4.15.2010

La Isla Siniestra y una petaquita de ron


Por Ajenjo

Cada vez que los conflictos, generalmente sentimentales, toman mi cerebro por asalto, me trato de esconder del mundo para relajarme y alejarme del ruido urbano.
¿Adónde se puede estar solo en Valparaíso?
La respuesta es simple y entretenida: el cine.
Esta semana estaba bebiendo mi roncito con coca cola en el Moneda de Oro cuando me entró una idea en mi adormecido cerebro. ¿Y si voy a ver la última de Scorsese, La Isla Siniestra?
Abandoné la mesa diez para las diez y tomé una micro rumbo al cine porteño. Al bajar del bus aterricé justo al frente de una botillería y me vino la tentación de comprarme mi petaquita de ron con una bebida cola de medio litro y el infaltable vasito plástico.
Esto de beber en el cine viene de mi alocada vida universitaria, donde teníamos un amigo profesional que era capaz de descorchar varias botellas de vino con un lápiz pasta marca Bic. Tenía la técnica de hundir el corcho y después beber para que el corcho descendiera y dejara verter en los vasos el sagrado líquido.
A veces preferíamos beber cajas de vino, ya que a pesar de que el vinagrillo era de dudosa calidad, el envase era de fácil apertura.
Lo más cómico fue en el querido Cine Arte, donde mi amigo ingresó botellas de cerveza de litro para consumir viendo una película de Almodóvar. El misterioso hombre de la linterna lo sorprendió y se la trató de quitar. El público veía a mi amigo tirando le la parte de atrás de la botella, mientras el de la linterna tenía el gollete y luchaban contra todas sus fuerzas. En un momento mi amigo soltó el envase, y el otro salió disparado al suelo, en medio de las risas del respetable. Humillado se retiró con la cerveza.
Recuerdo todo esto mientras vierto el dorado licor en mi vaso, mientras Leonardo di Caprio ingresa a un manicomio y mis problemas se disuelven mientras el ron baja por la garganta y los sicópatas desfilan aterrando al público en la oscura sala.

ajenjoverde@hotmail.com

¿A donde se fueron a volar las cervezitas chilenas?


Por Ajenjo

Pido una cerveza Escudo, la de tres cuartos, la tradicional, la más fuerte, de color más dorado, y me dicen que no hay, que están agotadas y que sólo me pueden vender unas de nombres extraños y cuicos. Con una de tamaño chico me compro un litro de mi cerveza querida y caigo en una crisis depresiva, alcohólica y poética y me pregunto: ¿a dónde se fueron a volar las cervezas chilenas?
Me llega una invitación por Facebook de una amiga de La Calera para participar de un grupo denominado: “Fuerza CCU” y que revelaba que algo había pasado en el terremoto con esa empresa y que volver al stock normal en los bares se demoraría algunas semanas.
¿Qué podemos hacer sin cerveza?
Esa bebida alcohólica es en la universidad como el agua de la llave.
A las 9 de la mañana mi amigo decía ¿El profe de español falto de nuevo, vámonos a tomar desayunito al Club Social?
Ahí litros y litros de cerveza corrían sin parar, donde todos se gastaban la plata para las fotocopias, la micro y el almuerzo. ¿Qué acaso a alguien le daba hambre?
A las seis de la tarde ya estaban todos listos para la foto, hablando en lenguas, cantando canciones populares, gritando ¿somos amigos o no somos amigos? y alguna pareja besándose profundamente en medio de los gritos de todos.
Que tiempos aquellos donde la cerveza era el néctar de la vida universitaria, la ambrosía diaria de sobrevivencia, el elixir bendito que nos motivaba a seguir estudiando.
De todas maneras igual habían algunos efectos negativos. Como esas interminables caminatas al baño por el rápido descenso del líquido y la caña infernal, donde además de dejar la pieza más hedionda que ramada el 19 de septiembre, provocaba una sed infernal, donde litros y litros de jugo en polvo se tomaban en la mañana para olvidar el desorden.
Tener a un pueblo sin cerveza en sus bares es peligroso y hay que advertirles a las autoridades.
Ya me imagino miles de jóvenes marchando por las calles, hacia el Congreso, exigiendo más cervecita espumosa...

ajenjoverde@hotmail.com

Más que malandrino es Buenedrino o la mejor pizzería de Valparaíso



Por Ajenjo

Durante dos años estoy comiendo, junto a mi hijo, en una de estas pizzerías que son cadenas internacionales y que la comida cabe claramente en el concepto de “rápida”.
Aunque le pongas champiñones, anchoas, y el extraño “extra queso”, siempre saben a lo
mismo.
Sinceramente ya las odio y en las últimas ocasiones trato de llevarlo al “Marco Polo”, donde se come un completo mayo palta,“pero con poca mayo”, mientras yo me devoro una ensalada gigante de atún o pollo.
El pasado sábado conocí el “Malandrino” una pizzería en Almirante Montt, en el cerro
Alegre, que de boca en boca se ha convertido en toda una revelación. Primero que todo hay que señalar que el ambiente es exquisito. Hay pocos restaurantes en este Puerto que emiten calor de hogar desde la entrada a la salida.
Hay muchos gringos y chilenos que quedan maravillados con este ambiente “tano” y familiar, lo que invita a relajarse y pensar que estamos en una pequeña ciudad italia
na, donde hay un pequeño local con un horno de barro y una regordeta señora que saca las pizzas más ricas del mundo.
Yo partí con un pisco sour, que estaba muy fuerte y que un hielo me permitió beberlo con más calma. Después pedimos, junto a mi bella esposa, una pizza que tenía a la rúcula como estrella principal.
Todos los ingredientes son frescos, como recién salidos del campo. La masa extra delgada con el sabor único que le da sacarla de un horno de barro. Suave, delicada y con aroma.
La carta de vinos es buena y no tan cara (ya que ahora es la moda colocar todos los ceros que se puedan en los mostos).
La atención muy simpática, informada y amable, especialmente para los extranjeros que repletan el lugar. Incluso el gran anciano Nicolino se pasea por el lugar y conversa con quienes tienen el privilegio de conocerlo. Seguramente Nicolino se siente en Italia por la decoración y los aromas, al igual que todos los comensales que disfrutan esas masas y vinos.
Es la mejor pizzería de Valparaíso y que ese horno siga lanzando humo y permitiendo que esa masa, crujiente y dorada, salga eternamente. Ahora sólo tengo que llevar a mi hijo...

ajenjoverde@hotmail.com

Mi matrimonio en Santiago (Tercera parte y final)


Siempre he definido los matrimonios chilenos como “un acto tribal donde una pareja se une eternamente (en teoría), mientras sus familiares y amigos chupan y comen como dementes, hasta llegar al trance que se refleja en bailes epilépticos”.
Es justo el momento de “los bailes epilépticos” con el que finalizaré la larga historia de mi matrimonio.
Todo comenzó con el tradicional vals que cambiamos por el bolero La Hiedra, interpretado por mi gran mamita Carmencita Corena. Dimos unas vueltas, saludamos al público y danzamos muy apretados, como los antiguos lentos de los años 80.
Después bailé dos cuecas bien zapateada y comenzó la cumbia con La Noche y Américo como protagonistas sonoros de la danza tribal.
A medida que los wiskhies con bebida energizante ingresaban al estómago y la mente el baile se iba poniendo cada vez más cuático.
En un momento detuve la música y realizamos el momento de la Isla de Pascua,donde invité a mi amigo el oftalmólogo y varios compinches a bailar pascuense, con unos collares emplumados. (Conocí a mi esposa en esa Isla)
Yo le ponía cualquier color al asunto y la música era la versión Rapa Nui de la canción Flaca, de Calamaro. Después llegó el momento de la borrachera extrema. Eran las 4 de la mañana y casi realizamos un pogo gigantesco (esos que hacen los punk en los recitales) al centro de la pista.
El animador me dijo que la novia haría un “koala” conmigo y después la cosa se armó
y yo traté de hacer un koala con un amigo y el gil se corrió, quedando tirado cuan largo soy en la pista. El alcohol no sólo duerme la mente, sino que también el cuerpo, por lo tanto el chancacazo ni lo sentí.
Todos andaban medio disfrazados en la fiesta por la onda “cotillón” y a las 5 de la mañana los mozos empezaron a limpiar las mesas y nos sugerían con sus movimientos que nos largáramos, mientras yo parloteaba y parloteaba sobre la diversas gimnasia sexual que haría en la luna de miel.
Mi suegra querida llegó a la mesa y me
mandó una mirada asesina y tuve que cambiar el tema rápidamente.
Ahora soy un hombre casado, feliz y responsable y no tomaré más... “¿A dónde la viste?”.

4.13.2010

Mi matrimonio en Santiago (Parte 2)

Por Ajenjo
Antes que empezara el ritual civil del matrimonio realizaron dos discursos. El primero fue de una amiga de mi novia y el segundo de Dióscoro Rojas, quien se mandó el medio “speach” sobre el amor, Valparaíso, las sirenas y los marineros. La gente aplaudió a rabiar y a mí se me pasaba el susto ya que la cantidad de cuicos presentes tenía algo nervioso al Gran Guaripola de los Guachacas.
Después comenzó la formal ceremonia y apareció mi novia, quien como un ángel blanco bajó por una gran alfombra roja, bella, bellísima, del brazo de su padre, mientras yo comenzaba una lucha por mantener las lágrimas en forma desesperante.
La oficial habló sobre el terremoto y otras cosas, mientras yo apagaba mis dos celulares que se me habían quedado prendidos (menos mal que me di cuenta ya que uno de los ring tones es un niño gritando: “¡Nos destruirán a todos, nos destruirán a todos!”). Nos entregaron la libreta de familia y llamaron a mi hijo para que nos trajera las argollas, mientras yo le preguntaba insistentemente a la jueza: ¿Nos podemos besar ya?
A los minutos tuve que salir caminando abrazado a mi novia, mientras una mosca se me metía en el ojo (cuento para echar el lagrimón tranquilo) y comenzó la sesión de fotos y los canapés. Me empipé uno o dos pisco sour, lo que me causó un poco de relajo. Ahí pude observar a Dióscoro Rojas conversando animadamente con la modelo Paola Camaggi, quien es pareja de un querido primo mío.
Nos avisaron que la gente estaba en el comedor y que había que ingresar, sin embargo, la cosa de demoró algunos minutos porque unos familiares se habían colado en la mesa principal de los novios y sus padres. Los sacaron lo más disimuladamente posible.
Entramos con “Alta Suciedad”, de Calamaro, mientras el estúpido del animador me cambió mi nombre como si fuera femenino. Justo iba pasando por la mesa de mis colegas periodistas, que me lanzaron el típico grito: ¡ayyyyyyyyyyy!, para burlarse del error.
Me pegué un discurso rápido y me lancé a la mesa principal, donde pude lanzarme dos copas de tinto, mientras mi novia me tironeaba para sacarme las fotos oficiales con todas las mesas. “Paciencia, paciencia”, pensaba dejando la copa en la mesa... (continuará).

Mi matrimonio en Santiago (Primera parte)


Por Ajenjo

Llego a la casa de mi hermano con mi “paletó nuevo” para estar tiqui taca para mi matrimonio en Santiago. Le pido que se ponga con un buen vino para el almuerzo y un wiskacho para rematar ya que estaba medio nerviosón para la ceremonia de la tarde. Mi hermano me dice que mi novia lo había llamado y con duras palabras le había señalado que por ningún motivo me diera alcohol antes del matrimonio, lo que obviamente me provocó un leve enojo, pero seguí adelante.
Me duché, me lavé el pelo y me jaboné el cuerpo varias veces. Me afeité con mucha prolijidad y me puse mi terno negro con corbata azul metálico y apelé a todos los dioses y demonios del mundo para que me acompañaran en este evento.
Mi bella y querida novia había invitado como 180 personas, que eran una elevada cantidad comparado con los cuarenta que llevaba yo. Un grupo de amigos llegó muy temprano y se cambiaron dentro de los baños del recinto, ya que venían “muy transpirados de Valparaíso”. Los socios se estaban cambiando los ternos y vestidos en el baño y en eso llegó un guardia que les preguntó que estaban haciendo: “es que venimos al casamiento de la tarde”. El guardia le respondió: ¡Haaaa ustedes son de la orquesta!
Llegué como a las 18.30 horas y me encontré con mis “amigos orquesta”, a quienes saludé cariñosamente y me puse en la puerta a darle la bienvenida a una numerosa concurrencia desconocida, que asistía en forma muy elegante a este magno evento.
Cuando llegó Dióscoro Rojas me calmé un poco, ya que juntos a mi “brother” oftalmólogo, eran los invitados más importantes: el primero realizaría un discurso y el segundo era mi testigo.
Cuando la jueza apareció todo se volvió muy rápido y loco y estaba a punto de estampar por segunda vez en mi vida la firma del amor… (continuará).

ajenjoverde@hotmail.com

3.29.2010

A 24 horas de mi matrimonio o como protagonizar una película de zombies


Por Ajenjo

En 24 horas volveré a decir: “sí, acepto” y me embarcaré nuevamente en esta aventura llamada matrimonio.


Siempre he pensado que el matrimonio es como el trabajo.A veces uno no soporta más sin embargo llega fin de mes y el sueldo permite pagar las cuentas y darse uno que otro gustito.


En la vida de casados muchas veces ya no puedes más, pero la sonrisa de un hijo, una noche de amor o simplemente compartir los problemas y triunfos, transforman todo. Hay que tener mucha, mucha paciencia y tolerancia y entender que el otro es diferente.


Ahora voy mucho más maduro que antes y lucharé para tratar de mantener a la familia unida y feliz.Ojalá así sea.Igual los nervios me comen ya que enfrentar un matrimonio a una semana de un terremoto es algo terrible. El día que la tierra se movió con intensidad había llegado de mi trabajo en el Festival de la Canción. Gracias a Ricardo Arjona logramos salir más temprano de lo planificado.


Me puse a escribir una columna y el terremoto comenzó.A los minutos decidí ir a encontrarme con mi hijo, que estaba con mi madre en Viña. Fue como protagonizar una película de zombies. En Errázuriz, cientos de jóvenes, que deben haber estado borrachos, trataban que los lleváramos y pegaban sus deformes rostros en el vidrio.


Al final pudimos llegar y el abrazo de mi madre y de mi hijo me calmaron los nervios, que a esta altura están más que destrozados.

ajenjoverde@hotmail.com

2.15.2010

Carta abierta al Dj que pondrá música en mi matrimonio

Por Ajenjo

Sr. Dj que pondrá música en mi matrimonio:


Quiero contarle que nací el año 1969, algunos días después que el hombre llegará a la luna y antes de que se realizara el Festival de Woodstock, lugar y evento que conocería muy bien en mis primeras correrías de juventud.
Por esta razón me gustaría escuchar alguno que otro tema de Jimi Hendrix, Joe Cocker y mi querido Santana.
Después estuve habitando la rara década del 80, donde forjé mi personalidad musical en base al rock y a la música folclórica. A mi grupo de amigos nos llamaban los "Intillimaiden" por esa extra fusión entre Inti Illimani y Iron Maiden. Por eso me gustaría algún temita de esos dos grupos, seguramente cuando ya la gente se esté retirando (tipín 4 de la mañana).
A la hora del cóctel y mientras los invitados esté comiendo quiero al grupo más importante de mi vida y que es la banda sonora de mi alcohólica existencia: Los Jaivas. Con sus temas versionados de Violeta Parra, más el Alturas de Machu Pichu ya me siento en las nubes.
Entrando a la década de los 90 la cosa se pone más rockera. Cuando estén todos bastante achichados me gustaría que instalara el tema más conocido de Rage Again The Machine y hacer un gran slam con todos los locos terneados y caerse al suelo en medio de una alegría de wiskhy, vodka y "ron" and roll.
Ya para la década del dos mil me quedo lejos con Andrés Calamaro. Me gustaría bailar bien apretado con mi novia el tema "Soy Tuyo" y después terminar tirado, con la lengua afuera, con "Sexy y Barrigón".
Señor Dj, yo no le quiero imponer nada, sólo decirle que estoy un poco nervioso por mi segundo matrimonio y la música siempre ha actuado como una ambrosía para mi cerebro.
Pienso que esos temas me calmarán y podré vivir este importante momento de mi vida sin caerme al frasco. Muchas gracias.



Twitter: @ajenjoverde

La infinita amabilidad del sur chileno

Por Ajenjo

Dedicado con inmensa gratitud a Martín, Ani y Nidia

Estoy bebiendo sidra, un licor obtenido del jugo de manzana que venden en Argentina y que mi anfitrión en Puerto Montt se trae cuando viaja al país trasandino. Debo decir que si el cariño y la amabilidad se encarnaran en seres humanos, seguramente lo harían en esta familia que nos acogió por 10 días y nos sirvió de centro para conocer los bellos paisajes alrededor del lago
Llanqihue.
Como buen turista visité las cocinerías de Angelmó, donde me comí un curanto a medias con mi novia, mientras me bajaba solitariamente un botellín de vino blanco (el antiguo tecito) y varios pisco sour de regalo. Mi hijo se hizo adicto al salmón, que lo preparan en diversas formas y en “El Roco II”, donde almorcé, lo sirvieron a la plancha y era un manjarcillo de categoría internacional.
Chispeado con el mosto albo me compré el respectivo chaleco de lana chilota y decidí prepararle machas a la parmesana y ceviche a mis anfitriones. Adquirí cien machas gigantes y una merluza austral bien pelada y seguí bebiendo en forma abundante y cariñosa esa refrescante sidra de manzana.
Uno de los lugares más espectaculares que visité, además del Parque Nacional Alerce Andino, fue el nuevo teatro que se está construyendo en Frutillar y que está inserto dentro del lago. La obra, de una hermosura arquitectónica sin palabras, logra transportar a paisajes europeos a sus habitantes y turistas. Me imagino tomando una fría botella de colemono y escuchando la obra Jupiter, mientras del volcán LLanquihué se asoma una gigantesca luna.
A veces sacamos pecho por las bellezas de Valparaíso, sin embargo Chile tiene paisajes maravillosos y licores fantásticos que se amalgaman para crear gente maravillosa, como esa cariñosa familia puertomontina que nos abrió su casa y su corazón.


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Revisitando el Bric a Brac o en busca del Alerce milenario

Por Ajenjo

Acabo de llegar hace tres horas a la ciudad de Puerto Montt, desde donde saldré en busca de un alerce que tiene dos mil años de antiguedad. Me acompaña mi bella novia y mi hijo, quien se compró una reproducción plástica de una tremenda caca de perro y se entretiene instalándola en la vereda, mientras la gente mira “el lulo” con cara de asco. Su rostro lleno de carcajadas es algo impagable.
No tengo muchas cosas para relatar todavía de este viaje, por esta razón les contaré una visita que realice a Maitencillo, donde nuevamente pude comprobar que el restaurante Bric a Brac es lo gastronómicamente más poderoso que tenemos en esta parte del litoral costero.
Mi hermano, que vive en Brasil, está de visita y armamos un viaje a la playa de Cau Cau para pasar un sábado relajado y feliz. Tuvimos que llegar hasta Puchuncaví para sacar plata de un cajero automático y fue ahí donde se me iluminó la ampolleta y me dije: “ya que estamos tan cerca de Maitencillo, vamos a comer al Bric a Brac”. Llegamos como a las 13 horas y nos instalamos en la misma mesa de la vez anterior, cerca de la terraza. Pedimos empanadas (que no están en la carta) de macha queso, machas a la parmesasa y dos sopasBullavesa, divididas en tres platos.
Uno de los mozos, que nos había atendido la vez anterior, me miró por algunos segundos y se acercó tímidamente. Con voz de duda me dijo: “usted vino en el invierno y escribió en el diario sobre el restaurante”. Le dije que tenía una memoria privilegiada y que estaba en la razón. El garzón, ya muy emocionado, fue a buscar al dueño del restaurante, quien llegó con una amabilidad extrema y nos conversó sobre su proyecto culinario y el nombre Bric a Brac.
Después a la mesa llegaron el doble de las machas a la parmesana, las sopas estaban increíbles y de regalo nos dieron unos postres de berrys con helado y unos conitos de masa que nos dejaron, para variar, tocando batería y con una sonrisa de felicidad que no te la podían sacar ni a palos.
Y ahora a buscar el alerce milenario…
Twitter: @ajenjoverde

Me saco el sombrero por Cristóbal Gaete Araya

Por Ajenjo

Una vez andaba buscando azufre. Mi intención no era realizar un rito satánico, por el contrario, quería espantar a más de diez gatos que orinaban y defecaban en mi patio de la antigua casa de Yerbas Buenas. Alguien me dijo que el azufre servía y partí al Mercado Cardonal a buscar el amarillento polvo.
Mientras curioseaba por los puestos sentí que alguien me llamaba desde una caseta de madera. Era el escritor y periodista Cristóbal Gaete que estaba trabajando atendiendo el negocio de su padre. Conversamos unos segundos sobre el azufre y los gatos porteños y seguí mi camino.
Ahora tengo en mis manos el libro “Mercado Cardonal”, una belleza de texto, que relata la historia de muchos personajes que rodean este mítico edificio porteño. Cristóbal debe haber pasado horas escuchando y mirando, con su peculiar lentitud reflexiva, la vida de este mercado y finalmente ejecutó un valioso testimonio de rescate humano.
Recuerdo que cuando estudié filosofía y derecho en la Católica de Valparaíso, me paseaba por el mercado Cardonal y encontraba rarísimo que al lado de donde se formaban los futuros profesionales chilenos, se tranzaran lechugas, tomates, quesos y huevos, de una forma caótica y desordenada.
El Cardonal es una de las puertas de entrada para el visitante que llega desde Viña del Mar, esa suciedad vegetal que cubre el pavimento es una de las esencias de este puerto maldito.
Ahora supe que Cristóbal Gaete y sus compinches (agrupados en Ediciones Perro de Puerto) estarán en los Carnavales Culturales armando libros y resistiendo al sistema.
Destapo una botella de vino virtual y la descorcho en nombre de Cristóbal Gaete Araya, quien en estos tiempos de internet, televisión, consumismo extremo y egoísmo humano, todavía es capaz de escribir sobre estos mutantes seres de Valparaíso, que son parte del ahora llamado “patrimonio humano”, pero que simplemente son seres que aman y sufren alrededor de este ensamblado recinto comercial porteño.


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1.21.2010

No todo lo que brilla es oro en el Cerro Alegre


Por Ajenjo

No hay duda que el centro gastronómico más poderoso que funciona actualmente en Valparaíso es el Cerro Alegre, lleno de restaurantes que ofrecen carísimos platos y vinos de hasta ¡120 mil pesos la botella! y más.
Uno podría pensar que "todo lo que brilla es oro" en este turístico cerro, sin embargo la situación no es tan clara y hay experiencias culinarias que tienen que mejorar notablemente.
Después de Año Nuevo se me ocurrió salir a comer algo suave en alguno de estos lugares de la subida Almirante Montt y entre a uno denominado "Jaiva y Cordero".
El nombre ya me parecía atractivo, sin embargo la buena onda se me fue esfumando poco a poco.
Había una oferta de cortes de sushi, por lo tanto aproveché el "happy hour" y me pedí un pisco sour, mientras mi novia bebía sólo una coca cola light producto del firme entrenamiento a que está sometida antes del matrimonio.
Nos entregaron una carta donde estaban todos los platos y copas que se ofrecían en el restaurante. Era de papel rojizo y estaba llena de manchas de aceite.
Mientras trataba de leer los platos, que eran bastante caros, llegó el pisco sour que no estaba mal, sin embargo me lo tomé todo y pasaron muchos minutos antes que el sushi llegara a la mesa. Aburrido le pedí un poco más de pan al joven mesero, quien me señalaba que pronto saldría el arroz con el pescadito.
El sushi estaba reguleque y pensé que era un error andar pidiendo pescado en estas fechas.
Me fui bastante decepcionado y pensé nuevamente en la frase del crítico gastronómico Cesar Fredes, quien me señaló que el futuro de Valparaíso estaba en sus mercados y en el pescado frito con ensalada chilena. Personalmente también apuesto a lo mismo, ya que no hay bolsillo que aguante esos precios y más aún si el servicio y el consumo es un poco mejor que mediocre.

ajenjoverde@hotmail.com

1.12.2010

Carreteando en el Año Nuevo con mi hermano "el diputado"

Por Ajenjo


Escríbete este carrete de Año Nuevo en tu columna", me dice mi hermano mayor, mientras explotan los fuegos artificiales que observamos desde el altillo de mi casa en el cerro Alegre.
Mi hermano es diputado y siempre me anda reclamando que nunca aparece en esta columna; la verdad es que no es un personaje muy carretero y las veces que hemos ido a comer a restaurantes o salir a echar la talla por ahí son contadas con los dedos.
Hace muchos años que no pasaba un Año Nuevo con mi hermano y su simpática familia. Para partir, el 31 de diciembre nos fuimos a almorzar al restaurante Caruso, donde comimos caluguitas de pescado con vinito tinto.
Yo salí medio chispeado y caminando por la calle San Enrique nos encontramos con el dueño del "Vinilo", que a las 16.00 horas sacó una botella de champaña con copas y todo a la calle para celebrar la ocasión.
Yo me la tomé casi toda y tuve que dormir una siesta para enfrentar la última noche del año.
En el paseo Yugoslavo estaba, como todos los años, la masa de locos carreteando de lo lindo.
Los hijos de mi hermano trajeron el famoso cotillón y a las diez de la noche salimos todos disfrazados con máscaras. Mi hermano se puso una máscara de titanes del ring y la gente lo saludaba sin saber quién era.
A las 12 ya estábamos en la casa tomándonos unos vinos "apalta" que el diputado había traído y aseguraba que pasaban "como agüita de la llave".
"Pasa para acá mejor", le dije, y me serví una gran copa, mientras los fuegos artificiales resonaban de lo lindo, marcando un nuevo año en mi Valparaíso querido.
¡Qué nos vaya bien a todos!


12.29.2009

Recuento patachero y bebedor del 2009



Por Ajenjo


Es la hora de las conclusiones, de los recuentos y de los recuerdos, por lo tanto, me dedicaré a recorrer parte de los que comimos y chupamos en el ya casi extinto 2009.
Primero hay que mencionar al Club Cigale (Blanco 38), ese nuevo centro de carrete porteño donde se me "apagó la tele" mientras desfilaban hermosas modelos vestidas de vírgenes. Lejos el mejor local para bailar, tomarse unos tragos y no estar chocando con universitarios sedientos de tres cervezas de litro por mil pesos.
Para comer rico, la lista de lugares descubiertos es más larga. Para los de billete largo el restaurante Montealegre (Higueras 133) y el Pasta e Vino (Templeman 352), del cerro Alegre, son excelentes, pero su ambiente tan acuicado nos aleja un poco.
En el cerro Florida apareció el Oda al Pacífico (Cóndor 35), donde todo es de categoría, pero hay que estar atento a que los mozos no elijan los platos que uno va a consumir.
Dos grandes descubrimientos nos alteraron el cerebro este año, y que tienen relación con el chancho. El primero fue el costillar ahumado de la carnicería Sethmatcher (Bustamante 118). Un lujo para paladares avanzados. A esto hay que sumarle el pernil del Hamburgo (O’Higgins 1274), que se corta con el tenedor.
En restaurantes fuera de la ciudad, catalogo como lo mejor en mariscos y pescados al Bric a Brac (Isidro Gaete 25) de Maitencillo, donde se respira Francia en cada plato.
El mejor pisco sour es el del Poblenou (Urriola 476). Dos te mandan directo al ciberespacio en forma inmediata y deliciosa.
Pero el restaurante que supera a todos y que es la nueva estrella que brilla en el cielo porteño es el Caruso (Cumming 201), de Tomás Olivera.
Las mejores calugas de pescado, empanadas de cordero, cazuela de cerdo con chuchoca y una leche asada donde a uno le corren las lágrimas, son parte del festín que uno se puede mandar. La relación precio, calidad y cantidad es para sacarse el sombrero y todo preparado por la estricta mirada del mejor chef chileno, el guaripola de los cocineros nacionales.
Ahora viene Año Nuevo: ¡cómo quedarán esos hígados!


12.28.2009

La plaza Ánibal Pinto es el manicomio de los perros


Por Ajenjo


Los que caminamos por Valparaíso nocturno en busca de algún trago que nos calme esta horrible ansiedad de fin de año, podemos ver un espectáculo rarísimo: decenas de perros persiguiendo las ruedas de los autos en la Plaza Aníbal Pinto.
¿Por qué hacen estos los perros? Bebiendo una jarra de dorada cerveza Stella Artois, converso con gente y trato de resolver esta duda, que realmente me está atormentando la mente.
“Mira, un veterinario me dijo que los perros que trataban de morder las ruedas de los autos se han vuelto locos”, me asegura un experto.
La idea me gustó y me imaginé que la Plaza Aníbal Pinto era un manicomio de perros, y que todos los canes callejeros que les falta un tornillo se instalan en esa zona a esperar su demente muerte.
Entre esos locos perros hay uno al que le puse “El vampiro”, ya que se le salen los dientes por los labios, adquiriendo una apariencia bastante freak.
En la década del ‘80, en la plaza de Quillota, estaba el “perro burro”, que había sido atropellado y la rueda le
había pasado exactamente “ahí”, produciéndole una gran deformación.
Entre otras teorías sobre la obsesión de los perros con las ruedas está que los quiltros piensan que los automóviles son gigantescas bestias que en sus patas (ruedas) traen el orín de muchos perros.
Eso los hace asumir su territorialidad y tratar de expulsara estos monstruos con olores extranjeros.
Realmente no se qué pasa, pero vi a dos gringos con una botella de vino blanco en un cartucho de pan, observando durante horas a los perros y me di cuenta de que ya son parte del paisaje
y la fauna porteña.
Ojalá que el manicomio continúe.





ajenjoverde@hotmail.com

“La Mangiata" versus Pasta e Vino o David contra Goliat




Por Ajenjo




Muchos seguramente dirán que comparar el restaurante “La Mangiata” con el “Pasta e Vino” de Valparaíso es una soberana estupidez, ya que son como David y Goliat en casi todos los aspectos que se analicen, sin embargo les recuerdo que el chico y hábil David terminó derrotando al gigantón.


Celebré el cumpleaños de mi hijo en “La Mangiata”, junto a tres compañeros de escuela. Se comieron sus pizzas, ensuciaron el mantel cuadriculado y apagaron la vela de un pastel que cariñosamente uno de los dueños de la pequeña trattoria nos regaló. Después llegó el otro dueño y como es la tradición, con calculadora en mano, nos dio la cuenta de una velada llena de cariño, amor y platos de pasta como hechos en casa.


Tuve una invitación para ir a comer al famoso “Pasta e Vino”, junto a un grupo de simpáticos leguleyos. Me tomé dos pisco sour y probé unos vinos con un ensamblaje de ¡4cepas! Uno de los abogados pidió un plato que llevaba caviar. Todo era de categoría y alta calidad, sin embargo no me sentía como en Valparaíso. Perfectamente podía estar en Borderío o en el nuevo patio de restaurantes en la capitalina Bellavista. Algo faltaba y es precisamente lo que le sobra a “La Mangiata”.


No puedo decir nada en contra de la comida y los mostos del “Pasta e Vino”, pero tengo que asumir que estoy en Valparaíso, donde la basura reina en las calles, las paredes están llenas de rayados y la mitad de las cosas no funcionan.


Comer en “La Mangiata” no es degustar las mejores pastas del mundo, pero se nota cariño verdadero en cada humilde plato. Por si las moscas, está en Rodríguez 538 y pídanse los ñoquis.




12.13.2009

Adiós Yerbas Buenas, de vuelta al Cerro Alegre


Por Ajenjo


Esta es la mudanza número quince en mi vida y estoy chato de andar cargando mis libros y cuadros como un gitano de casa en casa; sin embargo, así es la vida y "solito se metió, solito salió".
Después de habitar casi tres años en un pasaje de la calle Yerbas Buenas, un vecino, con quien logré hacer buenas migas durante ese tiempo, me invitó a su casa para despedirme junto a mi novia. Le llevé de regalo un pisco "Alto del Crimen" y me encontré con una bonita recepción, con canapés de camarón, jamón-queso, pizzas y unos mostos de gran poder. Yo pensé que la recepción era para mi humilde persona, que abandonaba el pasaje, ya que también había otros vecinos; sin embargo, era el cumpleaños del dueño de casa, quien había aprovechado los festejos para invitarnos y despedirnos a nosotros.
Sin conocerme mucho, el anfitrión me puso una botella de litro de ron Havana en la mesa, lo que me transformó en un loro de siete lenguas y comencé a dar mi peculiar visión de todos los habitantes del pasaje. Todos se reían mientras hablaba. En algunas ocasiones escuchaba ooooooooo (de asombro) y en otras el cariñoso codazo de mi novia me alertaba que las
estaba embarrando.
Mi vecino se convirtió en mi amigo ya que, en algunas ocasiones, me llevaba en su furgoneta blanca desde la casa al trabajo. Su vehículo, a los que se les llama cariñosamente "pan de molde", tenía un sillón de living instalado en su parte trasera. De esta manera, muy cómodo y relajado, viajaba por la calle Yerbas Buenas hasta Esmeralda, conversando con mi vecino amigo de lo humano y de lo divino. Su esposa es encantadora y representan para mí el espíritu de la familia porteña, con un gran corazón lleno de amistad y buena onda.
Ahora vuelvo a mi cerro Alegre, donde viví diez años llenos de intensa aventura. Este fin de semana cargaré un nuevo camión con muebles y electrodomésticos y dejaré una casa y una familia vecina que me acogió siempre con cariño y amistad.
Hasta luego Yerbas Buenas y que se preparen en el Alegre...


12.11.2009

La mejor terraza de Valparaíso es de color verdoso


Por Ajenjo


He sido y siempre seré “guata amarilla” y aunque ame esta ciudad y viva hace 13 años en sus cerros, no podré cambiar al Everton por el Wanderers.
A pesar de mi corazón ruletero, me fui a meter a la terraza que instaló el local “La Vida en Verde” en plena Plaza Aníbal Pinto, epicentro carretero del sector.
La sorpresa que me llevé fue tremenda. Primero por el rico shop Torobayo que me llegó en un vaso helado (¡pucha que se agradece ese detalle cuando hay calor!) y por el grato ambiente de terraza.
Siempre he postulado que Valparaíso es una ciudad para bares en terrazas. Todo se presta para bajarse unos buenos pisco sour a la vena sintiendo el airecito primaveral.
¡Cerraría toda la calle O’Higgins (al lado de la Intendencia) a los malditos automóviles y la llenaría de sillas y mesas multicolores llenas de jarras con frutilla y buen vino!
Volviendo a la terraza de “La Vida en Verde”, me tomo mi shop heladito mirando fotos de mis “enemigos futboleros”, pero todo está tan bonito, que tampoco me molesta tanto.
Por el efecto cerveza voy al baño y me encuentro con otra sorpresa: su limpieza extrema. ¡Pucha qué agrado y qué ejemplo para los bares porteños!
Salgo contento y decido ir en la semana al “Poblenou”, un ya tradicional local de la subida Urriola, donde aprovecho unas buenas ofertas que me llegaron por correo electrónico.
Comemos un sushi, tomamos un pisco sour (de categoría cinco estrellas) y nos bebemos otros tragos.
Nos sentamos en una especie de living y con el grupo de amigos, batimos la lengua en medio de la filosofía barata y alcoholizada.
La atención era medio lenta, pero tampoco tanto, y aprovechamos una rebaja de un 30 por ciento en un vino blanco de la Viña Casablanca llamada Cefiro, que era para rechupetearselo de lo rico. ¡Pasaba como agüita de la llave!
Lástima que el_“Poblenou” no tenga terraza y que su vista panorámica sea una muralla pintada con un mural.
Tampoco hay que ponerse tan exigente, si al final estamos en Valparaíso...


ajenjoverde@hotmail.com

11.26.2009

Escuchando a Chinoy en el Danubio

Por Ajenjo


El periodista René Chevasco, alias El Chivi, quien es melómano y amigo personal, escribió que el último disco del cantante porteño Chinoy, "Que salgan los dragones" es "puro placer melódico" y que "a quien no le sale una lágrima con la canción Klara, tiene el corazón muerto".
He escuchado mucho hablar de Chinoy, sin embargo, jamás había asistido a un recital y tuve esta semana la buena ocurrencia de aparecerme en el completero local Danubio, donde el trovador se lanzó unos temas.
Antes me empipé unos rones en mi bar de siempre y con un suave daño cerebral avancé por la calle Esmeralda junto a mi novia y mi brother.
El Danubio estaba repleto y no cabían ni las moscas. Llegué a la barra donde el dueño me saludó y le pedí un ron con cocacolita para seguir cantando la misma música.
A las 10.30 llegó Chinoy con su guitarra en la mano, atravesó el local, preparó el sonido -que se cayó varias veces- y cuando estuvo todo listo se largó a cantar.
Sentado en el suelo seguía pidiendo vasos de ron, mientras el cantante hipnotizaba al público con una canción que como coro nombraba la palabra pan varias veces.
A veces el sonido guateaba y Chinoy se quedaba cantando en voz baja, mientras la gente coreaba de memoria sus temas.
Pensé en Calamaro y en Silvio Rodríguez, pensé en cuando escribía poesía y creía que podía cambiar el mundo con cuatro palabras, pensé en la mujer que amo y en los miedos que tengo, pensé en mi hijo corriendo por un cerro y pensé que necesitaba más ron en mis venas.
Al final salí a la extraña lluvia de noviembre, convertido en otro de los cientos fans de Chinoy.


11.18.2009

¿Dónde está el mejor pernil de Valparaíso?

Por Ajenjo

Debido a unos problemas de acoso de un borrachín, en mi clásico bar de siempre, tuve que salir a buscar un lugar donde poder conversar tranquilamente con mi brother oftalmólogo. Sólo una vez había entrado al restaurante Hamburgo y recuerdo haber comido unas gordas con chucrut o algo muy similar.
Nunca me he sentido muy cómodo en ese lugar, lleno de objetos navales y militares; sin embargo, esa noche fue diferente, gracias al tremendo pernil que llegó acompañado de papas con una rica salsa de tocino.
La simpática garzona nos ofreció pernil asado en horno de barro, pero optamos por el tradicional cocido en agua, con esa gruesa y lechosa piel.
Para beber nos pedimos dos cervezas rubias en jarro de loza, con una espuma de excelente textura, que ayudo a bajar el exquisito plato
Según mi socio, los perniles que se sirven en ese lugar provienen de la famosa carnicería Sethmacher, ubicada en el corazón del Barrio Puerto, pero este dato puede no ajustarse a la realidad.
Lo importante es que puedo asegurar que en el Hamburgo venden el mejor pernil preparado, donde su carne se corta con el tenedor y tiene un color rojizo espectacular.
Además, si visita este local, tendrá muchas posibilidades de observar a un grupo de famosos políticos locales, quienes reservan una mesa redonda, ubicada estratégicamente en una de las esquinas del restaurante y donde se toman las decisiones más importantes a nivel regional al ritmo de los crudos y el chucrut.