4.15.2010

Mi matrimonio en Santiago (Tercera parte y final)


Siempre he definido los matrimonios chilenos como “un acto tribal donde una pareja se une eternamente (en teoría), mientras sus familiares y amigos chupan y comen como dementes, hasta llegar al trance que se refleja en bailes epilépticos”.
Es justo el momento de “los bailes epilépticos” con el que finalizaré la larga historia de mi matrimonio.
Todo comenzó con el tradicional vals que cambiamos por el bolero La Hiedra, interpretado por mi gran mamita Carmencita Corena. Dimos unas vueltas, saludamos al público y danzamos muy apretados, como los antiguos lentos de los años 80.
Después bailé dos cuecas bien zapateada y comenzó la cumbia con La Noche y Américo como protagonistas sonoros de la danza tribal.
A medida que los wiskhies con bebida energizante ingresaban al estómago y la mente el baile se iba poniendo cada vez más cuático.
En un momento detuve la música y realizamos el momento de la Isla de Pascua,donde invité a mi amigo el oftalmólogo y varios compinches a bailar pascuense, con unos collares emplumados. (Conocí a mi esposa en esa Isla)
Yo le ponía cualquier color al asunto y la música era la versión Rapa Nui de la canción Flaca, de Calamaro. Después llegó el momento de la borrachera extrema. Eran las 4 de la mañana y casi realizamos un pogo gigantesco (esos que hacen los punk en los recitales) al centro de la pista.
El animador me dijo que la novia haría un “koala” conmigo y después la cosa se armó
y yo traté de hacer un koala con un amigo y el gil se corrió, quedando tirado cuan largo soy en la pista. El alcohol no sólo duerme la mente, sino que también el cuerpo, por lo tanto el chancacazo ni lo sentí.
Todos andaban medio disfrazados en la fiesta por la onda “cotillón” y a las 5 de la mañana los mozos empezaron a limpiar las mesas y nos sugerían con sus movimientos que nos largáramos, mientras yo parloteaba y parloteaba sobre la diversas gimnasia sexual que haría en la luna de miel.
Mi suegra querida llegó a la mesa y me
mandó una mirada asesina y tuve que cambiar el tema rápidamente.
Ahora soy un hombre casado, feliz y responsable y no tomaré más... “¿A dónde la viste?”.

4.13.2010

Mi matrimonio en Santiago (Parte 2)

Por Ajenjo
Antes que empezara el ritual civil del matrimonio realizaron dos discursos. El primero fue de una amiga de mi novia y el segundo de Dióscoro Rojas, quien se mandó el medio “speach” sobre el amor, Valparaíso, las sirenas y los marineros. La gente aplaudió a rabiar y a mí se me pasaba el susto ya que la cantidad de cuicos presentes tenía algo nervioso al Gran Guaripola de los Guachacas.
Después comenzó la formal ceremonia y apareció mi novia, quien como un ángel blanco bajó por una gran alfombra roja, bella, bellísima, del brazo de su padre, mientras yo comenzaba una lucha por mantener las lágrimas en forma desesperante.
La oficial habló sobre el terremoto y otras cosas, mientras yo apagaba mis dos celulares que se me habían quedado prendidos (menos mal que me di cuenta ya que uno de los ring tones es un niño gritando: “¡Nos destruirán a todos, nos destruirán a todos!”). Nos entregaron la libreta de familia y llamaron a mi hijo para que nos trajera las argollas, mientras yo le preguntaba insistentemente a la jueza: ¿Nos podemos besar ya?
A los minutos tuve que salir caminando abrazado a mi novia, mientras una mosca se me metía en el ojo (cuento para echar el lagrimón tranquilo) y comenzó la sesión de fotos y los canapés. Me empipé uno o dos pisco sour, lo que me causó un poco de relajo. Ahí pude observar a Dióscoro Rojas conversando animadamente con la modelo Paola Camaggi, quien es pareja de un querido primo mío.
Nos avisaron que la gente estaba en el comedor y que había que ingresar, sin embargo, la cosa de demoró algunos minutos porque unos familiares se habían colado en la mesa principal de los novios y sus padres. Los sacaron lo más disimuladamente posible.
Entramos con “Alta Suciedad”, de Calamaro, mientras el estúpido del animador me cambió mi nombre como si fuera femenino. Justo iba pasando por la mesa de mis colegas periodistas, que me lanzaron el típico grito: ¡ayyyyyyyyyyy!, para burlarse del error.
Me pegué un discurso rápido y me lancé a la mesa principal, donde pude lanzarme dos copas de tinto, mientras mi novia me tironeaba para sacarme las fotos oficiales con todas las mesas. “Paciencia, paciencia”, pensaba dejando la copa en la mesa... (continuará).

Mi matrimonio en Santiago (Primera parte)


Por Ajenjo

Llego a la casa de mi hermano con mi “paletó nuevo” para estar tiqui taca para mi matrimonio en Santiago. Le pido que se ponga con un buen vino para el almuerzo y un wiskacho para rematar ya que estaba medio nerviosón para la ceremonia de la tarde. Mi hermano me dice que mi novia lo había llamado y con duras palabras le había señalado que por ningún motivo me diera alcohol antes del matrimonio, lo que obviamente me provocó un leve enojo, pero seguí adelante.
Me duché, me lavé el pelo y me jaboné el cuerpo varias veces. Me afeité con mucha prolijidad y me puse mi terno negro con corbata azul metálico y apelé a todos los dioses y demonios del mundo para que me acompañaran en este evento.
Mi bella y querida novia había invitado como 180 personas, que eran una elevada cantidad comparado con los cuarenta que llevaba yo. Un grupo de amigos llegó muy temprano y se cambiaron dentro de los baños del recinto, ya que venían “muy transpirados de Valparaíso”. Los socios se estaban cambiando los ternos y vestidos en el baño y en eso llegó un guardia que les preguntó que estaban haciendo: “es que venimos al casamiento de la tarde”. El guardia le respondió: ¡Haaaa ustedes son de la orquesta!
Llegué como a las 18.30 horas y me encontré con mis “amigos orquesta”, a quienes saludé cariñosamente y me puse en la puerta a darle la bienvenida a una numerosa concurrencia desconocida, que asistía en forma muy elegante a este magno evento.
Cuando llegó Dióscoro Rojas me calmé un poco, ya que juntos a mi “brother” oftalmólogo, eran los invitados más importantes: el primero realizaría un discurso y el segundo era mi testigo.
Cuando la jueza apareció todo se volvió muy rápido y loco y estaba a punto de estampar por segunda vez en mi vida la firma del amor… (continuará).

ajenjoverde@hotmail.com

3.29.2010

A 24 horas de mi matrimonio o como protagonizar una película de zombies


Por Ajenjo

En 24 horas volveré a decir: “sí, acepto” y me embarcaré nuevamente en esta aventura llamada matrimonio.


Siempre he pensado que el matrimonio es como el trabajo.A veces uno no soporta más sin embargo llega fin de mes y el sueldo permite pagar las cuentas y darse uno que otro gustito.


En la vida de casados muchas veces ya no puedes más, pero la sonrisa de un hijo, una noche de amor o simplemente compartir los problemas y triunfos, transforman todo. Hay que tener mucha, mucha paciencia y tolerancia y entender que el otro es diferente.


Ahora voy mucho más maduro que antes y lucharé para tratar de mantener a la familia unida y feliz.Ojalá así sea.Igual los nervios me comen ya que enfrentar un matrimonio a una semana de un terremoto es algo terrible. El día que la tierra se movió con intensidad había llegado de mi trabajo en el Festival de la Canción. Gracias a Ricardo Arjona logramos salir más temprano de lo planificado.


Me puse a escribir una columna y el terremoto comenzó.A los minutos decidí ir a encontrarme con mi hijo, que estaba con mi madre en Viña. Fue como protagonizar una película de zombies. En Errázuriz, cientos de jóvenes, que deben haber estado borrachos, trataban que los lleváramos y pegaban sus deformes rostros en el vidrio.


Al final pudimos llegar y el abrazo de mi madre y de mi hijo me calmaron los nervios, que a esta altura están más que destrozados.

ajenjoverde@hotmail.com

2.15.2010

Carta abierta al Dj que pondrá música en mi matrimonio

Por Ajenjo

Sr. Dj que pondrá música en mi matrimonio:


Quiero contarle que nací el año 1969, algunos días después que el hombre llegará a la luna y antes de que se realizara el Festival de Woodstock, lugar y evento que conocería muy bien en mis primeras correrías de juventud.
Por esta razón me gustaría escuchar alguno que otro tema de Jimi Hendrix, Joe Cocker y mi querido Santana.
Después estuve habitando la rara década del 80, donde forjé mi personalidad musical en base al rock y a la música folclórica. A mi grupo de amigos nos llamaban los "Intillimaiden" por esa extra fusión entre Inti Illimani y Iron Maiden. Por eso me gustaría algún temita de esos dos grupos, seguramente cuando ya la gente se esté retirando (tipín 4 de la mañana).
A la hora del cóctel y mientras los invitados esté comiendo quiero al grupo más importante de mi vida y que es la banda sonora de mi alcohólica existencia: Los Jaivas. Con sus temas versionados de Violeta Parra, más el Alturas de Machu Pichu ya me siento en las nubes.
Entrando a la década de los 90 la cosa se pone más rockera. Cuando estén todos bastante achichados me gustaría que instalara el tema más conocido de Rage Again The Machine y hacer un gran slam con todos los locos terneados y caerse al suelo en medio de una alegría de wiskhy, vodka y "ron" and roll.
Ya para la década del dos mil me quedo lejos con Andrés Calamaro. Me gustaría bailar bien apretado con mi novia el tema "Soy Tuyo" y después terminar tirado, con la lengua afuera, con "Sexy y Barrigón".
Señor Dj, yo no le quiero imponer nada, sólo decirle que estoy un poco nervioso por mi segundo matrimonio y la música siempre ha actuado como una ambrosía para mi cerebro.
Pienso que esos temas me calmarán y podré vivir este importante momento de mi vida sin caerme al frasco. Muchas gracias.



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La infinita amabilidad del sur chileno

Por Ajenjo

Dedicado con inmensa gratitud a Martín, Ani y Nidia

Estoy bebiendo sidra, un licor obtenido del jugo de manzana que venden en Argentina y que mi anfitrión en Puerto Montt se trae cuando viaja al país trasandino. Debo decir que si el cariño y la amabilidad se encarnaran en seres humanos, seguramente lo harían en esta familia que nos acogió por 10 días y nos sirvió de centro para conocer los bellos paisajes alrededor del lago
Llanqihue.
Como buen turista visité las cocinerías de Angelmó, donde me comí un curanto a medias con mi novia, mientras me bajaba solitariamente un botellín de vino blanco (el antiguo tecito) y varios pisco sour de regalo. Mi hijo se hizo adicto al salmón, que lo preparan en diversas formas y en “El Roco II”, donde almorcé, lo sirvieron a la plancha y era un manjarcillo de categoría internacional.
Chispeado con el mosto albo me compré el respectivo chaleco de lana chilota y decidí prepararle machas a la parmesana y ceviche a mis anfitriones. Adquirí cien machas gigantes y una merluza austral bien pelada y seguí bebiendo en forma abundante y cariñosa esa refrescante sidra de manzana.
Uno de los lugares más espectaculares que visité, además del Parque Nacional Alerce Andino, fue el nuevo teatro que se está construyendo en Frutillar y que está inserto dentro del lago. La obra, de una hermosura arquitectónica sin palabras, logra transportar a paisajes europeos a sus habitantes y turistas. Me imagino tomando una fría botella de colemono y escuchando la obra Jupiter, mientras del volcán LLanquihué se asoma una gigantesca luna.
A veces sacamos pecho por las bellezas de Valparaíso, sin embargo Chile tiene paisajes maravillosos y licores fantásticos que se amalgaman para crear gente maravillosa, como esa cariñosa familia puertomontina que nos abrió su casa y su corazón.


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Revisitando el Bric a Brac o en busca del Alerce milenario

Por Ajenjo

Acabo de llegar hace tres horas a la ciudad de Puerto Montt, desde donde saldré en busca de un alerce que tiene dos mil años de antiguedad. Me acompaña mi bella novia y mi hijo, quien se compró una reproducción plástica de una tremenda caca de perro y se entretiene instalándola en la vereda, mientras la gente mira “el lulo” con cara de asco. Su rostro lleno de carcajadas es algo impagable.
No tengo muchas cosas para relatar todavía de este viaje, por esta razón les contaré una visita que realice a Maitencillo, donde nuevamente pude comprobar que el restaurante Bric a Brac es lo gastronómicamente más poderoso que tenemos en esta parte del litoral costero.
Mi hermano, que vive en Brasil, está de visita y armamos un viaje a la playa de Cau Cau para pasar un sábado relajado y feliz. Tuvimos que llegar hasta Puchuncaví para sacar plata de un cajero automático y fue ahí donde se me iluminó la ampolleta y me dije: “ya que estamos tan cerca de Maitencillo, vamos a comer al Bric a Brac”. Llegamos como a las 13 horas y nos instalamos en la misma mesa de la vez anterior, cerca de la terraza. Pedimos empanadas (que no están en la carta) de macha queso, machas a la parmesasa y dos sopasBullavesa, divididas en tres platos.
Uno de los mozos, que nos había atendido la vez anterior, me miró por algunos segundos y se acercó tímidamente. Con voz de duda me dijo: “usted vino en el invierno y escribió en el diario sobre el restaurante”. Le dije que tenía una memoria privilegiada y que estaba en la razón. El garzón, ya muy emocionado, fue a buscar al dueño del restaurante, quien llegó con una amabilidad extrema y nos conversó sobre su proyecto culinario y el nombre Bric a Brac.
Después a la mesa llegaron el doble de las machas a la parmesana, las sopas estaban increíbles y de regalo nos dieron unos postres de berrys con helado y unos conitos de masa que nos dejaron, para variar, tocando batería y con una sonrisa de felicidad que no te la podían sacar ni a palos.
Y ahora a buscar el alerce milenario…
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Me saco el sombrero por Cristóbal Gaete Araya

Por Ajenjo

Una vez andaba buscando azufre. Mi intención no era realizar un rito satánico, por el contrario, quería espantar a más de diez gatos que orinaban y defecaban en mi patio de la antigua casa de Yerbas Buenas. Alguien me dijo que el azufre servía y partí al Mercado Cardonal a buscar el amarillento polvo.
Mientras curioseaba por los puestos sentí que alguien me llamaba desde una caseta de madera. Era el escritor y periodista Cristóbal Gaete que estaba trabajando atendiendo el negocio de su padre. Conversamos unos segundos sobre el azufre y los gatos porteños y seguí mi camino.
Ahora tengo en mis manos el libro “Mercado Cardonal”, una belleza de texto, que relata la historia de muchos personajes que rodean este mítico edificio porteño. Cristóbal debe haber pasado horas escuchando y mirando, con su peculiar lentitud reflexiva, la vida de este mercado y finalmente ejecutó un valioso testimonio de rescate humano.
Recuerdo que cuando estudié filosofía y derecho en la Católica de Valparaíso, me paseaba por el mercado Cardonal y encontraba rarísimo que al lado de donde se formaban los futuros profesionales chilenos, se tranzaran lechugas, tomates, quesos y huevos, de una forma caótica y desordenada.
El Cardonal es una de las puertas de entrada para el visitante que llega desde Viña del Mar, esa suciedad vegetal que cubre el pavimento es una de las esencias de este puerto maldito.
Ahora supe que Cristóbal Gaete y sus compinches (agrupados en Ediciones Perro de Puerto) estarán en los Carnavales Culturales armando libros y resistiendo al sistema.
Destapo una botella de vino virtual y la descorcho en nombre de Cristóbal Gaete Araya, quien en estos tiempos de internet, televisión, consumismo extremo y egoísmo humano, todavía es capaz de escribir sobre estos mutantes seres de Valparaíso, que son parte del ahora llamado “patrimonio humano”, pero que simplemente son seres que aman y sufren alrededor de este ensamblado recinto comercial porteño.


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1.21.2010

No todo lo que brilla es oro en el Cerro Alegre


Por Ajenjo

No hay duda que el centro gastronómico más poderoso que funciona actualmente en Valparaíso es el Cerro Alegre, lleno de restaurantes que ofrecen carísimos platos y vinos de hasta ¡120 mil pesos la botella! y más.
Uno podría pensar que "todo lo que brilla es oro" en este turístico cerro, sin embargo la situación no es tan clara y hay experiencias culinarias que tienen que mejorar notablemente.
Después de Año Nuevo se me ocurrió salir a comer algo suave en alguno de estos lugares de la subida Almirante Montt y entre a uno denominado "Jaiva y Cordero".
El nombre ya me parecía atractivo, sin embargo la buena onda se me fue esfumando poco a poco.
Había una oferta de cortes de sushi, por lo tanto aproveché el "happy hour" y me pedí un pisco sour, mientras mi novia bebía sólo una coca cola light producto del firme entrenamiento a que está sometida antes del matrimonio.
Nos entregaron una carta donde estaban todos los platos y copas que se ofrecían en el restaurante. Era de papel rojizo y estaba llena de manchas de aceite.
Mientras trataba de leer los platos, que eran bastante caros, llegó el pisco sour que no estaba mal, sin embargo me lo tomé todo y pasaron muchos minutos antes que el sushi llegara a la mesa. Aburrido le pedí un poco más de pan al joven mesero, quien me señalaba que pronto saldría el arroz con el pescadito.
El sushi estaba reguleque y pensé que era un error andar pidiendo pescado en estas fechas.
Me fui bastante decepcionado y pensé nuevamente en la frase del crítico gastronómico Cesar Fredes, quien me señaló que el futuro de Valparaíso estaba en sus mercados y en el pescado frito con ensalada chilena. Personalmente también apuesto a lo mismo, ya que no hay bolsillo que aguante esos precios y más aún si el servicio y el consumo es un poco mejor que mediocre.

ajenjoverde@hotmail.com

1.12.2010

Carreteando en el Año Nuevo con mi hermano "el diputado"

Por Ajenjo


Escríbete este carrete de Año Nuevo en tu columna", me dice mi hermano mayor, mientras explotan los fuegos artificiales que observamos desde el altillo de mi casa en el cerro Alegre.
Mi hermano es diputado y siempre me anda reclamando que nunca aparece en esta columna; la verdad es que no es un personaje muy carretero y las veces que hemos ido a comer a restaurantes o salir a echar la talla por ahí son contadas con los dedos.
Hace muchos años que no pasaba un Año Nuevo con mi hermano y su simpática familia. Para partir, el 31 de diciembre nos fuimos a almorzar al restaurante Caruso, donde comimos caluguitas de pescado con vinito tinto.
Yo salí medio chispeado y caminando por la calle San Enrique nos encontramos con el dueño del "Vinilo", que a las 16.00 horas sacó una botella de champaña con copas y todo a la calle para celebrar la ocasión.
Yo me la tomé casi toda y tuve que dormir una siesta para enfrentar la última noche del año.
En el paseo Yugoslavo estaba, como todos los años, la masa de locos carreteando de lo lindo.
Los hijos de mi hermano trajeron el famoso cotillón y a las diez de la noche salimos todos disfrazados con máscaras. Mi hermano se puso una máscara de titanes del ring y la gente lo saludaba sin saber quién era.
A las 12 ya estábamos en la casa tomándonos unos vinos "apalta" que el diputado había traído y aseguraba que pasaban "como agüita de la llave".
"Pasa para acá mejor", le dije, y me serví una gran copa, mientras los fuegos artificiales resonaban de lo lindo, marcando un nuevo año en mi Valparaíso querido.
¡Qué nos vaya bien a todos!


12.29.2009

Recuento patachero y bebedor del 2009



Por Ajenjo


Es la hora de las conclusiones, de los recuentos y de los recuerdos, por lo tanto, me dedicaré a recorrer parte de los que comimos y chupamos en el ya casi extinto 2009.
Primero hay que mencionar al Club Cigale (Blanco 38), ese nuevo centro de carrete porteño donde se me "apagó la tele" mientras desfilaban hermosas modelos vestidas de vírgenes. Lejos el mejor local para bailar, tomarse unos tragos y no estar chocando con universitarios sedientos de tres cervezas de litro por mil pesos.
Para comer rico, la lista de lugares descubiertos es más larga. Para los de billete largo el restaurante Montealegre (Higueras 133) y el Pasta e Vino (Templeman 352), del cerro Alegre, son excelentes, pero su ambiente tan acuicado nos aleja un poco.
En el cerro Florida apareció el Oda al Pacífico (Cóndor 35), donde todo es de categoría, pero hay que estar atento a que los mozos no elijan los platos que uno va a consumir.
Dos grandes descubrimientos nos alteraron el cerebro este año, y que tienen relación con el chancho. El primero fue el costillar ahumado de la carnicería Sethmatcher (Bustamante 118). Un lujo para paladares avanzados. A esto hay que sumarle el pernil del Hamburgo (O’Higgins 1274), que se corta con el tenedor.
En restaurantes fuera de la ciudad, catalogo como lo mejor en mariscos y pescados al Bric a Brac (Isidro Gaete 25) de Maitencillo, donde se respira Francia en cada plato.
El mejor pisco sour es el del Poblenou (Urriola 476). Dos te mandan directo al ciberespacio en forma inmediata y deliciosa.
Pero el restaurante que supera a todos y que es la nueva estrella que brilla en el cielo porteño es el Caruso (Cumming 201), de Tomás Olivera.
Las mejores calugas de pescado, empanadas de cordero, cazuela de cerdo con chuchoca y una leche asada donde a uno le corren las lágrimas, son parte del festín que uno se puede mandar. La relación precio, calidad y cantidad es para sacarse el sombrero y todo preparado por la estricta mirada del mejor chef chileno, el guaripola de los cocineros nacionales.
Ahora viene Año Nuevo: ¡cómo quedarán esos hígados!


12.28.2009

La plaza Ánibal Pinto es el manicomio de los perros


Por Ajenjo


Los que caminamos por Valparaíso nocturno en busca de algún trago que nos calme esta horrible ansiedad de fin de año, podemos ver un espectáculo rarísimo: decenas de perros persiguiendo las ruedas de los autos en la Plaza Aníbal Pinto.
¿Por qué hacen estos los perros? Bebiendo una jarra de dorada cerveza Stella Artois, converso con gente y trato de resolver esta duda, que realmente me está atormentando la mente.
“Mira, un veterinario me dijo que los perros que trataban de morder las ruedas de los autos se han vuelto locos”, me asegura un experto.
La idea me gustó y me imaginé que la Plaza Aníbal Pinto era un manicomio de perros, y que todos los canes callejeros que les falta un tornillo se instalan en esa zona a esperar su demente muerte.
Entre esos locos perros hay uno al que le puse “El vampiro”, ya que se le salen los dientes por los labios, adquiriendo una apariencia bastante freak.
En la década del ‘80, en la plaza de Quillota, estaba el “perro burro”, que había sido atropellado y la rueda le
había pasado exactamente “ahí”, produciéndole una gran deformación.
Entre otras teorías sobre la obsesión de los perros con las ruedas está que los quiltros piensan que los automóviles son gigantescas bestias que en sus patas (ruedas) traen el orín de muchos perros.
Eso los hace asumir su territorialidad y tratar de expulsara estos monstruos con olores extranjeros.
Realmente no se qué pasa, pero vi a dos gringos con una botella de vino blanco en un cartucho de pan, observando durante horas a los perros y me di cuenta de que ya son parte del paisaje
y la fauna porteña.
Ojalá que el manicomio continúe.





ajenjoverde@hotmail.com

“La Mangiata" versus Pasta e Vino o David contra Goliat




Por Ajenjo




Muchos seguramente dirán que comparar el restaurante “La Mangiata” con el “Pasta e Vino” de Valparaíso es una soberana estupidez, ya que son como David y Goliat en casi todos los aspectos que se analicen, sin embargo les recuerdo que el chico y hábil David terminó derrotando al gigantón.


Celebré el cumpleaños de mi hijo en “La Mangiata”, junto a tres compañeros de escuela. Se comieron sus pizzas, ensuciaron el mantel cuadriculado y apagaron la vela de un pastel que cariñosamente uno de los dueños de la pequeña trattoria nos regaló. Después llegó el otro dueño y como es la tradición, con calculadora en mano, nos dio la cuenta de una velada llena de cariño, amor y platos de pasta como hechos en casa.


Tuve una invitación para ir a comer al famoso “Pasta e Vino”, junto a un grupo de simpáticos leguleyos. Me tomé dos pisco sour y probé unos vinos con un ensamblaje de ¡4cepas! Uno de los abogados pidió un plato que llevaba caviar. Todo era de categoría y alta calidad, sin embargo no me sentía como en Valparaíso. Perfectamente podía estar en Borderío o en el nuevo patio de restaurantes en la capitalina Bellavista. Algo faltaba y es precisamente lo que le sobra a “La Mangiata”.


No puedo decir nada en contra de la comida y los mostos del “Pasta e Vino”, pero tengo que asumir que estoy en Valparaíso, donde la basura reina en las calles, las paredes están llenas de rayados y la mitad de las cosas no funcionan.


Comer en “La Mangiata” no es degustar las mejores pastas del mundo, pero se nota cariño verdadero en cada humilde plato. Por si las moscas, está en Rodríguez 538 y pídanse los ñoquis.




12.13.2009

Adiós Yerbas Buenas, de vuelta al Cerro Alegre


Por Ajenjo


Esta es la mudanza número quince en mi vida y estoy chato de andar cargando mis libros y cuadros como un gitano de casa en casa; sin embargo, así es la vida y "solito se metió, solito salió".
Después de habitar casi tres años en un pasaje de la calle Yerbas Buenas, un vecino, con quien logré hacer buenas migas durante ese tiempo, me invitó a su casa para despedirme junto a mi novia. Le llevé de regalo un pisco "Alto del Crimen" y me encontré con una bonita recepción, con canapés de camarón, jamón-queso, pizzas y unos mostos de gran poder. Yo pensé que la recepción era para mi humilde persona, que abandonaba el pasaje, ya que también había otros vecinos; sin embargo, era el cumpleaños del dueño de casa, quien había aprovechado los festejos para invitarnos y despedirnos a nosotros.
Sin conocerme mucho, el anfitrión me puso una botella de litro de ron Havana en la mesa, lo que me transformó en un loro de siete lenguas y comencé a dar mi peculiar visión de todos los habitantes del pasaje. Todos se reían mientras hablaba. En algunas ocasiones escuchaba ooooooooo (de asombro) y en otras el cariñoso codazo de mi novia me alertaba que las
estaba embarrando.
Mi vecino se convirtió en mi amigo ya que, en algunas ocasiones, me llevaba en su furgoneta blanca desde la casa al trabajo. Su vehículo, a los que se les llama cariñosamente "pan de molde", tenía un sillón de living instalado en su parte trasera. De esta manera, muy cómodo y relajado, viajaba por la calle Yerbas Buenas hasta Esmeralda, conversando con mi vecino amigo de lo humano y de lo divino. Su esposa es encantadora y representan para mí el espíritu de la familia porteña, con un gran corazón lleno de amistad y buena onda.
Ahora vuelvo a mi cerro Alegre, donde viví diez años llenos de intensa aventura. Este fin de semana cargaré un nuevo camión con muebles y electrodomésticos y dejaré una casa y una familia vecina que me acogió siempre con cariño y amistad.
Hasta luego Yerbas Buenas y que se preparen en el Alegre...


12.11.2009

La mejor terraza de Valparaíso es de color verdoso


Por Ajenjo


He sido y siempre seré “guata amarilla” y aunque ame esta ciudad y viva hace 13 años en sus cerros, no podré cambiar al Everton por el Wanderers.
A pesar de mi corazón ruletero, me fui a meter a la terraza que instaló el local “La Vida en Verde” en plena Plaza Aníbal Pinto, epicentro carretero del sector.
La sorpresa que me llevé fue tremenda. Primero por el rico shop Torobayo que me llegó en un vaso helado (¡pucha que se agradece ese detalle cuando hay calor!) y por el grato ambiente de terraza.
Siempre he postulado que Valparaíso es una ciudad para bares en terrazas. Todo se presta para bajarse unos buenos pisco sour a la vena sintiendo el airecito primaveral.
¡Cerraría toda la calle O’Higgins (al lado de la Intendencia) a los malditos automóviles y la llenaría de sillas y mesas multicolores llenas de jarras con frutilla y buen vino!
Volviendo a la terraza de “La Vida en Verde”, me tomo mi shop heladito mirando fotos de mis “enemigos futboleros”, pero todo está tan bonito, que tampoco me molesta tanto.
Por el efecto cerveza voy al baño y me encuentro con otra sorpresa: su limpieza extrema. ¡Pucha qué agrado y qué ejemplo para los bares porteños!
Salgo contento y decido ir en la semana al “Poblenou”, un ya tradicional local de la subida Urriola, donde aprovecho unas buenas ofertas que me llegaron por correo electrónico.
Comemos un sushi, tomamos un pisco sour (de categoría cinco estrellas) y nos bebemos otros tragos.
Nos sentamos en una especie de living y con el grupo de amigos, batimos la lengua en medio de la filosofía barata y alcoholizada.
La atención era medio lenta, pero tampoco tanto, y aprovechamos una rebaja de un 30 por ciento en un vino blanco de la Viña Casablanca llamada Cefiro, que era para rechupetearselo de lo rico. ¡Pasaba como agüita de la llave!
Lástima que el_“Poblenou” no tenga terraza y que su vista panorámica sea una muralla pintada con un mural.
Tampoco hay que ponerse tan exigente, si al final estamos en Valparaíso...


ajenjoverde@hotmail.com

11.26.2009

Escuchando a Chinoy en el Danubio

Por Ajenjo


El periodista René Chevasco, alias El Chivi, quien es melómano y amigo personal, escribió que el último disco del cantante porteño Chinoy, "Que salgan los dragones" es "puro placer melódico" y que "a quien no le sale una lágrima con la canción Klara, tiene el corazón muerto".
He escuchado mucho hablar de Chinoy, sin embargo, jamás había asistido a un recital y tuve esta semana la buena ocurrencia de aparecerme en el completero local Danubio, donde el trovador se lanzó unos temas.
Antes me empipé unos rones en mi bar de siempre y con un suave daño cerebral avancé por la calle Esmeralda junto a mi novia y mi brother.
El Danubio estaba repleto y no cabían ni las moscas. Llegué a la barra donde el dueño me saludó y le pedí un ron con cocacolita para seguir cantando la misma música.
A las 10.30 llegó Chinoy con su guitarra en la mano, atravesó el local, preparó el sonido -que se cayó varias veces- y cuando estuvo todo listo se largó a cantar.
Sentado en el suelo seguía pidiendo vasos de ron, mientras el cantante hipnotizaba al público con una canción que como coro nombraba la palabra pan varias veces.
A veces el sonido guateaba y Chinoy se quedaba cantando en voz baja, mientras la gente coreaba de memoria sus temas.
Pensé en Calamaro y en Silvio Rodríguez, pensé en cuando escribía poesía y creía que podía cambiar el mundo con cuatro palabras, pensé en la mujer que amo y en los miedos que tengo, pensé en mi hijo corriendo por un cerro y pensé que necesitaba más ron en mis venas.
Al final salí a la extraña lluvia de noviembre, convertido en otro de los cientos fans de Chinoy.


11.18.2009

¿Dónde está el mejor pernil de Valparaíso?

Por Ajenjo

Debido a unos problemas de acoso de un borrachín, en mi clásico bar de siempre, tuve que salir a buscar un lugar donde poder conversar tranquilamente con mi brother oftalmólogo. Sólo una vez había entrado al restaurante Hamburgo y recuerdo haber comido unas gordas con chucrut o algo muy similar.
Nunca me he sentido muy cómodo en ese lugar, lleno de objetos navales y militares; sin embargo, esa noche fue diferente, gracias al tremendo pernil que llegó acompañado de papas con una rica salsa de tocino.
La simpática garzona nos ofreció pernil asado en horno de barro, pero optamos por el tradicional cocido en agua, con esa gruesa y lechosa piel.
Para beber nos pedimos dos cervezas rubias en jarro de loza, con una espuma de excelente textura, que ayudo a bajar el exquisito plato
Según mi socio, los perniles que se sirven en ese lugar provienen de la famosa carnicería Sethmacher, ubicada en el corazón del Barrio Puerto, pero este dato puede no ajustarse a la realidad.
Lo importante es que puedo asegurar que en el Hamburgo venden el mejor pernil preparado, donde su carne se corta con el tenedor y tiene un color rojizo espectacular.
Además, si visita este local, tendrá muchas posibilidades de observar a un grupo de famosos políticos locales, quienes reservan una mesa redonda, ubicada estratégicamente en una de las esquinas del restaurante y donde se toman las decisiones más importantes a nivel regional al ritmo de los crudos y el chucrut.


11.05.2009

¿Quién se acuerda de Cuatro Remos?


Por Ajenjo


Estoy en Santiago, en la casa de mi nuevo suegro, quien prepara un asado de esos con los que uno termina "peinado para atrás", "tocando batería" y "con el ombligo parado".
Mientras el enorme pedazo de carne se asaba en la parrilla a gas, el hermano del dueño de casa me preguntó por Valparaíso y, como casi todas las personas que hablan sobre esta ciudad, se refirió a la enorme cantidad de perros vagos que habitan junto a los porteños.
Actualmente trabajo en un proyecto literario sobre este tema, sin embargo, me "golpeó" (como se dice periodísticamente) cuando me habló sobre una novela llamada "Cuatro Remos".
Entre cerveza y cerveza y vinito y vinito, me fue contando que cuando era niño su padre tenía en la biblioteca un libro con ese nombre "y el protagonista es un perro de Valparaíso al que le pasan muchas aventuras".
El hermano de mi suegro me seguía relatando, apasionadamente, que "el libro tenía cuatro tomos y era muy bueno. Ojalá lo puedas conseguir".
Durante la conversación de sobremesa, el libro "Cuatro Remos" volvió a salir a la palestra y el nombre me quedó dando vueltas, al igual que el rico Merlot que bajaba de las copas suavemente.
Al volver a Valparaíso metí en el Google el nombre de Cuatro Remos y luego de cliquear un rato me encontré con que el sitio www.memoriachilena.cl tenía una copia del primer tomo facsimilar de 1921.
Descargué el archivo, que se demoró en bajar más que lo que uno se demora en terminar una copa de buen mosto, y apareció el libro con su tapa café incluida.
Es sólo el primer tomo, pero permite claramente tener una idea de la importancia de los perros en esta ciudad y de cómo "Cuatro Remos" es nuestro "Colmillo Blanco" y el escritor Daniel Barros Grez, el Jack London porteño.
Recomiendo, a ojos cerrados, descargar el libro gratuitamente, comprarse un buen vinito y disfrutar, en estas soleadas tardes primaverales, de las aventuras de "Cuatro Remos", en Valparaíso.


10.29.2009

Cuando llegan los hombres de blanco


Por Ajenjo


Podría contarles el excelente asado que tuve en el Jardín Botánico, donde escuché a la bella Pascuala Ilabaca interpretando canciones de la India que nuevamente me llevaron a las calles de Calcuta y Varanasi.
También podría comentarles las excelentes empanadas de cordero que cené en el Caruso; sin embargo me encontré en las calles de Viña del Mar con un brother fotógrafo que me contó la siguiente historia.
El 18 de septiembre, y motivado por algunos líos sentimentales, decidió comprarse cuatro botellas del licor Araucano y un pack de cervezas y se las tomó durante varios días en su pieza.
Por los grados de intoxicación no pudo ir a trabajar y siguió tomando licor para sentirse mejor.
Un día despertó como "escuchando una radio mal sintonizada", pero no entendía de donde provenía el ruido. Preocupado fue a ver a su polola, quien finalmente se lo llevó a un siquiatra.
El médico le dijo que estaba con alucinaciones alcohólicas y que tenía que tratarse. Le obligó a sacar todo el trago que tenía en su bolso, que era medio Araucano y una lata de cerveza, y le dijo que se las bebiera y que serían "los últimos tragos de su vida".
Después lo inyectó y le dio unas pastillas y ahí comenzó a nublarse totalmente la vida de mi amigo.
Despertó en un asilo de ancianos y después fue trasladado a una clínica de rehabilitación en Santiago.
En ese lugar vivió la parte más oscura y dura. Dos hombres de blanco se acercaron para llevarlo a un recinto y hacerse exámenes físicos. Mi amigo se asustó y le tiró un par de aletazos. Le pusieron la camisa de fuerza y despertó amarrado de la cabeza, de las manos y los pies.
Le pidió a una enfermera que lo desamarrara y esta le dijo que sólo "si se comprometía a portarse bien".
Después volvió a la clínica de rehabilitación, donde conoció a jovencitas de 16 años adictas a la cocaína y dueños de fundos sureños que eran jubilados del alcoholismo extremo.
Ahí comenzó sus trabajos de terapia y volvió a Viña del Mar.
Cuando me relataba la historia se subió la polera. Dos moretones en cada costado del estómago eran señales claras de las inyecciones que le habían colocado. Además me mostró unos envases con un remedio llamado Antabus y otro con pastillas para los nervios.
Me contó que no podía comer ciertas mayonesas, ni vinagre, ni siquiera colocarse colonias, ya que todo lo que contenga alcohol puede ocasionarle casi un ataque de epilepsia.
Me despedí dándole unos consejos de amigo, mientras pensaba en lo serio de la enfermedad del alcoholismo y las graves consecuencias que causa en algunos seres humanos.
Ojalá te mejores amigo querido.
Ojalá.


ajenjoverde@hotmail.com

10.19.2009

120 machas a la parmesana y el gran triunfo de Chile


Por Ajenjo


Cuatro bandejas de machas a la parmesana, con diversos y peculiares estilos, eran parte del menú que mi brother fotógrafo nos tenía preparado para observar el partido entre la Selección Chilena de Fútbol y Colombia, que terminó con la clasificación definitiva al Mundial de Sudáfrica 2010.
Yo le lleve de regalo una botella de vodka Stolichnaya y un buen vinito tinto, que se unió al "stock" que teníamos preparado para ver el ansiado encuentro.
Partimos almorzando un ceviche de salmón y después nos lanzamos hacia las bandejas de las machas, que las bajamos con pisco sour y varios botellines de vino blanco, que calentaron el ambiente antes de que empezara la goleada chilena.
Para amenizar el partido nos preparamos unos vasos de licor ruso con juguito de naranja y cuando el árbitro tocó el pito inicial del encuentro ya estábamos todos como el ex presidente de ArgentinaNéstor Kirchner. "con un ojo para arriba y otro para abajo".
El autogol nos produjo unos minutos de profunda depresión, donde los garabatos más profundos salieron en dirección a la pantalla de televisión.
Luego de unos momentos comenzó la máquina chilena a meter goles y cada entrada del balón al arco cafetero era celebrado con un nuevo vaso de vodka naranja.
Yo, insuflado de espíritu nacionalista, abría la ventana de la casa y me lanzaba tremendos gritos de gol. Al dueño de casa le bajaba la sobriedad y me decía que me quedara tranquilo "ya que este es un barrio residencial".
Al final nos abrazamos todos y a mi se me ocurrió tirar la idea de ir a la Plaza victoria a festejar con los flaites, sin embargo mi idea recibió una gran negativa ya que todos sabemos que esas celebraciones terminan con más de un asalto y una cabeza rota a botellazos.
Para recuperar la calma mental y corporal me fui al otro día a Reñaca, donde un tremendo día de sol primaveral acariciaba las neuronas de todos los chilenos que habían celebrado el triunfo.
Los sinvergüenzas de un local, ubicado en el quinto sector de la playa, andan vendiendo botellines minúsculos de cerveza a dos mil pesos y muchos se las tomaban como "agüita de la llave" para calmar la sed de la resaca.
¿Se imaginan si Chile ganará el Mundial?
Pienso que la gente tomaría por asalto las botillerías y la locura invadiría definitivamente las ciudades.
Soñar es gratis.