La Colombina”, que mantenía exactamente el mismo panorama, salvo que por una carta más nutrida.
Finalmente terminamos en el “Café Turri”, donde a pesar de las malas críticas que siempre recibe este restaurante, nos comimos unos ricos caldillos de congrio y chuletas de cordero a la menta.
Durante todo el fin de semana casi no desembolsé plata de mi bolsillo y participé de cenas y almuerzos bastante suculentos y caros. La familia de arquitectos santiaguinos pertenecía al segmento ABC1, pero al momento de la conversa y de tirar talla eran bastante buena onda, transformando las veladas en momentos agradables y para nada siúticos o tensionantes.
En síntesis, eran buena gente y buenas personas, desmitificando los fuertes prejuicios que algunos tenemos.


ajenjoverde@hotmail.com

7.01.2008

Luto

Por Ajenjo

















Q.E.P.D.
CARMEN CORENA
1936 - 2008
















PD: En uno de los momentos más tristes y confusos de mi vida, Carmen Corena me apoyó como una segunda madre. Fue mi "mamá bohemia" y no tengo palabras para escribir sobre su muerte.



6.23.2008

Fomingo en el Fellini


Por Ajenjo

Tengo la certeza de que la creación del "Día del Padre", de la "Madre" o del "Niño", más allá de un asunto comercial, sirven para liberarse de la terrible fomedad de los días domingos, donde la mitad del país está durmiendo la caña del sábado y la otra no sabe qué hacer con el tiempo que pasa y pasa.
El domingo pasado fue el "Día del Papá" y mi hijo me despertó con una tarjeta donde me aseguraba que su amor hacia mí era inmenso e infinito. Tratando de detener las lágrimas de cariño recibí un llamado de mi madre que nos invitaba a los dos a comer al ya tradicional restaurante "Fellini" de Viña del Mar.
Ese local era uno de los preferidos de mi padre, que falleció hace varios años, y de esa manera podíamos hacer un doble homenaje. Llegamos a las 13.30 horas y el restaurante, como siempre pasa los fomingos, estaba repleto de gente. Nos acomodaron en un segundo piso, frente a una ventana por donde escurría agua constantemente en un efecto onda "catarata".
Mi hijo se llenó inmediatamente con unas empanaditas de queso que pusieron de aperitivo y que se agradecieron mucho. También, y sin pedirlo, llegó un antipasto bastante sabroso. Yo pedí mi pisco sour a la vena, mientras mi madre tomaba su vaina.
La carta de este restaurante es bastante grande. Su especialidad son las pastas y por eso decidí comer unos ñoquis con atún, anchoas y alcaparras. Mi mamá se comió una albacora con salsa de camarones. Los platos son terribles de grandes y llenan en forma inmediata.
¿Por qué el "Fellini" existe hace más de 10 años en un barrio gastronómico donde aparecen y desaparecen restaurantes como callampas en el invierno?
Creo que la respuesta está básicamente en que sus platos son grandes y casi todos los comensales que almuerzan no tienen necesidad de tomar once o de cenar. No vamos a decir que su comida se encuentra entre las mejores de Chile, pero tiene la cualidad de dejarte, como decía un primo, "con el ombligo parado".
Hay muchos locales de comida, especialmente en Valparaíso, que cobran siete lucas por un plato y que cuando llega a la mesa sabes perfectamente que te quedará en una muela y que al final tendrás que ir al "Sibarítico" a comerte esos completos donde la mayonesa te chorrea por los brazos.
Lograr la amalgama de un plato suculento y sabroso debe ser difícil, sin embargo creo que el "Fellini" se la ha jugado por lograrlo y los que quieran sobrevivir en este rubro deben imitarlo.



ajenjoverde@hotmail.com

6.19.2008

Trevien: Todo un acierto


Por Ajenjo


Dos jóvenes con Síndrome de Down se besan profundamente en un mural instalado en el recién inaugurado "Restorán Trevien".
El autor de la instalación, que lo conocí garzoneando en el Caruso, me invitó a la inauguración de la exposición, pero además me convidó a participar de una cata y degustación que el restorán realizaría en la noche.
Subí el hermoso ascensor Peral (¡que todavía cuesta 100 pesos!) junto a mi novia y llegué a este local donde antes funcionaba una tetería que nunca logró despegar. Eran las 20.30 del martes pasado y el ambiente estaba muy bueno y entretenido.
El dueño del boliche es Andrés, un chef que dejó una profunda marca en el Caruso y que ahora, con las alas de la independencia, montó su propio restorán.
Con su aspecto físico de un neo punk tímido, este chef agarra un rollizo y lo transforma en un ceviche invernal, donde el merkén y la palta juegan un rol fundamental.
Después nos sirvió salmón en crema de coco y azafrán, dejando en claro que el estilo tailandés será el que predominará en este lugar.
Sirvieron petróleo del bueno y unos blancos para lamerse los bigotes. Esto ayudó a que los comensales se pusieran dicharacheros y buenos para la talla.
Entre los invitados estaba la dueña del restaurante Caruso, a quien con mucho respeto llamo la Nicole Kidman de los cerros porteños. Lleva en su cuerpo a dos gemelas que pronto saldrán a conocer la luz del sol.
Ella, junto a su pareja, perfectamente podrían pensar que este nuevo local afectaría la fama y clientela del suyo, sin embargo, ahí estaban, apoyándolo. Eso demuestra que la sicopática competencia a que nos lleva este sistema capitalista puede doblarse. Antes de arrancarse los ojos, hay que dar la mano, ayudar a los demás a enrielarse en la búsqueda de la felicidad. ¡Qué bonito ejemplo de amistad y buena onda!
Al otro día invité a mi brother oftalmólogo a almorzar y el chef nos atendió personalmente. Sirvió una ensalada de repollo morado con pimentones asados y queso de cabra y de segundo un salmón a la naranja. Todo a un preció terrible de económico, más barato que muchos menú del centro de la ciudad.
Aprovechamos el adictivo sol invernal y comimos en el balcón, mientras la buena conversa, la sabrosa comida y la risa nos hizo pasar otro día más en este Valparaíso que siempre está con sorpresas.
ajenjoverde@hotmail.com

6.06.2008

Casi me vuelvo loco


Por Ajenjo

En el primer gol de Everton me volví loco. Salté de mi silla reservada en el Moneda de Oro como si tuviera una epilepsia extrema. Di vueltas los copetes de la mesa, mientras me paraba en la silla y miraba que casi todo el bar tenía poleras blancas de Colo Colo.
Al sentarme recibí varias tallas relacionadas a la "ilusión" y "espérense un poquito", pero aguanté tranquilo, agarrado a mi vaso de cerveza, mientras mis amigos me sugerían que les comprara una ronda de tragos a todos, ya que se los había dado vuelta.
En el segundo ya no me acuerdo mucho, ya que la adrenalina provoca una especie de amnesia. Lo bueno fue que no boté ningún vaso.
En el tercer gol casi me paro arriba de la mesa y estuve a punto de hacerles un "Pato Yáñez" a los colocolinos que ya miraban al piso y sus gritos y risotadas se habían convertido en un murmullo perdedor.
Es que el partido había empezado difícil. Yo llegué al bar 15 minutos antes que empezara la final entre Everton y Colo Colo.
A lado de mi mesa estaba Papito y su esposa periodista. El ex presidiario y actual agitador cultural era de los indios, sin embargo, su hidalguía lo llevó a felicitarme después de que conquistáramos el triunfo.
También estaba Dióscoro Rojas, el Guaripola Guachaca, que se declaraba de Rangers de Talca, pero también había una estela perdedora en sus ojos.
El diputado Esteban Valenzuela, junto a su socio René Alinco, también miraban el partido por TV. El parlamentario de Rancagua terminó dándome la mano y diciéndome: "bravo por los equipos de Provincia".
Yo abrazaba a mi brother oftalmólogo y a mi novia, mientras mi garganta seguía gritando: "¡Ever for Ever... Ever!".
Pedimos una chorrillana con longaniza, más cervezas y algunos rones para seguir la fiesta, mientras los pocos colocolinos que quedaban nos exigían que compráramos champaña para aumentar la potencia de la celebración...¡Hay que ser muy patudo!
Después salí a la calle para tomar aire, mientras algunos indios bromeaban con que me "romperían una botella en la cabeza". Pobrecitos, decía mi espíritu campeón, ya que no les quedaba otro recurso que amedrentar a quien ya tenía la copa en sus manos.
Tenía seis años cuando el Everton salió campeón la última vez. Ahora tengo 38 años y grito a todo pulmón: "¡ahora queremos la Libertadores cabros! ".


6.02.2008

Sólo nos queda tener fe


Por Ajenjo

Jamás he escondido o reservado mi condición de hincha evertoniano y en esta ocasión lo único que atino a decir es: sólo nos queda tener fe.
Fui a ver el partido contra los indios en el Moneda de Oro. El garzón Alonso reservó una de las principales mesas del recinto y colocó una gran estrella en el centro para dejar en claro que sería ocupada por funcionarios de este diario.
Un reportero gráfico y mi amigo el oftalmólogo conformábamos el grupo que fue creciendo con el tiempo. A nuestra mesa se adhirió Sandra Horn, esa mujer que siempre maneja un jeep rojo con un perro adentro y que anda armando chimuchinas en los concejos municipales de Viña del Mar y Valparaíso.
El recinto era un 80 por ciento del Colo Colo y los demás guatas amarillas sufrían con el paso del tiempo, mientras el asunto iba cero a cero.
En la conversa se recordaban episodios de Everton 1976 o cuando al paraguayo Caballero se le fue un penal, dejando a los ruleteros lejos de la copa.
También se recordó el gran dibujo que hizo Lukas en la década de los ‘80, donde muestra a los árbitros dando la vuelta olímpica junto a los jugadores del Colo Colo.
Ahora nuevamente el arbitraje fue pésimo y además casi me provoca una úlcera, ya que insuflado por la cerveza y la pasión oro cielo grité el anulado gol de Everton con todas mis ganas frente a los rostros de los indios, pero al final me tuve que tragar mi celebración, provocándome malestares estomacales.
Ahora, y vuelvo a insistir, sólo queda tener fe, ya que si a los 15 minutos del primer tiempo el Everton logra meterle un gol al Colo Colo, el Sausalito se transformará en una caldera hirviendo.
Quiero celebrar con los guata amarilla en las calles de Viña del Mar. Quiero destapar botellas de champaña y ron y emborracharme de triunfo y alegrías. Quiero marchar gritando Ever for Ever hasta quedar ronco.
¿Sucederá esto?
Tenemos que confiar en los jugadores evertonianos, quienes ya tienen experiencia en revertir este tipo de resultados. Ya estamos cansados de mirar al suelo y de no poder levantar la copa y dar la vuelta olímpica.
Hay algo en el aire que dice que ganaremos, a pesar de todas las brujerías, hechicerías y aquelarres que digan lo contrario.


5.26.2008

Girando en 300 grados


Por Ajenjo

Mi novia se mudará de Santiago a Valparaíso ya que encontró trabajo en la región (¡milagro!); por lo tanto, decidí llevarla a conocer el restaurante giratorio de la ciudad, para que admirara la belleza del mar y sus cerros y se diera cuenta del gran cambio estético urbanístico que asumirá dentro de las próximas semanas.
Nos acompañó mi hijo, que estaba muy emocionado por conocer una restaurante que diera vueltas en la cima de un gran edificio.
Obviamente realicé una reserva que se respetó a totalidad. A las 14.00 horas estábamos instalados en una mesa del Coco Loco con una vista de la bahía y el portaaviones "George Washington" en su máximo esplendor.
Me pedí una cervecita para relajarme y de entrada un plato de locos con salsa al gusto y machitas a la parmesana. Todo bien y normal.
Yo conocí este restaurante hace nueve años aproximadamente, cuando llevé como agradecimiento a una amiga que me acogió muy bien en Europa y me pareció espectacular la vista que ofrecía a los turistas: el mar y el frontón de cerros con sus casitas coloridas.
Después mi madre me invitó a tomar una once, pero al parecer no logramos ingresar a la zona que da vueltas y vueltas.
Ahora había un cambio. El restaurante gira, pero hay un buen trozo de paisaje que fue eliminado por una extensión que se le agregó al local. De los 360 grados que uno gira, hay más de 60 grados donde sólo se miran sillas, pasillos y más sillas ¿Estaba eso antes? No lo recuerdo, pero es bien fome.
Para olvidar la vista pedimos un vinito tinto y los platos de fondo. Avestruz para ella (que quería experimentar nuevos sabores) y un congrio relleno para mí. Los platos estaban buenos y bastante contundentes.
Cuando pedimos el postre justo estábamos saliendo de la "extraña vista" y volvíamos a los cerros de mi Valparaíso. Se comió un flan con sabor al trago Baileys, mientras yo le pedía un ron al garzón, que lo sirvió con bastante generosidad.
Después de eso la cabeza comenzó a transformarse en un restaurante giratorio. Muy chispeado y bromista me retiré del local, mientras mi hijo me exigía que lo llevará a ver "El Príncipe Caspian", en el Cine Hoyts.
Fue así que mientras ejércitos de minotauros, leones, tigres y seres bastante fantásticos protagonizaban violentas batallas por el control de Narnia, yo dormitaba un poco y recordaba que hay cosas que dan vueltas y vueltas, como la vida misma.
Por más que uno se empeñe en cambiar, siempre se llega al mismo lugar.


5.19.2008

De chunchules y erizos


Por Ajenjo

La palabra colesterol casi no existió en la vida de mis abuelos y padres. Para ellos lo que más podía sonar como alguna enfermedad asociada a las grasas del corazón era el arteriosclerosis o algo así.
Ahora tengo amigos que se hacen exámenes médicos con la misma emoción que uno se devora un pernil con papas cocidas y ensalada de lechuga.
Lamentablemente soy un poco suicida en mi forma de vida gastronómica. Y mis amigos también.
Cuando nos ponen las parrilladas llenas de chunchules en el "Moneda de Oro" o los terribles platos de erizos de "La Gatita" en Concón, jamás hemos pensado en el colesterol bueno o malo o en nuestras arterias transformadas en una cañería a punto de explotar por el sarro acumulado. Simplemente le echamos "pa´ dentro no más".
Lo único que nos está salvando es la ingesta de vino tinto. Desde hace años que dicen que el Cabernet Pipeñón es bueno para la salud, pero "una sola copa al día" (ahí está otro de nuestros problemas).
Ahora, cuando me quedan un poco más de 400 días para cumplir los 40 años, estoy algo preocupado y seguramente tendré que someterme a los galenos y sus invasivos exámenes.
Recuerdo a mi padre sacando el bicho del erizo y tragándoselo frente a los ojos de sus asombrados hijos. Esa escena vuelve a mi cabeza cuando agarro un pan batido caliente, lo unto de mantequilla, le instalo una lengua anaranjada de erizo y me lo sirvo. Después una copita de vino blanco helado y ya estamos en el cielo.
Pienso en OrsonWells y Marlon Brando, dos colosos que terminaron cobrando por sus películas todo lo que podían comer, beber y fumar.
Siento que un médico me lanzará la media sentencia: "la grasa le está saliendo por las orejas y las venas, por lo tanto coma más sanito".
¿Tendré que renunciar definitivamente a los erizos y chunchules?
Creo en la ciencia y en sus grandes avances y estoy casi seguro que pronto saldrá a la venta una pastilla que elimine todo el colesterol malo y permita comer y beber a destajo.
Mientras tanto, y desconociendo el estado interno del cuerpo, sólo queda seguir conversando, mientras la parrillada de restaurante sigue emitiendo ese chirrido lleno de grasa, amistad y buena onda.
¡Qué vivan los chunchules y los erizos!


5.12.2008

La gatita de Concón


Por Ajenjo

Concón ha sido, desde una perspectiva personal, una comuna asociada directamente a las empanadas fritas y a esa chimenea gigante de la refinería de petróleo, que cuando niño me hipnotizaba ya que el mito urbano era que “nunca se apagaba y siempre está lanzando esa llamarada de dragón”.
Durante muchos años fue un anexo de Viña del Mar muy extraño, que se convertía en la puerta de escape para ir a Ritoque, Horcón o a Quillota.
Poco a poco fue caracterizando por una onda gastronómica de “picada”, pero que verdaderamente tiene muy poco ya que sus precios no son baratos y su gastronomía tampoco es de alta calidad.
Hay excepciones como las empanadas “Las Famosas”, que ahora pasa cerrada y desconocemos si se acabó para siempre o están en una etapa de renovación.
El martes pasado tuve la oportunidad de conocer “La gatita”, un pequeño restaurante ubicado en el borde costero, frente al negocio de un hombre que fabrica reproducciones de moai en piedra.
Más datos no me gustaría entregar, ya que el restaurante era tan “piolita”, que es mejor guardarlo como un cuasi secreto, como un lugar clandestino para comer y tomar muy bien.
El oftalmólogo fue quien entregó el dato “y es mejor ir en la semana, ya que los sábados y domingos hay que llegar a almorzar a las 12 del día o a las 4 de la tarde para no quedar fuera.
El lugar tiene unas 12 mesas y comimos machas a la parmesanas, erizos y un pastel de jaiba, más dos botellas de vino blanco un par de celestinos con helado y unos rones para terminar la tarde.
En medio del almuerzo llegó la actriz Paola Volpato. Mis compañeros de mesa me tuvieron que calmar para que no fuera tan ordinario y me parara a decirle lo bella que es y que todavía no puedo sacarme de la memoria la escena de la inspectora Sanetti amarrada a la cama desnuda, frágil y valiente, mientras un sicópata le sacaba el corazón.
Al final no me levanté, ni siquiera insuflado por el roncito con cocacola y sólo observaba su rostro y como devoraba su paila marina.
En resumen: “La gatita”, uno de los mejores restaurantes y la Volpato en mis sueños eternos.

ajenjoverde@hotmail.com

5.06.2008

Desayuno o morir


Paso por el "Danubio Azul", en la calle Esmeralda, para tomar desayuno: una paila con dos huevos, pan amasado y una humeante taza de té.
El local está en pleno proceso de remodelación y eso ha implicado que la paila cueste 1.200 pesos. ¿No será muy caro?, me pregunto mientras mojo la miguita con la yema.
Recuerdo al desaparecido "Bernal" y sus completos exquisitos. Sinceramente creo que uno de los mayores secretos estaba en la mayonesa que le aplicaba el maestro planchero. Para nuestros hígados castigados por la vida una mala mayonesa puede mandarnos al hospital.
Un amigo me dice que en la noche el "Danubio Azul" tendrá otra onda. Música, jazz, electrónica... ¿Quién sabe? Ojalá que el sabor de sus completos y sanguchitos no cambie. Hay veces que las renovaciones porteñas sólo sirven para caer en el más hondo de los precipicios. Siempre he sido militante de los locales antiguos, de madera, con atención personalizada y con platos y tragos grandes y provechosos.
Hablando de desayunos hay que citar el café de los argentinos, ubicado al lado del Café del Poeta, en la plaza Aníbal Pinto. Hay una oferta de un vasito de soda, otra de jugo natural, un café cortado y dos medialunas calientitas con un toque de salsa dulce. Todo esto creo que vale 1.090 pesos y les puedo asegurar que es absolutamente rico y fresco... ¡Hasta las garzonas que atienden!
Los desayunos son importantes, especialmente cuando la noche anterior ha sido regada y las neuronas y el estómago piden bálsamos para calmar el dolor. Recuerdo a Juanito Piatze, uno de los filósofos chilenos especialistas en Nietzsche, corriendo por Condell hacia el "Bogarín" de la Plaza Victoria, para apagar la hoguera mental con tres o cuatro jugos naturales. Mi preferido es un buen vaso de papaya con un sandwich digno de los dioses que tiene lechuga, mortadela y tres pancitos de molde: "la milanesa". Este sandwich siempre lo preparan en el momento y toda la ciencia está en el líquido que utilizan para adobar la lechugita.
Con tanto escribir de comida se me abrió el apetito. ¿Adónde voy a calmar el gusano de la tripa que exige su alimento mañanero? ¿A las caras pailas con huevo del "Danubio? ¿Dónde los argentinos y sus garzonas o al clásico "Bogarín"?

4.25.2008

Inti Illi Maiden


Por Ajenjo

Me estoy preparando para asistir al recital de Paul Di’ Anno en ElHuevo. El cantante fue un antiguo vocalista de Iron Maiden, que fue expulsado del grupo porque en la gira de Japón se caía por lo drogado en que se encontraba todo el tiempo. El tipo, al parecer, es un rockero duro de marca mayor y seguramente dejará su huella en Valparaíso.
También tengo programado asistir al recital de Los Jaivas e Inti Illimani, que está agendado para mañana en la Quinta Vergara.
¿Cómo te puede gustar la música folclórica andina y el heavy metal?, me preguntaban desde chico los puristas extremos, que no aceptaban la fusiones musicales.
“Son cuestiones de gusto no más”, decía cuando tenía 25 años y guardaba en mi mochila los discos de Marilyn Manson al ladito de Los Jaivas.
La parada de “metalero artesano” también se proyectaba en mi forma de vestir. Una polera de Cannibal Corps debajo de una chaqueta multicolor comprada en un mercado de Cuzco. Una camiseta teñida con anilina con sicodélicos remolinos junto a una chaqueta de cuero.
Esa extraña amalgama fue lo que me tocó vivir. La música folclórica la escuché desde pequeño y fue la franja sonora del gobierno de Pinochet. Entre medio llegó el rock pesado, que para un espíritu joven tiene el atractivo que otorga una cervecita helada.
Otro factor para explicar esta mixtura sonora son los amigos. Tenía compadritos que militaban en el satanismo rockero en forma pesada y extrema, mientras otros seguían con sus tímpanos pegados a las zampoñas, quenas y trutrucas.
De todas maneras existían puntos comunes. Los artesas y los trashers eran secos para tomar copete. El vino tinto en caja para los amantes del folclor y el ron barato para los rockers. La idea era siempre quedar bastante ebrios.
Uno de los grupos que ha logrado fundir el rock y el folclor fueron Los Jaivas. Todavía tengo en mi retina memorial la imagen de “Gato” Alquinta con sus pelos parados y pulseras de cuero.
¡Larga vida a Los Jaivas y Iron Maiden !

ajenjoverde@hotmail.com

4.19.2008

Ojos morados



Por Ajenjo

Salgo del cine impactado por la mafia rusa actuando en todo su esplendor. Después de observar la sobrevalorada "Sin lugar para los débiles" tuve la suerte de ver "Promesas del este" la última joyita de David Cronenberg, quien sigue siendo, para mi, uno de los directores más respetados.
Fui completamente sobrio y solo al cine. En toda mi lucidez mental. Recordé los tiempos en que meterme a las salas, a la hora que fuera, era un vicio solitario y persistente, que lo fui dejando por los avatares de la rutina de la sociedad trabajólica y consumista.
La película es violenta, muy violenta, sin embargo la semana pasada me pude dar cuenta que la fuerza bruta está presente en todos lados y pertenece a nuestra querida naturaleza de ser humano.
A mi hijo de siete años lo empujaron en su colegio por la escalera para abajo. Quedó con un machucón muy feo en su cabeza, que lentamente fue bajando y transformando su ojo en un pozo de tinta. Fuimos a Reñaca para aprovechar este abril veraniego y se paseaba de mi mano, mientras las personas pensaban: "santo Dios y pobre niño, como lo deben golpear en su familia". Onda la media violencia intrafamiliar.
Poco me ha importado en mi vida lo que piensan los demás. "Los grandes siempre están en la boca de los más chicos", me decía un compañero de universidad que era "pelado" hasta por la vieja del kiosco por sus extrañas costumbres para vestirse, hablar y actuar. Ahora, de la mano con mi hijo y su ojo entintado, nuevamente pensé que la gente habla por hablar.
Los ojos morados siguieron siendo una constante en mi vida. A mi querida madre la asaltaron en pleno centro de Viña. Un lanza le arrebató su cartera y se cayó, pegándose el medio cabezazo en la vereda.
Yo estaba saliendo de una tina con sal de mar y me estaba poniendo el pijama cuando me avisaron. Ahí empezó a operar "el efecto periodista" ya que el chofer de la ambulancia me conocía por las circunstancias de la pega y me llamó para contarme que mi madre estaba machucada y lloraba en una sala de la posta del Hospital Gustavo Fricke.
¡Menos mal que estoy sobrio!, me dije para mis adentros y salí disparado como una bala loca para abrazar a mi madre y llevarla devuelta a su hogar.
Ahí estuve acompañándola y regaloneándola, mientras su ojo se iba volviendo más y más morado.
Les contaría la vez que en la universidad quedé con el ojo morado, pero lo poco que me queda de recato me lo impide.

ajenjoverde@hotmail.com

4.12.2008

¿Dónde estás Gabriel?


Monseñor Enrique Barilari, con esa voz potente y firme que siempre lo caracterizó en sus misas de mediodía en la Parroquia de Viña del Mar, sentenció: "Sube a nacer conmigo hermano Gabriel Parra" y los aplausos y lágrimas brotaron en una amalgama confusa y triste.
La anterior escena corresponde a un día de mediados de abril de 1988, hace 20 años; junto a mi amigo Werner Lips nos habíamos fugado del colegio para asistir al funeral del baterista de Los Jaivas, quien había muerto en un accidente automovilístico, dejándonos solos, tristes y abandonados en el oscuro Chile ochentero.
Con mi amigo subimos al segundo piso de la parroquia, que había cerrado sus puertas debido a la masa de hippies que trataba de ingresar. Por primera vez en mi vida pude observar gente tomando cajas de vino en las calles. Eran la novedad máxima y fueron el principal bastón que tuvieron los asistentes al funeral para olvidar tanta pena.
Había pequeñas diabladas y grupos nortinos que tocaban pitos (también se los fumaban) y tambores. La salida de la parroquia fue un verdadero caos. En el puente Libertad, la masa se apretó para poder llegar al cementerio Santa Inés y perdí de vista a mi socio. Continué solo hasta llegar al camposanto y la gente se colaba por las paredes. El mito dice que le lanzaban cogollos de marihuana a la tumba mientras entonaban "Todos juntos". Yo no pude entrar y sólo me quedé afuera, mientras la policía dispersaba a los que no querían moverse.
Volví a mi casa cansado y triste, pensando que Los Jaivas también desaparecerían. No tenía idea de la existencia de Juanita, esa mujer gigante y bella de la que sigo perdidamente enamorado.
Cuando me hablan de Gabriel Parra, siempre cuento la historia de su funeral; sin embargo, prefiero quedarme con la imagen del diablo multicolor, que en una lisérgica danza transformó a toda la Quinta Vergara y logró mutar mis pensamientos y mi vida bajo la música que más he amado y defendido en mi existencia: el rock cósmico andino.
¿Dónde estarás Gabriel?
¿Acaso en los ojos de tu nieta llamada Kayla?

4.09.2008

Las caras de nalgas


Por Ajenjo

- ¿Sabe de algún lugar aquí en Valparaíso que tengan wi-fi para conectarse al notebook?
-“Claro, muchacho, aquí, suba al segundo piso y se podrá conectar sin problema -responde un garzón del restaurante Aqualuna, ubicado en la esquina de O’Higgins con Bellavista, en Valparaíso.
Nunca había entrado a ese local que durante largos años ha pasado por varios dueños; sin embargo ahora es un pub moderno y con un empeño en la atención y en el servicio que no parece ser porteño. Por 900 pesos sirven unos shop de una cerveza sureña tipo torobayo de gran tamaño cuerpo y color, además de unos sanguruchos y platos bastante ricos.
Me encontraba con mi amigo computín, quien por obligación tiene que estar en algún lugar con wi-fi, y observamos, comiéndonos unos suculentos Barros Luco, una terrible escena de pareja chilena. El novio, esposo o amante le decía a la muchacha: “¿Hasta cuándo vas a tener esa cara de nalga?”.
A través de mi corta e intensa vida he descubierto que la mujer chilena es seca para instalar cara de nalga en situaciones que le molestan y que sirven para amargar al supuesto culpable. Esas caras, que simulan ser también de “vaca empantanada”, tienen como objetivo echar a perder la noche y no existe remedio para transformarla o sacarla de una vez.
“Cómase lo que quiera, pida su trago preferido o ¿quieres ir al cine?”, le preguntaba el pololo a su novia para tratar de cambiar su aspecto facial; sin embargo, no sucedió nada y se fueron bastante amargados y deprimidos.
Nosotros seguíamos bajándonos los ricos shops torobayos y nos percatamos de que comenzó a funcionar un karaoke en el pub, situación que nos hizo retirar a nuestro querido Moneda de Oro, ya que no estoy en edad de escuchar a cantantes novatos.
Con nuestros gigantescos rones con Coca Cola en la mano conversamos sobre las caras de nalga de la mujer chilena y llegamos a la conclusión de que es la mejor herramienta o arma que tiene para destruir una noche de carrete y buena onda.
Mujer chilena, si estás leyendo esta columna, te digo humildemente: ¡que se acaben las caras de nalgas ahora mismo!

4.02.2008

Cordillera y Calamaro


Por Ajenjo

Estoy cruzando la Cordillera de los Andes en un bus de dos pisos y voy rumbo a Mendoza para asistir a un recital de Andrés Calamaro en el Estadio Talleres.
En la alta montaña, mi novia le pidió una mantita al auxiliar ya que el frío empezaba a calar los huesos, sin embargo no había y la amigdalitis avanzó sin transar.
Llegamos a las seis y media de la madrugada al terminal trasandino y un taxi nos dejó en el centro de la ciudad. Un hotel nos reservó unas piezas a las diez de la mañana y tuvimos que hacer hora comiendo facturas, tomando café y unas cervezas Quilmes mañaneras que anunciaron que el viaje estaría bastante achichado.
Antes del recital visitamos una parrillada argentina. Nos pedimos los medios bistocos y unos vinos Malbec que lograron llevarnos al ciberespacio. Caminamos alegres y felices por las sombreadas veredas mendocinas y encontramos un casino. Jugué unas cuantas monedas y me gané 50 pesos. Decidí convertirlos en dos vasotes de Chivas Regal y un fernet con coca, para aumentar la intensidad y apaciguar la ansiedad pre recital.
Un taxi nos llevó hasta el estadio. Ahí tuvimos la suerte de ver a un artista entregándose con toda la pasión posible a su fiel público. Me compré dos poleras y canté hasta desgarrarme las cuerdas vocales. ¡El mejor recital de mi vida!
Al otro día, cansado y con mi novia arrastrando un resfriado, comenzó la sesión de compras. Discos del grupo Intoxicados, poleras de encargo, botas para mi novia, muchos libros y una pizzería que terminó de calmar el hambre consumista.
En la tarde tuve que ubicar un motel, no precisamente para realizar lo que todos los seres humanos hacen en los moteles, sino que para mi novia descansara en una cama ya que la fiebre la tenía completamente trastornada.
En la noche, y después de comprar la mantita más cara de toda mi vida, volvimos a subirnos al bus de dos pisos mientras en mis orejas resonaba fuerte: "Esta noche, amiga mía, el alcohol nos ha embriagado. ¡Qué me importa que se rían y nos llamen los mareados!..."


3.20.2008

Aburridos poetas


Por Ajenjo

Por estas cosas del destino y del azar terminé sentado en el bar "Pajarito", en la calle Salvador Donoso, al lado de un extraño cantante que le dicen "Chinoy" y que es catalogado como el nuevo Bob Dylan chileno. Su cara es bastante atípica y proyecta un aura de buen tipo.
En la mesa hay personas relacionadas con la poesía porteña, ya que es un día martes, donde se lleva a cabo un show denominado "micrófono abierto" y donde los escritores salen a recitar sus tristes y melancólicos versos.
¿Puede haber algo más aburrido que escuchar a un tipo de largo abrigo negro que recita "quiero morir, por favor mátenme si pueden"? Personalmente podría haber sacado una lanza o un machete y lanzarlo, sin pensarlo dos veces, hacia la cabeza del maldito vate; sin embargo, alguna vez recité en actos de este tipo y la vergüenza me impidió seguir pensando en el acto asesino.
Casi todo el público está bastante ebrio o camino a una fuerte borrachera. Muy pocos escuchan a los que recitan y en mi mesa se habla y se habla sobre los combos que le pegaron a un tal Mellado, que incriminó cobardemente a unos poetas en un robo de una mochila.
"Menos mal que ya no tiene tribuna", asegura uno de los organizadores de recitales poéticos; sin embargo, el tal Mellado apareció más violento y virulento con un mortal cuento denominado "Ratas", donde insulta y despotrica contra todos los literatos porteños. A esta altura a mí ya me da lo mismo toda esta pelea, porque cumplí con mi cuota de recitales, donde pinté el mono varias veces. Me sacaron a violentos empujones del Journal, me gritaron traidor los militantes socialistas y una vez un par de viejas locas me agarró a garabato limpio en la Feria del Libro de Viña del Mar.
En ese tiempo pensaba que la poesía era algo social, que tenía un mensaje que necesitaba, imperativamente, salir al exterior. Ahora creo que la poesía es algo personal, para leer en silencio en momentos en que uno no sabe si agarrar una pistola o la Biblia.
Cada uno con lo suyo y sin joder a los demás, es mi lema de vida. Yo ya no estoy para salir a recitar "la vida se me escapa por que tú no estás". Estoy chato de tanta cursilería aburrida y sinceramente prefiero tomar antes que leer o escuchar poesía.



3.18.2008

Comiendo conejo


Por Ajenjo

Mi novia me lleva de la mano a cenar en un restaurante del barrio Yungay, en Santiago, conocido como “La peluquería francesa”. El asunto es bastante cuico y me recuerda el “J. Cruz”, ya que además de servir comida y vino, está lleno de antigüedades que se venden a los clientes.
Miro la carta y me la juego por un conejo a la mostaza. Me llega un plato que parece un gran pedazo de pollo, pero con un mínimo de carne. Lucho contra el plato tratando de sacar algo y la carne es bastante sabrosa, pero algo dura.
Al ver al conejo en el plato recordé un episodio universitario en Colliguay, cuando con un grupo de compañeros, más un arquitecto colado, decidimos acampar a la orilla del río y vivir como hippies un par de días.
Mientras abríamos unas latas de atún para instalarlas en las hallullas llegaron unos cazadores que cargaban dos conejos. Se los cambiamos por 300 pesos, unos cigarrillos y una caja de vino a medio tomar. Los hombres se apiadaron de nosotros y les sacaron la piel a los conejos, les cortaron las patas (yo me llevé una de recuerdo) y nos dejaron los cuerpos para que los cocináramos.
Ninguno de nosotros sabía que hacer con esas especies de gatos descuerados que colgaban desde un árbol y que atraían a las moscas y las molestas avispas chaquetas amarillas.
En un arranque de vocación de chef decido cocinar los conejos “al palo”. Encendimos una fogata y crucificamos a los animales. El asunto empezó a transformarse en algo bastante raro. Cualquier vecino que transitó por ahí se debe haber pasado la película de un grupo satánico o de brujería negra.
La carne apenas se asaba y el hambre nos motivaba para acercar los cuerpos al fuego. Al final tratamos de comernos los conejos en la más “cromañón” y decidimos abrir una botellita de pisco para olvidar el episodio y los sonidos estomacales.
Ahora sentado en la cuica “Peluquería francesa” pienso que el conejo no es una buena carta a la hora de cenar. Me dicen que su carne es dura y de muy fuerte olor y que hay que dejarla reposando en sal y vinagre por horas.
¡¿Por qué no habré pedido una merluza frita con ensalada chilena?!

ajenjoverde@hotmail.com

3.07.2008

La placa de dientes


Por Ajenjo

He visto cosas muy raras en Valparaíso, como un hombre lavándose los sobacos en un bebedero público inaugurado hace poco o una chica punk inyectándole antibióticos a perros callejeros que ya no tienen pelo, pero lo que vi esta semana supera todo lo anterior.
Pasé a beber unas cervecitas al Moneda de Oro para tratar de aplacar el calor producido por los incendios forestales y me encontré con una mesa compuesta por cuatro ancianos, que no eran veteranos típicos del local. Estaban bastante borrachos y tomaban vino con fruta.
El garzón Alonso le trajo un Barros Luco a uno de los vejetes y el tipo, obviando cualquier regla de decoro y buenas costumbres, se sacó su placa delantera de dientes, la depositó caballerosamente en el vaso con fruta y se dispuso a comer el sanbiruche.
El acto llegó a su plenitud cuando otro de los veteranos le sirvió vino en el vaso y la placa se confundía con los trozos de durazno. La visión que nosotros teníamos desde la mesa era bastante repugnante y me acordé de otra historia relacionada con placas dentales.


Una numerosa familia estaba en Laguna Verde carreteando un domingo cualquiera. El trago del día era el tradicional vino blanco de caja con melón. Como a las cuatro de la tarde a la abuelita se le perdió su placa de dientes y la buscaron por todos lados, sin embargo, el aparato bucal había desaparecido mágicamente.
Ya cuando el sol se estaba poniendo, los jóvenes que bebían el vino con melón decidieron comerse la fruta. Con un cuchillo cortaron en dos el meloncito se encontraron con la placa de la abuelita enterrada muy firme en la carne del sabroso postre.
¿Será verdad esta historia o será un mito urbano más de Valparaíso? Después de ver al anciano tomando de un vaso con una placa de dientes en su interior, pensé que la historia del melón con vino puede ser cierta.
En Valparaíso puede pasar cualquier cosa y eso la convierte en una urbe mágica, extraña y llena de diarias sorpresas que pueden ser repugnantes o maravillosas.


ajenjoverde@hotmail.com

3.03.2008

Devorador de quiltros

Por Ajenjo

Son como las doce de la noche y salgo bastante mareado de la película Cloverfield, donde monstruos gigantescos destruyen Nueva York, al igual como Osama y sus aviones lo hicieron en septiembre del 2001.
La película está filmada con cámara en mano y todo se mueve tan rápidamente que los ojos y la mente se vuelven locos y a mi me dio sed, mucha sed.
Para tratar de calmar esa ansiedad etílica llegué nuevamente al bar Verde Absenta de Salvador Donoso, donde en un ataque de "new rich" me pedi el trago más caro. Un ajenjo de color rojo, de 5.500 pesos, que no tiene gusto a anís y que, según la carta, es el más parecido a la alucinante receta original. El trago es exquisito y lo que provoca en el cerebro es bastante adormecedor.
A todo el mundo le ando recomendando ir al Verde Absenta y muchos de mis amigos llegan reclamando por el fuerte gusto a anís de este mítico trago. Hay que tomar el de color rojito y veran que la cosa cambia bastante.
Con las imágenes de Cloverfield y el absenta colorado comencé a despedir este verano 2008. Me fui a las mesas que mi querido bar Moneda de Oro instala en la calle durante el día, para aprovechar el solcito estival. Me estaba bajando una helada cervecita cuando observé como llegó un grupo de personas vestidas como enferemeros y con un lazo comenzaron a atrapar a los perros callejeros de Valparaíso.
Los tipos eran bien valientes y los perseguían por la plaza Cívica, metiéndolos en una caja que decía: "esterilización".
Una señora comenzó a insultarlos y profería fuertes groserías contra "la nueva perrera". Yo, insuflado por el espíritu cervezero, arremetí contra la mujer y le dije que parara tanta ignorancia ya que Valparaíso era una ciudad que sufría de una plaga canina y esa gente sólo estaba ayudando a tener una urbe más civilizada.
La viejita la agarró conmigo. Me lanzó un rosario de garabatos que logró que, en cuestión de microsegundos, me bajara el vaso, dejará la plata en la mesa y saliera corriendo.
Sano y salvo me puse a pensar que podría llegar un gran Monstruo, tipo Cloverfield, y comerse a todos los perros callejeros de la ciudad. Me imaginé la escena en Pedro Montt, mientras el Godzila porteño masticaba un quiltro. Demasiada absenta roja.

2.20.2008

El teatro en la casa


Por Ajenjo

Mientras preparaba unas machas a "la italiana", una palta rellena con ceviche de tres colores y unos fetuccini con salsa de camarón, me puse a tomar pisco sour, sin darme cuenta que el vaso de la juguera desaparecía más rápido que lento.
Era un almuerzo familiar chileno, de esos donde se hablan tontera tras tontera y las carcajadas son el postre de una tarde muy entretenida. Bebimos vino blanco y del otro. Las mujeres tomaron Baileys y los hombres whisky y vodka.
Luego de dormir una siesta decidimos partir con mi nueva suegra y un chef brasileño a ver la obra de teatro "Vamo a Puta", que se está montando en el Teatro Mauri, a escasas cuadras de mi casa.
Llegamos al recinto y mientras comprábamos las entradas, nos alimentamos de unas cervezas para reponer el cuerpo del fuerte almuerzo experimentado horas antes. Decidí utilizar mi "personalidad periodística" e ingresé a un improvisado camarín donde me encontré con el actor y transformista Alejandro Cid y, motivado por la amistad del vino y la buena onda, le dije que después de la función se fuera con todo el elenco para la casa.
El único que rechazó la invitación fue Papito, el actor que muchas veces estuvo preso, quien actualmente se encuentra bajo el tierno y cariñoso dominio de su mujer.
Fue así como me encontré caminando con una patota liderada por el distorsionado Alejandro Cid y su elenco, que con una gran peluca rubia y sus zapatos de taco alto, entraban al pasaje que lleva a mi casa de Yerbas Buenas.
En chef brasileño se apiadó de nosotros y nos sirvió la tallarinata más exquisita que he comido en mi vida, mientras la conversa con el grupo de actores seguía y seguía al ritmo del vodka naranja.
A mi se me fue apagando la televisión poco a poco y recuerdo que en un momento mi novia traía una fotografía de Shirley Temple y la comparaban con la peluca de Alejandro Cid. Nos reímos mucho y escuchamos historias tiernas, tristes y poderosas, de esas que sólo los actores tienen en su memoria.


2.12.2008

Un verano papas fritas



Por Ajenjo


Entro al Museo de Bellas Artes en Santiago con la intención de agarrar a latigazos a un artista denominado Papas Fritas, que se tatuó el símbolo del Fondart en la espalda y que está montando un show en ese recinto. Son las 12 del día y el polémico artista no está. Su instalación, una mediagua sobre una isla de arena, tiene un cartel donde informa el precio de los latigazos: $100 los suaves, $200 los más fuertes, $500 los redbull y dos luquitas con escupo e insulto.
Además de Papas Fritas hay un artista de Valparaíso que puso decenas de merluzas saladas colgando. Hay un suave olor a pescado y me acuerdo del famoso chiste del ciego y la Caleta Portales y me retiro decepcionado por la ausencia de los latigazos.
Voy al velorio de Volodia Teitelboim y veo su rostro muerto. Nunca he sido bueno para mirar cadáveres (ni siquiera pude observar el de mi fallecido padre dentro del ataúd) y el del famoso patriarca comunista parece embalsamado. Camino hacia el Centro Cultural La Moneda y veo unas arpilleras de Violeta Parra y una exposición española llena de cacharros religiosos. El calor es fuerte y un amigo ex diplomático me invita a almorzar al restaurante La Berenjena, en pleno centro de Santiasco. Todo es rico y muy bien atendido. Los pisco sour estaban ultra cabezones y le sumé una copita de vino para quedar a medio tono. Camino hacia mi bar preferido de la capital, el 777, y me bajo medio litro de cerveza y me marcho a mi Valparaíso querido.
Traté de ir a ver la obra que está montando Alejandro Cid y Papito (¡la media dupla!) en el Teatro Mauri, sin embargo me encontré con una fiesta Ska a todo pulmón. Una banda verdadera, con sus 10 músicos arriba del escenario, hacía bailar a los chicos con trompetas, saxofones, guitarras y mucha onda. Habían muchos "red skins", que son como neonazis pero de izquierda. Gordos con la cabeza totalmente rapada lograban asustarnos un poco, pero al parecer eran más buenos que el pan batido con palta. De todas maneras la apariencia era dura y decidimos irnos antes de poner a prueba nuestras sociológicas teorías.
Ahora hay que aprovechar de descansar y seguir viviendo este verano invernal, donde el sol ha pegado menos que los latigazos en la espalda de Papas Fritas.


ajenjoverde@hotmail.com

2.03.2008

La sonrisa de Volodia


Por Ajenjo
Camino por la calle Pirámide, en Valparaíso y sigo a un hombre vestido de vaquero que tiene su cuerpo completamente pintado de color cobre. Es una "estatua humana" que se dirige hacia su lugar de trabajo con el pedestal en una de sus manos. Pienso en Volodia Teitelboim agonizando en una clínica de Santiago y mi mente se dispara hacia recuerdos añejos.
Hace unos siete años atrás andaba carreteando en Santiago, conociendo la nueva movida de Bellavista y sus alrededores. Me acompañaba una gran amiga de juergas, socia de viajes y autora de hermosos grabados. Entramos a un restaurante llamado "Off the récord" que se observaba bastante cuico, sin embargo, en una pizarra decía que Volodia Teitelboim sería entrevistado por el dueño del local. Sin pensarlo dos veces, y con varios litros de cerveza en el cuerpo, avanzamos hacia una mesa y nos pasaron una carta llena de tragos con extraños nombres. Pedimos mojito, un trago cubano que se hace con hierbabuena, pero que en Chile lo remplazan con menta y otras plantas aromáticas.
Empezó la entrevista a Volodia que simplemente se dedicó a contar su vida, llena de pasajes poderosos, donde los nombres de Huidobro, Neruda, de Rokha y Mistral se repetían constantemente y formaban parte esencial de una vida llena de literatura y política militante.
La conversa estaba tan rebuena que los mojitos empezaron a bajar poderosamente hasta reventar en el cerebro en forma de fuegos artificiales. La entrevista terminó y el dueño del restaurante, con otros socios, comenzaron a cenar. Era una comida en homenaje a Volodia. Yo pagué la abultada cuenta y avancé con el temor totalmente camuflado por el ron. Le dije a los comensales fuerte y claro: "soy un poeta de Valparaíso (porque en ese tiempo creía que era poeta) y le voy a recitar un texto dedicado a las prostitutas". El gran intelectual marxista levantó su cara blanca, extraña, con aspecto de viejo y sabio reptil y me miró. Ahí empecé a recitar los versos que hace más de 15 años le largo a la gente, generalmente cuando los látigos del licor azotan mis neuronas artísticas. Cuando terminé nadie dijo nada. Pasaron los segundos y un tipo, bastante desagradable, dijo "parece que tú soy el poeta de la putas de Valparaíso". Mi amiga grabadora me tiró de la polera y me aconsejó retirarnos a la tibia noche capitalina.
¿Habré estado bien?, le pregunte a mi amiga. "Por lo menos Volodia se rió varias veces y eso ya es mucho", me dijo mientras también sonreía.
Sí. Yo una vez le saqué una sonrisa a Volodia.

pancho667@hotmail.com

1.25.2008

Chupando en el Club de la Unión


El fin de semana pasado me tocó estar en el lado de la balanza de los cuicos, ya que mi novia abogada me invitó a un matrimonio en el nuevo Club de la Unión, ubicado en el encopetado barrio El Golf, en Santiago.
En el matrimonio el 90 por ciento de los invitados eran "leguleyos", entre los que se contaban un grueso número de fiscales, jueces y jefes del ministerio Público.
La misa fue muy curiosa, ya que el curita se mandó una prédica bastante extraña, donde metió en una juguera los conceptos de marxismo, machismo, poligamia, el mundo árabe y el derecho canónico, mientras los asistentes se miraban incrédulos.
Después al nuevo Club la Unión ubicado en un edificio de cristal. El lugar es minimalista, de piedra caliza blanca, mucho vidrio y madera. Sinceramente no le encontré ninguna identidad, ya que puede replicarse en cualquier lugar del mundo globalizado, que en pocas palabras es fome y aburrido.
Lo importante fue el comistrajo y la bebida. Gigantescos camarones ecuatorianos, filete, ricos vinos y de bajativo me tenían amaretto Disaronno y whisky, una mezcla que toda la vida me ha gustado mucho mucho.
"Póngame una pinta de whisky y otra de amaretto señor barman", y con mi acaramelado vaso llegaba hasta la mesa y les decía a los comensales: "los abogados son muy fomes ya que siempre o están estudiando o trabajando".
Nadie en la mesa se rió y mi novia empezó a poner cara de nerviosa, mientras yo volvía a la barra por el combinado dorado y millonario.
La conversa estaba re buena y el baile también. En el momento del "cotillón", la nueva moda de los matrimonios chilensis, apareció una batucada que era liderada por una negra en colaless y con un cuerpo moldeado por Rodin.
La negra bailaba como loca, mientras yo, con antifaz incluido y una cornetilla que se estiraba y recogía según la voluntad de mis pulmones, me lancé al ruedo y quedé en trance por algunos segundos.
Mi novia se reía y yo seguía siempre visitando a mi barman amigo hasta que finalmente le pedí un vaso de agua y con una modulación bastante atípica le dije: "hasta aquí llego no más, así que denme un buen vaso de agua y hasta luego".
En el taxi rumbo a la casa tuve los flash de la mesa, la conversa, el baile, los camarones y la negra y me di cuenta que los "leguleyos" no son tan fomecas.

1.18.2008

¡Corena a Viña!


Estoy en el palco del Festival de la Canción de Viña del Mar 2009, después de desembolsar 170 mil pesos en dos entradas y me siento nervioso y muy ansioso ya que en pocos minutos más saldrá Carmen Corena y los músicos del Cinzano para cerrar el gran espectáculo musical.
Carmen Corena viste un hermoso vestido azul, muy parecido al que utilizó en una gala en el terminal de Cruceros que organizó una multimillonaria naviera.
Ella es la primera que sale, mientras un foco la sigue por todo el gigantesco escenario. Sonríe tranquila, mientras en el fondo "Pollito" y sus brothers toman lo instrumentos.
Estoy rodeado de cuicos, pero no arrugo y saco una sabana blanca donde está escrito con pintura spray: "¡Grande Carmen Corena!".
Las cámaras de televisión me apuntan y el letrero se desplega hacia todas las pantallas del mundo. La cantante vuelve a sonreír y los primeros acordes del bolero La Hiedra resuenan por los parlantes y El Monstruo se hinca ante tan sublime espectáculo. Se llevan gaviota y 3 antorchas.
De repente un sonido que hace bip, bip, bip, me empieza a trastornar y despierto de este emotivo sueño. Apago mi celular alarma y me preparo a salir a trabajar.
El sábado pasado volví a meterme al Cinzano, a pesar de sus prohibitivos precios, y estuve sentado con Carmencita y muchos amigos degustando unas buenas whiskolas, que es mi nuevo trago veraniego.
Le volví a prometer a Carmencita que llenaríamos un carro del metro para llegar hasta Olmué y vitorearla en el Festival del Huaso este domingo 20 de enero, sin embargo, por motivos laborales no podré asistir y sólo los rayos catódicos emitidos por la tele serán mi compañía.
Ella me contó qué vestido usaría esa noche, "pero por favor no lo cuentes en el diario ya que a veces se te pasa la mano relatando intimidades", me replicó.
"Yo sólo escribo la verdad", le contesté tocándole su mano de artista verdadera y sintiendo que soy parte de la historia más profunda de los sobrevivientes de la bohemia porteña y que son comparados mundialmente con los Buena Vista Social Club, que ya han pasado de moda.
Titae Lindl, el gran bajista de Los Tres, es nuestro Win Wenders porteño, que se la ha jugado por mantener el más puro y verdadero patrimonio intangible de Valparaíso. Salud por él.

1.16.2008

Soponcio en el bar


El hijo del dueño del Bar Inglés fue a pescar a Rapel y llegó con un buen número de pejerreyes que se transformaron en una rica cena el martes pasado.
Celia, la mejor y más bella garzona de Valparaíso, arregló la mesa con pancitos con palta y crudos, una ensalada de tomate, lechuga, apio y mucha buena onda.
En la mesa éramos cuatro y empezamos a degustar unos pisco sour y unos vinos, mientras esos pequeños pescados fritos se deshacían en la buena conversa.
En un momento inesperado de la cena, luego de algunas bromas sobre el matrimonio y la vida en pareja, mi novia se puso de color blanco y nos avisó que se sentía un poco mal.
Volvió a los minutos más pálida que el cochero de la muerte y emitió unas palabras que significaban, sin dobles lecturas, "me voy a desmayar".
Mi brother médico se la jugó entero. La tiramos al suelo mientras constatábamos que su piel estaba fría y sudaba nerviosamente. Por suerte ya nadie quedaba en el bar y sólo nosotros participábamos como testigos de este peculiar soponcio femenino.
En general las mujeres son buenas para los desmayos, pero a uno siempre le cuentan que pasan estas cosas y ahora éramos los protagonistas.
La hora del soponcio coincidió justo con la del bajativo, ya que si mi novia se hubiera desmayado en la mitad de la degustación de pejerreyes fritos, tendría que haberle pedido a la Celia que me los pusiera en una cajita de plumavit para seguir comiéndolos en la casa.
Mi amigo fue a buscar su automóvil, mientras yo le tiraba aire románticamente en la cara y le preguntaba por quinta vez y con cara de cordero degollado: ¿No será que estás embarazada?
La subimos al auto mientras poco a poco la calma llegaba a su cuerpo. En la casa exigió un guatero caliente y que todo el grupo siguiera conversando alrededor de la cama.
Como el bajativo había quedado interrumpido, subí un Juanito Caminante y lo bebimos con hielo, mientras comentábamos el desmayo, ahora con tintes más humorísticas.
Al final todo pasó y la vergüenza del soponcio ya está instalada en el álbum familiar de los recuerdos chistosos, acompañada de todas esas extrañas situaciones dramáticas que terminan en un final simple y feliz.
Así debería ser toda la vida.