10.29.2009

Cuando llegan los hombres de blanco


Por Ajenjo


Podría contarles el excelente asado que tuve en el Jardín Botánico, donde escuché a la bella Pascuala Ilabaca interpretando canciones de la India que nuevamente me llevaron a las calles de Calcuta y Varanasi.
También podría comentarles las excelentes empanadas de cordero que cené en el Caruso; sin embargo me encontré en las calles de Viña del Mar con un brother fotógrafo que me contó la siguiente historia.
El 18 de septiembre, y motivado por algunos líos sentimentales, decidió comprarse cuatro botellas del licor Araucano y un pack de cervezas y se las tomó durante varios días en su pieza.
Por los grados de intoxicación no pudo ir a trabajar y siguió tomando licor para sentirse mejor.
Un día despertó como "escuchando una radio mal sintonizada", pero no entendía de donde provenía el ruido. Preocupado fue a ver a su polola, quien finalmente se lo llevó a un siquiatra.
El médico le dijo que estaba con alucinaciones alcohólicas y que tenía que tratarse. Le obligó a sacar todo el trago que tenía en su bolso, que era medio Araucano y una lata de cerveza, y le dijo que se las bebiera y que serían "los últimos tragos de su vida".
Después lo inyectó y le dio unas pastillas y ahí comenzó a nublarse totalmente la vida de mi amigo.
Despertó en un asilo de ancianos y después fue trasladado a una clínica de rehabilitación en Santiago.
En ese lugar vivió la parte más oscura y dura. Dos hombres de blanco se acercaron para llevarlo a un recinto y hacerse exámenes físicos. Mi amigo se asustó y le tiró un par de aletazos. Le pusieron la camisa de fuerza y despertó amarrado de la cabeza, de las manos y los pies.
Le pidió a una enfermera que lo desamarrara y esta le dijo que sólo "si se comprometía a portarse bien".
Después volvió a la clínica de rehabilitación, donde conoció a jovencitas de 16 años adictas a la cocaína y dueños de fundos sureños que eran jubilados del alcoholismo extremo.
Ahí comenzó sus trabajos de terapia y volvió a Viña del Mar.
Cuando me relataba la historia se subió la polera. Dos moretones en cada costado del estómago eran señales claras de las inyecciones que le habían colocado. Además me mostró unos envases con un remedio llamado Antabus y otro con pastillas para los nervios.
Me contó que no podía comer ciertas mayonesas, ni vinagre, ni siquiera colocarse colonias, ya que todo lo que contenga alcohol puede ocasionarle casi un ataque de epilepsia.
Me despedí dándole unos consejos de amigo, mientras pensaba en lo serio de la enfermedad del alcoholismo y las graves consecuencias que causa en algunos seres humanos.
Ojalá te mejores amigo querido.
Ojalá.


ajenjoverde@hotmail.com

10.19.2009

120 machas a la parmesana y el gran triunfo de Chile


Por Ajenjo


Cuatro bandejas de machas a la parmesana, con diversos y peculiares estilos, eran parte del menú que mi brother fotógrafo nos tenía preparado para observar el partido entre la Selección Chilena de Fútbol y Colombia, que terminó con la clasificación definitiva al Mundial de Sudáfrica 2010.
Yo le lleve de regalo una botella de vodka Stolichnaya y un buen vinito tinto, que se unió al "stock" que teníamos preparado para ver el ansiado encuentro.
Partimos almorzando un ceviche de salmón y después nos lanzamos hacia las bandejas de las machas, que las bajamos con pisco sour y varios botellines de vino blanco, que calentaron el ambiente antes de que empezara la goleada chilena.
Para amenizar el partido nos preparamos unos vasos de licor ruso con juguito de naranja y cuando el árbitro tocó el pito inicial del encuentro ya estábamos todos como el ex presidente de ArgentinaNéstor Kirchner. "con un ojo para arriba y otro para abajo".
El autogol nos produjo unos minutos de profunda depresión, donde los garabatos más profundos salieron en dirección a la pantalla de televisión.
Luego de unos momentos comenzó la máquina chilena a meter goles y cada entrada del balón al arco cafetero era celebrado con un nuevo vaso de vodka naranja.
Yo, insuflado de espíritu nacionalista, abría la ventana de la casa y me lanzaba tremendos gritos de gol. Al dueño de casa le bajaba la sobriedad y me decía que me quedara tranquilo "ya que este es un barrio residencial".
Al final nos abrazamos todos y a mi se me ocurrió tirar la idea de ir a la Plaza victoria a festejar con los flaites, sin embargo mi idea recibió una gran negativa ya que todos sabemos que esas celebraciones terminan con más de un asalto y una cabeza rota a botellazos.
Para recuperar la calma mental y corporal me fui al otro día a Reñaca, donde un tremendo día de sol primaveral acariciaba las neuronas de todos los chilenos que habían celebrado el triunfo.
Los sinvergüenzas de un local, ubicado en el quinto sector de la playa, andan vendiendo botellines minúsculos de cerveza a dos mil pesos y muchos se las tomaban como "agüita de la llave" para calmar la sed de la resaca.
¿Se imaginan si Chile ganará el Mundial?
Pienso que la gente tomaría por asalto las botillerías y la locura invadiría definitivamente las ciudades.
Soñar es gratis.

Las cicatrices son el mapa del alma


Por Ajenjo



Luego de arrendar la excelente película “Cuatro vidas y un destino” en el Blockbuster, quedé pelando cables con diversas frases que se lanzan en la cinta del director Jieho Lee y que me sirvieron para reflexionar en torno a varios ron con cocacolita.
Levanto mi vaso en el bar Moneda de Oro cuando veo llegar a un antiguo amigo al que le decíamos Lucifer, por su extravagante comportamiento.

Él es un periodista de la vieja guardia que, cuando se emborrachaba, hace ya varios años, se paraba arriba de las mesas y se bajaba los pantalones, exhibiendo una cicatriz gruesa que le atravesaba toda la pierna derecha.
Era un verdadero gusano colorado, que provocaba caras de asombro entre los bebidos presentes que tenían que soportar sus brotes de exhibicionismo freak.

Al loquito le habían pegado en Villa Alemana en un extraño episodio de “violencia espontánea callejera” y tuvieron que insertarle unos pernos de titanio para que caminara semi normalmente.

Yo tengo una cicatriz que me atraviesa la frente y que me la gané en Chorrillos, a los 15 años de edad, luego de volar en una bicicleta y caer exactamente en una división de murallas, que se transformó en un cuchillo de cemento.

El golpe fue tremendo y al levantarme el grupo de compipas me miraba aterrado y sentí un líquido helado que atravesaba mi frente. Era sangre que brotaba desde una gran boca abierta, que fue cerrada en la Posta del Gustavo Fricke con 15 puntos.

Tengo varias cicatrices en el estómago por operaciones de hernia y una en la espalda por un quiste sebáceo muy mal sacado.

Antiguamente las cicatrices de cesárea en las mujeres eran bastante llamativas y los primeros bikinis dejaron entrever esas marcas por donde salieron muchos seres humanos.
Los viejos curaditos que rodean la Plaza Echaurren están llenos de cicatrices, seguramente porque al caerse de la borrachera se golpean en el rostro y quedan bastante deformados.A eso se suma que no van a los hospitales a curarse y las marcas se agudizan por el alcohol extremo.

Hay mujeres a las que les gustan las cicatrices en los hombres, ya que los hace ver diferentes y “más duros”.

¿Serán las cicatrices el mapa del alma?

Sinceramente tengo mis serias dudas, pero que serán resueltas tomando otro roncito con cocacolita en el Moneda de Oro.


10.08.2009

El Bric a Brac de Maitencillo


Por Ajenjo

Encontrar nuevos y buenos restaurantes en la región es una situación bastante difícil, ya que no todos los días se abre algún local para beber y tomar; por lo tanto, el secreto que tengo que revelarles es bastante poderoso.
Andaba en Maitencillo pasando algunos días de descanso post 18 de septiembre, para que la química cerebral y corporal se nivelaran y el estanque neuronal volviera a la normalidad.
Me pegué un par de buenas caminatas por la costa sur de Maitencillo, encontrando pequeñas playas solitarias, donde la marea baja actúa como el guardián protector y sólo se pueden pisar cuando el mar abre su cerradura. A pesar de que la carnívora industria de edificios y condominios ya tiene en su ojo de concreto a este sector, todavía se respiran aires de libertad y naturaleza.
También anduve en Cau-Cau, en la mítica localidad de Horcón, a la que catalogo como la mejor playa de Chile y que cada vez su bajada es más peligrosa y sólo permite el paso de gente joven (lo que es bueno y malo a la vez).
En la noche, junto a mi bella novia y mi hijo, decidimos salir en busca de algunas empanadas nocturnas.
Luego de vagar por varios restaurantes cerrados, donde sólo penaban las ánimas del verano pasado, encontramos un local llamado “Bric a Brac”, que se anunciaba con un anaranjado letrero y una pizarra en la vereda.
Es una casa de dos pisos, donde una familia instaló este gran local gastronómico que tiene las mejores empanadas que he comido en los últimos años.
Me pedí de macha queso y ostión queso, encontrándome con una masa delgada, con cero gota de aceite, un cremoso queso en su interior y una dosis de frescos ingredientes. ¡Una delicia!
Al otro día decidimos volver, ya que deseaba probar algunos platos de una sorpresiva carta que tenía sopa de camarones a la naranja, avestruz y hasta jabalí.
Decidí zamparme una sopa llamada Bullavesa y que el dueño, que metía leños a la salamandra del restaurante, me contó que es un caldo que se prepara con los elementos frescos que encuentran los pescadores en sus jornadas.
Estaba exquisita y el toque de tomates deshidratados fue genial, en una sopa llena de maravillosos mariscos y pescados.
Busco información en internet sobre el local y me encuentro que en las paredes del “Bric a Brac” hay máscaras fabricadas por pacientes de un siquiátrico.
Yo fui feliz. Una atención familiar (incluso mi hijo jugo dominó con la hija del dueño... creo), unos vinos buenos (algo caros) y una comida que la recomiendo a ojos cerrados.
Voy a volver y quiero probar cada plato de ese lugar y después hacer máscaras, para que las peguen en las paredes...

ajenjoverde@hotmail.com

10.06.2009

Entre cuicos, travestis y amigos


Por Ajenjo

Con esas tres palabras, podría definir un poco lo que fue la juguera de las Fiestas Patrias de este año, donde pasé por diversas actividades dieciocheras que dejaron su dañino rastro en mi estómago y cerebro.
Todo comenzó el 17 de septiembre en la noche, cuando, en un arranque de cuiquería, me fui a meter a “La Barquera”, en el Casino de Viña, un bar restaurant de los más finoli, donde me comí unos ricos mariscos y me tomé un wiskacho con amaretto,mientras a mi novia le venía una tremenda baja de presión que casi termina con los enfermeros en el local. Después recorrí un poco las renovadas salas de juegos y quedé impactado con un tragamonedas gigante temático de “La guerra de las galaxias”. Es un armatoste lleno de luces y colores con una pantalla gigante que emite todas las películas de esa maravillosa saga.
Es como un gran sueño lúdico, donde las imágenes de Arturito, Han Solo o Darth Vader giran caóticamente en busca del gran premio mayor.
El 18, junto a mi cuasi desmayada novia, hicimos un asado personal y nos comimos un trozo de lomo a lo pobre. Nos zampamos una botellita de vino y nos largamos a las ramadas del Alejo Barrios.Ahí, después de jugar a la pesca milagrosa, los tarros, el bingo y los dardos, nos metimos a la ramada de la Zuliana, llamada “Pelotón”, donde me reí hasta las lágrimas con las groseras tallas y los bailes de estos transformistas. La Zuliana me contó que su ramada fue rodeada de policías de fuerzas especiales, quienes, junto a un funcionario de TVN, le venían a pedir explicaciones por utilizar el nombre del famoso reality televisivo sin autorización.
Por suerte la dirigente travesti había cambiado pillamente el nombre y salvó la situación,“ sin embargo creo que me dieron un trato indigno, como de hombre”, remató
entre risas.
Bastante chispeado me fui a la ramada de los guachacas, en la ex Cárcel, donde terminé dando mucho jugo y bailando cueca, twist y rock and roll como un trompo borrachín.
Hacía tiempo que no me pegaba tanto baile y a las dos de la mañana ya me percaté de que la tele neuronal comenzaba a chisporrotear, por lo tanto la cama fue bienvenida. El 19 me fui a celebrar el cumpleaños de mi brother el oftalmólogo, a la hermosa localidad de San Pedro, cerca de Quillota, donde me encontré con amigos que no veía
hace muchos años y seguimos poniéndole entre pera y bigote, además de comer ricos asados y lomitos con palta.
Ahora, que todo vuelve a la calma como una ola de locura que se repliega hacia el mar, sólo queda pensar en que habrá que comer lechuguita por varios días y desintoxicarse de tanta empanada llena de amistad y buena onda.


http://ajenjoverde. blogspot.com

¡Que calugas de pescado!


Mi amigo el oftalmólogo le tiene miedo a las calugas de pescado.
Dice que es un plato peligroso y que tiene recuerdos de haberlas engullido, con un blanco de etiqueta desconocida, en “El Dominó”, en Valparaíso.
Es la pura la verdad. Yo lo llevé a ese mítico restaurant, que frecuenté muchos años de mi vida junto a otros locos. Después de haber bebidos en diversos lugares de la ciudad, siempre terminábamos comiendo ahí, donde las tres “b” se cumplían a cabalidad (bueno, bonito y barato).
Hay que decir también que éramos jóvenes e irresponsables y que nuestros hígados también tenían esas dos características. El tiempo, los cambios de amigos y la vida en general me fueron alejando de “El Dominó” y el recuerdo de esas calugas de pescado quedó congelado en la memoria gastronómica.
El fin de semana pasado llegué, lleno de esperanzas y vitalidad, al nuevo restaurant Caruso, que maneja el gran chef Tomás Olivera.
El local tiene como especialidad la comida chilena y porteña. Hay chorrillana, calugas de pescado, cazuelas, pollo relleno, chupe de locos y nada más y nada menos que calugas de pescado.
Pedimos el plato para picotear entre varios y debo decir, sin temor alguno, que son las calugas de pescado más ricas que he engullido en mi vida.
El pescado era breca y la masa que rodeaba el trozo era delgada y crujiente. No destilaban aceite alguno y eran acompañadas por una ensalada a la chilena. Recomiendo
enterrar el tenedor en un trozo de cebolla, otro de tomate y la caluga al final y jugar con esos tres sabores.
¡Una delicia!
Los vinos están re buenos y a un precio excelente. Ojalá se mantengan. Durante la semana agarré al doctor y me lo llevé a comer calugas de pescado, para que se le pasara el miedo y conociera una de las nuevas delicias que tenemos en Valparaíso. Y ahora a prepararme para la Fogata del Pescador y comerme una buena presa frita
en paila de cobre.
¡Y que viva el 18 de septiembre mierda!
¡Viva Chile!

Maldita Caña


Por Ajenjo

“Tendrían que existir dos domingos: uno para la resaca y otro para descansar”.
(Frase popular)

Ahora que se acerca el 18 de septiembre, las posibilidades de que muchos chilenos se despierten con caña es muy alta y lamentablemente todavía no inventan un método para superarla.
Si uno se pone a bucear por internet, se encuentra con una larga lista de supuestos remedios, que se suman a todos los consejos que dan los amigos para superar estos lamentables estados sicofísicos.
Tengo un brother que cuando llega a la casa y se demora más de cinco minutos en meter la llave en la cerradura, se aplica una hidroterapia: bebe dos litros de agua. Asegura que despierta como tuna y listo para otro combate.
Hay otro que siempre tiene dos paracetamoles y dos aspirinas en el velador. Al llegar se manda las cuatro pastillas con un buen vaso de agua y jura que despierta “flor de té”.
Hay algunos que aseguran que una miga llena de aceite, antes de la fiesta, dejaría las paredes del estómago con una película que impediría la absorción del alcohol. Otros toman un vaso de leche, buscando los mismos resultados.
El asunto es que la caña, resaca o cruda, es tan antigua como la borrachera misma y hasta han aparecido remedios farmacológicos para sanarla, pero que no han dado buenos resultados.
Hay tipos que despiertan con la llamada “caña mala” y se ponen agresivos. La polola de un amigo tiene que hacerle masajes en el cuero cabelludo, por varias horas, para calmarlo.
Una de las típicas frases es “tómate una cervecita para que se te pase”, pero eso es el camino fijo para el alcoholismo.
Creo que la única solución es la disciplina y el autocontrol y de esta forma evitar quedar inservible al otro día.
Es fácil decir esto en teoría, ya que la mayoría de los chilenos sufren del llamado “calentamiento de hocico” y se toman el primer vaso de vino de lo más caballeros, pero terminan volviéndose locos y poniéndose “terrible de cuáticos”.
Sinceramente, creo que la mejor cura es quedarse en la cama, tomar juguito de naranja, comer suave y dormir mucho.
Y antes de terminar, y desde esta humilde columna, les exijo que si van a beber en
las Fiestas Patrias no manejen, ya que además de ser una terrible rotería pone en
juego la vida de muchas personas.
Yo no tengo idea de manejar y a esta altura de la vida, ni me interesa.

ajenjoverde@hotmail.com

9.10.2009

Suegras



Dentro de pocas horas iniciaré mi segunda convivencia con una mujer, a quien amo en este momento más que a nada en el mundo y con quien tengo numerosos proyectos comunes que se concretarán finalmente en un matrimonio y lo más seguro, en nuevos hijos.
Creo que las lecciones ya están aprendidas y esta nueva aventura de amor debería tener un mejor término que la primera, sin embargo, siempre hay miedo e incertidumbre sobre el futuro.
En todo este proceso hay personajes que siempre son centrales y principales, y en mi experiencia de vida, estos encantadores seres son... las suegras.
Con la madre de mi novia y otros amigos, nos zampamos el fin de semana una botella de wiskhy y hablamos de todo tipo de temas. Mi nueva suegra es una mujer chorísima, que tiene un grupo de amigos maravilloso y con quienes armamos fiestas y comidas que duran hasta las seis de la mañana.
Muchas veces mi suegra santiaguina toma el liderazgo y sale rumbo al Mercado Central, a engullir erizos y caldos de mariscos para recomponer el cuerpo luego de una maratónica noche llena de conversa, tinto, chistes, whisky con coca cola, y mucha buena onda. Yo caí parado en el grupo de mi suegra y me siento parte integrante e incluso militante de esta familia, donde la solidaridad y el carrete se amalgaman en un solo y entretenido grupo. Además de estar enamorado de quien se convertirá en mi esposa, amo profundamente a este grupo de locos y la confianza y amistad que tengo con mi suegra es bastante profunda e interesante.
Pero no puedo dejar de recordar, en todas estas reflexiones, a mi primera suegra. Ella es una persona maravillosa, de quien perfectamente podría haberme enamorado, y siempre estuvo atenta a cualquier ayuda que necesitáramos.
Ella también carretaba con nosotros y aunque nunca fue fanática de los tintos y de los licores espirituosos, siempre nos acompañaba y se reía con nuestras tonteras. Conversadora como ninguna, podíamos pasar horas y horas relatando historias y escuchando sus tiernas aventuras generadas en su vida como profesora básica.
En el amor,mi primera suegra era bastante dispersa. Se enamoraba muy rápido y tuvo aventuras y convivencias bastante diferentes desde el punto de vista conservador y tradicional.Ahora nuevamente su corazón está de fiesta y ojalá disfrute cada momento de romance.
La tradicional caricatura de la suegra es una mujer gorda, con peinados raros y que odia y trata de hacer la vida
imposible a quien se lleva a su hija. En mi caso ha sido radicalmente opuesto y mis suegras, además de ser bonitas, son amigas con las que podré contar hasta el resto de mis días.
Así sea.

Esperando a Tomás Olivera


Por Ajenjo

Valparaíso debería estar de fiesta por la noticia de que uno de los mejores chefs del país esté apostando por esta mutante ciudad y se instale con un restaurante de comida chilena.
Se trata de Tomás Olivera, quien actualmente es el chef del restaurante Adra, del hotel Ritz Carlton en Santiago.
¿Cómo les quedó el ojo?
El profesional de la gastronomía compró el restaurante Caruso, en la subida Cumming, y pronto abrirá un local que seguirá llevando el mismo nombre, pero que tendrá su sello personal y que, según los entendidos, será para chuparse los bigotes.
Personalmente no conozco al chef, pero después de escribir mi columna sobre la despedida del antiguo Caruso, me escribió un correo electrónico, donde me pedía que se me pasara la tristeza, ya que él continuaría con el espíritu forjado en ese mítico local porteño. Después hablé por celular y nos pusimos de acuerdo para una entrevista, que por las circunstancias de la vida, todavía no se puede ejecutar.
Javi Luco, la antigua dueña del Caruso, me señaló que le había vendido con mucho cariño y entusiasmo su restaurante, ya que “es un porteño que incluso tiene una historia con este local y sabe perfectamente dónde está y qué es lo que hará”.
Buceando por revistas electrónicas, confirmo que Tomás Olivera es un porteño de tomo y lomo, que estudió en el liceo La Igualdad, bajo la atenta mirada de su padre carnicero y su madre dueña de casa. Después de trabajar en una disquería y de toparse por suerte con el mundo gastronómico, decidió estudiar en el Inacap de Viña del Mar. En sus primeras labores cocinó para el Obispado de Valparaíso, el clásico Vitamin Service de Pedro Montt y de ahí al Hotel O’Higgins y después al Hotel del Mar.
Lo demás ya es historia de grandes ligas, ya que estuvo en el famoso y exótico restaurante Zanzíbar, en Santiago, para después aterrizar en el Adra.
Cubriendo la noticia de una explosión de una cañería de gas, camino por la calle Cumming y me encuentro con el restaurante y unos maestros trabajando. El nuevo letrero ya tiene su sello personal y me asomo, mientras mi nariz imaginariamente huele prietas, costillares, cazuelas y valdivianos.
Queda muy poco para recibir a Tomás Olivera y hay que estar orgullosos y sacar pecho de este gran hijo pródigo que vuelve a su ciudad lleno de sueños y triunfos.

ajenjoverde@hotmail.com

9.09.2009

A las nanas de Chile con mucho amor


“A mi me crió mi nana y todos
los valores humanitarios
que tengo se los debo a ella”
(Mi brother oftalmólogo)



Llueve sobre Valparaíso y decido irme a Viña del Mar a ver, en su fin de semana de estreno, la película chilena La Nana, que se ha ganado numerosos premios en todo el mundo.
La película es buena, especialmente la actuación, donde se destaca la porteña Catalina Saavedra, que se manda un papel como para el Oscar. Las empleadas domésticas, asesoras del hogar y actualmente nanas, han sido
para muchas generaciones de chilenos las verdaderas madres, transformándose en las reales moldeadoras de nuestras personalidades finales.
La película ha generado conversaciones sobre este tema en todos los ámbitos y desde esta humilde tribuna yo les hago un homenaje muy grande y emotivo.
Actualmente mi hijo es criado por su nana Carmen, y está más claro que el agua que ella es una de las personas que el pequeño más quiere en el mundo y que ha forjado, en gran parte, su futuro comportamiento social.
En el mundo actual, donde las madres y padres trabajan, las nanas se han convertido en los primeros amigos de nuestros hijos y eso no tiene ningún precio que se pueda pagar.
Con todos estos pensamientos en la cabeza me largo un día de furiosa lluviosa a la localidad de San Pedro, en Quillota, donde me relajo jugando al cacho y comiendo un rico bistec a lo pobre con mis brothers.
Cerca de las 20 horas decidimos irnos del lugar y los caminos de tierra, convertidos en trampas mortales, nos dejaron atrapados en una zanja barrosa. Yo trataba de empujar el auto, mientras la rueda giraba como una borracha loca, mientras me escupía gran cantidad de barro en la cara.
Nos tuvo que rescatar un señor de apellido Torrejón, que con su jeep y una cuerda, nos sacó de esa lluviosa trampa. Con la ropa totalmente mojada y la cara manchada de fango, llegamos al bar Moneda de Oro para acompañar a mi hermano, fanático de la Universidad de Chile, a observar el partido contra unos colombianos.
Tomándome un consomé de huevo con un tinto Casillero del Diablo, recordé a todas las nanas de mi historia
personal y nuevamente me emocioné pensando en su valiosa y dura tarea.


Los separados de Fulano


Por Ajenjo


Estoy haciendo la fila para ingresar a escuchar el grupo Fulano, en el Teatro Municipal de Valparaíso, que por varios años se convirtió en la banda de sonido de mi vida ochentera.
En el bolsillo de mi abrigo aprieto mi petaquita de ron, una bebida y un vasito plástico, que me servirá para endulzar los sonidos de la nostalgia. La fila es bastante larga y en la Avenida Pedro Montt se empieza a juntar una reconocida fauna de seres, donde los ojos están con arrugas, los pelos más blancos y las ideas sociales bastante más remojadas en las aguas de la tolerancia.
Una de las conversaciones más recurrentes que tuve en esa fila, con los mutantes que se me acercaron a saludar
fue: “oye, supiste que Carlitos se separó de Juanita” o “la Juanita se fue y dejo a Carlitos solo en su casa...”.
La crisis matrimonial está muy fuerte en mi generación y sólo muy pocos sobreviven a la fuerte experiencia de la vida en pareja.
A mi me tocó esto hace años y ahora tengo que recibir amigos que vienen con sus dolores y fantasmas internos, a contarme que están viviendo en casas solitarias, donde antes habían ruido de niños y de carrete y que ahora el sonido de la televisión y de la respiración es lo único que queda de una relación amorosa fulminada por el paso del tiempo.
Con uno de los separados nos vamos a mi casa para conversar, con una botella de whisky Jack Daniels, sobre
los golpes del amor, los más duros, los casi mortales. Entre vaso y vaso del dorado licor llegamos a la conclusión que el amor es como el trabajo, “a veces se puede odiar y a veces amar, pero lo importante es aguantar ya
que siempre hay una recompensa”.
Mi equipo de música tiene malo el reproductor de CD, por lo tanto desempolvé una caja de viejos cassettes de
música para alivianar la pesada conversa. Volvimos a poner Fulano y recordamos el recital, donde
la bella Arlette Jequier nos elevó con su potente y erótica voz. Con su pinta de niña cuica y loca, esta cantante
estuvo en mis sueños durante mucho tiempo y ahora también la veía más lenta, más cansada, pero más sabia.
Los músicos de Fulano reventaron sus instrumentos en el escenario, tocando solos que inundaron de calidad
y emoción el teatro porteño, mientras los separados, con sus conflictos cerebrales y emocionales, los escuchaban, tratando de encontrar un poco de paz en estos duros momentos de la vida.



8.13.2009

“Sumergidos” en el extraño mundo de Beto



Por Ajenjo

"¿Cuál es la mejor manera para hacer reír a Dios? Cuéntale tus planes sobre el futuro.
(Diálogo de la película "Bella" del director Alejandro Gómez Monteverde).

Estoy en la sala El Farol de Valparaíso deleitándome con la exposición "Sumergidos" del gran artista porteño Beto Martínez.
Sus cuadros tienen una torcedura tan especial, como si los rostros de sus modelos se estuvieran derritiendo en locura y decadencia.
Pocas veces paso a esta pequeña sala a mirar exposiciones, ya que muchas veces me he sentido perdiendo el tiempo y aburriéndome con instalaciones bastante malas.
Ahora veo la evolución de este artista y pienso que ya está entre los grandes y que su pintura es tan particular y fuerte que no deja a nadie indiferente.
A Beto lo conocí trabajando en el diario, sin embargo fue en los bares donde pude transar un par de conversaciones entretenidas. Es un tipo simpático y muy humilde, alejado de todas las convenciones sociales que podría tener un tipo que posee la genialidad en sus manos y cerebro.
Después lo vi muchas veces en el bar restaurante "Vinilo", del cerro Alegre, donde era un parroquiano más que junto a su grupo de amigos estaba todas las noches tomando ron y hablando sobre arte, política y mujeres.
Ahora veo su cuadro de una pareja desayunando desnuda y me quedo minutos tratando de buscar detalles y rincones eróticos, que fueron hábilmente escondidos.
Me dio nostalgia entrar a esta exposición y le pedí a mi novia que me invitara a almorzar al "Vinilo" para recordar esos años de largas charlas nocturnas.
Nos pegamos una media comilona ya que el menú de ese local porteño, con comida chilena de autor, está para chuparse los dedos y sólo habría que corregir un poco la carta de vinos.
Si pasa por la Sala El Farol, en Blanco 1113, péguele un vistazo a los cuadros y a lo mejor esa noche puede llegar a soñar en colores.
¡Buena Beto, te las mandaste!


Besando a un pingüino embalsamado


Por Ajenjo


Estoy en el restaurante Chiringuito de Zapallar con una corona roja y besando a un pingüino embalsamado, como parte de las festividades de mis cuarenta años. La patota que llegó al local era muy selecta y yo, como era el invitado de honor, estaba a cargo de elegir los platillos que degustaríamos en tan importante fecha.
A mi hijo, que no come mariscos, le pusieron una pechuga de pollo grillada y picada con puré. Nosotros nos lanzamos con dos dosis de machas a la parmesana, erizos, camarones, pastel de jaiba, ostiones, un congrio colorado con papas fritas y otras sabrosuras que no puedo recordar.
Mi brother oftalmólogo, que llegó cuando estábamos tomando el primer pisco sour, le vino la grandilocuencia y se pidió un plato de centolla para picar, lo que aumentó la cantidad de comida en la mesa.
Pedimos unos mostos blancos para bajar tanta delicia, mientras la conversa era talla tras talla. Cuando llegó la hora del postre mi querida y bella novia fue a buscar una torta que tenían guardada en la cocina. La torta llegó acompaña de cuatro mozos y una bolsa llena de trompetas, gorros y serpentinas. Los mozos entonaron varias canciones festivas, incluido el Cumpleaños Feliz y yo apagué las cuarenta velas,
mientras otro garzón me acercaba un pingüino embalsamado para que lo besara.
La gente que estaba almorzando se mataba de la risa del performance de los mozos, que se agradeció mucho y que le dio un toque de humor inesperado a la celebración.
Después vino un fin de semana lleno de buena gastronomía en el Punta Mai y con un inolvidable remate en el Cesar, ese restaurante que está enclavado en la playa misma de Zapallar y donde se bebe y se come en forma excelente.
Para terminar con broche de oro mi largo y celebrado cumpleaños, fui a la despedida del restaurante Caruso, donde bebí unas cervezas, pisco sour y unos remates de lemonchello que me dejaron en el ciberespacio más alejado de la realidad.
En un momento de la noche la gente que estaba también despidiendo al restaurante me pidió que hablara, sin embargo no pude entonar palabra y me corrieron unas lágrimas.
¡Parece que se nos entonó el amigo!, fue lo último que alcancé a escuchar antes de retirarme de las pistas y volvera la rutina, ahora con cuarenta años muy bien cumplidos.


ajenjoverde@hotmail.com

Adiós Caruso querido...

Por Ajenjo

Mientras usted esté leyendo estas líneas tranquilamente, yo estaré en Maitencillo celebrando mis cuarenta años de edad. Si quiero ser honesto, tengo que afirmar que sin duda estaré bastante “arriba de la pelotita”, bebiendo buenos mostos y del fuerte, para tratar de frenar el implacable paso del tiempo, ese tiempo que te hace más cauto e inteligente, pero que a la vez va corrompiendo el cuerpo y acercándote a ese aroma a gladiolo que todos sentiremos alguna vez.
A toda esta celebración, que seguramente estará llena de cánticos, abrazos y brindis, se suma una noticia triste: el cambio de dueño del restaurante Caruso de Valparaíso.
Este local se transformó en un centro histórico en mi vida, donde los ceviches, las empanaditas de marisco y los tiraditos, se mezclaron con mutaciones trascendentales en mi curriculum emocional y que me cambiaron para siempre. Recuerdo que partimos almorzando ricos menús y conociendo esa curiosa pizarra que rotaba de mesa
en mesa con todas sus sabrosuras.
Mi hijo, en esos tiempos, tenía como cuatro años (ahora tiene el doble) y su mayor travesura era borrar parte del menú, mientras los jóvenes y simpáticos mozos se reían de su pequeña picardía.
Pasé momentos de locura y varias veces salí con bastante daño cerebral, ya que siempre nos ofrecían un
rico lemoncello de bajativo, que potenciaba los pisco sours y el vino blanco que habíamos consumido junto a los platos, y nos dejaba transmitiendo de lo lindo.
Su dueña, Javi Luco, a quien yo llamaba cariñosa y respetuosamente, la Nicole Kidman de los cerros porteños, fue hasta candidata a reina guachaca y yo le habría dado la corona, ya que mujeres tan simpáticas y bellas hay muy pocas.
Hay lugares que se convierten en parte de uno, así como el hígado, el cerebro o los ojos, el Caruso se integró a mi vida en forma amable y buena onda, dejándome ser, sin mayores trabas o complejos.
Participé de la creación de este restaurante desde un comienzo y luego lo vi convertirse en un joven famoso, que aparecía en la mayoría de las revistas de gastronomía de Chile y donde siempre se alabó la increíble calidad de los vinos que ahí se servían.
Ahora, en la soledad culinaria más grande que he tenido en toda mi vida sólo me queda decir: ¿qué hago con mis cuarenta años y sin tener a mi Caruso querido?


Dura apología al Dandy Chileno

Por Ajenjo

Me cae bien el Dandy Chileno. Es raro el loco, pero hay algo que me recuerda a un gran amigo de la juventud. Desde niño que me he rodeado de gente que está media rayada y que tiene problemas para insertarse socialmente. Mi padre me decía que me gustaba juntarme con "los pobres", ya que llegaba con mis compañeros de filosofía a tomar once a la casa y eran todos bastante hippies y arrasaban con el pan con palta y la leche chocolatada. Después que le empezamos a sacar las botellas de vino de la despensa se enojó de verdad y nunca más fueron.
En el colegio me hice amigo de un compadre que estaba loquísimo y que a veces se ponía violento. Varias veces
me trató de golpear y se rapaba la cabeza dejándose unos pelos parados. Fue uno de los primeros punk que conocí. Después terminó preso.

En la universidad me reunía con un lote bastante extremo. Nos decían los "mutantes" y siempre armábamos fiestas con mucha cerveza y ron. También me junté con gente de la literatura porteña, especialmente poetas, y
también estaban rayadísimos.

Actualmente estoy con gente más normal, sin embargo, siempre quedan resabios de la locura pasada. Ahora, que me pongo a ver "Pelotón" con mi vaso de ron a mi lado y veo al Dandy, además de retorcerme de la risa,me proyecta una imagen amigable, casi hasta de hermandad.
Saber que ha tenido dos o tres pellet puestos en el cuerpo para superar el alcoholismo es algo duro, pero que lo acerca a las personalidades extremas, que se alejan de la mediocridad y que al final la soledad sólo la pueden aplacar con un buen vaso de whisky. Es simpático el loco, pero como lo dije en un comienzo, está bastante rayado y seguramente
lo atacarán mucho en los próximos días y yo lo defenderé.
Y como ya me puse a escribir sobre la televisión, sólo me queda decirles que el compadre que tiene raptada a la Elisa en la teleserie nocturna de TVN obviamente es el comisario Camilo Rivas. Pablo Illanes, que es el guionista del exitoso thriller, es un admirador del cineasta Darío Argento, donde las manos enguantadas en negro siempre han sido las protagonistas. En este caso todo apunta a que la esposa del policía fue asesinada en extrañas circunstancias y el tipo quiere vengarse de los supuestos culpables, entre ellos Raimundo Domínguez.
¿Cómo? Enamorándole a la mujer y raptándole a la hija, para después hacerlo pasar como culpable.
Saben que más, mejor me voy a tomar ya que me estoy rayando como mi amigo, el Dandy Chileno.


7.14.2009

¿Quién alguna vez tomó Ron Silver?


Por Ajenjo


Cuando era un joven estudiante universitario, hace 20 años aproximadamente, tenía un compañero que estaba obsesionado con un ron de marca Silver.
El brebaje, que valía como 400 pesos, tenía un pirata en su etiqueta y según mi amigo, después de dos o tres tragos, podías conversar seriamente con el hombre del parche en el ojo y mano de garfio.
Estos recuerdos me invaden luego que observara el programa de televisión "Informe Especial" que estuvo dedicado a los tragos que beben los jóvenes y que son muy tóxicos.
Tengo imágenes bastantes distorsionadas de estudiantes en la playa de Caleta Abarca rellenando una botella de ron Silver con jugo en polvo para que "pasara más suave por el gaznate".
Creo que cuando uno es joven (y con pocas monedas en el bolsillo) puede darse estas licencias alcohólicas. El hígado recién está comenzando su aventura en la vida y puede recibir cualquier veneno que se lance para adentro.
Recuerdo un verano en Maitencillo, junto a un actual arquitecto del municipio viñamarino, con quien bebíamos un ron llamado "Siberia" y que nos costaba 500 pesos la botella.
Sentados entre las rocas y filosofando de lo lindo terminábamos bailando en la Disco Pool con santiaguinas que se enamoraban de nuestra extrema distorsión.
También estaban los licores Caribean, que se fabrican en una ciudad al interior de la región, y que dejaban a muchos estudiantes completamente nockout.
Las cervezas mañaneras eran bastante frecuentes y había un grupo que siempre estaba buscando las de marca Escudo que tuvieran 5.5 grados de alcohol, ya que existían otras que tenían algunas décimas menos y no eran "tan poderosas".
Cuando estudié filosofía tenía un compañero, amante de Nietzsche, que nos invitaba a su casa y sacaba una botella de gin marca Booths, de litro, y la metía a la juguera junto a un tarro de piña. Después aseguraba que era el mejor licor del mundo.
Varias veces me comí el gusano que traían las botellas de mezcal, sin embargo ahora me ponen algún trago con olor a tequila y me voy directamente a la cama, pálido y con dolor de estómago.
Hay que educar a los jóvenes en el arte del beber. Por suerte yo tuve un profesor jefe en el colegio, de sobrenombre Tomacho, que junto a un selecto grupo de amigos, tuvo la delicadeza de enseñarnos a destapar buenos mostos desde chicos.
Tener cultura alcohólica es importante y no sólo sirve para distinguir entre un Carmenere o un Merlot, sino que sirva para beber bien y de manera moderada (¡sí, claro) y poder extender la vida y seguir conviviendo con los amigos y arreglando el mundo en torno a un buen vaso de vino o ron.


¿Pero si esos platos nosotros no los pedimos?


Por Ajenjo


A pesar de que desde el cielo lanzaban baldes y baldes de agua, el sábado pasado decidimos ir a conocer el restaurante “Oda Pacífico”, que queda en el cerro Florida y que de boca en boca se ha convertido en todo un suceso gastronómico de Valparaíso.
Junto a simpáticos amigos llegamos hasta el segundo piso del hermoso local, donde la brillante madera tiene un rol protagónico y provoca que uno se sienta muy cómodo. Les pedimos unos tradicionales pisco sour al mozo, que siempre mantenía una voz bastante teatral para explicar los aperitivos.
Nos percatamos que tenían una onda con el arándano, ya que nos ofrecieron arándano sour, jugo de arándano y mantequilla al arándano. El trabajo del mozo era apoyado por un anfitrión, que se paseaba por las mesas con ojos vigilantes y que trataba de ser amigable con los comensales, pero también con ese mismo tono teatral.
Pedimos para comenzar unos tiraditos de pescado de roca con salmón ahumado, un carpaccio de avestruz y unos mariscos en sus salsas y su correspondiente botella de vino blanco y una copa de tinto para mi novia, que es petrolera hasta la muerte. La orden llegó con una falla: en vez de los mariscos apareció una bandeja de ceviches,
sin embargo se veía tan rico que no quisimos reparar la falta.
Se lo hicimos notar al anfitrión, que en tono de broma dijo que traería un martillo y que golpearía los dedos al mozo. Luego nos preguntó que íbamos a comer de segundo y le dijimos que estábamos pensando en seguir pidiendo cosas para picar entre todos o a lo mejor atacábamos los postres.
A los 10 minutos apareció el mozo con tres “piqueos marinos” que nosotros jamás habíamos pedido. “Esto es por el error cometido en la primera pedida”, dijo una de las inocentes comensales en la mesa. Con ese pensamiento atacamos los platos y después pedimos la cuenta y nos percatamos que nos habían cargado
esos tres “piqueos” (con un costo de más de 15 mil pesos). Toda una “genialidad” de los mozos y el anfitrión.
Oda Pacífico es un excelente restaurante, pero no pueden servir algo que uno no ha pedido.


ajenjoverde@hotmail.com

7.03.2009

La vejez no está hecha para los cobardes




Por Ajenjo



Con está dura frase de la actriz Betty Davis y que titula esta crónica comienza la película La Elegida, que es una joyita que uno se encuentra en los clubes de DVD y que sirven para reflexionar por un rato con un buen vaso de tintolio al lado.
En algunos días más cumpliré cuarenta años y realmente es algo que me está quitando parte de mi sueño ya que tiene una especie de carga simbólica, que afecta la mente y que al parecer es la entrada definitiva al mundo adulto, además de marcar la mitad de la vida.
A veces pienso en la gente que asegura que la edad es una situación mental, pero yo no estoy tan de acuerdo ya que los achaques físicos comienzan a surgir y seguramente la mente también tiene un proceso de mutación y cambio.
Pienso por ejemplo en mi Tía Quety, que cumplió 80 años de edad. Participé de un almuerzo por sus festejos
y cuando supo que viajaria a la India me dijo que visitara el Templo del Loto, ya que ella es practicante
de la fe Bahai.
Mi tia siempre ha sido optimista y le ha tocado, como a casi todos los seres humanos, vivir situaciones bastante extremas y dolorosas. Su mente están lúcida y su espíritu sigue igual de fuerte.
También visite hace algunos días a las hermanas de mi abuela en el cerro Placeres, donde también me encontré
con personas que tiene más de 90 años y que me conversaron sobre política y actualidad nacional, me hicieron preguntas sobre mi viaje y mantuve una conversación muy interesante y amable ¡Qué admirable tener cabezas
tan lucidas y optimistas a esa edad!
Ahora, mientras grito por los nuevos triunfos del Everton con litros y litros de ron en el estómago, en el
bar Moneda de Oro, me doy cuenta que estoy más viejito y que las locuras de la juventud las recuerdo con
cariño y ternura.
A veces estoy con mi hijo y le relato historias y los ojos se me llenan de lágrimas, especialmente si me he tomado algunos vasitos de vino al almuerzo. No quiero ser un viejo que se toma dos tragos y anda llorando por todo, pero siento que existe una barrera emocional que se adelgaza día a día y que me deja indefenso frente a los demás.
Ahora sólo me queda pensar en la frase de Tolstoi "la mayor sorpresa de la vida es la vejez" y seguir pidiendo
que me llenen mi vasito con más ron y alegría.




6.18.2009

Recordando la mirada del rinoceronte indio


Por Ajenjo


Estoy parado frente a una vitrina de una tienda en Valparaíso y miro los objetos que hay dentro de ella. Realmente no estoy viendo nada y mis pensamientos están en otro lado, en otro país, en otro mundo. De repente me doy cuenta que llevo más de media hora en esa posición y me percato que el viaje a la India me está cobrando una boleta mental.
Es como si el cerebro tratara de seguir viajando, pero el cuerpo ya está detenido en un solo lugar y la rutina lo inmoviliza como a una momia egipcia.
Dentro de mis pensamientos el recuerdo más fuerte es el del safari en Jaldalpara, donde estuve una hora recorriendo una espesa selva a lomo de elefante.
Nos citaron a las 8 de la mañana y llegamos, junto a una simpática familia india, a una estructura muy parecida a las escaleras que ponen en los aviones, pero en esta ocasión uno terminaba sentado en el lomo de un elefante.
El paquidermo, de gran tamaño, llevaba una estructura de fierro sobre su lomo donde cabían cuatro personas cómodamente sentadas. A nosotros nos subieron junto a la familia india y entre mi novia y yo nos chantaron a una niñita de tres años.
Una fuerte llovizna caía sobre nosotros y yo saqué un paraguas para proteger a la pequeña. El elefante arrancó y comenzó a meterse en la espesura de la selva.
El animal pasaba muy rápido entre espesos árboles y el paraguas quedó convertido en un inservible estropajo. De ahí para adelante la lluvia nos mojaba libremente y le ponía una nota aún más aventurera a la situación.
El chofer del elefante está sentado en la cabeza y al mover sus piernas en las orejas el paquidermo avanza. En un momento se nos pidió silencio y entramos a un charco donde pudimos observar, en gloria y majestad, a un rinoceronte de un solo cuerno.
El tremendo animal era imponente y por algunos minutos lo pude mirar directamente a los ojos.
Después salimos a una estepa libre de árboles, para luego internarnos en ríos, charcos y barro, que el elefante con sus grandes patas lograba traspasar fácilmente.
Al final uno se baja en la misma escalera especial donde se subió y puede tocar la piel del animal, quien muy bien domesticado recogía billetes desde el suelo.
Todos esos recuerdos me pasan por la cabeza mientras me doy cuenta que estoy pegado, como con el disco rayado y que debo dejar de mirar vitrinas e insértarme nuevamente en Valparaíso.
Se que no es fácil superar un jet lag con diferencia de 10 horas y estoy consciente que debo amalgamarme a mi vida laboral y porteña de una buena vez.
El partido de Chile, donde derroto 4 a 0 a la selección boliviana de fútbol, fue un buen comienzo. Lo malo fueron los dos shop y los cuatro rones que me dejaron bastante abatido, cansado y pensando en la seria mirada del rinoceronte de un solo cuerno.


ajenjoverde@hotmail.com

Perdido en el raro Reino de Bahrein


El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, toma té con los jeques de Arabia Saudita. Yo estoy solo a algunos kilómetros de este evento, semi perdido en el Reino de Bahrein, luego que me cancelaran un vuelo turístico y tuviera que permanecer en forma obligatoria por 14 horas en este país, catalogado como la nación más pequeña del Golfo Pérsico.

Mi salida de la India es bastante heavy. Después de andar a lomo de elefante, observando rinocerontes de un solo cuerno y tigres de Bengala, termino en una extraña sala de espera, con mi cara larga y un MP4 con el juego Tetris, esperando que la línea aérea solucione su error y me saque de una buena vez de Nueva Delhi.

Despues amanezco en el raro Reino de Bahrein, que personalmente lo encuentro muy extraño, extrañísimo. Es como caminar dentro de una maqueta de un estudiante de arquitectura de Valparaíso. No hay ningún cerro, el calor es fuerte pero existe una niebla en el cielo que enrarece mas este lugar. No hay veredas y la poca gente se mueve en autos carísimos onda Rolls Royce. Los edificios son todos de un color cafe claro y hay unas torres ultra modernas.

Todo es artificial, como recien creado y me siento parte de un reality, como si fuera el protagonista de la película "Truman Show".La mayoría de los habitantes se visten con el tradicional traje árabe y mientras entro al hotel, donde tenía almuerzo y cena asegurada por la línea aérea, pienso que esto no es un país real y que es parte de la gran escenografia de los reinos petroleros que comercian con Occidente. En el pasaporte me dieron un permiso por 24 horas con un sello que señala "felicidad para sus negocios". Con eso queda todo más o menos claro.

En el aereopuerto, rumbo a París, me entero que el tenista chileno Fernando González esta jugando la final de Roland Garros. Mientras escribo esto planificamos ir a ver el partido a la plaza de Notre Dame por pantalla gigante (cuando se publique esta crónica ya todos conocerán el resultado).Me quedan muy pocas horas en esta hermosa ciudad, sin embargo el cansancio de los 20 días por la travesía en la India está bastante presente y sólo quiero calma y descanso.Ya en el recuerdo quedan esas extrañas ciudades.

En un pequeño resumen podria señalar que Nueva Delhi es como si la plaza Echaurren de Valparaíso la habitaran más de 15 millones de personas. Agra es el Taj Majal, que como ya lo he señalado, es la obra arquitectónica más impresionante que he visto en mi vida. Varanasi es la locura del río Ganges y sus dioses, donde todavía tengo tatuada en mi retina la imagen de los cadaveres quemándose en busca del término de las reencarnaciones y en busca del Nirvana. Calcuta es tranquila, a pesar de su gran cantidad de población, y todavía se respiran aires británicos en esa zona. Darjeeling es la calma absoluta con los Himalayas de telón de fondo y sus monjes tibetanos (además del ciclón Aila) y el safari arriba de un elefante fue el punto final del viaje más distorisionado, extraño y maravilloso de toda mi vida.

Recorrer la India fue enfrentar un gran desafio, que en el fondo es la esencia de cualquier viaje. Si no podría viajar más creo que me moriría y no me importa si es un paseo al lago Peñuelas o una aventura en el Orinoco salvaje.Lo importante es moverse, entretenerse y disfrutar.