9.07.2010

Para los viejitos que no pasaron agosto


Por Ajenjo

A mi abuela Teresa Cádiz Jara, que se murió el domingo pasado a los 97 años de edad.


Estoy en el funeral de mi abuela en Quillota y miro a un bisnieto de ella, de siete años, que se acerca al vidrio del ataúd y lo queda observando fijamente, como hipnotizado.
Nunca me ha gustado ver el rostro de los muertos. Siento que es algo muy fuerte, que llega a convertirse en una situación obscena. En esta ocasión nuevamente me obligaron a mirar y el rostro de la Yaya (como la llamaban en la familia) estaba sereno y tranquilo.
Miro a mi alrededor y veo muy poca gente conocida. Reconozco a tíos y primos, con quienes me junto tarde, mal y nunca. El funeral provoca cosas buenas, como un padre que abraza y conversa con su hijo, con quien no mantenía relación hace años. Observo todo esto callado y pienso en todos los que no pasaron agosto, como mi abuela.
Me cuentan que un periodista, que organizó una de las cenas “de los que pasaron agosto”, no pudo asistir ya que sufrió un fuerte dolor estomacal que lo llevó a terminar recorriendo varios servicios de urgencia de la región. Estaban todos llenos ya que la sicosis de la muerte andaba rondando firme. En la noche tenía que organizar la final de un concurso de belleza juvenil. Era imposible zafarme de esta actividad y mientras en el escenario de El Huevo dos animadores juveniles bailaban con chicas disfrazadas de gato, yo pensaba en el rostro de mi abuela muerta.
Tuve que ir a la barra y pedirme un ron para calmarme un poco y lograr concentrarme para sacar la actividad adelante.
Sentía que encarnaba la frase “el show debe continuar” y era la pura verdad.
Diariamente nacen y mueren centenares de personas. La percepción del tiempo cada vez es más rápida y violenta. Lo que antes era nuevo ahora es viejo. Hay cosas que no existen y otras se pudren. Todo cambia y realmente siento que, como dicen en los funerales, “nosomos nada”.

ajenjoverde@hotmail.com

Un descubrimiento bueno, bonito y barato


Por Ajenjo

Cada vez que pasaba por la calle Dimalow, en camino al ascensor Reina Victoria, me fijaba en una mesitas de un restaurante instalado en la parte de abajo del cerro.
Nunca entraba, pero algo me decía interiormente que en ese recinto algo bueno pasaba.
Mi hermosa esposa, junto a sus bellas amigas santiaguinas que se hacen llamar “El Centro de Madres”, lo visitaron hace algunos meses y me aseguraron que la comida, el servicio y el lugar entraba claramente en el concepto de las tres b: bueno, bonito y barato.
Esta semana tenía una conversación pendiente con mi brother oftalmólogo, y le dije que fuéramos a conocer el Via Via Café, que tiene una entrada por Almirante Montt y otra por la calle Dimalow, en el gastronómico Cerro Alegre.
Nos encontramos con un menú de 3.500 pesos. ¿Y que le lleva?, se puede preguntar el lector desprevenido. Un menú de entrada, principal y postre o café con diversas opciones. Les recomiendo la crema de coliflor con hinojo, una joya para el paladar. También estaba la posibilidad de comerse una ensalada más tradicional. De segundo me lancé unas especies de caluguitas fritas de cerdo, con un puré de zapallo para hincarse y gritar al cielo: ¡ gracias por estar vivo! De postre me comí algo como una leche asada, compacta y sabrosa. Todo eso a 3.500 pesos.
La atención era de lujo y el lugar maravilloso, dirigido a los gringos que pululan por ese barrio. Al parecer los dueños son belgas y hay unas cervezas de ese país, pero que valen muy caras.
Al otro día volví con un par de amigos de la pega. El menú era el mismo y pude comer un pastel de papas normal y aproveché de repetirme la crema de coliflor. Hay unos pancitos chorreados con aceite de oliva y una cremita de verduras que sirven para amenizar. Les recomiendo ponerla en la sopita de coliflor.
El Via Via Café cumple con casi todo lo que me gusta de un buen restaurante y su presentación de los platos es impecable.

ajenjoverde@hotmail.com

No se puede ser tan consecuente en la vida


Por Ajenjo

Me gané un premio en un concurso: dos meses gratis en un gimnasio.
Una fuerte voz en mi cerebro me empezó a decir: “hace 15 años que no practicas ningún deporte. Tienes la bicicleta botada en la casa. Ya sobrepasaste la barrera de los cuarenta años. Ponte serio cabrito y toma esta oportunidad que te está entregando la vida”.
Así fue como me encontré en una multitienda comprando la “salida de cancha” (que término porteño más singular) y preparándome para mi primer día. Elegí gimnasia “cardio”, ya que pensé que eran máquinas para hacer ejercicios.
Cuando llegué al gimnasio, humilde, tímido, cabeza gacha, pregunté donde estaban mis actividades y me derivaron al cuarto piso. Tamaña fue mi sorpresa cuando me encontré con unos 15 abuelos haciendo ejercicios de brazos piernas y cuello.
También había un par de personas jóvenes. Me sentí perdido, pero dije: “por algo estoy aquí”.
Así que comencé a seguir las instrucciones de la profe. Abajo, arriba, un brazo, una pierna, la cabeza, agacharse, rodillas al pecho. Terminé semi muerto, pero contento.
Ahora estoy como adicto a esos días de gimnasio. Mi profe es Dios. Si me dice que me tire de espaldas y doble la pierna izquierda lo hago sin cuestionar nada. Creo que nunca había seguido instrucciones sin reclamar o discutir.
Después de la primera clase llegué corriendo al Moneda de Oro. Estaba tan contento que le dije al mozo Fernando que me trajera un ron con coca light y un gran chacarero con harto ají verde picadito arriba. Mientras engullía el gran pan y lo bajaba con mi amarguito ron les contaba a mi fiel grupo de amigos las nuevas aventuras en el gimnasio. De repente me di cuenta que estaba mal, que estaba siendo inconsecuente, que después de una hora de ejercicio no me podía poner a tomar roncito y a comer como un loco. Sin embargo, hay cosas que no se pueden dejar en el mundo y ya los ejercicios de “cardio”, por ahora, están más que bien.

ajenjoverde@hotmail.com

"Normas" o el empeño gastronómico en Valparaíso

Por Ajenjo

Vengo saliendo de una bronquitis que me tiene alejado del copete fuerte, pero de todas maneras me estoy bajando algunas maltas para tranquilizar esa sed eterna que no se pasa con nada. Me gusta la malta, la encuentro reconfortante y sana. A veces pienso que me entrega defensas corporales para pasar este frío invierno, además de tranquilizar los nervios.
Como ando en esta onda sana post enfermedad, decidí el domingo pasado comer en alguno de los nuevos restaurantes que están abriendo en el gastronómico Cerro Alegre.
Llegué, con mi bella esposa, hasta el tradicional emporio de barrio “Jenny Lorena”, en la calle Almirante Montt, donde en su segundo piso se instaló el restaurante “Norma´s” y subí a conocerlo.
El menú costaba 6.900 pesos (o algo así) y tenía tres platos. Primero me mandé un ceviche “afrodisiaco”, que estaba rico, con personalidad y sabor marino, debajo de una cama de lechuga y otras hierbas. De segundo opté por un lomo a lo pobre y me llegó un plato elegante. Siempre reclamo por la cantidad enorme de papas fritas (como en el O’Higgins) que termina ahogando a todos los otros elementos. Aquí el huevito bien frito estaba sobre una blanda carne. La cebolla dorada y un con sabor potente. Todo muy bien. De postre me mandé una crema al jerez y llegué a rechupetear la copa.
Mi señora se pidió un pescado con salsa, que también estaba rico. La atención excelente y cariñosa, con preocupación por el cliente. Me dieron hasta servicio especial de carne para comerme mi lomo. Aquí se nota empeño y dedicación por salir adelante en un ambiente de casa porteña, donde botaron los muros y quedaron las vigas a la vista.
Felicito esta aventura gastronómica, que nace en medio de tanta pomposidad, cachetoneo y altos precios que existe en el Cerro Alegre.
¡Qué les vaya bien!

8.13.2010

Acostado en una camita escuchando el cuento de Buchettino


Por Ajenjo

Dos hombres con antorchas nos conducen hacia una pequeña puerta. El olor a madera húmeda, a bosque sureño, penetra fuerte por las narices. Los hombres abren las puertas y aparecen numerosas camitas, todas muy bien arregladas. Al centro está la actriz María Izquierdo, con un libro en la mano, invitando a todo el público a ocupar una de las camas y relajarse.
Se trata de la obra de teatro “Buchettino”, que se está montando en el Centro Cultural Espacio Matta, de la popular comuna de La Granja, en Santiago y que fui a ver junto a mi hijo y mi bella esposa.
Para llegar tuvimos que recorrer la mitad de Santiago. Pasamos por poblaciones que nunca había conocido, como la mítica San Gregorio, donde en sus límites paseaban jóvenes con sus caras huesudas, demostrando su férrea militancia a la pasta base.
Al llegar salió a nuestro encuentro Jenny Romero (la más audaz, bella, creativa y estimulante de todo el clan Romero) y nos mostró el centro cultural. Casi me caí de poto cuando, con mucho orgullo, nos llevó hasta el mural que en los años 70 había pintado Roberto Mata junto a unos niños pobres, en un gran paredón de la ya desaparecida piscina municipal de la comuna. “Tuvieron que sacarle 14 capas de pintura y apareció en gloria y majestad”, nos señala. El mural es bellísimo, con esos cuerpos de marciano que el fallecido pintor ocupó en muchos de sus multicelulares cuadros. Me dan ganas de llorar.
El Centro Cultural Espacio Matta es fantástico, gigantesco, lleno de salas de teatro, de baile y de pintura. Pienso en la ex cárcel de Valparaíso y sólo me da pena y tristeza ese peladero abandonado donde sólo habitan promesas inciertas y sueños frustrados de todos los porteños.
Cuando los cincuenta espectadores están en sus camitas, María Izquierdo comienza a leer el tradicional cuento de Pulgarcito, que está lleno de fuertes escenas de violencia intrafamiliar y desamparo. La obra es sonora y mientras la actriz relata la historia, el ambiente se va llenando de mágicos sonidos. La voz del Ogro es terrible y le da miedo a todos.
Al abandonar la obra me cuentan que durante la semana se llena de niños de escuelas pobres, que disfrutan la obra completamente gratis. También van niños y jóvenes ciegos, quienes le sacan todo el jugo a la conmovedora sonoridad de esta obra.
Ahora, que he estado bajo el flagelo de la bronquitis, con fiebre y remedios, he tenido mucho tiempo para pensar y darme cuenta que hay mucha gente en el mundo que está haciendo hermosas cosas por los demás y uno no tiene la menor idea. A toda esos seres humanos de acción solidaria y verdadera, mis más sinceros respetos y mi admiración eterna.
¡Larga vida a “Buchettino”!

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Expulsando a los amigos de la cada el día del cumpleaños

Por Ajenjo

Todavía no puedo recuperarme al cien por ciento luego de haber celebrado un nuevo cumpleaños que me dejó bastante dañado física, cerebral y espiritualmente.
Todo comenzó un día viernes, cuando llegue a mi casa apurado de la pega a preparar “tacos mexicanos” para los amigos que se atrevieron a romper la barrera del frío. Mientras molía palta y pelaba tomate me comencé a tomar unas cervezas torobayo, que algunas semanas antes había adquirido en una rebaja de supermercado.
Cada botella que llegaba era un invitado. Perdón. Cada invitado que llegaba traía una botella, lo que pronosticaba una tormenta alcohólica en “mi jato” (casa).
Después de la cerveza me metí una copita de vino, pequeña, para brindar por algo que ahora no recuerdo ni quiero recordar.
Los brother conversaban en diversas partes de la casa, pero se concentraron en la mesa, donde se depositaban los licores a beber. Un recorrido nervioso eléctrico me pasó por la columna vertebral cuando me encontré con tres botellas de vodka y varias de ron, que esperaban ser destapadas y bebidas.
Agarré un vaso, agua tónica y me decidí por el vodka, sin embargo tuve que cambiar al ron en la mitad del partido, ya que se acabó con que combinar ese dichoso licor ruso.
Cerca de las 4 de la mañana no me sentía muy bien. La honestidad no quita lo valiente (o algo así) y me paré arriba de un banquillo y les dije a los presentes, en un tono moderado y educado, que ya se tenían que ir de la casa.
Obviamente nadie me pescó y todos seguían estrujando las botellas. Tuve que elevar un poco la voz y con una modulación bastante arrastrada los volví a invitar a salir de la casa.
Ahí me hicieron más caso, pero costó varios minutos que el último de los invitados
atravesara el umbral. Les pido perdón por haberlos expulsado, pero ya no tengo ni cuerpo ni cabeza para escuchar a tanto loco curado.

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Mirando por el tercer ojito en Iquique


Por Ajenjo



Llevo caminando como 25 cuadras por Iquique en busca de un restaurante que mi mujer tiene anotado en un papel y que según ella “es muy bueno”. Cargo a mi hijo en la espalda, lo que convierte cada paso en una tortura. Al final llegamos a otro lugar, llamado “El tercer ojito”, que se encontraba frente a la playa Cavancha.
Era feriado y el local estaba lleno y tuvimos que esperar unos 15 minutos a que se desocupara una mesa. El restaurante era como “jipicuiqui”, que es una mezcla entre algo cuico y hipie, entre algo lord y artesanal, con diseño pero relajado. ¿Me entienden?
Nos pusieron unas mini hallullitas con una exquisita salsa de aceitunas y mantequilla, lo que calmo la ansiedad del almuerzo. La carta era marina con toques tailandeses, peruanos y chilenos. No tenía mucha hambre y mi bella señora se pidió un ceviche a la peruana, mientras yo me consumí un “picante de loco”. Tenía la posibilidad de que el plato fuera mitad loco y mitad pulpo, pero decidí que fuera solamente con conchalepas conchalepas*.
El ceviche estaba bien rico. Me recordó los que hacían en el Caruso: Cocina del Mar”, ese ya desaparecido restaurante porteño que quedó grabado con fuego en mi memoria culinaria.
El plato de picante de loco estaba bueno, pero era pesado. La blanca carne, teñida con un exquisito aliño, estaba algo dura y me obligó a consumir el plato lentamente. Al final me lo devoré completo y no dejé nada de nada. Después me tomé un jugo de sandía como postre (sandía en pleno julio, que maravilla el norte chileno) y me fui más que satisfecho. Incluso se me quedó una mochila y los mozos me la tenían bien guardada.
También fui al mercado iquiqueño y me comí una cojinova con puré por cuatro lucas. Exquisita.

* conchalepas conchalepas: nombre
científico del loco.


7.20.2010

Camino a La Tirana o tratando de romper la aparente realidad





Por Ajenjo

Estoy sentado en el palco presidencial del Teatro Municipal de Iquique y observo cómo mi hijo juega en el escenario. El lugar es maravilloso, como el teatro viñamarino, pero construido completamente de madera. Por mil pesos se puede visitar completo, subir hasta el último piso por pequeñas escalerillas de madera y entrar a todos los rincones.
Iquique es sólo una parada, ya que mi verdadero destino es La Tirana, donde los diablos bailan por horas sin parar, en uno de los paisajes lisérgicos y multicolores más impactantes que he visto.
Hace cinco años vine por primera vez y en mis oídos y neuronas quedaron tatuadas las imágenes de este verdadero manicomio étnico, donde la locura llega a su estado más sublime y se convierte finalmente en tradición.
Ahora quiero que mi hijo vea este espectáculo, pero a veces lo que a uno lo asombra no tiene porque impactar a los demás. Cuando salimos del hermoso teatro iquiqueño el niño me pregunta donde está el mall de esta ciudad “y podríamos ir a ver una película y comer pizza”. A veces creo que la batalla está perdida, pero tampoco se trata de ponerse un viejo amargado (y ocupo la palabra amargado, en vez de una que es impublicable) y sólo queda seguir adelante.
Hablando en forma honesta, Iquique no es una urbe muy hermosa. Mi hijo piensa que está en Perú, no sólo por los rasgos faciales de la gente, sino que por que la bebida del hostal es Inca Kola y es atendido por una mujer que nació en Tacna. Hay muchos restaurantes chinos, como de “chifa” y ha estado muy nublado y frío.
Ya quedan pocas horas para partir al pequeño pueblo en las alturas, donde los diablos ya han comenzado su ritual. Me armaré con unos buenos sándwichs, una petaquita de vodka con Red Bull y volveré a sumergirme en esos sonidos de cajas, trompetas y platillos con la sana intención de olvidar toda la maldita rutina y abrirle los ojos a mi hijo para que traspase de una vez por todas la aparente realidad en que vive.

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Metido un día domingo en un "baby sour"

Por Ajenjo


Mis bellas compañeras de trabajo están organizando un “baby shower”, que es “una actividad donde se le entregan regalos a una amiga que está en avanzado estado de embarazo y que muy pronto tendrá a su hijo en la clínica”. Ellas no invitaron a ningún hombre, como si el evento tuviera una característica de “secta femenina secreta”.
Sinceramente creo que estos “baby shower” se realizan para tirar para arriba a la pobre embarazada, que lleva semanas enclaustrada en la casa, ausente de todo tipo de carrete y fiesta (ni siquiera puede beber un traguito) y que lo único
que desea fervientemente es poder dar a luz lo más rápido posible.
El fin de semana partí a Santiago para convivir con la familia de mi santa esposa. Además de conocer el rico restaurante peruano el “Otro Sitio” y sus piqueos de ceviche, pude engullir un bistec a lo pobre en el “Chilenazo”.
Mi mujer me pidió que la acompañara a un “baby shower”, y mi cara se estiró varias veces, mis ojos se abrieron y un rotundo “no” salió de mi boca. Sin embargo las mujeres son expertas en el arte de convencer y terminé sentado en un living, con varias chiquillas (y sus parejas) comentando cuál era el mejor artículo para evitar que la leche mojara los sostenes. Raro, muy raro.
Lo bueno fue que varios amigos también fueron “convencidos” por sus señoras y entre cerveza y cerveza el famoso “baby shower” se fue convirtiendo en un “baby sour”. Entre la anestesia de la cervecita y los chistes la tarde se convirtió en una alegre
convivencia.
La mejor parte fue cuándo, motivado por varios vasitos de chela, le dije a la embarazada para animarla: “lo mejor fue que soló te engordó la pura cara (la palabra precisa era guata) y todos se comenzaron a reír nerviosamente”.
Rápidamente trate de arreglarla, pero ya las carcajadas eran muy grandes y la embarazada se agarraba su panza y lloraba de la risa.
¿Por qué no serán mixtas estas fiestas?, terminé preguntándome mientras abría
la última latita.


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La magia del sushi para reconciliar parejas


Por Ajenjo

Después de una pelea con mi esposa decidimos reconciliarnos en el nuevo restaurante japonés Tama, que se instaló en la calle Almirante Montt, en Valparaíso.
Llegamos sólo algunos minutos después que abrieran el local y nos fuimos al segundo piso. Ahí nos encontramos, al parecer, con el dueño, quien nos contó que las bellas mesas del restaurante, que tiene adornos de arena y conchas en su interior, las habían encontrado en una demolición. “El maestro que trabajó en el local me señaló que las compráramos y que él las arreglaría”, indicó como un excelente anfitrión.
A los segundos llegó un joven mozo, quien nos entregó la carta de sushi y otros cortes de pescados y mariscos a lo japonés.
Nunca he sido fanático del sushi, sin embargo el tiempo ha ido variando mi opinión, especialmente por mi bella esposa, quien engulle estos pedazos de arroz y su cara se llena de felicidad y amor.
No soy un experto ni nada parecido en este tipo de comida, pero me encantó que tuvieran unos suhsi fritos, calientitos, que se deshacían en la boca. Creo que se llaman Furay, pero no tengo certeza.
La música que sonaba era una electrónica suave. Había un “happy hours” muy conveniente, que incluía una tabla y copete. Me tomé un buen pisco sour y mi señora una copa de vino. Todo aceptable, en un ambiente juvenil y relajado. Me gustó mucho, sobre todo la variedad de cositas ricas que hay.
Hay varios sushi en Valparaíso y siempre había alabado el que está cerca de la Plaza Victoria. Ahora le salió competencia.
Me retiré feliz y contento, además me había reconciliado con mi mujer gracias a estos exquisitos bocaditos de arroz, mariscos y pescado.

ajenjoverde@hotmail.com

7.19.2010

Entre el fútbol y la vida de los peces

Por Ajenjo

Eran las 10 de la mañana y mi brother fotógrafo metía una malta y unos huevos a la juguera para hacer una rica bebida de desayuno, y comenzar a mirar el partido de Chile contra Suiza en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica 2010. Nos comimos unos panes con palta y jamón y seguimos bebiendo ron y vino para acompañar el costillar de chancho con papas asadas que sirvió para festejar el gran triunfo.
A las cuatro de la tarde, y después de ganar el juego del cacho, tenía la cabeza como un bombo, pero saqué fuerzas de flaqueza y decidí ir a ver la película “La vida de los peces”, de Matías Bize. Para los que creemos que el amor puede ser la experiencia más celestial o infernal del mundo, para los que hemos llegado al nirvana cerebral en los brazos de una mujer, o para los que han andado buscando una pistola para matarla, esta película es una joya directa.
Han dicho que la cinta es un laberinto lleno de fantasmas o que Bize está pegado en los temas sentimentales, sin embargo eso es precisamente lo que convierte a esta película y su director en algo superior. Siempre me ha gustado la gente pegada, que se apasiona por una sola cosa en la vida y es capaz de morir por ella. Creo que en la pasión extrema se puede lograr la perfección en toda disciplina, especialmente en el arte y el deporte. Creo que la gente que no tiene una pasión, que no se ha quedado pegada en nada de nada, es fome, aburrida, como un té con leche. Mientras los que te hablan de un equipo de fútbol, de un grupo musical, de una mujer o de lo que sea, con los ojos desorbitados y una locura especial, son como un buen vaso de ron.
Para mi la película trata sobre las decisiones que no se tomaron en un momento de la vida y que se convierten en malditas obsesiones que te seguirán hasta la muerte. ¿Qué habría pasado si me hubiera ido al motel con ella? ¿y si renuncio al trabajo? ¿y si no me hubiera tomado ese último vaso?
Ahora, cuando lean esta columna, estaré viendo el partido esencial de Chile en el Mundial. Con mis brother compraremos pizzas y fugazas en La Riveira y nos almorzaremos la segunda parte del gigantesco costillar de chancho que compramos en Setchmacher y, según lo que pase, me podrán ver en las calles de Valparaíso, ebrio de felicidad, gritando por este Chile grande y querido...

ajenjoverde@hotmail.com

Para todos los que vieron el partido solos en sus casas


Por Ajenjo

Mi hijo y mi esposa se van de la casa para ver el partido de Chile contra Honduras, en el Mundial de Sudáfrica 2010, en el colegio y en el trabajo respectivamente.
Quedo solo en mi cama. Miro al espejo y me veo con un gorro de lana y la estufa prendida, mientras los gladiadores cantaban el himno a todo pulmón. Decidí hacer un desayuno, pero lamentablemente al abrir el refrigerador me encontré con una bolsa con pan de molde y la tradicional margarina chilena. “No importa”, me dije a mi mismo, y tosté los pancitos con mucha gallardía, mientras calentaba agua para el café.
De repente vi unas latas de cerveza que coquetamente me llamaban y me decían que las bebiera. Eran las 7.20 de la mañana y tenía que llegar al trabajo a las 10, por lo tanto estaba vetado todo tipo de alcohol. Con el dolor de mi alma las rechacé y me fui con la bandeja a la cama.
Estaba solo. Cuando Chile metió el gol me emocioné mucho. Creo que lloré. Mi señora me llamó por teléfono y gritaba como si le estuvieran poniendo corriente. Llamé a mi brother oftalmólogo para comentar el triunfo parcial y lo encontré durmiendo, “perdóneme compadrito es que la guagua lloró desde las tres a las seis de la mañana y no sentí la alarma. Gracias por llamarme”.
Seguí viendo el partido y le lanzaba improperios a los jugadores, que se perdían y perdían goles. Al final el arbitro tocó el pito y la calma volvió a mi cuerpo. No tenía a nadie con quien hablar, nadie a quien decirle mi complejo análisis del partido, nadie a quien abrazar y gritar que ganamos...
Mientras me duchaba, soñé que levantábamos la copa y éramos campeones del mundo y pensé en los rones que me esperaban en la noche para celebrar con mis compipas...

ajenjoverde@hotmail.com

La mejor paella de mi intensa y agitada vida


Por Ajenjo


Comer bien no es una situación que sólo esté ligada a tener buenos y frescos insumos, a poseer modernos aparatos de cocina o manejar un recetario de excelencia.
También es muy importante, incluso esencial, la presencia de agradables comensales, que provoquen que el placer de probar nuevos sabores se transforme en una comida inolvidable.
Eso fue precisamente lo que me sucedió el sábado pasado, cuando los apoderados del colegio de mi hijo organizaron un evento social en una hermosa casa en Paso Hondo.
El plato de fondo era una paella, sin embargo antes tuvimos la posibilidad de probar unos pedazos de asado de entraña que se deshacían en la boca. También llegó un vino con fruta (sangría) que estaba como “agüita de la llave” y tuve que moderarme para no beberme la gran jarra.
A la hora de la paella aparecieron muchos mostos de calidad, que fueron la compañía ideal para comer ese arroz lleno de sorpresas marinas y terrestres. Mi mujer me advirtió, en varias ocasiones, que bajara la velocidad en la ingesta de vino, lo que cumplí a la perfección, casi como un caballero inglés.
El vino, estimulante de la conversación por excelencia, nos llevó por diversas reflexiones y terminamos bastante tarde, tratando de arreglar el mundo y contando sabrosas anécdotas.
Más allá de haber comido una de las paellas más ricas de mi agitada vida, conocí un grupo humano diverso y tolerante, conversador y optimista, en el fondo muy buenas personas... ¿Y cuando es la fecha de la próxima paella?

ajenjoverde@hotmail.com

6.10.2010

Cada uno con sus gustos


Por Ajenjo

“Cada uno con sus gustos decía una vieja mientras agarraba a besos a un chancho”, decía mi madre cuando se encontraba en alguna situación particular, donde había alguien que rechazaba la comida o no le gustaba una película. Esta frase la puedo aplicar a un nuevo restaurante que visité en Valparaíso, del tipo “tenedor libre”, que en otras palabras es “coma todo lo que pueda por seis lucas, sin las bebidas incluidas”.
El local abrió sus puertas hace algunas semanas y es toda una novedad para la familia porteña, quien el sábado pasado, y a pesar de la lluvia, repletó el recinto.
Nunca he sido muy fanático de los “tenedores libres”, salvo el “Gatsby”, que lamentablemente está en el mall de Viña y da lata comer en ese ambiente tan cargado al comercio.
Este nuevo local porteño, ubicado en la Avenida Pedro Montt, tiene un afán por la fritura. Todo está pasado por un batido y metido en aceite, lo que causa que uno se llena con tremendos trozos de jibia o de pescado que viven debajo de una fuerte capa amarilla.
En los postres todo está lleno de jalea de diversos colores (“la jalea y el té puro es para los enfermos”, también decía mi madre).
El asador de carnes debiera visitar al sicólogo, ya que mientras uno espera un trozo le cuenta todas sus penurias. Hay un cocinero de sushi que saca algunos roll que la gente se pelea y las ensaladas son puros vegetales rayados.
En fin, a algunos les gusta esta onda de fritura. A mi hígado no.

ajenjoverde@hotmail.com

6.03.2010

Y todo por culpa de unos malditos huevos duros


Seis amigos de Santiasco llegaron a pasar el fin de semana largo al Puerto y les preparé el tremendo panorama: la Cumbre Guachaca 2010 en el centro de eventos El Huevo.
Mis compinches me tenían para la “previa” un vodka aromatizado a la pera, que fue un el primer “punch” de una noche extremadamente etílica.
Hay que ser honestos: después de los cuarenta la “sopaipa” se empieza a pasar más rápido. Es decir, con un par de copas uno ya está transmitiendo como “loro de siete lenguas”.
La cuestión es que la felicidad embargaba mi cuerpo y llegamos al local donde una gran jarra de terremoto, con harto helado de piña, fue la entrada al mágico mundo de Bilz y Pap.
Salió La Sonora Palacios y bailé todos los temas como si estuviera en plena diablada de La Tirana. La danza tropical me daba más sed y me bajaba los vasos de terremoto como “agüita de la llave”.
La Sonora terminó su hipnótico recital y me llegó el hambre. Mi olfato estomacal me invitó a sentarme a una mesa donde habían dos huevos duros. Sin preguntar los descascaré y me los comí ¡Toda una delicia nocturna!
El problema fue que los huevos duros no eran de propiedad del grupo de amigos, sino de una señora que, cuando se dio cuenta de mi cavernícola actitud, me invitó a retirarme recordándome todo el nombre de mi parentela.
Mi hermosa y tolerante mujer estaba algo enojada (seamos sinceros, estaba hirviendo), por mi actitud.
Salimos de El Huevo en medio de punkis que nos miraban y que yo, según lo que me cuentan, invitaba a mi casa.
Al otro día, con una cervecita helada, miré como el Inter le ganaba al Munich, mientras mis amigos santiaguinos se reían a carcajadas de la “fría noche de los huevos duros”.
Ahora estoy “en capilla” y espero que me perdonen antes del Mundial.

5.26.2010

Comiendo pizza y tomando vinito con Los Patogallina


Por Ajenjo

El Rana y El Antonio, mis viejos compinches de la gran compañía artística La Patogallina, estuvieron en Valparaíso presentado dos obras de gran calidad y emotividad.
A través del correo de las brujas, los invité a mi casa, para ofrecerles una bienvenida porteña.
Fue así como casi 15 actores y miembros de este colectivo cultural se tomaron mi humilde hogar y pasamos una noche llena de la mejor conversa.
Yo estaba algo nervioso, ya que no sabía si la casa iba a responder. En la cocina preparaba pizzas, mientras uno de los actores me servía vino en forma constante. El alcohol subió a mis neuronas y la masa de las pizzas quedó completamente mojada en jugo de tomate, sin embargo a todos les gustó y creo que premiaron más el esfuerzo que la calidad del bocado.
Ya con algunos rones en el cuerpo me dio por recitar algunos poemas, captando la atención de mis célebres invitados.
Al otro día llevé a mi hijo al Aula Magna de la Universidad Santa María para ver “Los caminos de Don Floridor”, una de las joyas del teatro familiar chileno de los últimos tiempos.
El pequeño miraba la obra con la boca abierta y se reía a carcajadas con las aventuras de los actores.
Yo trataba de reconocer las caras tras los maquillajes y descubrir quien fue la joven que me ayudó a armar las pizzas o quien fue el que me dio el trago.
¡Salud por estos genios!

ajenjoverde@hotmail.com

Carreteando con Alejandra Alvarez o el mejor Shawarma de Valparaíso



Por Ajenjo


Estoy nuevamente en Chantiasco acompañando a mi esposa en algunos carretes familiares, cuando nos invitaron al bar Narciso, en Providencia. Estos bares santiaguinos son como si unos amigos arrendaran una casa, la pintaran de rojo, le pusieran un letrero y vamos para adelante.
El asunto era un cumpleaños y el festajado, como buen ciudadano santiaguino, no había puesto nada para tomar y unas ramitas y papas huachas eran el cóctel para calmar el estómago.
Bajé a la barra y me compré un gran ron de 3.300 pesos. El barman agarró los hielos con la mano y los depositó en el vaso (no soporto ese gesto, lo encuentro insalubre) y me lancé a beber.
De repente veo pasar a la famosa Alejandra Alvarez, quien estuvo involucrada en un escándalo de fotos de carácter pornográficas que salieron a la luz pública. Vestía un gorro y un largo abrigo y nos miraba como si nosotros fuéramos extraterrestres.
Yo la miré un rato, pero mi mujer se puso algo celosa y atiné a dejarla tranquila visualmente y dedicarme a mis rones.
Al volver a Valparaíso encontré un nuevo puestos de shawarmas al paso, ubicado en la calle Huito. Soy fanático de los shawarmas, como ya lo he dicho con anterioridad y éste es “onda fusión”. A los tradicionalistas no les gustará mucho, sin embargo amo estas mezclas de sabores y la combinación de colores y olores.
Las ensaladas son frescas y la salsa de ajo exquisita. Uno puede agregarle palta y otras cosillas para convertir el shawarma en una bomba de sabor. También hay creps y el más rico es el de manjar con salsa de chocolate.
Ojalá le vaya bien a estos chiquillos, que tienen una cocina abierta, donde uno ve los ingredientes y la limpieza con que preparan todo. Me gustaría que pudieran convertirse en restaurante y aumentar sus mezclas y sus inventos gastronómicos.
Cuesta emprender en la vida.
Personalmente he impulsado muchos proyectos que la mayoría se han caído en el camino, sin embargo sigo luchando y creyendo que en la vida, para ser feliz, hay que emprender, emprender y emprender.


Lucho Barrios y un inolvidable recital en el Teatro Imperio



Por Ajenjo

Era el año 2002 y mi ex mujer me había invitado a un recital de Jorge “Negro” Farías, Luis Alberto Martínez y Lucho Barrios en el ya desaparecido Teatro Imperio, en la avenida Pedro Montt.
Antes de entrar me encontré con mi ex suegro (actual amigo del alma) y le dije que me esperara, ya que iría a comprar una petaquita de pisco con coca cola para hacer que el evento se convirtiera en una velada más grata.
Las entradas numeradas nos llevaron a una fila pegada en el escenario y casi podíamos tocar a los artistas. Unos músicos salieron a calentar los instrumentos y de repente mi ex suegro, con una voz de emoción intensa, me gritó: “están tocando la canción Apache”. Yo me reía ya que el guitarrista tocaba el típico ritmo de los pistoleros persiguiendo a los indios, en esas viejas películas en blanco y negro.
Me comencé a beber el combinado y mi ex suegro, influido por la emoción, me pidió unos tragos.
El primero en salir fue el Negro Farías. Con sus grandes anteojos y su peculiar forma de cantar emocionó a los presentes. “El trago le fregó la carrera a este gran cantante”, me dijo mi acompañante al oído, mientras por mi garganta bajaba ese típico sabor dulzón de la piscolita chilena. Después salió Luis Alberto Martínez, a quien le decían “el cantante de las madres”. Se supone que hay dos teorías de ese apodo, pero es mejor no profundizar más este tema.
Finalmente apareció Lucho Barrios. El Teatro Imperio se levantó completo y se
escuchó un largo aplauso.Sus canciones, imposibles de no haberlas escuchado alguna vez, llenaron el recinto, y se despidió con un tsunami de gritos emocionados.
Ahora que Luchito Barrios se fue para siempre, pienso en Farías y en la Carmen Corena.
¿Dónde estarán? ¿Acaso cantando boleros eternos, borrachos por amores sufridos e hijos olvidados?

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Visiones de un todo incluido en "Santo Domingo"


Por Ajenjo

Después de experimentar por ocho días lo que es vivir en “Natura Park”, un resort donde toda la alimentación y las bebidas están incluidas las 24 horas, tengo algunas visiones que me gustaría compartir respetuosamente. En mis sueños se me aparece una anciana que parece hombre, quien prepara cientos de tortillas de huevos durante la mañana. Junto a ella hay una gringa que debe pesar, a vuelo de pájaro, más de 150 kilos. Carga un plato con mucho pan, jamón, queso de diversos colores, salchichas, tocino, huevos duros, tacos mexicanos, tomate, cebolla, tostadas francesas, churros y plátano frito. Tiene el descaro de colocarle sacarina al tazón de café.
En la playa está lleno de cincuentonas europeas que deben haber tenido una bella juventud física. Ahora, en la paradisíaco lugar, se sacan sus partes de arriba del traje de baño y exhiben sin pudor sus senos, que parecen racimos de melones a punto de caer al piso. Las jovencitas hacen muy poco topless ya que los hombres, la mayoría bastante bebidos, las miran no con muy buena intención. Una de las visiones más impresionantes se produce a las seis de la tarde. En una gran piscina que tiene un bar en su interior hay un rincón donde salen burbujas. Ahí se juntan los curados más extremos, que en termos especiales beben todo tipo de tragos inimaginables. No se si será mi turbia imaginación, pero los veo que se miran libidinosamente. Hay mucha tensión sexual donde jóvenes abrazan y se ríen con viejujas ebrias, quienes a su vez miran a los negros que atienden como bistec humanos.
Yo también me veo en las visiones tomando un trago llamado “zombie” (que te dejaba tal cual su nombre). En un momento ingreso a una denominada “Fiesta del Coco”, donde bailo alrededor de la piscina y me regalan por mi esquizofrénica danza, un coco lleno de ron. A esa altura las visiones ya son muchas, de olores y colores diferentes, y sólo queda prepararse para
la ducha en la pieza y buscar el puesto donde se reparten hamburguesas, pizzas y hot dogs para seguir la fiesta.

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All Inclusive o el matrimonio más raro de mi vida


Por Ajenjo

Estoy en el matrimonio de la hermana del gimnasta Tomás González y puedo decir, sin titubeos, que es la boda más rara a la que he asistido en toda mi vida. Nos dijeron que una “machi de Limache” realizaría la sagrada unión, pero en vez de llegar una señora bajita y regordeta, llegó una rubia de ojos azules con pinta de neo hippie que dejó a todos locos. “Hermano viento, abuelo fuego, bendice a esta pareja”, decía en voz baja, mientras prendía fuego y salía un aromático humo.
Entre los asistentes había un tipo vestido de indio, con turbante y todo y cuando estábamos bastante ebrios, uno de los invitados temía que el excéntrico invitado explotara como un hombre bomba.
Ahora, aunque ustedes no lo crean, estoy escribiendo desde un carísimo cyber en República Dominicana, en esos hoteles gigantescos donde todo está incluido, celebrando mi luna de miel. Llegué el miércoles en la noche y tuve que viajar desde la capital Santo Domingo, hasta Punta Cana, en un distorsionado viaje en una van de tres horas y un poco más.
Dentro del auto iba una pareja de chilenos de la tercera edad que trabajaba vendiendo pescado y mariscos en una feria de Estación Central, en Santiago. Uno de sus hijos le había regalado el viaje. El chofer de la van, que era dominicano, se puso a despotricar contra los haitianos (con quienes comparten esta gigantesca isla caribeña), tratándolos de “demonios”, mientras el caballero le decía que “parecen monos”. Todo el racismo chileno en su máxima expresión.
Avergonzado de mis compatriotas llegué de noche a un resort ecológico. Al principio estaba tímido, pero poco a poco empecé a comer y beber como un cosaco. Anoche me acosté con dos cervezas en el cuerpo y tres piñas coladas de alto poder. Aquí no hay límites para nada y tengo miedo. En la mañana tomé desayuno y lo acompañé con un Bloody Mary (vodka, jugo de tomate, salsa de
tabasco y una rama de apio), comenzando una anestesia corporal y cerebral exquisita.
Puedo beber todo lo que quiera durante las 24 horas. Comer hamburguesas con papas fritas o “perros calientes” durante todo el día y tomar ron hasta caer tendido en la playa.
¿Sobreviviré?

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