7.20.2010

Camino a La Tirana o tratando de romper la aparente realidad





Por Ajenjo

Estoy sentado en el palco presidencial del Teatro Municipal de Iquique y observo cómo mi hijo juega en el escenario. El lugar es maravilloso, como el teatro viñamarino, pero construido completamente de madera. Por mil pesos se puede visitar completo, subir hasta el último piso por pequeñas escalerillas de madera y entrar a todos los rincones.
Iquique es sólo una parada, ya que mi verdadero destino es La Tirana, donde los diablos bailan por horas sin parar, en uno de los paisajes lisérgicos y multicolores más impactantes que he visto.
Hace cinco años vine por primera vez y en mis oídos y neuronas quedaron tatuadas las imágenes de este verdadero manicomio étnico, donde la locura llega a su estado más sublime y se convierte finalmente en tradición.
Ahora quiero que mi hijo vea este espectáculo, pero a veces lo que a uno lo asombra no tiene porque impactar a los demás. Cuando salimos del hermoso teatro iquiqueño el niño me pregunta donde está el mall de esta ciudad “y podríamos ir a ver una película y comer pizza”. A veces creo que la batalla está perdida, pero tampoco se trata de ponerse un viejo amargado (y ocupo la palabra amargado, en vez de una que es impublicable) y sólo queda seguir adelante.
Hablando en forma honesta, Iquique no es una urbe muy hermosa. Mi hijo piensa que está en Perú, no sólo por los rasgos faciales de la gente, sino que por que la bebida del hostal es Inca Kola y es atendido por una mujer que nació en Tacna. Hay muchos restaurantes chinos, como de “chifa” y ha estado muy nublado y frío.
Ya quedan pocas horas para partir al pequeño pueblo en las alturas, donde los diablos ya han comenzado su ritual. Me armaré con unos buenos sándwichs, una petaquita de vodka con Red Bull y volveré a sumergirme en esos sonidos de cajas, trompetas y platillos con la sana intención de olvidar toda la maldita rutina y abrirle los ojos a mi hijo para que traspase de una vez por todas la aparente realidad en que vive.

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Metido un día domingo en un "baby sour"

Por Ajenjo


Mis bellas compañeras de trabajo están organizando un “baby shower”, que es “una actividad donde se le entregan regalos a una amiga que está en avanzado estado de embarazo y que muy pronto tendrá a su hijo en la clínica”. Ellas no invitaron a ningún hombre, como si el evento tuviera una característica de “secta femenina secreta”.
Sinceramente creo que estos “baby shower” se realizan para tirar para arriba a la pobre embarazada, que lleva semanas enclaustrada en la casa, ausente de todo tipo de carrete y fiesta (ni siquiera puede beber un traguito) y que lo único
que desea fervientemente es poder dar a luz lo más rápido posible.
El fin de semana partí a Santiago para convivir con la familia de mi santa esposa. Además de conocer el rico restaurante peruano el “Otro Sitio” y sus piqueos de ceviche, pude engullir un bistec a lo pobre en el “Chilenazo”.
Mi mujer me pidió que la acompañara a un “baby shower”, y mi cara se estiró varias veces, mis ojos se abrieron y un rotundo “no” salió de mi boca. Sin embargo las mujeres son expertas en el arte de convencer y terminé sentado en un living, con varias chiquillas (y sus parejas) comentando cuál era el mejor artículo para evitar que la leche mojara los sostenes. Raro, muy raro.
Lo bueno fue que varios amigos también fueron “convencidos” por sus señoras y entre cerveza y cerveza el famoso “baby shower” se fue convirtiendo en un “baby sour”. Entre la anestesia de la cervecita y los chistes la tarde se convirtió en una alegre
convivencia.
La mejor parte fue cuándo, motivado por varios vasitos de chela, le dije a la embarazada para animarla: “lo mejor fue que soló te engordó la pura cara (la palabra precisa era guata) y todos se comenzaron a reír nerviosamente”.
Rápidamente trate de arreglarla, pero ya las carcajadas eran muy grandes y la embarazada se agarraba su panza y lloraba de la risa.
¿Por qué no serán mixtas estas fiestas?, terminé preguntándome mientras abría
la última latita.


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La magia del sushi para reconciliar parejas


Por Ajenjo

Después de una pelea con mi esposa decidimos reconciliarnos en el nuevo restaurante japonés Tama, que se instaló en la calle Almirante Montt, en Valparaíso.
Llegamos sólo algunos minutos después que abrieran el local y nos fuimos al segundo piso. Ahí nos encontramos, al parecer, con el dueño, quien nos contó que las bellas mesas del restaurante, que tiene adornos de arena y conchas en su interior, las habían encontrado en una demolición. “El maestro que trabajó en el local me señaló que las compráramos y que él las arreglaría”, indicó como un excelente anfitrión.
A los segundos llegó un joven mozo, quien nos entregó la carta de sushi y otros cortes de pescados y mariscos a lo japonés.
Nunca he sido fanático del sushi, sin embargo el tiempo ha ido variando mi opinión, especialmente por mi bella esposa, quien engulle estos pedazos de arroz y su cara se llena de felicidad y amor.
No soy un experto ni nada parecido en este tipo de comida, pero me encantó que tuvieran unos suhsi fritos, calientitos, que se deshacían en la boca. Creo que se llaman Furay, pero no tengo certeza.
La música que sonaba era una electrónica suave. Había un “happy hours” muy conveniente, que incluía una tabla y copete. Me tomé un buen pisco sour y mi señora una copa de vino. Todo aceptable, en un ambiente juvenil y relajado. Me gustó mucho, sobre todo la variedad de cositas ricas que hay.
Hay varios sushi en Valparaíso y siempre había alabado el que está cerca de la Plaza Victoria. Ahora le salió competencia.
Me retiré feliz y contento, además me había reconciliado con mi mujer gracias a estos exquisitos bocaditos de arroz, mariscos y pescado.

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7.19.2010

Entre el fútbol y la vida de los peces

Por Ajenjo

Eran las 10 de la mañana y mi brother fotógrafo metía una malta y unos huevos a la juguera para hacer una rica bebida de desayuno, y comenzar a mirar el partido de Chile contra Suiza en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica 2010. Nos comimos unos panes con palta y jamón y seguimos bebiendo ron y vino para acompañar el costillar de chancho con papas asadas que sirvió para festejar el gran triunfo.
A las cuatro de la tarde, y después de ganar el juego del cacho, tenía la cabeza como un bombo, pero saqué fuerzas de flaqueza y decidí ir a ver la película “La vida de los peces”, de Matías Bize. Para los que creemos que el amor puede ser la experiencia más celestial o infernal del mundo, para los que hemos llegado al nirvana cerebral en los brazos de una mujer, o para los que han andado buscando una pistola para matarla, esta película es una joya directa.
Han dicho que la cinta es un laberinto lleno de fantasmas o que Bize está pegado en los temas sentimentales, sin embargo eso es precisamente lo que convierte a esta película y su director en algo superior. Siempre me ha gustado la gente pegada, que se apasiona por una sola cosa en la vida y es capaz de morir por ella. Creo que en la pasión extrema se puede lograr la perfección en toda disciplina, especialmente en el arte y el deporte. Creo que la gente que no tiene una pasión, que no se ha quedado pegada en nada de nada, es fome, aburrida, como un té con leche. Mientras los que te hablan de un equipo de fútbol, de un grupo musical, de una mujer o de lo que sea, con los ojos desorbitados y una locura especial, son como un buen vaso de ron.
Para mi la película trata sobre las decisiones que no se tomaron en un momento de la vida y que se convierten en malditas obsesiones que te seguirán hasta la muerte. ¿Qué habría pasado si me hubiera ido al motel con ella? ¿y si renuncio al trabajo? ¿y si no me hubiera tomado ese último vaso?
Ahora, cuando lean esta columna, estaré viendo el partido esencial de Chile en el Mundial. Con mis brother compraremos pizzas y fugazas en La Riveira y nos almorzaremos la segunda parte del gigantesco costillar de chancho que compramos en Setchmacher y, según lo que pase, me podrán ver en las calles de Valparaíso, ebrio de felicidad, gritando por este Chile grande y querido...

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Para todos los que vieron el partido solos en sus casas


Por Ajenjo

Mi hijo y mi esposa se van de la casa para ver el partido de Chile contra Honduras, en el Mundial de Sudáfrica 2010, en el colegio y en el trabajo respectivamente.
Quedo solo en mi cama. Miro al espejo y me veo con un gorro de lana y la estufa prendida, mientras los gladiadores cantaban el himno a todo pulmón. Decidí hacer un desayuno, pero lamentablemente al abrir el refrigerador me encontré con una bolsa con pan de molde y la tradicional margarina chilena. “No importa”, me dije a mi mismo, y tosté los pancitos con mucha gallardía, mientras calentaba agua para el café.
De repente vi unas latas de cerveza que coquetamente me llamaban y me decían que las bebiera. Eran las 7.20 de la mañana y tenía que llegar al trabajo a las 10, por lo tanto estaba vetado todo tipo de alcohol. Con el dolor de mi alma las rechacé y me fui con la bandeja a la cama.
Estaba solo. Cuando Chile metió el gol me emocioné mucho. Creo que lloré. Mi señora me llamó por teléfono y gritaba como si le estuvieran poniendo corriente. Llamé a mi brother oftalmólogo para comentar el triunfo parcial y lo encontré durmiendo, “perdóneme compadrito es que la guagua lloró desde las tres a las seis de la mañana y no sentí la alarma. Gracias por llamarme”.
Seguí viendo el partido y le lanzaba improperios a los jugadores, que se perdían y perdían goles. Al final el arbitro tocó el pito y la calma volvió a mi cuerpo. No tenía a nadie con quien hablar, nadie a quien decirle mi complejo análisis del partido, nadie a quien abrazar y gritar que ganamos...
Mientras me duchaba, soñé que levantábamos la copa y éramos campeones del mundo y pensé en los rones que me esperaban en la noche para celebrar con mis compipas...

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La mejor paella de mi intensa y agitada vida


Por Ajenjo


Comer bien no es una situación que sólo esté ligada a tener buenos y frescos insumos, a poseer modernos aparatos de cocina o manejar un recetario de excelencia.
También es muy importante, incluso esencial, la presencia de agradables comensales, que provoquen que el placer de probar nuevos sabores se transforme en una comida inolvidable.
Eso fue precisamente lo que me sucedió el sábado pasado, cuando los apoderados del colegio de mi hijo organizaron un evento social en una hermosa casa en Paso Hondo.
El plato de fondo era una paella, sin embargo antes tuvimos la posibilidad de probar unos pedazos de asado de entraña que se deshacían en la boca. También llegó un vino con fruta (sangría) que estaba como “agüita de la llave” y tuve que moderarme para no beberme la gran jarra.
A la hora de la paella aparecieron muchos mostos de calidad, que fueron la compañía ideal para comer ese arroz lleno de sorpresas marinas y terrestres. Mi mujer me advirtió, en varias ocasiones, que bajara la velocidad en la ingesta de vino, lo que cumplí a la perfección, casi como un caballero inglés.
El vino, estimulante de la conversación por excelencia, nos llevó por diversas reflexiones y terminamos bastante tarde, tratando de arreglar el mundo y contando sabrosas anécdotas.
Más allá de haber comido una de las paellas más ricas de mi agitada vida, conocí un grupo humano diverso y tolerante, conversador y optimista, en el fondo muy buenas personas... ¿Y cuando es la fecha de la próxima paella?

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6.10.2010

Cada uno con sus gustos


Por Ajenjo

“Cada uno con sus gustos decía una vieja mientras agarraba a besos a un chancho”, decía mi madre cuando se encontraba en alguna situación particular, donde había alguien que rechazaba la comida o no le gustaba una película. Esta frase la puedo aplicar a un nuevo restaurante que visité en Valparaíso, del tipo “tenedor libre”, que en otras palabras es “coma todo lo que pueda por seis lucas, sin las bebidas incluidas”.
El local abrió sus puertas hace algunas semanas y es toda una novedad para la familia porteña, quien el sábado pasado, y a pesar de la lluvia, repletó el recinto.
Nunca he sido muy fanático de los “tenedores libres”, salvo el “Gatsby”, que lamentablemente está en el mall de Viña y da lata comer en ese ambiente tan cargado al comercio.
Este nuevo local porteño, ubicado en la Avenida Pedro Montt, tiene un afán por la fritura. Todo está pasado por un batido y metido en aceite, lo que causa que uno se llena con tremendos trozos de jibia o de pescado que viven debajo de una fuerte capa amarilla.
En los postres todo está lleno de jalea de diversos colores (“la jalea y el té puro es para los enfermos”, también decía mi madre).
El asador de carnes debiera visitar al sicólogo, ya que mientras uno espera un trozo le cuenta todas sus penurias. Hay un cocinero de sushi que saca algunos roll que la gente se pelea y las ensaladas son puros vegetales rayados.
En fin, a algunos les gusta esta onda de fritura. A mi hígado no.

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6.03.2010

Y todo por culpa de unos malditos huevos duros


Seis amigos de Santiasco llegaron a pasar el fin de semana largo al Puerto y les preparé el tremendo panorama: la Cumbre Guachaca 2010 en el centro de eventos El Huevo.
Mis compinches me tenían para la “previa” un vodka aromatizado a la pera, que fue un el primer “punch” de una noche extremadamente etílica.
Hay que ser honestos: después de los cuarenta la “sopaipa” se empieza a pasar más rápido. Es decir, con un par de copas uno ya está transmitiendo como “loro de siete lenguas”.
La cuestión es que la felicidad embargaba mi cuerpo y llegamos al local donde una gran jarra de terremoto, con harto helado de piña, fue la entrada al mágico mundo de Bilz y Pap.
Salió La Sonora Palacios y bailé todos los temas como si estuviera en plena diablada de La Tirana. La danza tropical me daba más sed y me bajaba los vasos de terremoto como “agüita de la llave”.
La Sonora terminó su hipnótico recital y me llegó el hambre. Mi olfato estomacal me invitó a sentarme a una mesa donde habían dos huevos duros. Sin preguntar los descascaré y me los comí ¡Toda una delicia nocturna!
El problema fue que los huevos duros no eran de propiedad del grupo de amigos, sino de una señora que, cuando se dio cuenta de mi cavernícola actitud, me invitó a retirarme recordándome todo el nombre de mi parentela.
Mi hermosa y tolerante mujer estaba algo enojada (seamos sinceros, estaba hirviendo), por mi actitud.
Salimos de El Huevo en medio de punkis que nos miraban y que yo, según lo que me cuentan, invitaba a mi casa.
Al otro día, con una cervecita helada, miré como el Inter le ganaba al Munich, mientras mis amigos santiaguinos se reían a carcajadas de la “fría noche de los huevos duros”.
Ahora estoy “en capilla” y espero que me perdonen antes del Mundial.

5.26.2010

Comiendo pizza y tomando vinito con Los Patogallina


Por Ajenjo

El Rana y El Antonio, mis viejos compinches de la gran compañía artística La Patogallina, estuvieron en Valparaíso presentado dos obras de gran calidad y emotividad.
A través del correo de las brujas, los invité a mi casa, para ofrecerles una bienvenida porteña.
Fue así como casi 15 actores y miembros de este colectivo cultural se tomaron mi humilde hogar y pasamos una noche llena de la mejor conversa.
Yo estaba algo nervioso, ya que no sabía si la casa iba a responder. En la cocina preparaba pizzas, mientras uno de los actores me servía vino en forma constante. El alcohol subió a mis neuronas y la masa de las pizzas quedó completamente mojada en jugo de tomate, sin embargo a todos les gustó y creo que premiaron más el esfuerzo que la calidad del bocado.
Ya con algunos rones en el cuerpo me dio por recitar algunos poemas, captando la atención de mis célebres invitados.
Al otro día llevé a mi hijo al Aula Magna de la Universidad Santa María para ver “Los caminos de Don Floridor”, una de las joyas del teatro familiar chileno de los últimos tiempos.
El pequeño miraba la obra con la boca abierta y se reía a carcajadas con las aventuras de los actores.
Yo trataba de reconocer las caras tras los maquillajes y descubrir quien fue la joven que me ayudó a armar las pizzas o quien fue el que me dio el trago.
¡Salud por estos genios!

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Carreteando con Alejandra Alvarez o el mejor Shawarma de Valparaíso



Por Ajenjo


Estoy nuevamente en Chantiasco acompañando a mi esposa en algunos carretes familiares, cuando nos invitaron al bar Narciso, en Providencia. Estos bares santiaguinos son como si unos amigos arrendaran una casa, la pintaran de rojo, le pusieran un letrero y vamos para adelante.
El asunto era un cumpleaños y el festajado, como buen ciudadano santiaguino, no había puesto nada para tomar y unas ramitas y papas huachas eran el cóctel para calmar el estómago.
Bajé a la barra y me compré un gran ron de 3.300 pesos. El barman agarró los hielos con la mano y los depositó en el vaso (no soporto ese gesto, lo encuentro insalubre) y me lancé a beber.
De repente veo pasar a la famosa Alejandra Alvarez, quien estuvo involucrada en un escándalo de fotos de carácter pornográficas que salieron a la luz pública. Vestía un gorro y un largo abrigo y nos miraba como si nosotros fuéramos extraterrestres.
Yo la miré un rato, pero mi mujer se puso algo celosa y atiné a dejarla tranquila visualmente y dedicarme a mis rones.
Al volver a Valparaíso encontré un nuevo puestos de shawarmas al paso, ubicado en la calle Huito. Soy fanático de los shawarmas, como ya lo he dicho con anterioridad y éste es “onda fusión”. A los tradicionalistas no les gustará mucho, sin embargo amo estas mezclas de sabores y la combinación de colores y olores.
Las ensaladas son frescas y la salsa de ajo exquisita. Uno puede agregarle palta y otras cosillas para convertir el shawarma en una bomba de sabor. También hay creps y el más rico es el de manjar con salsa de chocolate.
Ojalá le vaya bien a estos chiquillos, que tienen una cocina abierta, donde uno ve los ingredientes y la limpieza con que preparan todo. Me gustaría que pudieran convertirse en restaurante y aumentar sus mezclas y sus inventos gastronómicos.
Cuesta emprender en la vida.
Personalmente he impulsado muchos proyectos que la mayoría se han caído en el camino, sin embargo sigo luchando y creyendo que en la vida, para ser feliz, hay que emprender, emprender y emprender.


Lucho Barrios y un inolvidable recital en el Teatro Imperio



Por Ajenjo

Era el año 2002 y mi ex mujer me había invitado a un recital de Jorge “Negro” Farías, Luis Alberto Martínez y Lucho Barrios en el ya desaparecido Teatro Imperio, en la avenida Pedro Montt.
Antes de entrar me encontré con mi ex suegro (actual amigo del alma) y le dije que me esperara, ya que iría a comprar una petaquita de pisco con coca cola para hacer que el evento se convirtiera en una velada más grata.
Las entradas numeradas nos llevaron a una fila pegada en el escenario y casi podíamos tocar a los artistas. Unos músicos salieron a calentar los instrumentos y de repente mi ex suegro, con una voz de emoción intensa, me gritó: “están tocando la canción Apache”. Yo me reía ya que el guitarrista tocaba el típico ritmo de los pistoleros persiguiendo a los indios, en esas viejas películas en blanco y negro.
Me comencé a beber el combinado y mi ex suegro, influido por la emoción, me pidió unos tragos.
El primero en salir fue el Negro Farías. Con sus grandes anteojos y su peculiar forma de cantar emocionó a los presentes. “El trago le fregó la carrera a este gran cantante”, me dijo mi acompañante al oído, mientras por mi garganta bajaba ese típico sabor dulzón de la piscolita chilena. Después salió Luis Alberto Martínez, a quien le decían “el cantante de las madres”. Se supone que hay dos teorías de ese apodo, pero es mejor no profundizar más este tema.
Finalmente apareció Lucho Barrios. El Teatro Imperio se levantó completo y se
escuchó un largo aplauso.Sus canciones, imposibles de no haberlas escuchado alguna vez, llenaron el recinto, y se despidió con un tsunami de gritos emocionados.
Ahora que Luchito Barrios se fue para siempre, pienso en Farías y en la Carmen Corena.
¿Dónde estarán? ¿Acaso cantando boleros eternos, borrachos por amores sufridos e hijos olvidados?

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Visiones de un todo incluido en "Santo Domingo"


Por Ajenjo

Después de experimentar por ocho días lo que es vivir en “Natura Park”, un resort donde toda la alimentación y las bebidas están incluidas las 24 horas, tengo algunas visiones que me gustaría compartir respetuosamente. En mis sueños se me aparece una anciana que parece hombre, quien prepara cientos de tortillas de huevos durante la mañana. Junto a ella hay una gringa que debe pesar, a vuelo de pájaro, más de 150 kilos. Carga un plato con mucho pan, jamón, queso de diversos colores, salchichas, tocino, huevos duros, tacos mexicanos, tomate, cebolla, tostadas francesas, churros y plátano frito. Tiene el descaro de colocarle sacarina al tazón de café.
En la playa está lleno de cincuentonas europeas que deben haber tenido una bella juventud física. Ahora, en la paradisíaco lugar, se sacan sus partes de arriba del traje de baño y exhiben sin pudor sus senos, que parecen racimos de melones a punto de caer al piso. Las jovencitas hacen muy poco topless ya que los hombres, la mayoría bastante bebidos, las miran no con muy buena intención. Una de las visiones más impresionantes se produce a las seis de la tarde. En una gran piscina que tiene un bar en su interior hay un rincón donde salen burbujas. Ahí se juntan los curados más extremos, que en termos especiales beben todo tipo de tragos inimaginables. No se si será mi turbia imaginación, pero los veo que se miran libidinosamente. Hay mucha tensión sexual donde jóvenes abrazan y se ríen con viejujas ebrias, quienes a su vez miran a los negros que atienden como bistec humanos.
Yo también me veo en las visiones tomando un trago llamado “zombie” (que te dejaba tal cual su nombre). En un momento ingreso a una denominada “Fiesta del Coco”, donde bailo alrededor de la piscina y me regalan por mi esquizofrénica danza, un coco lleno de ron. A esa altura las visiones ya son muchas, de olores y colores diferentes, y sólo queda prepararse para
la ducha en la pieza y buscar el puesto donde se reparten hamburguesas, pizzas y hot dogs para seguir la fiesta.

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All Inclusive o el matrimonio más raro de mi vida


Por Ajenjo

Estoy en el matrimonio de la hermana del gimnasta Tomás González y puedo decir, sin titubeos, que es la boda más rara a la que he asistido en toda mi vida. Nos dijeron que una “machi de Limache” realizaría la sagrada unión, pero en vez de llegar una señora bajita y regordeta, llegó una rubia de ojos azules con pinta de neo hippie que dejó a todos locos. “Hermano viento, abuelo fuego, bendice a esta pareja”, decía en voz baja, mientras prendía fuego y salía un aromático humo.
Entre los asistentes había un tipo vestido de indio, con turbante y todo y cuando estábamos bastante ebrios, uno de los invitados temía que el excéntrico invitado explotara como un hombre bomba.
Ahora, aunque ustedes no lo crean, estoy escribiendo desde un carísimo cyber en República Dominicana, en esos hoteles gigantescos donde todo está incluido, celebrando mi luna de miel. Llegué el miércoles en la noche y tuve que viajar desde la capital Santo Domingo, hasta Punta Cana, en un distorsionado viaje en una van de tres horas y un poco más.
Dentro del auto iba una pareja de chilenos de la tercera edad que trabajaba vendiendo pescado y mariscos en una feria de Estación Central, en Santiago. Uno de sus hijos le había regalado el viaje. El chofer de la van, que era dominicano, se puso a despotricar contra los haitianos (con quienes comparten esta gigantesca isla caribeña), tratándolos de “demonios”, mientras el caballero le decía que “parecen monos”. Todo el racismo chileno en su máxima expresión.
Avergonzado de mis compatriotas llegué de noche a un resort ecológico. Al principio estaba tímido, pero poco a poco empecé a comer y beber como un cosaco. Anoche me acosté con dos cervezas en el cuerpo y tres piñas coladas de alto poder. Aquí no hay límites para nada y tengo miedo. En la mañana tomé desayuno y lo acompañé con un Bloody Mary (vodka, jugo de tomate, salsa de
tabasco y una rama de apio), comenzando una anestesia corporal y cerebral exquisita.
Puedo beber todo lo que quiera durante las 24 horas. Comer hamburguesas con papas fritas o “perros calientes” durante todo el día y tomar ron hasta caer tendido en la playa.
¿Sobreviviré?

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4.15.2010

La Isla Siniestra y una petaquita de ron


Por Ajenjo

Cada vez que los conflictos, generalmente sentimentales, toman mi cerebro por asalto, me trato de esconder del mundo para relajarme y alejarme del ruido urbano.
¿Adónde se puede estar solo en Valparaíso?
La respuesta es simple y entretenida: el cine.
Esta semana estaba bebiendo mi roncito con coca cola en el Moneda de Oro cuando me entró una idea en mi adormecido cerebro. ¿Y si voy a ver la última de Scorsese, La Isla Siniestra?
Abandoné la mesa diez para las diez y tomé una micro rumbo al cine porteño. Al bajar del bus aterricé justo al frente de una botillería y me vino la tentación de comprarme mi petaquita de ron con una bebida cola de medio litro y el infaltable vasito plástico.
Esto de beber en el cine viene de mi alocada vida universitaria, donde teníamos un amigo profesional que era capaz de descorchar varias botellas de vino con un lápiz pasta marca Bic. Tenía la técnica de hundir el corcho y después beber para que el corcho descendiera y dejara verter en los vasos el sagrado líquido.
A veces preferíamos beber cajas de vino, ya que a pesar de que el vinagrillo era de dudosa calidad, el envase era de fácil apertura.
Lo más cómico fue en el querido Cine Arte, donde mi amigo ingresó botellas de cerveza de litro para consumir viendo una película de Almodóvar. El misterioso hombre de la linterna lo sorprendió y se la trató de quitar. El público veía a mi amigo tirando le la parte de atrás de la botella, mientras el de la linterna tenía el gollete y luchaban contra todas sus fuerzas. En un momento mi amigo soltó el envase, y el otro salió disparado al suelo, en medio de las risas del respetable. Humillado se retiró con la cerveza.
Recuerdo todo esto mientras vierto el dorado licor en mi vaso, mientras Leonardo di Caprio ingresa a un manicomio y mis problemas se disuelven mientras el ron baja por la garganta y los sicópatas desfilan aterrando al público en la oscura sala.

ajenjoverde@hotmail.com

¿A donde se fueron a volar las cervezitas chilenas?


Por Ajenjo

Pido una cerveza Escudo, la de tres cuartos, la tradicional, la más fuerte, de color más dorado, y me dicen que no hay, que están agotadas y que sólo me pueden vender unas de nombres extraños y cuicos. Con una de tamaño chico me compro un litro de mi cerveza querida y caigo en una crisis depresiva, alcohólica y poética y me pregunto: ¿a dónde se fueron a volar las cervezas chilenas?
Me llega una invitación por Facebook de una amiga de La Calera para participar de un grupo denominado: “Fuerza CCU” y que revelaba que algo había pasado en el terremoto con esa empresa y que volver al stock normal en los bares se demoraría algunas semanas.
¿Qué podemos hacer sin cerveza?
Esa bebida alcohólica es en la universidad como el agua de la llave.
A las 9 de la mañana mi amigo decía ¿El profe de español falto de nuevo, vámonos a tomar desayunito al Club Social?
Ahí litros y litros de cerveza corrían sin parar, donde todos se gastaban la plata para las fotocopias, la micro y el almuerzo. ¿Qué acaso a alguien le daba hambre?
A las seis de la tarde ya estaban todos listos para la foto, hablando en lenguas, cantando canciones populares, gritando ¿somos amigos o no somos amigos? y alguna pareja besándose profundamente en medio de los gritos de todos.
Que tiempos aquellos donde la cerveza era el néctar de la vida universitaria, la ambrosía diaria de sobrevivencia, el elixir bendito que nos motivaba a seguir estudiando.
De todas maneras igual habían algunos efectos negativos. Como esas interminables caminatas al baño por el rápido descenso del líquido y la caña infernal, donde además de dejar la pieza más hedionda que ramada el 19 de septiembre, provocaba una sed infernal, donde litros y litros de jugo en polvo se tomaban en la mañana para olvidar el desorden.
Tener a un pueblo sin cerveza en sus bares es peligroso y hay que advertirles a las autoridades.
Ya me imagino miles de jóvenes marchando por las calles, hacia el Congreso, exigiendo más cervecita espumosa...

ajenjoverde@hotmail.com

Más que malandrino es Buenedrino o la mejor pizzería de Valparaíso



Por Ajenjo

Durante dos años estoy comiendo, junto a mi hijo, en una de estas pizzerías que son cadenas internacionales y que la comida cabe claramente en el concepto de “rápida”.
Aunque le pongas champiñones, anchoas, y el extraño “extra queso”, siempre saben a lo
mismo.
Sinceramente ya las odio y en las últimas ocasiones trato de llevarlo al “Marco Polo”, donde se come un completo mayo palta,“pero con poca mayo”, mientras yo me devoro una ensalada gigante de atún o pollo.
El pasado sábado conocí el “Malandrino” una pizzería en Almirante Montt, en el cerro
Alegre, que de boca en boca se ha convertido en toda una revelación. Primero que todo hay que señalar que el ambiente es exquisito. Hay pocos restaurantes en este Puerto que emiten calor de hogar desde la entrada a la salida.
Hay muchos gringos y chilenos que quedan maravillados con este ambiente “tano” y familiar, lo que invita a relajarse y pensar que estamos en una pequeña ciudad italia
na, donde hay un pequeño local con un horno de barro y una regordeta señora que saca las pizzas más ricas del mundo.
Yo partí con un pisco sour, que estaba muy fuerte y que un hielo me permitió beberlo con más calma. Después pedimos, junto a mi bella esposa, una pizza que tenía a la rúcula como estrella principal.
Todos los ingredientes son frescos, como recién salidos del campo. La masa extra delgada con el sabor único que le da sacarla de un horno de barro. Suave, delicada y con aroma.
La carta de vinos es buena y no tan cara (ya que ahora es la moda colocar todos los ceros que se puedan en los mostos).
La atención muy simpática, informada y amable, especialmente para los extranjeros que repletan el lugar. Incluso el gran anciano Nicolino se pasea por el lugar y conversa con quienes tienen el privilegio de conocerlo. Seguramente Nicolino se siente en Italia por la decoración y los aromas, al igual que todos los comensales que disfrutan esas masas y vinos.
Es la mejor pizzería de Valparaíso y que ese horno siga lanzando humo y permitiendo que esa masa, crujiente y dorada, salga eternamente. Ahora sólo tengo que llevar a mi hijo...

ajenjoverde@hotmail.com

Mi matrimonio en Santiago (Tercera parte y final)


Siempre he definido los matrimonios chilenos como “un acto tribal donde una pareja se une eternamente (en teoría), mientras sus familiares y amigos chupan y comen como dementes, hasta llegar al trance que se refleja en bailes epilépticos”.
Es justo el momento de “los bailes epilépticos” con el que finalizaré la larga historia de mi matrimonio.
Todo comenzó con el tradicional vals que cambiamos por el bolero La Hiedra, interpretado por mi gran mamita Carmencita Corena. Dimos unas vueltas, saludamos al público y danzamos muy apretados, como los antiguos lentos de los años 80.
Después bailé dos cuecas bien zapateada y comenzó la cumbia con La Noche y Américo como protagonistas sonoros de la danza tribal.
A medida que los wiskhies con bebida energizante ingresaban al estómago y la mente el baile se iba poniendo cada vez más cuático.
En un momento detuve la música y realizamos el momento de la Isla de Pascua,donde invité a mi amigo el oftalmólogo y varios compinches a bailar pascuense, con unos collares emplumados. (Conocí a mi esposa en esa Isla)
Yo le ponía cualquier color al asunto y la música era la versión Rapa Nui de la canción Flaca, de Calamaro. Después llegó el momento de la borrachera extrema. Eran las 4 de la mañana y casi realizamos un pogo gigantesco (esos que hacen los punk en los recitales) al centro de la pista.
El animador me dijo que la novia haría un “koala” conmigo y después la cosa se armó
y yo traté de hacer un koala con un amigo y el gil se corrió, quedando tirado cuan largo soy en la pista. El alcohol no sólo duerme la mente, sino que también el cuerpo, por lo tanto el chancacazo ni lo sentí.
Todos andaban medio disfrazados en la fiesta por la onda “cotillón” y a las 5 de la mañana los mozos empezaron a limpiar las mesas y nos sugerían con sus movimientos que nos largáramos, mientras yo parloteaba y parloteaba sobre la diversas gimnasia sexual que haría en la luna de miel.
Mi suegra querida llegó a la mesa y me
mandó una mirada asesina y tuve que cambiar el tema rápidamente.
Ahora soy un hombre casado, feliz y responsable y no tomaré más... “¿A dónde la viste?”.

4.13.2010

Mi matrimonio en Santiago (Parte 2)

Por Ajenjo
Antes que empezara el ritual civil del matrimonio realizaron dos discursos. El primero fue de una amiga de mi novia y el segundo de Dióscoro Rojas, quien se mandó el medio “speach” sobre el amor, Valparaíso, las sirenas y los marineros. La gente aplaudió a rabiar y a mí se me pasaba el susto ya que la cantidad de cuicos presentes tenía algo nervioso al Gran Guaripola de los Guachacas.
Después comenzó la formal ceremonia y apareció mi novia, quien como un ángel blanco bajó por una gran alfombra roja, bella, bellísima, del brazo de su padre, mientras yo comenzaba una lucha por mantener las lágrimas en forma desesperante.
La oficial habló sobre el terremoto y otras cosas, mientras yo apagaba mis dos celulares que se me habían quedado prendidos (menos mal que me di cuenta ya que uno de los ring tones es un niño gritando: “¡Nos destruirán a todos, nos destruirán a todos!”). Nos entregaron la libreta de familia y llamaron a mi hijo para que nos trajera las argollas, mientras yo le preguntaba insistentemente a la jueza: ¿Nos podemos besar ya?
A los minutos tuve que salir caminando abrazado a mi novia, mientras una mosca se me metía en el ojo (cuento para echar el lagrimón tranquilo) y comenzó la sesión de fotos y los canapés. Me empipé uno o dos pisco sour, lo que me causó un poco de relajo. Ahí pude observar a Dióscoro Rojas conversando animadamente con la modelo Paola Camaggi, quien es pareja de un querido primo mío.
Nos avisaron que la gente estaba en el comedor y que había que ingresar, sin embargo, la cosa de demoró algunos minutos porque unos familiares se habían colado en la mesa principal de los novios y sus padres. Los sacaron lo más disimuladamente posible.
Entramos con “Alta Suciedad”, de Calamaro, mientras el estúpido del animador me cambió mi nombre como si fuera femenino. Justo iba pasando por la mesa de mis colegas periodistas, que me lanzaron el típico grito: ¡ayyyyyyyyyyy!, para burlarse del error.
Me pegué un discurso rápido y me lancé a la mesa principal, donde pude lanzarme dos copas de tinto, mientras mi novia me tironeaba para sacarme las fotos oficiales con todas las mesas. “Paciencia, paciencia”, pensaba dejando la copa en la mesa... (continuará).

Mi matrimonio en Santiago (Primera parte)


Por Ajenjo

Llego a la casa de mi hermano con mi “paletó nuevo” para estar tiqui taca para mi matrimonio en Santiago. Le pido que se ponga con un buen vino para el almuerzo y un wiskacho para rematar ya que estaba medio nerviosón para la ceremonia de la tarde. Mi hermano me dice que mi novia lo había llamado y con duras palabras le había señalado que por ningún motivo me diera alcohol antes del matrimonio, lo que obviamente me provocó un leve enojo, pero seguí adelante.
Me duché, me lavé el pelo y me jaboné el cuerpo varias veces. Me afeité con mucha prolijidad y me puse mi terno negro con corbata azul metálico y apelé a todos los dioses y demonios del mundo para que me acompañaran en este evento.
Mi bella y querida novia había invitado como 180 personas, que eran una elevada cantidad comparado con los cuarenta que llevaba yo. Un grupo de amigos llegó muy temprano y se cambiaron dentro de los baños del recinto, ya que venían “muy transpirados de Valparaíso”. Los socios se estaban cambiando los ternos y vestidos en el baño y en eso llegó un guardia que les preguntó que estaban haciendo: “es que venimos al casamiento de la tarde”. El guardia le respondió: ¡Haaaa ustedes son de la orquesta!
Llegué como a las 18.30 horas y me encontré con mis “amigos orquesta”, a quienes saludé cariñosamente y me puse en la puerta a darle la bienvenida a una numerosa concurrencia desconocida, que asistía en forma muy elegante a este magno evento.
Cuando llegó Dióscoro Rojas me calmé un poco, ya que juntos a mi “brother” oftalmólogo, eran los invitados más importantes: el primero realizaría un discurso y el segundo era mi testigo.
Cuando la jueza apareció todo se volvió muy rápido y loco y estaba a punto de estampar por segunda vez en mi vida la firma del amor… (continuará).

ajenjoverde@hotmail.com

3.29.2010

A 24 horas de mi matrimonio o como protagonizar una película de zombies


Por Ajenjo

En 24 horas volveré a decir: “sí, acepto” y me embarcaré nuevamente en esta aventura llamada matrimonio.


Siempre he pensado que el matrimonio es como el trabajo.A veces uno no soporta más sin embargo llega fin de mes y el sueldo permite pagar las cuentas y darse uno que otro gustito.


En la vida de casados muchas veces ya no puedes más, pero la sonrisa de un hijo, una noche de amor o simplemente compartir los problemas y triunfos, transforman todo. Hay que tener mucha, mucha paciencia y tolerancia y entender que el otro es diferente.


Ahora voy mucho más maduro que antes y lucharé para tratar de mantener a la familia unida y feliz.Ojalá así sea.Igual los nervios me comen ya que enfrentar un matrimonio a una semana de un terremoto es algo terrible. El día que la tierra se movió con intensidad había llegado de mi trabajo en el Festival de la Canción. Gracias a Ricardo Arjona logramos salir más temprano de lo planificado.


Me puse a escribir una columna y el terremoto comenzó.A los minutos decidí ir a encontrarme con mi hijo, que estaba con mi madre en Viña. Fue como protagonizar una película de zombies. En Errázuriz, cientos de jóvenes, que deben haber estado borrachos, trataban que los lleváramos y pegaban sus deformes rostros en el vidrio.


Al final pudimos llegar y el abrazo de mi madre y de mi hijo me calmaron los nervios, que a esta altura están más que destrozados.

ajenjoverde@hotmail.com