9.07.2010

Para los viejitos que no pasaron agosto


Por Ajenjo

A mi abuela Teresa Cádiz Jara, que se murió el domingo pasado a los 97 años de edad.


Estoy en el funeral de mi abuela en Quillota y miro a un bisnieto de ella, de siete años, que se acerca al vidrio del ataúd y lo queda observando fijamente, como hipnotizado.
Nunca me ha gustado ver el rostro de los muertos. Siento que es algo muy fuerte, que llega a convertirse en una situación obscena. En esta ocasión nuevamente me obligaron a mirar y el rostro de la Yaya (como la llamaban en la familia) estaba sereno y tranquilo.
Miro a mi alrededor y veo muy poca gente conocida. Reconozco a tíos y primos, con quienes me junto tarde, mal y nunca. El funeral provoca cosas buenas, como un padre que abraza y conversa con su hijo, con quien no mantenía relación hace años. Observo todo esto callado y pienso en todos los que no pasaron agosto, como mi abuela.
Me cuentan que un periodista, que organizó una de las cenas “de los que pasaron agosto”, no pudo asistir ya que sufrió un fuerte dolor estomacal que lo llevó a terminar recorriendo varios servicios de urgencia de la región. Estaban todos llenos ya que la sicosis de la muerte andaba rondando firme. En la noche tenía que organizar la final de un concurso de belleza juvenil. Era imposible zafarme de esta actividad y mientras en el escenario de El Huevo dos animadores juveniles bailaban con chicas disfrazadas de gato, yo pensaba en el rostro de mi abuela muerta.
Tuve que ir a la barra y pedirme un ron para calmarme un poco y lograr concentrarme para sacar la actividad adelante.
Sentía que encarnaba la frase “el show debe continuar” y era la pura verdad.
Diariamente nacen y mueren centenares de personas. La percepción del tiempo cada vez es más rápida y violenta. Lo que antes era nuevo ahora es viejo. Hay cosas que no existen y otras se pudren. Todo cambia y realmente siento que, como dicen en los funerales, “nosomos nada”.

ajenjoverde@hotmail.com

Un descubrimiento bueno, bonito y barato


Por Ajenjo

Cada vez que pasaba por la calle Dimalow, en camino al ascensor Reina Victoria, me fijaba en una mesitas de un restaurante instalado en la parte de abajo del cerro.
Nunca entraba, pero algo me decía interiormente que en ese recinto algo bueno pasaba.
Mi hermosa esposa, junto a sus bellas amigas santiaguinas que se hacen llamar “El Centro de Madres”, lo visitaron hace algunos meses y me aseguraron que la comida, el servicio y el lugar entraba claramente en el concepto de las tres b: bueno, bonito y barato.
Esta semana tenía una conversación pendiente con mi brother oftalmólogo, y le dije que fuéramos a conocer el Via Via Café, que tiene una entrada por Almirante Montt y otra por la calle Dimalow, en el gastronómico Cerro Alegre.
Nos encontramos con un menú de 3.500 pesos. ¿Y que le lleva?, se puede preguntar el lector desprevenido. Un menú de entrada, principal y postre o café con diversas opciones. Les recomiendo la crema de coliflor con hinojo, una joya para el paladar. También estaba la posibilidad de comerse una ensalada más tradicional. De segundo me lancé unas especies de caluguitas fritas de cerdo, con un puré de zapallo para hincarse y gritar al cielo: ¡ gracias por estar vivo! De postre me comí algo como una leche asada, compacta y sabrosa. Todo eso a 3.500 pesos.
La atención era de lujo y el lugar maravilloso, dirigido a los gringos que pululan por ese barrio. Al parecer los dueños son belgas y hay unas cervezas de ese país, pero que valen muy caras.
Al otro día volví con un par de amigos de la pega. El menú era el mismo y pude comer un pastel de papas normal y aproveché de repetirme la crema de coliflor. Hay unos pancitos chorreados con aceite de oliva y una cremita de verduras que sirven para amenizar. Les recomiendo ponerla en la sopita de coliflor.
El Via Via Café cumple con casi todo lo que me gusta de un buen restaurante y su presentación de los platos es impecable.

ajenjoverde@hotmail.com

No se puede ser tan consecuente en la vida


Por Ajenjo

Me gané un premio en un concurso: dos meses gratis en un gimnasio.
Una fuerte voz en mi cerebro me empezó a decir: “hace 15 años que no practicas ningún deporte. Tienes la bicicleta botada en la casa. Ya sobrepasaste la barrera de los cuarenta años. Ponte serio cabrito y toma esta oportunidad que te está entregando la vida”.
Así fue como me encontré en una multitienda comprando la “salida de cancha” (que término porteño más singular) y preparándome para mi primer día. Elegí gimnasia “cardio”, ya que pensé que eran máquinas para hacer ejercicios.
Cuando llegué al gimnasio, humilde, tímido, cabeza gacha, pregunté donde estaban mis actividades y me derivaron al cuarto piso. Tamaña fue mi sorpresa cuando me encontré con unos 15 abuelos haciendo ejercicios de brazos piernas y cuello.
También había un par de personas jóvenes. Me sentí perdido, pero dije: “por algo estoy aquí”.
Así que comencé a seguir las instrucciones de la profe. Abajo, arriba, un brazo, una pierna, la cabeza, agacharse, rodillas al pecho. Terminé semi muerto, pero contento.
Ahora estoy como adicto a esos días de gimnasio. Mi profe es Dios. Si me dice que me tire de espaldas y doble la pierna izquierda lo hago sin cuestionar nada. Creo que nunca había seguido instrucciones sin reclamar o discutir.
Después de la primera clase llegué corriendo al Moneda de Oro. Estaba tan contento que le dije al mozo Fernando que me trajera un ron con coca light y un gran chacarero con harto ají verde picadito arriba. Mientras engullía el gran pan y lo bajaba con mi amarguito ron les contaba a mi fiel grupo de amigos las nuevas aventuras en el gimnasio. De repente me di cuenta que estaba mal, que estaba siendo inconsecuente, que después de una hora de ejercicio no me podía poner a tomar roncito y a comer como un loco. Sin embargo, hay cosas que no se pueden dejar en el mundo y ya los ejercicios de “cardio”, por ahora, están más que bien.

ajenjoverde@hotmail.com

"Normas" o el empeño gastronómico en Valparaíso

Por Ajenjo

Vengo saliendo de una bronquitis que me tiene alejado del copete fuerte, pero de todas maneras me estoy bajando algunas maltas para tranquilizar esa sed eterna que no se pasa con nada. Me gusta la malta, la encuentro reconfortante y sana. A veces pienso que me entrega defensas corporales para pasar este frío invierno, además de tranquilizar los nervios.
Como ando en esta onda sana post enfermedad, decidí el domingo pasado comer en alguno de los nuevos restaurantes que están abriendo en el gastronómico Cerro Alegre.
Llegué, con mi bella esposa, hasta el tradicional emporio de barrio “Jenny Lorena”, en la calle Almirante Montt, donde en su segundo piso se instaló el restaurante “Norma´s” y subí a conocerlo.
El menú costaba 6.900 pesos (o algo así) y tenía tres platos. Primero me mandé un ceviche “afrodisiaco”, que estaba rico, con personalidad y sabor marino, debajo de una cama de lechuga y otras hierbas. De segundo opté por un lomo a lo pobre y me llegó un plato elegante. Siempre reclamo por la cantidad enorme de papas fritas (como en el O’Higgins) que termina ahogando a todos los otros elementos. Aquí el huevito bien frito estaba sobre una blanda carne. La cebolla dorada y un con sabor potente. Todo muy bien. De postre me mandé una crema al jerez y llegué a rechupetear la copa.
Mi señora se pidió un pescado con salsa, que también estaba rico. La atención excelente y cariñosa, con preocupación por el cliente. Me dieron hasta servicio especial de carne para comerme mi lomo. Aquí se nota empeño y dedicación por salir adelante en un ambiente de casa porteña, donde botaron los muros y quedaron las vigas a la vista.
Felicito esta aventura gastronómica, que nace en medio de tanta pomposidad, cachetoneo y altos precios que existe en el Cerro Alegre.
¡Qué les vaya bien!

8.13.2010

Acostado en una camita escuchando el cuento de Buchettino


Por Ajenjo

Dos hombres con antorchas nos conducen hacia una pequeña puerta. El olor a madera húmeda, a bosque sureño, penetra fuerte por las narices. Los hombres abren las puertas y aparecen numerosas camitas, todas muy bien arregladas. Al centro está la actriz María Izquierdo, con un libro en la mano, invitando a todo el público a ocupar una de las camas y relajarse.
Se trata de la obra de teatro “Buchettino”, que se está montando en el Centro Cultural Espacio Matta, de la popular comuna de La Granja, en Santiago y que fui a ver junto a mi hijo y mi bella esposa.
Para llegar tuvimos que recorrer la mitad de Santiago. Pasamos por poblaciones que nunca había conocido, como la mítica San Gregorio, donde en sus límites paseaban jóvenes con sus caras huesudas, demostrando su férrea militancia a la pasta base.
Al llegar salió a nuestro encuentro Jenny Romero (la más audaz, bella, creativa y estimulante de todo el clan Romero) y nos mostró el centro cultural. Casi me caí de poto cuando, con mucho orgullo, nos llevó hasta el mural que en los años 70 había pintado Roberto Mata junto a unos niños pobres, en un gran paredón de la ya desaparecida piscina municipal de la comuna. “Tuvieron que sacarle 14 capas de pintura y apareció en gloria y majestad”, nos señala. El mural es bellísimo, con esos cuerpos de marciano que el fallecido pintor ocupó en muchos de sus multicelulares cuadros. Me dan ganas de llorar.
El Centro Cultural Espacio Matta es fantástico, gigantesco, lleno de salas de teatro, de baile y de pintura. Pienso en la ex cárcel de Valparaíso y sólo me da pena y tristeza ese peladero abandonado donde sólo habitan promesas inciertas y sueños frustrados de todos los porteños.
Cuando los cincuenta espectadores están en sus camitas, María Izquierdo comienza a leer el tradicional cuento de Pulgarcito, que está lleno de fuertes escenas de violencia intrafamiliar y desamparo. La obra es sonora y mientras la actriz relata la historia, el ambiente se va llenando de mágicos sonidos. La voz del Ogro es terrible y le da miedo a todos.
Al abandonar la obra me cuentan que durante la semana se llena de niños de escuelas pobres, que disfrutan la obra completamente gratis. También van niños y jóvenes ciegos, quienes le sacan todo el jugo a la conmovedora sonoridad de esta obra.
Ahora, que he estado bajo el flagelo de la bronquitis, con fiebre y remedios, he tenido mucho tiempo para pensar y darme cuenta que hay mucha gente en el mundo que está haciendo hermosas cosas por los demás y uno no tiene la menor idea. A toda esos seres humanos de acción solidaria y verdadera, mis más sinceros respetos y mi admiración eterna.
¡Larga vida a “Buchettino”!

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Expulsando a los amigos de la cada el día del cumpleaños

Por Ajenjo

Todavía no puedo recuperarme al cien por ciento luego de haber celebrado un nuevo cumpleaños que me dejó bastante dañado física, cerebral y espiritualmente.
Todo comenzó un día viernes, cuando llegue a mi casa apurado de la pega a preparar “tacos mexicanos” para los amigos que se atrevieron a romper la barrera del frío. Mientras molía palta y pelaba tomate me comencé a tomar unas cervezas torobayo, que algunas semanas antes había adquirido en una rebaja de supermercado.
Cada botella que llegaba era un invitado. Perdón. Cada invitado que llegaba traía una botella, lo que pronosticaba una tormenta alcohólica en “mi jato” (casa).
Después de la cerveza me metí una copita de vino, pequeña, para brindar por algo que ahora no recuerdo ni quiero recordar.
Los brother conversaban en diversas partes de la casa, pero se concentraron en la mesa, donde se depositaban los licores a beber. Un recorrido nervioso eléctrico me pasó por la columna vertebral cuando me encontré con tres botellas de vodka y varias de ron, que esperaban ser destapadas y bebidas.
Agarré un vaso, agua tónica y me decidí por el vodka, sin embargo tuve que cambiar al ron en la mitad del partido, ya que se acabó con que combinar ese dichoso licor ruso.
Cerca de las 4 de la mañana no me sentía muy bien. La honestidad no quita lo valiente (o algo así) y me paré arriba de un banquillo y les dije a los presentes, en un tono moderado y educado, que ya se tenían que ir de la casa.
Obviamente nadie me pescó y todos seguían estrujando las botellas. Tuve que elevar un poco la voz y con una modulación bastante arrastrada los volví a invitar a salir de la casa.
Ahí me hicieron más caso, pero costó varios minutos que el último de los invitados
atravesara el umbral. Les pido perdón por haberlos expulsado, pero ya no tengo ni cuerpo ni cabeza para escuchar a tanto loco curado.

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Mirando por el tercer ojito en Iquique


Por Ajenjo



Llevo caminando como 25 cuadras por Iquique en busca de un restaurante que mi mujer tiene anotado en un papel y que según ella “es muy bueno”. Cargo a mi hijo en la espalda, lo que convierte cada paso en una tortura. Al final llegamos a otro lugar, llamado “El tercer ojito”, que se encontraba frente a la playa Cavancha.
Era feriado y el local estaba lleno y tuvimos que esperar unos 15 minutos a que se desocupara una mesa. El restaurante era como “jipicuiqui”, que es una mezcla entre algo cuico y hipie, entre algo lord y artesanal, con diseño pero relajado. ¿Me entienden?
Nos pusieron unas mini hallullitas con una exquisita salsa de aceitunas y mantequilla, lo que calmo la ansiedad del almuerzo. La carta era marina con toques tailandeses, peruanos y chilenos. No tenía mucha hambre y mi bella señora se pidió un ceviche a la peruana, mientras yo me consumí un “picante de loco”. Tenía la posibilidad de que el plato fuera mitad loco y mitad pulpo, pero decidí que fuera solamente con conchalepas conchalepas*.
El ceviche estaba bien rico. Me recordó los que hacían en el Caruso: Cocina del Mar”, ese ya desaparecido restaurante porteño que quedó grabado con fuego en mi memoria culinaria.
El plato de picante de loco estaba bueno, pero era pesado. La blanca carne, teñida con un exquisito aliño, estaba algo dura y me obligó a consumir el plato lentamente. Al final me lo devoré completo y no dejé nada de nada. Después me tomé un jugo de sandía como postre (sandía en pleno julio, que maravilla el norte chileno) y me fui más que satisfecho. Incluso se me quedó una mochila y los mozos me la tenían bien guardada.
También fui al mercado iquiqueño y me comí una cojinova con puré por cuatro lucas. Exquisita.

* conchalepas conchalepas: nombre
científico del loco.


7.20.2010

Camino a La Tirana o tratando de romper la aparente realidad





Por Ajenjo

Estoy sentado en el palco presidencial del Teatro Municipal de Iquique y observo cómo mi hijo juega en el escenario. El lugar es maravilloso, como el teatro viñamarino, pero construido completamente de madera. Por mil pesos se puede visitar completo, subir hasta el último piso por pequeñas escalerillas de madera y entrar a todos los rincones.
Iquique es sólo una parada, ya que mi verdadero destino es La Tirana, donde los diablos bailan por horas sin parar, en uno de los paisajes lisérgicos y multicolores más impactantes que he visto.
Hace cinco años vine por primera vez y en mis oídos y neuronas quedaron tatuadas las imágenes de este verdadero manicomio étnico, donde la locura llega a su estado más sublime y se convierte finalmente en tradición.
Ahora quiero que mi hijo vea este espectáculo, pero a veces lo que a uno lo asombra no tiene porque impactar a los demás. Cuando salimos del hermoso teatro iquiqueño el niño me pregunta donde está el mall de esta ciudad “y podríamos ir a ver una película y comer pizza”. A veces creo que la batalla está perdida, pero tampoco se trata de ponerse un viejo amargado (y ocupo la palabra amargado, en vez de una que es impublicable) y sólo queda seguir adelante.
Hablando en forma honesta, Iquique no es una urbe muy hermosa. Mi hijo piensa que está en Perú, no sólo por los rasgos faciales de la gente, sino que por que la bebida del hostal es Inca Kola y es atendido por una mujer que nació en Tacna. Hay muchos restaurantes chinos, como de “chifa” y ha estado muy nublado y frío.
Ya quedan pocas horas para partir al pequeño pueblo en las alturas, donde los diablos ya han comenzado su ritual. Me armaré con unos buenos sándwichs, una petaquita de vodka con Red Bull y volveré a sumergirme en esos sonidos de cajas, trompetas y platillos con la sana intención de olvidar toda la maldita rutina y abrirle los ojos a mi hijo para que traspase de una vez por todas la aparente realidad en que vive.

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Metido un día domingo en un "baby sour"

Por Ajenjo


Mis bellas compañeras de trabajo están organizando un “baby shower”, que es “una actividad donde se le entregan regalos a una amiga que está en avanzado estado de embarazo y que muy pronto tendrá a su hijo en la clínica”. Ellas no invitaron a ningún hombre, como si el evento tuviera una característica de “secta femenina secreta”.
Sinceramente creo que estos “baby shower” se realizan para tirar para arriba a la pobre embarazada, que lleva semanas enclaustrada en la casa, ausente de todo tipo de carrete y fiesta (ni siquiera puede beber un traguito) y que lo único
que desea fervientemente es poder dar a luz lo más rápido posible.
El fin de semana partí a Santiago para convivir con la familia de mi santa esposa. Además de conocer el rico restaurante peruano el “Otro Sitio” y sus piqueos de ceviche, pude engullir un bistec a lo pobre en el “Chilenazo”.
Mi mujer me pidió que la acompañara a un “baby shower”, y mi cara se estiró varias veces, mis ojos se abrieron y un rotundo “no” salió de mi boca. Sin embargo las mujeres son expertas en el arte de convencer y terminé sentado en un living, con varias chiquillas (y sus parejas) comentando cuál era el mejor artículo para evitar que la leche mojara los sostenes. Raro, muy raro.
Lo bueno fue que varios amigos también fueron “convencidos” por sus señoras y entre cerveza y cerveza el famoso “baby shower” se fue convirtiendo en un “baby sour”. Entre la anestesia de la cervecita y los chistes la tarde se convirtió en una alegre
convivencia.
La mejor parte fue cuándo, motivado por varios vasitos de chela, le dije a la embarazada para animarla: “lo mejor fue que soló te engordó la pura cara (la palabra precisa era guata) y todos se comenzaron a reír nerviosamente”.
Rápidamente trate de arreglarla, pero ya las carcajadas eran muy grandes y la embarazada se agarraba su panza y lloraba de la risa.
¿Por qué no serán mixtas estas fiestas?, terminé preguntándome mientras abría
la última latita.


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La magia del sushi para reconciliar parejas


Por Ajenjo

Después de una pelea con mi esposa decidimos reconciliarnos en el nuevo restaurante japonés Tama, que se instaló en la calle Almirante Montt, en Valparaíso.
Llegamos sólo algunos minutos después que abrieran el local y nos fuimos al segundo piso. Ahí nos encontramos, al parecer, con el dueño, quien nos contó que las bellas mesas del restaurante, que tiene adornos de arena y conchas en su interior, las habían encontrado en una demolición. “El maestro que trabajó en el local me señaló que las compráramos y que él las arreglaría”, indicó como un excelente anfitrión.
A los segundos llegó un joven mozo, quien nos entregó la carta de sushi y otros cortes de pescados y mariscos a lo japonés.
Nunca he sido fanático del sushi, sin embargo el tiempo ha ido variando mi opinión, especialmente por mi bella esposa, quien engulle estos pedazos de arroz y su cara se llena de felicidad y amor.
No soy un experto ni nada parecido en este tipo de comida, pero me encantó que tuvieran unos suhsi fritos, calientitos, que se deshacían en la boca. Creo que se llaman Furay, pero no tengo certeza.
La música que sonaba era una electrónica suave. Había un “happy hours” muy conveniente, que incluía una tabla y copete. Me tomé un buen pisco sour y mi señora una copa de vino. Todo aceptable, en un ambiente juvenil y relajado. Me gustó mucho, sobre todo la variedad de cositas ricas que hay.
Hay varios sushi en Valparaíso y siempre había alabado el que está cerca de la Plaza Victoria. Ahora le salió competencia.
Me retiré feliz y contento, además me había reconciliado con mi mujer gracias a estos exquisitos bocaditos de arroz, mariscos y pescado.

ajenjoverde@hotmail.com

7.19.2010

Entre el fútbol y la vida de los peces

Por Ajenjo

Eran las 10 de la mañana y mi brother fotógrafo metía una malta y unos huevos a la juguera para hacer una rica bebida de desayuno, y comenzar a mirar el partido de Chile contra Suiza en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica 2010. Nos comimos unos panes con palta y jamón y seguimos bebiendo ron y vino para acompañar el costillar de chancho con papas asadas que sirvió para festejar el gran triunfo.
A las cuatro de la tarde, y después de ganar el juego del cacho, tenía la cabeza como un bombo, pero saqué fuerzas de flaqueza y decidí ir a ver la película “La vida de los peces”, de Matías Bize. Para los que creemos que el amor puede ser la experiencia más celestial o infernal del mundo, para los que hemos llegado al nirvana cerebral en los brazos de una mujer, o para los que han andado buscando una pistola para matarla, esta película es una joya directa.
Han dicho que la cinta es un laberinto lleno de fantasmas o que Bize está pegado en los temas sentimentales, sin embargo eso es precisamente lo que convierte a esta película y su director en algo superior. Siempre me ha gustado la gente pegada, que se apasiona por una sola cosa en la vida y es capaz de morir por ella. Creo que en la pasión extrema se puede lograr la perfección en toda disciplina, especialmente en el arte y el deporte. Creo que la gente que no tiene una pasión, que no se ha quedado pegada en nada de nada, es fome, aburrida, como un té con leche. Mientras los que te hablan de un equipo de fútbol, de un grupo musical, de una mujer o de lo que sea, con los ojos desorbitados y una locura especial, son como un buen vaso de ron.
Para mi la película trata sobre las decisiones que no se tomaron en un momento de la vida y que se convierten en malditas obsesiones que te seguirán hasta la muerte. ¿Qué habría pasado si me hubiera ido al motel con ella? ¿y si renuncio al trabajo? ¿y si no me hubiera tomado ese último vaso?
Ahora, cuando lean esta columna, estaré viendo el partido esencial de Chile en el Mundial. Con mis brother compraremos pizzas y fugazas en La Riveira y nos almorzaremos la segunda parte del gigantesco costillar de chancho que compramos en Setchmacher y, según lo que pase, me podrán ver en las calles de Valparaíso, ebrio de felicidad, gritando por este Chile grande y querido...

ajenjoverde@hotmail.com

Para todos los que vieron el partido solos en sus casas


Por Ajenjo

Mi hijo y mi esposa se van de la casa para ver el partido de Chile contra Honduras, en el Mundial de Sudáfrica 2010, en el colegio y en el trabajo respectivamente.
Quedo solo en mi cama. Miro al espejo y me veo con un gorro de lana y la estufa prendida, mientras los gladiadores cantaban el himno a todo pulmón. Decidí hacer un desayuno, pero lamentablemente al abrir el refrigerador me encontré con una bolsa con pan de molde y la tradicional margarina chilena. “No importa”, me dije a mi mismo, y tosté los pancitos con mucha gallardía, mientras calentaba agua para el café.
De repente vi unas latas de cerveza que coquetamente me llamaban y me decían que las bebiera. Eran las 7.20 de la mañana y tenía que llegar al trabajo a las 10, por lo tanto estaba vetado todo tipo de alcohol. Con el dolor de mi alma las rechacé y me fui con la bandeja a la cama.
Estaba solo. Cuando Chile metió el gol me emocioné mucho. Creo que lloré. Mi señora me llamó por teléfono y gritaba como si le estuvieran poniendo corriente. Llamé a mi brother oftalmólogo para comentar el triunfo parcial y lo encontré durmiendo, “perdóneme compadrito es que la guagua lloró desde las tres a las seis de la mañana y no sentí la alarma. Gracias por llamarme”.
Seguí viendo el partido y le lanzaba improperios a los jugadores, que se perdían y perdían goles. Al final el arbitro tocó el pito y la calma volvió a mi cuerpo. No tenía a nadie con quien hablar, nadie a quien decirle mi complejo análisis del partido, nadie a quien abrazar y gritar que ganamos...
Mientras me duchaba, soñé que levantábamos la copa y éramos campeones del mundo y pensé en los rones que me esperaban en la noche para celebrar con mis compipas...

ajenjoverde@hotmail.com

La mejor paella de mi intensa y agitada vida


Por Ajenjo


Comer bien no es una situación que sólo esté ligada a tener buenos y frescos insumos, a poseer modernos aparatos de cocina o manejar un recetario de excelencia.
También es muy importante, incluso esencial, la presencia de agradables comensales, que provoquen que el placer de probar nuevos sabores se transforme en una comida inolvidable.
Eso fue precisamente lo que me sucedió el sábado pasado, cuando los apoderados del colegio de mi hijo organizaron un evento social en una hermosa casa en Paso Hondo.
El plato de fondo era una paella, sin embargo antes tuvimos la posibilidad de probar unos pedazos de asado de entraña que se deshacían en la boca. También llegó un vino con fruta (sangría) que estaba como “agüita de la llave” y tuve que moderarme para no beberme la gran jarra.
A la hora de la paella aparecieron muchos mostos de calidad, que fueron la compañía ideal para comer ese arroz lleno de sorpresas marinas y terrestres. Mi mujer me advirtió, en varias ocasiones, que bajara la velocidad en la ingesta de vino, lo que cumplí a la perfección, casi como un caballero inglés.
El vino, estimulante de la conversación por excelencia, nos llevó por diversas reflexiones y terminamos bastante tarde, tratando de arreglar el mundo y contando sabrosas anécdotas.
Más allá de haber comido una de las paellas más ricas de mi agitada vida, conocí un grupo humano diverso y tolerante, conversador y optimista, en el fondo muy buenas personas... ¿Y cuando es la fecha de la próxima paella?

ajenjoverde@hotmail.com

6.10.2010

Cada uno con sus gustos


Por Ajenjo

“Cada uno con sus gustos decía una vieja mientras agarraba a besos a un chancho”, decía mi madre cuando se encontraba en alguna situación particular, donde había alguien que rechazaba la comida o no le gustaba una película. Esta frase la puedo aplicar a un nuevo restaurante que visité en Valparaíso, del tipo “tenedor libre”, que en otras palabras es “coma todo lo que pueda por seis lucas, sin las bebidas incluidas”.
El local abrió sus puertas hace algunas semanas y es toda una novedad para la familia porteña, quien el sábado pasado, y a pesar de la lluvia, repletó el recinto.
Nunca he sido muy fanático de los “tenedores libres”, salvo el “Gatsby”, que lamentablemente está en el mall de Viña y da lata comer en ese ambiente tan cargado al comercio.
Este nuevo local porteño, ubicado en la Avenida Pedro Montt, tiene un afán por la fritura. Todo está pasado por un batido y metido en aceite, lo que causa que uno se llena con tremendos trozos de jibia o de pescado que viven debajo de una fuerte capa amarilla.
En los postres todo está lleno de jalea de diversos colores (“la jalea y el té puro es para los enfermos”, también decía mi madre).
El asador de carnes debiera visitar al sicólogo, ya que mientras uno espera un trozo le cuenta todas sus penurias. Hay un cocinero de sushi que saca algunos roll que la gente se pelea y las ensaladas son puros vegetales rayados.
En fin, a algunos les gusta esta onda de fritura. A mi hígado no.

ajenjoverde@hotmail.com

6.03.2010

Y todo por culpa de unos malditos huevos duros


Seis amigos de Santiasco llegaron a pasar el fin de semana largo al Puerto y les preparé el tremendo panorama: la Cumbre Guachaca 2010 en el centro de eventos El Huevo.
Mis compinches me tenían para la “previa” un vodka aromatizado a la pera, que fue un el primer “punch” de una noche extremadamente etílica.
Hay que ser honestos: después de los cuarenta la “sopaipa” se empieza a pasar más rápido. Es decir, con un par de copas uno ya está transmitiendo como “loro de siete lenguas”.
La cuestión es que la felicidad embargaba mi cuerpo y llegamos al local donde una gran jarra de terremoto, con harto helado de piña, fue la entrada al mágico mundo de Bilz y Pap.
Salió La Sonora Palacios y bailé todos los temas como si estuviera en plena diablada de La Tirana. La danza tropical me daba más sed y me bajaba los vasos de terremoto como “agüita de la llave”.
La Sonora terminó su hipnótico recital y me llegó el hambre. Mi olfato estomacal me invitó a sentarme a una mesa donde habían dos huevos duros. Sin preguntar los descascaré y me los comí ¡Toda una delicia nocturna!
El problema fue que los huevos duros no eran de propiedad del grupo de amigos, sino de una señora que, cuando se dio cuenta de mi cavernícola actitud, me invitó a retirarme recordándome todo el nombre de mi parentela.
Mi hermosa y tolerante mujer estaba algo enojada (seamos sinceros, estaba hirviendo), por mi actitud.
Salimos de El Huevo en medio de punkis que nos miraban y que yo, según lo que me cuentan, invitaba a mi casa.
Al otro día, con una cervecita helada, miré como el Inter le ganaba al Munich, mientras mis amigos santiaguinos se reían a carcajadas de la “fría noche de los huevos duros”.
Ahora estoy “en capilla” y espero que me perdonen antes del Mundial.

5.26.2010

Comiendo pizza y tomando vinito con Los Patogallina


Por Ajenjo

El Rana y El Antonio, mis viejos compinches de la gran compañía artística La Patogallina, estuvieron en Valparaíso presentado dos obras de gran calidad y emotividad.
A través del correo de las brujas, los invité a mi casa, para ofrecerles una bienvenida porteña.
Fue así como casi 15 actores y miembros de este colectivo cultural se tomaron mi humilde hogar y pasamos una noche llena de la mejor conversa.
Yo estaba algo nervioso, ya que no sabía si la casa iba a responder. En la cocina preparaba pizzas, mientras uno de los actores me servía vino en forma constante. El alcohol subió a mis neuronas y la masa de las pizzas quedó completamente mojada en jugo de tomate, sin embargo a todos les gustó y creo que premiaron más el esfuerzo que la calidad del bocado.
Ya con algunos rones en el cuerpo me dio por recitar algunos poemas, captando la atención de mis célebres invitados.
Al otro día llevé a mi hijo al Aula Magna de la Universidad Santa María para ver “Los caminos de Don Floridor”, una de las joyas del teatro familiar chileno de los últimos tiempos.
El pequeño miraba la obra con la boca abierta y se reía a carcajadas con las aventuras de los actores.
Yo trataba de reconocer las caras tras los maquillajes y descubrir quien fue la joven que me ayudó a armar las pizzas o quien fue el que me dio el trago.
¡Salud por estos genios!

ajenjoverde@hotmail.com

Carreteando con Alejandra Alvarez o el mejor Shawarma de Valparaíso



Por Ajenjo


Estoy nuevamente en Chantiasco acompañando a mi esposa en algunos carretes familiares, cuando nos invitaron al bar Narciso, en Providencia. Estos bares santiaguinos son como si unos amigos arrendaran una casa, la pintaran de rojo, le pusieran un letrero y vamos para adelante.
El asunto era un cumpleaños y el festajado, como buen ciudadano santiaguino, no había puesto nada para tomar y unas ramitas y papas huachas eran el cóctel para calmar el estómago.
Bajé a la barra y me compré un gran ron de 3.300 pesos. El barman agarró los hielos con la mano y los depositó en el vaso (no soporto ese gesto, lo encuentro insalubre) y me lancé a beber.
De repente veo pasar a la famosa Alejandra Alvarez, quien estuvo involucrada en un escándalo de fotos de carácter pornográficas que salieron a la luz pública. Vestía un gorro y un largo abrigo y nos miraba como si nosotros fuéramos extraterrestres.
Yo la miré un rato, pero mi mujer se puso algo celosa y atiné a dejarla tranquila visualmente y dedicarme a mis rones.
Al volver a Valparaíso encontré un nuevo puestos de shawarmas al paso, ubicado en la calle Huito. Soy fanático de los shawarmas, como ya lo he dicho con anterioridad y éste es “onda fusión”. A los tradicionalistas no les gustará mucho, sin embargo amo estas mezclas de sabores y la combinación de colores y olores.
Las ensaladas son frescas y la salsa de ajo exquisita. Uno puede agregarle palta y otras cosillas para convertir el shawarma en una bomba de sabor. También hay creps y el más rico es el de manjar con salsa de chocolate.
Ojalá le vaya bien a estos chiquillos, que tienen una cocina abierta, donde uno ve los ingredientes y la limpieza con que preparan todo. Me gustaría que pudieran convertirse en restaurante y aumentar sus mezclas y sus inventos gastronómicos.
Cuesta emprender en la vida.
Personalmente he impulsado muchos proyectos que la mayoría se han caído en el camino, sin embargo sigo luchando y creyendo que en la vida, para ser feliz, hay que emprender, emprender y emprender.


Lucho Barrios y un inolvidable recital en el Teatro Imperio



Por Ajenjo

Era el año 2002 y mi ex mujer me había invitado a un recital de Jorge “Negro” Farías, Luis Alberto Martínez y Lucho Barrios en el ya desaparecido Teatro Imperio, en la avenida Pedro Montt.
Antes de entrar me encontré con mi ex suegro (actual amigo del alma) y le dije que me esperara, ya que iría a comprar una petaquita de pisco con coca cola para hacer que el evento se convirtiera en una velada más grata.
Las entradas numeradas nos llevaron a una fila pegada en el escenario y casi podíamos tocar a los artistas. Unos músicos salieron a calentar los instrumentos y de repente mi ex suegro, con una voz de emoción intensa, me gritó: “están tocando la canción Apache”. Yo me reía ya que el guitarrista tocaba el típico ritmo de los pistoleros persiguiendo a los indios, en esas viejas películas en blanco y negro.
Me comencé a beber el combinado y mi ex suegro, influido por la emoción, me pidió unos tragos.
El primero en salir fue el Negro Farías. Con sus grandes anteojos y su peculiar forma de cantar emocionó a los presentes. “El trago le fregó la carrera a este gran cantante”, me dijo mi acompañante al oído, mientras por mi garganta bajaba ese típico sabor dulzón de la piscolita chilena. Después salió Luis Alberto Martínez, a quien le decían “el cantante de las madres”. Se supone que hay dos teorías de ese apodo, pero es mejor no profundizar más este tema.
Finalmente apareció Lucho Barrios. El Teatro Imperio se levantó completo y se
escuchó un largo aplauso.Sus canciones, imposibles de no haberlas escuchado alguna vez, llenaron el recinto, y se despidió con un tsunami de gritos emocionados.
Ahora que Luchito Barrios se fue para siempre, pienso en Farías y en la Carmen Corena.
¿Dónde estarán? ¿Acaso cantando boleros eternos, borrachos por amores sufridos e hijos olvidados?

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Visiones de un todo incluido en "Santo Domingo"


Por Ajenjo

Después de experimentar por ocho días lo que es vivir en “Natura Park”, un resort donde toda la alimentación y las bebidas están incluidas las 24 horas, tengo algunas visiones que me gustaría compartir respetuosamente. En mis sueños se me aparece una anciana que parece hombre, quien prepara cientos de tortillas de huevos durante la mañana. Junto a ella hay una gringa que debe pesar, a vuelo de pájaro, más de 150 kilos. Carga un plato con mucho pan, jamón, queso de diversos colores, salchichas, tocino, huevos duros, tacos mexicanos, tomate, cebolla, tostadas francesas, churros y plátano frito. Tiene el descaro de colocarle sacarina al tazón de café.
En la playa está lleno de cincuentonas europeas que deben haber tenido una bella juventud física. Ahora, en la paradisíaco lugar, se sacan sus partes de arriba del traje de baño y exhiben sin pudor sus senos, que parecen racimos de melones a punto de caer al piso. Las jovencitas hacen muy poco topless ya que los hombres, la mayoría bastante bebidos, las miran no con muy buena intención. Una de las visiones más impresionantes se produce a las seis de la tarde. En una gran piscina que tiene un bar en su interior hay un rincón donde salen burbujas. Ahí se juntan los curados más extremos, que en termos especiales beben todo tipo de tragos inimaginables. No se si será mi turbia imaginación, pero los veo que se miran libidinosamente. Hay mucha tensión sexual donde jóvenes abrazan y se ríen con viejujas ebrias, quienes a su vez miran a los negros que atienden como bistec humanos.
Yo también me veo en las visiones tomando un trago llamado “zombie” (que te dejaba tal cual su nombre). En un momento ingreso a una denominada “Fiesta del Coco”, donde bailo alrededor de la piscina y me regalan por mi esquizofrénica danza, un coco lleno de ron. A esa altura las visiones ya son muchas, de olores y colores diferentes, y sólo queda prepararse para
la ducha en la pieza y buscar el puesto donde se reparten hamburguesas, pizzas y hot dogs para seguir la fiesta.

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All Inclusive o el matrimonio más raro de mi vida


Por Ajenjo

Estoy en el matrimonio de la hermana del gimnasta Tomás González y puedo decir, sin titubeos, que es la boda más rara a la que he asistido en toda mi vida. Nos dijeron que una “machi de Limache” realizaría la sagrada unión, pero en vez de llegar una señora bajita y regordeta, llegó una rubia de ojos azules con pinta de neo hippie que dejó a todos locos. “Hermano viento, abuelo fuego, bendice a esta pareja”, decía en voz baja, mientras prendía fuego y salía un aromático humo.
Entre los asistentes había un tipo vestido de indio, con turbante y todo y cuando estábamos bastante ebrios, uno de los invitados temía que el excéntrico invitado explotara como un hombre bomba.
Ahora, aunque ustedes no lo crean, estoy escribiendo desde un carísimo cyber en República Dominicana, en esos hoteles gigantescos donde todo está incluido, celebrando mi luna de miel. Llegué el miércoles en la noche y tuve que viajar desde la capital Santo Domingo, hasta Punta Cana, en un distorsionado viaje en una van de tres horas y un poco más.
Dentro del auto iba una pareja de chilenos de la tercera edad que trabajaba vendiendo pescado y mariscos en una feria de Estación Central, en Santiago. Uno de sus hijos le había regalado el viaje. El chofer de la van, que era dominicano, se puso a despotricar contra los haitianos (con quienes comparten esta gigantesca isla caribeña), tratándolos de “demonios”, mientras el caballero le decía que “parecen monos”. Todo el racismo chileno en su máxima expresión.
Avergonzado de mis compatriotas llegué de noche a un resort ecológico. Al principio estaba tímido, pero poco a poco empecé a comer y beber como un cosaco. Anoche me acosté con dos cervezas en el cuerpo y tres piñas coladas de alto poder. Aquí no hay límites para nada y tengo miedo. En la mañana tomé desayuno y lo acompañé con un Bloody Mary (vodka, jugo de tomate, salsa de
tabasco y una rama de apio), comenzando una anestesia corporal y cerebral exquisita.
Puedo beber todo lo que quiera durante las 24 horas. Comer hamburguesas con papas fritas o “perros calientes” durante todo el día y tomar ron hasta caer tendido en la playa.
¿Sobreviviré?

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4.15.2010

La Isla Siniestra y una petaquita de ron


Por Ajenjo

Cada vez que los conflictos, generalmente sentimentales, toman mi cerebro por asalto, me trato de esconder del mundo para relajarme y alejarme del ruido urbano.
¿Adónde se puede estar solo en Valparaíso?
La respuesta es simple y entretenida: el cine.
Esta semana estaba bebiendo mi roncito con coca cola en el Moneda de Oro cuando me entró una idea en mi adormecido cerebro. ¿Y si voy a ver la última de Scorsese, La Isla Siniestra?
Abandoné la mesa diez para las diez y tomé una micro rumbo al cine porteño. Al bajar del bus aterricé justo al frente de una botillería y me vino la tentación de comprarme mi petaquita de ron con una bebida cola de medio litro y el infaltable vasito plástico.
Esto de beber en el cine viene de mi alocada vida universitaria, donde teníamos un amigo profesional que era capaz de descorchar varias botellas de vino con un lápiz pasta marca Bic. Tenía la técnica de hundir el corcho y después beber para que el corcho descendiera y dejara verter en los vasos el sagrado líquido.
A veces preferíamos beber cajas de vino, ya que a pesar de que el vinagrillo era de dudosa calidad, el envase era de fácil apertura.
Lo más cómico fue en el querido Cine Arte, donde mi amigo ingresó botellas de cerveza de litro para consumir viendo una película de Almodóvar. El misterioso hombre de la linterna lo sorprendió y se la trató de quitar. El público veía a mi amigo tirando le la parte de atrás de la botella, mientras el de la linterna tenía el gollete y luchaban contra todas sus fuerzas. En un momento mi amigo soltó el envase, y el otro salió disparado al suelo, en medio de las risas del respetable. Humillado se retiró con la cerveza.
Recuerdo todo esto mientras vierto el dorado licor en mi vaso, mientras Leonardo di Caprio ingresa a un manicomio y mis problemas se disuelven mientras el ron baja por la garganta y los sicópatas desfilan aterrando al público en la oscura sala.

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¿A donde se fueron a volar las cervezitas chilenas?


Por Ajenjo

Pido una cerveza Escudo, la de tres cuartos, la tradicional, la más fuerte, de color más dorado, y me dicen que no hay, que están agotadas y que sólo me pueden vender unas de nombres extraños y cuicos. Con una de tamaño chico me compro un litro de mi cerveza querida y caigo en una crisis depresiva, alcohólica y poética y me pregunto: ¿a dónde se fueron a volar las cervezas chilenas?
Me llega una invitación por Facebook de una amiga de La Calera para participar de un grupo denominado: “Fuerza CCU” y que revelaba que algo había pasado en el terremoto con esa empresa y que volver al stock normal en los bares se demoraría algunas semanas.
¿Qué podemos hacer sin cerveza?
Esa bebida alcohólica es en la universidad como el agua de la llave.
A las 9 de la mañana mi amigo decía ¿El profe de español falto de nuevo, vámonos a tomar desayunito al Club Social?
Ahí litros y litros de cerveza corrían sin parar, donde todos se gastaban la plata para las fotocopias, la micro y el almuerzo. ¿Qué acaso a alguien le daba hambre?
A las seis de la tarde ya estaban todos listos para la foto, hablando en lenguas, cantando canciones populares, gritando ¿somos amigos o no somos amigos? y alguna pareja besándose profundamente en medio de los gritos de todos.
Que tiempos aquellos donde la cerveza era el néctar de la vida universitaria, la ambrosía diaria de sobrevivencia, el elixir bendito que nos motivaba a seguir estudiando.
De todas maneras igual habían algunos efectos negativos. Como esas interminables caminatas al baño por el rápido descenso del líquido y la caña infernal, donde además de dejar la pieza más hedionda que ramada el 19 de septiembre, provocaba una sed infernal, donde litros y litros de jugo en polvo se tomaban en la mañana para olvidar el desorden.
Tener a un pueblo sin cerveza en sus bares es peligroso y hay que advertirles a las autoridades.
Ya me imagino miles de jóvenes marchando por las calles, hacia el Congreso, exigiendo más cervecita espumosa...

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Más que malandrino es Buenedrino o la mejor pizzería de Valparaíso



Por Ajenjo

Durante dos años estoy comiendo, junto a mi hijo, en una de estas pizzerías que son cadenas internacionales y que la comida cabe claramente en el concepto de “rápida”.
Aunque le pongas champiñones, anchoas, y el extraño “extra queso”, siempre saben a lo
mismo.
Sinceramente ya las odio y en las últimas ocasiones trato de llevarlo al “Marco Polo”, donde se come un completo mayo palta,“pero con poca mayo”, mientras yo me devoro una ensalada gigante de atún o pollo.
El pasado sábado conocí el “Malandrino” una pizzería en Almirante Montt, en el cerro
Alegre, que de boca en boca se ha convertido en toda una revelación. Primero que todo hay que señalar que el ambiente es exquisito. Hay pocos restaurantes en este Puerto que emiten calor de hogar desde la entrada a la salida.
Hay muchos gringos y chilenos que quedan maravillados con este ambiente “tano” y familiar, lo que invita a relajarse y pensar que estamos en una pequeña ciudad italia
na, donde hay un pequeño local con un horno de barro y una regordeta señora que saca las pizzas más ricas del mundo.
Yo partí con un pisco sour, que estaba muy fuerte y que un hielo me permitió beberlo con más calma. Después pedimos, junto a mi bella esposa, una pizza que tenía a la rúcula como estrella principal.
Todos los ingredientes son frescos, como recién salidos del campo. La masa extra delgada con el sabor único que le da sacarla de un horno de barro. Suave, delicada y con aroma.
La carta de vinos es buena y no tan cara (ya que ahora es la moda colocar todos los ceros que se puedan en los mostos).
La atención muy simpática, informada y amable, especialmente para los extranjeros que repletan el lugar. Incluso el gran anciano Nicolino se pasea por el lugar y conversa con quienes tienen el privilegio de conocerlo. Seguramente Nicolino se siente en Italia por la decoración y los aromas, al igual que todos los comensales que disfrutan esas masas y vinos.
Es la mejor pizzería de Valparaíso y que ese horno siga lanzando humo y permitiendo que esa masa, crujiente y dorada, salga eternamente. Ahora sólo tengo que llevar a mi hijo...

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Mi matrimonio en Santiago (Tercera parte y final)


Siempre he definido los matrimonios chilenos como “un acto tribal donde una pareja se une eternamente (en teoría), mientras sus familiares y amigos chupan y comen como dementes, hasta llegar al trance que se refleja en bailes epilépticos”.
Es justo el momento de “los bailes epilépticos” con el que finalizaré la larga historia de mi matrimonio.
Todo comenzó con el tradicional vals que cambiamos por el bolero La Hiedra, interpretado por mi gran mamita Carmencita Corena. Dimos unas vueltas, saludamos al público y danzamos muy apretados, como los antiguos lentos de los años 80.
Después bailé dos cuecas bien zapateada y comenzó la cumbia con La Noche y Américo como protagonistas sonoros de la danza tribal.
A medida que los wiskhies con bebida energizante ingresaban al estómago y la mente el baile se iba poniendo cada vez más cuático.
En un momento detuve la música y realizamos el momento de la Isla de Pascua,donde invité a mi amigo el oftalmólogo y varios compinches a bailar pascuense, con unos collares emplumados. (Conocí a mi esposa en esa Isla)
Yo le ponía cualquier color al asunto y la música era la versión Rapa Nui de la canción Flaca, de Calamaro. Después llegó el momento de la borrachera extrema. Eran las 4 de la mañana y casi realizamos un pogo gigantesco (esos que hacen los punk en los recitales) al centro de la pista.
El animador me dijo que la novia haría un “koala” conmigo y después la cosa se armó
y yo traté de hacer un koala con un amigo y el gil se corrió, quedando tirado cuan largo soy en la pista. El alcohol no sólo duerme la mente, sino que también el cuerpo, por lo tanto el chancacazo ni lo sentí.
Todos andaban medio disfrazados en la fiesta por la onda “cotillón” y a las 5 de la mañana los mozos empezaron a limpiar las mesas y nos sugerían con sus movimientos que nos largáramos, mientras yo parloteaba y parloteaba sobre la diversas gimnasia sexual que haría en la luna de miel.
Mi suegra querida llegó a la mesa y me
mandó una mirada asesina y tuve que cambiar el tema rápidamente.
Ahora soy un hombre casado, feliz y responsable y no tomaré más... “¿A dónde la viste?”.

4.13.2010

Mi matrimonio en Santiago (Parte 2)

Por Ajenjo
Antes que empezara el ritual civil del matrimonio realizaron dos discursos. El primero fue de una amiga de mi novia y el segundo de Dióscoro Rojas, quien se mandó el medio “speach” sobre el amor, Valparaíso, las sirenas y los marineros. La gente aplaudió a rabiar y a mí se me pasaba el susto ya que la cantidad de cuicos presentes tenía algo nervioso al Gran Guaripola de los Guachacas.
Después comenzó la formal ceremonia y apareció mi novia, quien como un ángel blanco bajó por una gran alfombra roja, bella, bellísima, del brazo de su padre, mientras yo comenzaba una lucha por mantener las lágrimas en forma desesperante.
La oficial habló sobre el terremoto y otras cosas, mientras yo apagaba mis dos celulares que se me habían quedado prendidos (menos mal que me di cuenta ya que uno de los ring tones es un niño gritando: “¡Nos destruirán a todos, nos destruirán a todos!”). Nos entregaron la libreta de familia y llamaron a mi hijo para que nos trajera las argollas, mientras yo le preguntaba insistentemente a la jueza: ¿Nos podemos besar ya?
A los minutos tuve que salir caminando abrazado a mi novia, mientras una mosca se me metía en el ojo (cuento para echar el lagrimón tranquilo) y comenzó la sesión de fotos y los canapés. Me empipé uno o dos pisco sour, lo que me causó un poco de relajo. Ahí pude observar a Dióscoro Rojas conversando animadamente con la modelo Paola Camaggi, quien es pareja de un querido primo mío.
Nos avisaron que la gente estaba en el comedor y que había que ingresar, sin embargo, la cosa de demoró algunos minutos porque unos familiares se habían colado en la mesa principal de los novios y sus padres. Los sacaron lo más disimuladamente posible.
Entramos con “Alta Suciedad”, de Calamaro, mientras el estúpido del animador me cambió mi nombre como si fuera femenino. Justo iba pasando por la mesa de mis colegas periodistas, que me lanzaron el típico grito: ¡ayyyyyyyyyyy!, para burlarse del error.
Me pegué un discurso rápido y me lancé a la mesa principal, donde pude lanzarme dos copas de tinto, mientras mi novia me tironeaba para sacarme las fotos oficiales con todas las mesas. “Paciencia, paciencia”, pensaba dejando la copa en la mesa... (continuará).

Mi matrimonio en Santiago (Primera parte)


Por Ajenjo

Llego a la casa de mi hermano con mi “paletó nuevo” para estar tiqui taca para mi matrimonio en Santiago. Le pido que se ponga con un buen vino para el almuerzo y un wiskacho para rematar ya que estaba medio nerviosón para la ceremonia de la tarde. Mi hermano me dice que mi novia lo había llamado y con duras palabras le había señalado que por ningún motivo me diera alcohol antes del matrimonio, lo que obviamente me provocó un leve enojo, pero seguí adelante.
Me duché, me lavé el pelo y me jaboné el cuerpo varias veces. Me afeité con mucha prolijidad y me puse mi terno negro con corbata azul metálico y apelé a todos los dioses y demonios del mundo para que me acompañaran en este evento.
Mi bella y querida novia había invitado como 180 personas, que eran una elevada cantidad comparado con los cuarenta que llevaba yo. Un grupo de amigos llegó muy temprano y se cambiaron dentro de los baños del recinto, ya que venían “muy transpirados de Valparaíso”. Los socios se estaban cambiando los ternos y vestidos en el baño y en eso llegó un guardia que les preguntó que estaban haciendo: “es que venimos al casamiento de la tarde”. El guardia le respondió: ¡Haaaa ustedes son de la orquesta!
Llegué como a las 18.30 horas y me encontré con mis “amigos orquesta”, a quienes saludé cariñosamente y me puse en la puerta a darle la bienvenida a una numerosa concurrencia desconocida, que asistía en forma muy elegante a este magno evento.
Cuando llegó Dióscoro Rojas me calmé un poco, ya que juntos a mi “brother” oftalmólogo, eran los invitados más importantes: el primero realizaría un discurso y el segundo era mi testigo.
Cuando la jueza apareció todo se volvió muy rápido y loco y estaba a punto de estampar por segunda vez en mi vida la firma del amor… (continuará).

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3.29.2010

A 24 horas de mi matrimonio o como protagonizar una película de zombies


Por Ajenjo

En 24 horas volveré a decir: “sí, acepto” y me embarcaré nuevamente en esta aventura llamada matrimonio.


Siempre he pensado que el matrimonio es como el trabajo.A veces uno no soporta más sin embargo llega fin de mes y el sueldo permite pagar las cuentas y darse uno que otro gustito.


En la vida de casados muchas veces ya no puedes más, pero la sonrisa de un hijo, una noche de amor o simplemente compartir los problemas y triunfos, transforman todo. Hay que tener mucha, mucha paciencia y tolerancia y entender que el otro es diferente.


Ahora voy mucho más maduro que antes y lucharé para tratar de mantener a la familia unida y feliz.Ojalá así sea.Igual los nervios me comen ya que enfrentar un matrimonio a una semana de un terremoto es algo terrible. El día que la tierra se movió con intensidad había llegado de mi trabajo en el Festival de la Canción. Gracias a Ricardo Arjona logramos salir más temprano de lo planificado.


Me puse a escribir una columna y el terremoto comenzó.A los minutos decidí ir a encontrarme con mi hijo, que estaba con mi madre en Viña. Fue como protagonizar una película de zombies. En Errázuriz, cientos de jóvenes, que deben haber estado borrachos, trataban que los lleváramos y pegaban sus deformes rostros en el vidrio.


Al final pudimos llegar y el abrazo de mi madre y de mi hijo me calmaron los nervios, que a esta altura están más que destrozados.

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2.15.2010

Carta abierta al Dj que pondrá música en mi matrimonio

Por Ajenjo

Sr. Dj que pondrá música en mi matrimonio:


Quiero contarle que nací el año 1969, algunos días después que el hombre llegará a la luna y antes de que se realizara el Festival de Woodstock, lugar y evento que conocería muy bien en mis primeras correrías de juventud.
Por esta razón me gustaría escuchar alguno que otro tema de Jimi Hendrix, Joe Cocker y mi querido Santana.
Después estuve habitando la rara década del 80, donde forjé mi personalidad musical en base al rock y a la música folclórica. A mi grupo de amigos nos llamaban los "Intillimaiden" por esa extra fusión entre Inti Illimani y Iron Maiden. Por eso me gustaría algún temita de esos dos grupos, seguramente cuando ya la gente se esté retirando (tipín 4 de la mañana).
A la hora del cóctel y mientras los invitados esté comiendo quiero al grupo más importante de mi vida y que es la banda sonora de mi alcohólica existencia: Los Jaivas. Con sus temas versionados de Violeta Parra, más el Alturas de Machu Pichu ya me siento en las nubes.
Entrando a la década de los 90 la cosa se pone más rockera. Cuando estén todos bastante achichados me gustaría que instalara el tema más conocido de Rage Again The Machine y hacer un gran slam con todos los locos terneados y caerse al suelo en medio de una alegría de wiskhy, vodka y "ron" and roll.
Ya para la década del dos mil me quedo lejos con Andrés Calamaro. Me gustaría bailar bien apretado con mi novia el tema "Soy Tuyo" y después terminar tirado, con la lengua afuera, con "Sexy y Barrigón".
Señor Dj, yo no le quiero imponer nada, sólo decirle que estoy un poco nervioso por mi segundo matrimonio y la música siempre ha actuado como una ambrosía para mi cerebro.
Pienso que esos temas me calmarán y podré vivir este importante momento de mi vida sin caerme al frasco. Muchas gracias.



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La infinita amabilidad del sur chileno

Por Ajenjo

Dedicado con inmensa gratitud a Martín, Ani y Nidia

Estoy bebiendo sidra, un licor obtenido del jugo de manzana que venden en Argentina y que mi anfitrión en Puerto Montt se trae cuando viaja al país trasandino. Debo decir que si el cariño y la amabilidad se encarnaran en seres humanos, seguramente lo harían en esta familia que nos acogió por 10 días y nos sirvió de centro para conocer los bellos paisajes alrededor del lago
Llanqihue.
Como buen turista visité las cocinerías de Angelmó, donde me comí un curanto a medias con mi novia, mientras me bajaba solitariamente un botellín de vino blanco (el antiguo tecito) y varios pisco sour de regalo. Mi hijo se hizo adicto al salmón, que lo preparan en diversas formas y en “El Roco II”, donde almorcé, lo sirvieron a la plancha y era un manjarcillo de categoría internacional.
Chispeado con el mosto albo me compré el respectivo chaleco de lana chilota y decidí prepararle machas a la parmesana y ceviche a mis anfitriones. Adquirí cien machas gigantes y una merluza austral bien pelada y seguí bebiendo en forma abundante y cariñosa esa refrescante sidra de manzana.
Uno de los lugares más espectaculares que visité, además del Parque Nacional Alerce Andino, fue el nuevo teatro que se está construyendo en Frutillar y que está inserto dentro del lago. La obra, de una hermosura arquitectónica sin palabras, logra transportar a paisajes europeos a sus habitantes y turistas. Me imagino tomando una fría botella de colemono y escuchando la obra Jupiter, mientras del volcán LLanquihué se asoma una gigantesca luna.
A veces sacamos pecho por las bellezas de Valparaíso, sin embargo Chile tiene paisajes maravillosos y licores fantásticos que se amalgaman para crear gente maravillosa, como esa cariñosa familia puertomontina que nos abrió su casa y su corazón.


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Revisitando el Bric a Brac o en busca del Alerce milenario

Por Ajenjo

Acabo de llegar hace tres horas a la ciudad de Puerto Montt, desde donde saldré en busca de un alerce que tiene dos mil años de antiguedad. Me acompaña mi bella novia y mi hijo, quien se compró una reproducción plástica de una tremenda caca de perro y se entretiene instalándola en la vereda, mientras la gente mira “el lulo” con cara de asco. Su rostro lleno de carcajadas es algo impagable.
No tengo muchas cosas para relatar todavía de este viaje, por esta razón les contaré una visita que realice a Maitencillo, donde nuevamente pude comprobar que el restaurante Bric a Brac es lo gastronómicamente más poderoso que tenemos en esta parte del litoral costero.
Mi hermano, que vive en Brasil, está de visita y armamos un viaje a la playa de Cau Cau para pasar un sábado relajado y feliz. Tuvimos que llegar hasta Puchuncaví para sacar plata de un cajero automático y fue ahí donde se me iluminó la ampolleta y me dije: “ya que estamos tan cerca de Maitencillo, vamos a comer al Bric a Brac”. Llegamos como a las 13 horas y nos instalamos en la misma mesa de la vez anterior, cerca de la terraza. Pedimos empanadas (que no están en la carta) de macha queso, machas a la parmesasa y dos sopasBullavesa, divididas en tres platos.
Uno de los mozos, que nos había atendido la vez anterior, me miró por algunos segundos y se acercó tímidamente. Con voz de duda me dijo: “usted vino en el invierno y escribió en el diario sobre el restaurante”. Le dije que tenía una memoria privilegiada y que estaba en la razón. El garzón, ya muy emocionado, fue a buscar al dueño del restaurante, quien llegó con una amabilidad extrema y nos conversó sobre su proyecto culinario y el nombre Bric a Brac.
Después a la mesa llegaron el doble de las machas a la parmesana, las sopas estaban increíbles y de regalo nos dieron unos postres de berrys con helado y unos conitos de masa que nos dejaron, para variar, tocando batería y con una sonrisa de felicidad que no te la podían sacar ni a palos.
Y ahora a buscar el alerce milenario…
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Me saco el sombrero por Cristóbal Gaete Araya

Por Ajenjo

Una vez andaba buscando azufre. Mi intención no era realizar un rito satánico, por el contrario, quería espantar a más de diez gatos que orinaban y defecaban en mi patio de la antigua casa de Yerbas Buenas. Alguien me dijo que el azufre servía y partí al Mercado Cardonal a buscar el amarillento polvo.
Mientras curioseaba por los puestos sentí que alguien me llamaba desde una caseta de madera. Era el escritor y periodista Cristóbal Gaete que estaba trabajando atendiendo el negocio de su padre. Conversamos unos segundos sobre el azufre y los gatos porteños y seguí mi camino.
Ahora tengo en mis manos el libro “Mercado Cardonal”, una belleza de texto, que relata la historia de muchos personajes que rodean este mítico edificio porteño. Cristóbal debe haber pasado horas escuchando y mirando, con su peculiar lentitud reflexiva, la vida de este mercado y finalmente ejecutó un valioso testimonio de rescate humano.
Recuerdo que cuando estudié filosofía y derecho en la Católica de Valparaíso, me paseaba por el mercado Cardonal y encontraba rarísimo que al lado de donde se formaban los futuros profesionales chilenos, se tranzaran lechugas, tomates, quesos y huevos, de una forma caótica y desordenada.
El Cardonal es una de las puertas de entrada para el visitante que llega desde Viña del Mar, esa suciedad vegetal que cubre el pavimento es una de las esencias de este puerto maldito.
Ahora supe que Cristóbal Gaete y sus compinches (agrupados en Ediciones Perro de Puerto) estarán en los Carnavales Culturales armando libros y resistiendo al sistema.
Destapo una botella de vino virtual y la descorcho en nombre de Cristóbal Gaete Araya, quien en estos tiempos de internet, televisión, consumismo extremo y egoísmo humano, todavía es capaz de escribir sobre estos mutantes seres de Valparaíso, que son parte del ahora llamado “patrimonio humano”, pero que simplemente son seres que aman y sufren alrededor de este ensamblado recinto comercial porteño.


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1.21.2010

No todo lo que brilla es oro en el Cerro Alegre


Por Ajenjo

No hay duda que el centro gastronómico más poderoso que funciona actualmente en Valparaíso es el Cerro Alegre, lleno de restaurantes que ofrecen carísimos platos y vinos de hasta ¡120 mil pesos la botella! y más.
Uno podría pensar que "todo lo que brilla es oro" en este turístico cerro, sin embargo la situación no es tan clara y hay experiencias culinarias que tienen que mejorar notablemente.
Después de Año Nuevo se me ocurrió salir a comer algo suave en alguno de estos lugares de la subida Almirante Montt y entre a uno denominado "Jaiva y Cordero".
El nombre ya me parecía atractivo, sin embargo la buena onda se me fue esfumando poco a poco.
Había una oferta de cortes de sushi, por lo tanto aproveché el "happy hour" y me pedí un pisco sour, mientras mi novia bebía sólo una coca cola light producto del firme entrenamiento a que está sometida antes del matrimonio.
Nos entregaron una carta donde estaban todos los platos y copas que se ofrecían en el restaurante. Era de papel rojizo y estaba llena de manchas de aceite.
Mientras trataba de leer los platos, que eran bastante caros, llegó el pisco sour que no estaba mal, sin embargo me lo tomé todo y pasaron muchos minutos antes que el sushi llegara a la mesa. Aburrido le pedí un poco más de pan al joven mesero, quien me señalaba que pronto saldría el arroz con el pescadito.
El sushi estaba reguleque y pensé que era un error andar pidiendo pescado en estas fechas.
Me fui bastante decepcionado y pensé nuevamente en la frase del crítico gastronómico Cesar Fredes, quien me señaló que el futuro de Valparaíso estaba en sus mercados y en el pescado frito con ensalada chilena. Personalmente también apuesto a lo mismo, ya que no hay bolsillo que aguante esos precios y más aún si el servicio y el consumo es un poco mejor que mediocre.

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1.12.2010

Carreteando en el Año Nuevo con mi hermano "el diputado"

Por Ajenjo


Escríbete este carrete de Año Nuevo en tu columna", me dice mi hermano mayor, mientras explotan los fuegos artificiales que observamos desde el altillo de mi casa en el cerro Alegre.
Mi hermano es diputado y siempre me anda reclamando que nunca aparece en esta columna; la verdad es que no es un personaje muy carretero y las veces que hemos ido a comer a restaurantes o salir a echar la talla por ahí son contadas con los dedos.
Hace muchos años que no pasaba un Año Nuevo con mi hermano y su simpática familia. Para partir, el 31 de diciembre nos fuimos a almorzar al restaurante Caruso, donde comimos caluguitas de pescado con vinito tinto.
Yo salí medio chispeado y caminando por la calle San Enrique nos encontramos con el dueño del "Vinilo", que a las 16.00 horas sacó una botella de champaña con copas y todo a la calle para celebrar la ocasión.
Yo me la tomé casi toda y tuve que dormir una siesta para enfrentar la última noche del año.
En el paseo Yugoslavo estaba, como todos los años, la masa de locos carreteando de lo lindo.
Los hijos de mi hermano trajeron el famoso cotillón y a las diez de la noche salimos todos disfrazados con máscaras. Mi hermano se puso una máscara de titanes del ring y la gente lo saludaba sin saber quién era.
A las 12 ya estábamos en la casa tomándonos unos vinos "apalta" que el diputado había traído y aseguraba que pasaban "como agüita de la llave".
"Pasa para acá mejor", le dije, y me serví una gran copa, mientras los fuegos artificiales resonaban de lo lindo, marcando un nuevo año en mi Valparaíso querido.
¡Qué nos vaya bien a todos!


12.29.2009

Recuento patachero y bebedor del 2009



Por Ajenjo


Es la hora de las conclusiones, de los recuentos y de los recuerdos, por lo tanto, me dedicaré a recorrer parte de los que comimos y chupamos en el ya casi extinto 2009.
Primero hay que mencionar al Club Cigale (Blanco 38), ese nuevo centro de carrete porteño donde se me "apagó la tele" mientras desfilaban hermosas modelos vestidas de vírgenes. Lejos el mejor local para bailar, tomarse unos tragos y no estar chocando con universitarios sedientos de tres cervezas de litro por mil pesos.
Para comer rico, la lista de lugares descubiertos es más larga. Para los de billete largo el restaurante Montealegre (Higueras 133) y el Pasta e Vino (Templeman 352), del cerro Alegre, son excelentes, pero su ambiente tan acuicado nos aleja un poco.
En el cerro Florida apareció el Oda al Pacífico (Cóndor 35), donde todo es de categoría, pero hay que estar atento a que los mozos no elijan los platos que uno va a consumir.
Dos grandes descubrimientos nos alteraron el cerebro este año, y que tienen relación con el chancho. El primero fue el costillar ahumado de la carnicería Sethmatcher (Bustamante 118). Un lujo para paladares avanzados. A esto hay que sumarle el pernil del Hamburgo (O’Higgins 1274), que se corta con el tenedor.
En restaurantes fuera de la ciudad, catalogo como lo mejor en mariscos y pescados al Bric a Brac (Isidro Gaete 25) de Maitencillo, donde se respira Francia en cada plato.
El mejor pisco sour es el del Poblenou (Urriola 476). Dos te mandan directo al ciberespacio en forma inmediata y deliciosa.
Pero el restaurante que supera a todos y que es la nueva estrella que brilla en el cielo porteño es el Caruso (Cumming 201), de Tomás Olivera.
Las mejores calugas de pescado, empanadas de cordero, cazuela de cerdo con chuchoca y una leche asada donde a uno le corren las lágrimas, son parte del festín que uno se puede mandar. La relación precio, calidad y cantidad es para sacarse el sombrero y todo preparado por la estricta mirada del mejor chef chileno, el guaripola de los cocineros nacionales.
Ahora viene Año Nuevo: ¡cómo quedarán esos hígados!


12.28.2009

La plaza Ánibal Pinto es el manicomio de los perros


Por Ajenjo


Los que caminamos por Valparaíso nocturno en busca de algún trago que nos calme esta horrible ansiedad de fin de año, podemos ver un espectáculo rarísimo: decenas de perros persiguiendo las ruedas de los autos en la Plaza Aníbal Pinto.
¿Por qué hacen estos los perros? Bebiendo una jarra de dorada cerveza Stella Artois, converso con gente y trato de resolver esta duda, que realmente me está atormentando la mente.
“Mira, un veterinario me dijo que los perros que trataban de morder las ruedas de los autos se han vuelto locos”, me asegura un experto.
La idea me gustó y me imaginé que la Plaza Aníbal Pinto era un manicomio de perros, y que todos los canes callejeros que les falta un tornillo se instalan en esa zona a esperar su demente muerte.
Entre esos locos perros hay uno al que le puse “El vampiro”, ya que se le salen los dientes por los labios, adquiriendo una apariencia bastante freak.
En la década del ‘80, en la plaza de Quillota, estaba el “perro burro”, que había sido atropellado y la rueda le
había pasado exactamente “ahí”, produciéndole una gran deformación.
Entre otras teorías sobre la obsesión de los perros con las ruedas está que los quiltros piensan que los automóviles son gigantescas bestias que en sus patas (ruedas) traen el orín de muchos perros.
Eso los hace asumir su territorialidad y tratar de expulsara estos monstruos con olores extranjeros.
Realmente no se qué pasa, pero vi a dos gringos con una botella de vino blanco en un cartucho de pan, observando durante horas a los perros y me di cuenta de que ya son parte del paisaje
y la fauna porteña.
Ojalá que el manicomio continúe.





ajenjoverde@hotmail.com

“La Mangiata" versus Pasta e Vino o David contra Goliat




Por Ajenjo




Muchos seguramente dirán que comparar el restaurante “La Mangiata” con el “Pasta e Vino” de Valparaíso es una soberana estupidez, ya que son como David y Goliat en casi todos los aspectos que se analicen, sin embargo les recuerdo que el chico y hábil David terminó derrotando al gigantón.


Celebré el cumpleaños de mi hijo en “La Mangiata”, junto a tres compañeros de escuela. Se comieron sus pizzas, ensuciaron el mantel cuadriculado y apagaron la vela de un pastel que cariñosamente uno de los dueños de la pequeña trattoria nos regaló. Después llegó el otro dueño y como es la tradición, con calculadora en mano, nos dio la cuenta de una velada llena de cariño, amor y platos de pasta como hechos en casa.


Tuve una invitación para ir a comer al famoso “Pasta e Vino”, junto a un grupo de simpáticos leguleyos. Me tomé dos pisco sour y probé unos vinos con un ensamblaje de ¡4cepas! Uno de los abogados pidió un plato que llevaba caviar. Todo era de categoría y alta calidad, sin embargo no me sentía como en Valparaíso. Perfectamente podía estar en Borderío o en el nuevo patio de restaurantes en la capitalina Bellavista. Algo faltaba y es precisamente lo que le sobra a “La Mangiata”.


No puedo decir nada en contra de la comida y los mostos del “Pasta e Vino”, pero tengo que asumir que estoy en Valparaíso, donde la basura reina en las calles, las paredes están llenas de rayados y la mitad de las cosas no funcionan.


Comer en “La Mangiata” no es degustar las mejores pastas del mundo, pero se nota cariño verdadero en cada humilde plato. Por si las moscas, está en Rodríguez 538 y pídanse los ñoquis.




12.13.2009

Adiós Yerbas Buenas, de vuelta al Cerro Alegre


Por Ajenjo


Esta es la mudanza número quince en mi vida y estoy chato de andar cargando mis libros y cuadros como un gitano de casa en casa; sin embargo, así es la vida y "solito se metió, solito salió".
Después de habitar casi tres años en un pasaje de la calle Yerbas Buenas, un vecino, con quien logré hacer buenas migas durante ese tiempo, me invitó a su casa para despedirme junto a mi novia. Le llevé de regalo un pisco "Alto del Crimen" y me encontré con una bonita recepción, con canapés de camarón, jamón-queso, pizzas y unos mostos de gran poder. Yo pensé que la recepción era para mi humilde persona, que abandonaba el pasaje, ya que también había otros vecinos; sin embargo, era el cumpleaños del dueño de casa, quien había aprovechado los festejos para invitarnos y despedirnos a nosotros.
Sin conocerme mucho, el anfitrión me puso una botella de litro de ron Havana en la mesa, lo que me transformó en un loro de siete lenguas y comencé a dar mi peculiar visión de todos los habitantes del pasaje. Todos se reían mientras hablaba. En algunas ocasiones escuchaba ooooooooo (de asombro) y en otras el cariñoso codazo de mi novia me alertaba que las
estaba embarrando.
Mi vecino se convirtió en mi amigo ya que, en algunas ocasiones, me llevaba en su furgoneta blanca desde la casa al trabajo. Su vehículo, a los que se les llama cariñosamente "pan de molde", tenía un sillón de living instalado en su parte trasera. De esta manera, muy cómodo y relajado, viajaba por la calle Yerbas Buenas hasta Esmeralda, conversando con mi vecino amigo de lo humano y de lo divino. Su esposa es encantadora y representan para mí el espíritu de la familia porteña, con un gran corazón lleno de amistad y buena onda.
Ahora vuelvo a mi cerro Alegre, donde viví diez años llenos de intensa aventura. Este fin de semana cargaré un nuevo camión con muebles y electrodomésticos y dejaré una casa y una familia vecina que me acogió siempre con cariño y amistad.
Hasta luego Yerbas Buenas y que se preparen en el Alegre...


12.11.2009

La mejor terraza de Valparaíso es de color verdoso


Por Ajenjo


He sido y siempre seré “guata amarilla” y aunque ame esta ciudad y viva hace 13 años en sus cerros, no podré cambiar al Everton por el Wanderers.
A pesar de mi corazón ruletero, me fui a meter a la terraza que instaló el local “La Vida en Verde” en plena Plaza Aníbal Pinto, epicentro carretero del sector.
La sorpresa que me llevé fue tremenda. Primero por el rico shop Torobayo que me llegó en un vaso helado (¡pucha que se agradece ese detalle cuando hay calor!) y por el grato ambiente de terraza.
Siempre he postulado que Valparaíso es una ciudad para bares en terrazas. Todo se presta para bajarse unos buenos pisco sour a la vena sintiendo el airecito primaveral.
¡Cerraría toda la calle O’Higgins (al lado de la Intendencia) a los malditos automóviles y la llenaría de sillas y mesas multicolores llenas de jarras con frutilla y buen vino!
Volviendo a la terraza de “La Vida en Verde”, me tomo mi shop heladito mirando fotos de mis “enemigos futboleros”, pero todo está tan bonito, que tampoco me molesta tanto.
Por el efecto cerveza voy al baño y me encuentro con otra sorpresa: su limpieza extrema. ¡Pucha qué agrado y qué ejemplo para los bares porteños!
Salgo contento y decido ir en la semana al “Poblenou”, un ya tradicional local de la subida Urriola, donde aprovecho unas buenas ofertas que me llegaron por correo electrónico.
Comemos un sushi, tomamos un pisco sour (de categoría cinco estrellas) y nos bebemos otros tragos.
Nos sentamos en una especie de living y con el grupo de amigos, batimos la lengua en medio de la filosofía barata y alcoholizada.
La atención era medio lenta, pero tampoco tanto, y aprovechamos una rebaja de un 30 por ciento en un vino blanco de la Viña Casablanca llamada Cefiro, que era para rechupetearselo de lo rico. ¡Pasaba como agüita de la llave!
Lástima que el_“Poblenou” no tenga terraza y que su vista panorámica sea una muralla pintada con un mural.
Tampoco hay que ponerse tan exigente, si al final estamos en Valparaíso...


ajenjoverde@hotmail.com